Capítulo I
La variación en estado doméstico
CAUSAS
DE VARIABILIDAD.
Cuando
comparamos a los individuos de la misma variedad o subvariedad de las
plantas actuales que desde hace mucho tiempo van siendo cultivadas, y de
nuestros animales domésticos más antiguos, una de las primeras cosas que más
nos extraña es, sin duda, ver cómo generalmente difieren entre sí en mayor
escala unos individuos de otros que los individuos de cualquier otra especie
o variedad estudiada en el estado natural. Así como cuando reflexionamos
sobre la vasta diversidad de las plantas y animales que respectivamente han
sido cultivados y domesticados, variando durante todas las edades, ya sea
por la influencia de los climas, por un tratamiento diferente, nos vemos
obligados a concluir que esta gran variabilidad es debida a que nuestras
producciones domésticas se han formado en condiciones de vida menos
uniformes, diferentes de aquellas a las que había sido primitivamente
expuesta la especie madre en la naturaleza. Ahora bien; aunque no deja de
tener alguna probