Capítulo VII
Objeciones a la teoría de la selección natural
LONGEVIDAD.
Un
distinguido naturalista alemán ha asegurado que la parte más débil de esta
teoría es que consideramos a todos los seres orgánicos como imperfectos. Lo
que realmente hemos dicho es que no todos son tan perfectos como pudieran
haberlo sido en relación con sus condiciones, lo cual está demostrado por el
hecho de que tantas formas indígenas en muchos puntos del globo hayan cedido
sus puestos a intrusos. Tampoco pueden los seres orgánicos, aun cuando en un
tiempo dado estuvieran perfectamente adaptados a sus condiciones de vida,
haber seguido estándolo cuando estas condiciones cambiaban, a menos que
ellos también cambiaran de igual modo; y nadie disputará que las condiciones
físicas de cada país, como también los números y de sus habitantes, han
pasado por muchas mutaciones.
Incluso ha habido un crítico que recientemente ha repetido, con alguna
apariencia de exactitud matemática, que la longevidad es una gran ventaja
para todas las especies, de tal modo que quien crea en la selección natural
"necesita arreglar su árbol genealógico", para que todos los descendientes
tengan una vida más larga que sus progenitores. ¿No puede nuestro crítico
concebir que una planta bienal o uno de los animales inferiores pueda
extenderse a un clima frío y perecer allí cada invierno, y sin embargo, por
causa de las ventajas adquiridas por medio de la selección natural,
sobrevivir año tras año por medio de sus semillas o huevos? Mr. E. Ray
Lankester ha discutido recientemente este punto, y sus conclusiones son, en
cuanto la extrema complejidad del asunto le permite formar juicio, que la
longevidad está generalmente relacionada con el tipo de cada especie en la
escala de la organización, y también con la cantidad de lo que se gasta en
la reproducción y en la actividad general, por lo que es probable que estas
condiciones hayan sido grandemente determinadas por medio de la selección
natural.
El
célebre paleontólogo Bronn, al final de su traducción alemana, pregunta cómo
puede por el principio de la selección natural vivir una variedad al lado de
la variedad madre.
También insiste Bronn en que las especies distintas nunca varían entre sí en
caracteres aislados, sino en muchos puntos, y pregunta: "¿Por qué muchas
partes de la organización han sido modificadas a un mismo tiempo por medio
de la variación y de la selección natural?". La mejor respuesta a la
expresada objeción es la que presentan esas razas domésticas que han sido
modificadas con algún objeto especial, principalmente por el poder de la
selección del hombre. Véanse el caballo de carrera y el de tiro, el galgo y
el mastín. Toda su figura, y aun sus distintivos mentales, han sido
modificados, pero si pudiéramos trazar paso por paso la historia de sus
transformaciones, como podemos hacerlo con los pasos más recientes, no
veríamos grandes y simultáneos cambios, sino primero el de una parte y luego
el de otra, seguramente mejorada. Aun cuando la selección haya sido aplicada
por el hombre a un solo carácter, de lo cual ofrecen los mejores ejemplos
nuestras plantas cultivadas, se encontrará invariablemente que aunque esta
parte (flor, fruto u hojas) haya sido en gran medida cambiada, casi todas
las otras partes también habrán sido modificadas, lo cual puede atribuirse
por un lado al principio de crecimiento correlativo y por otro a la
variación llamada espontánea.
Una
objeción mucho más seria ha presentado Bronn, y después de él,
recientemente, Broca, a saber: que muchos caracteres no son, al parecer, de
utilidad alguna para sus poseedores, y que, por lo tanto, la selección
natural no debe haber tenido influencia en ellos. Bronn pone el caso de la
longitud de las orejas y rabos de las diferentes especies de liebres y
ratones, los complejos pliegues del esmalte en los dientes de muchos
animales, y otros muchos casos análogos. Con respecto a las plantas, ha sido
ya discutido este asunto por Nágeli en un ensayo admirable, en el que admite
que la selección natural ha realizado mucho, aunque insiste en que las
familias de las plantas se diferencian principalmente entre sí en caracteres
morfológicos sin ninguna importancia, al parecer, para el bienestar de la
especie. Cree, por consiguiente, en una tendencia innata hacia el desarrollo
progresivo y más perfecto, y especifica la disposición de las células en los
tejidos y de las hojas en el eje, como casos en los cuales no podía haber
operado la selección natural. A estos ejemplos pueden añadirse las
divisiones numéricas de las partes de la flor, la posición de los óvulos, la
figura de la semilla, cuando no es de utilidad para la diseminación, etc.
Mucha
fuerza tiene esta objeción; pero a pesar de todo, debemos, en primer lugar,
ser como hemos dicho antes, extremadamente cautos al pretender decidir qué
estructuras son ahora o han sido útiles a cada especie. En segundo lugar,
hay que recordar siempre que cuando se modifica una parte, se modifican
también otras por ciertas causas, oscuramente vistas, tales como aumento o
disminución de corriente nutritiva para una parte precisa, presión mutua,
que una parte que se desarrolle al principio afecte a otra que se desarrolle
después, etc., o por otras causas que motivan los muchos y misteriosos casos
de correlación que no entendemos mucho. Estas influencias pueden ser
agrupadas gracias a la brevedad, bajo la expresión de leyes del crecimiento.
En tercer lugar, algo tenemos que conceder a la acción directa y definida
del cambio de condiciones de vida y a las variaciones llamadas espontáneas,
en las que la naturaleza de las condiciones desempeña aparentemente un papel
del todo secundario.
Las
variaciones de los pimpollos como la aparición de una rosa de musgo en una
rosa común, o de un pelón en un árbol de melocotones, ofrecen ejemplos
claros de variaciones espontáneas, pero aun en estos casos, si recordamos el
poder que tiene una gota minúscula de veneno para producir agallas muy
complejas, no debemos estar muy seguros de que las variaciones antes
señaladas no sean efecto de algún cambio local en la naturaleza de la savia,
debido a algún cambio de condiciones. Tiene que haber alguna causa para cada
pequeña diferencia individual, así como para las variaciones más fuertemente
marcadas que de vez en cuando surgen. Y si la causa desconocida obrara con
persistencia, es casi seguro que todos los individuos de la especie
quedarían modificados de un modo semejante.
Una
estructura que ha sido desarrollada a través de selección continuada por
mucho tiempo, cuando deja de ser útil a la especie se hace generalmente
variable, como lo vemos en los órganos rudimentarios, porque deja de ser
regulada por este mismo poder de selección. Pero cuando por la naturaleza
del organismo y de las condiciones se han originado modificaciones que no
son importantes para el bienestar de las especies pueden ser, y generalmente
lo han sido, transmitidas en casi el mismo estado a descendientes numerosos,
modificados en otros sentidos. No puede haber sido de mucha importancia para
el mayor número de los mamíferos, aves o reptiles, el estar cubiertos de
pelos, plumas o escamas: sin embargo, el pelo ha sido transmitido a casi
todos los mamíferos, las plumas a todos los pájaros y las escamas a todos
los verdaderos reptiles. Una estructura, cualquiera, común a muchas formas
parecidas, es considerada por nosotros como de alta importancia sistemática,
y por consiguiente, se afirma con frecuencia que es de alta importancia
vital para la especie.
Nos
inclinamos a creer que las diferencias morfológicas que consideramos
importantes, tales como el arreglo de las hojas, las divisiones de la flor o
del ovario, la posición de los óvulos, etc., aparecieron en muchos casos
primeramente como variaciones fluctuantes, que más pronto o más tarde se
hicieron constantes por la naturaleza del organismo y de las condiciones
ambientales, como también por el cruzamiento entre distintos individuos,
pero no por la selección natural. Pues como estos caracteres morfológicos no
afectan el bienestar de la especie, cualquier pequeña variación en ellos no
pudo haber sido gobernada o aumentada por la última de las causas dichas.
Así llegamos a un resultado extraño, a saber: que los caracteres de poca
importancia vital para las especies son los más importantes para el
sistematizador.
Un
distinguido zoólogo, Mr. Saint George Mivart, ha reunido recientemente todas
las objeciones que se han hecho en otros tiempos por otros y por nosotros a
la teoría de la selección natural tal como la hemos expuesto Mr. Wallace y
nosotros, y ha aclarado aquellas, con ejemplos expuestos y con admirable
arte. Mr. Mivart afirma con frecuencia que no le atribuimos nada a la
variación independientemente de la selección natural, cuando todos saben que
hemos coleccionado un número mayor de hechos auténticos que el que se
encuentra en ninguna otra obra conocida. Nuestro juicio podrá no ser
fidedigno, pero nunca nos hemos sentido tan fuertemente convencidos de la
verdad de las conclusiones aquí sentadas como después de leer con cuidado el
libro de Mr. Mivart.
Hoy
por hoy, casi todos los naturalistas admiten la evolución bajo una forma u
otra. Mr. Mivart cree que las especies cambian en virtud de "una fuerza o
tendencia interna", sobre cuyos elementos no se pretende averiguar cosa
definitiva. Que las especies tienen capacidad para cambiar, lo admitirán
todos los evolucionistas; pero no es necesario, a nuestro modo de ver las
cosas, invocar ninguna fuerza interna que no sea la tendencia a la
variabilidad ordinaria, la cual, con ayuda de la selección dirigida por el
hombre, ha dado nacimiento a tantas razas domésticas bien adaptadas, así
como con ayuda de la selección natural originaría igualmente por pasos
graduales, razas o especies naturales. El resultado final habrá sido, como
ya se ha explicado, un adelanto en la organización, aunque en algunos pocos
casos haya sido un retroceso.
Mr.
Mivart se inclina además a creer, y algunos naturalistas están de acuerdo
con él, que las especies nuevas se manifiestan de repente "por
modificaciones que aparecen con brusquedad y de una vez". Juzga difícil de
creer que el ala de un ave se haya desarrollado de otra manera que no sea
por modificación relativamente brusca, de naturaleza marcada e importante.
Esta conclusión, que indica grandes lagunas o soluciones de continuidad en
la serie, nos parece inverosímil.
Todo
el que cree en la evolución lenta, y gradual admitirá desde luego que pueden
haber existido cambios específicos tara bruscos y tan considerables como
urja simple variación cualquiera de las que encontramos en el estado
silvestre y hasta en el doméstico. Pero como las especies son más variables
cuando están domesticadas o cultivadas que en sus condiciones naturales, no
es probable que variaciones tan grandes y repentinas hayan ocurrido con
frecuencia en el estado natural. Como se sabe, de vez en cuando surgen en el
estado doméstico. De estas últimas variaciones algunas pueden ser atribuidas
al retroceso, y los caracteres que de este modo reaparecen, probablemente
fueron adquiridos en muchos casos al principio de una manera gradual, y aun
el mayor número de ellas debe tenerse por monstruosidades, como los hombres
con seis dedos, o los puerco espines, los carneros ancón, el ganado ñato,
etc.; y como difieren enteramente por sus caracteres de las especies
naturales, arrojan escasa luz sobre la materia que tratamos. Excluidos esos
casos de variaciones bruscas, los pocos que quedan constituirán a lo sumo,
si se los halla en estado natural, especies dudosas íntimamente relacionadas
con los tipos de sus antecesores.
Las
razones en las que se apoya nuestra duda para creer que las especies
naturales hayan cambiado tan bruscamente como lo han hecho algunas de las
razas domésticas, y para rechazar en absoluto que hayan cambiado de la
manera maravillosa indicada por Mr. Mivart, son las siguientes:
Según
el resultado de nuestra experiencia, ocurren variaciones bruscas y muy
marcadas en nuestras producciones domésticas, solamente en casos aislados y
con grandes intervalos de tiempo.
Si
ocurriesen tales variaciones en el estado natural, estarían expuestas a
perderse por causas accidentales de destrucción y por los siguientes
cruzamientos, como sabemos que sucede en la domesticidad, cuando las
variaciones bruscas de esta clase no son especialmente preservadas y
separadas por el cuidado del hombre. Por esta razón, para que apareciera una
especie nueva repentinamente, a la manera que Mr. Mivart supone, es casi
necesario creer, en contra de lo que nos enseñan casos análogos, que algunos
individuos maravillosamente cambiados aparecieron simultáneamente dentro de
la misma localidad. Esta dificultad queda resuelta, como en el caso de la
selección inconscientemente verificada por el hombre, acudiendo a la teoría
de la evolución gradual, en virtud de la preservación de un gran número de
individuos que varíen más o menos en una dirección favorable y de la
destrucción de un gran número que varíe en sentido opuesto.
Existe
la duda de que muchas especies hayan sido desarrolladas en manera
extremadamente gradual, porque las especies, y hasta los géneros de muchas
grandes familias naturales están tan inmediatamente enlazados, que es
difícil distinguirlos. En cada continente, al ir del Norte al Sur, de las
tierras bajas a las altas, etc., nos encontramos con una cantidad de
especies íntimamente relacionadas o representativas, y al suceder lo mismo
en ciertos continentes separados, tenemos razones para creer que estos
estuvieron unidos en otro tiempo. Pero al hacer estas observaciones y las
subsiguientes, nos vemos obligados a hacer referencia a puntos que se
discutirán más adelante. Véanse las muchas islas que están alrededor de un
continente cualquiera, y se verá cuántos de sus habitantes pueden merecer
ser clasificados en el número de las especies dudosas. Lo mismo sucede si
miramos los tiempos pasados y comparamos las especies que acaban de
desaparecer con las que todavía existen en las mismas regiones, o si
comparamos las especies fósiles enterradas en las subcapas de la misma
formación geológica. Por lo tanto, resulta evidente que hay una multitud de
ellas relacionadas de la manera más íntima con otras que todavía existen o
que han existido recientemente, y difícilmente se sostendrá que tales
especies deban su desarrollo a cambios bruscos o repentinos. Es preciso no
olvidar tampoco, cuando estudiamos los órganos especiales de especies
inmediatas, en vez de los de especies distintas, que pueden trazarse
gradaciones numerosas y asombrosamente delicadas que relacionan estructuras
extraordinariamente diferentes.
Muchos
hechos se comprenden tan sólo por el principio de que las especies se han
desarrollado por pasos muy pequeños, como por ejemplo, el fenómeno de que
las especies incluidas en los géneros más grandes estén más íntimamente
relacionadas entre sí y presenten mayor número de variedades que las
especies de los géneros menores. Las primeras están también agrupadas en
pequeños grupos, como las variedades alrededor de las especies, y presentan
otras analogías con las variedades, según queda demostrado en el capítulo II
de esta obra. Con este mismo principio podemos entender cómo los caracteres
específicos son más variables que los genéricos, y cómo las partes que se
desarrollan en grado o modo extraordinario son más variables que las demás
partes de la misma especie. Muchos hechos análogos podrían citarse en
confirmación de esta doctrina.
Aunque
es casi cierto que muchísimas especies se han producido por pasos no mayores
que los que separan variedades muy delicadas, puede sostenerse que algunas
han sido desarrolladas de una manera diferente y brusca. No debe hacerse,
sin embargo, esta concesión sin que se den excelentes pruebas de la verdad
anunciada.
A
menos que admitamos transformaciones tan prodigiosas como las que defiende
Mr. Mivart, tales como el repentino desarrollo de las alas de pájaros o
murciélagos, o la súbita conversión del hiparión en caballo, la
creencia en las modificaciones bruscas apenas da alguna luz a la falta de
eslabones de enlace en nuestras formaciones geológicas; pero la embriología
presenta una fuerte protesta contra las creencias en cambios bruscos. Es
notorio que las alas de las aves y murciélagos, como las piernas de los
caballos y otros cuadrúpedos, sean indistinguibles en un período embrionario
temprano, y que se diferencien sólo par pasos insensiblemente delicados. Los
parecidos embriológicos de todas las clases pueden explicarse por las
variaciones verificadas después de la primera juventud en las progenituras
de nuestras especies existentes, que transmiten los caracteres nuevamente
adquiridos a su descendencia en la edad correspondiente. El embrión no queda
afectado, y sirve como indicio de la pasada condición de las especies. Por
eso sucede que las especies existentes, durante los primeros períodos de su
desarrollo, se parecen a menudo a formas antiguas y extinguidas,
pertenecientes a la misma clase. Con esta opinión sobre el significado de
los parecidos embriológicos, y sea cual fuere la opinión, es increíble que
un animal haya sufrido transformaciones tan instantáneas y bruscas como las
indicadas arriba, y que no tenga, sin embargo, en su condición embriónica,
ninguna huella de modificación repentina. Por lo tanto, todos los detalles
de su estructura son debidos a los pasos insensiblemente delicados. Todo el
que crea que por medio de fuerzas o tendencias internas se transforma
repentinamente una forma antigua en otra alada, por ejemplo, se verá casi
obligado a suponer, en contra de todas las analogías observadas, que muchos
individuos varían simultáneamente. No puede negarse que esos cambios tan
bruscos y grandes de estructuras sean totalmente diferentes de aquellos que
la mayor parte de las especies, al parecer, han atravesado. Se verá obligado
también a creer que muchas estructuras notablemente adaptadas a todas las
demás partes del mismo ser y a las condiciones que las rodean han sido
repentinamente producidas, sin que sea posible que encuentre ni sombra
siquiera de explicación para tan complejas y maravillosas coadaptaciones. Se
verá forzado a admitir que cuando estas sean grandes y repentinas no dejarán
ningún rasgo de su acción en el embrión; lo cual, a nuestro modo de ver, es
lo mismo que dejar los reinos de la ciencia para entrar en los del milagro.
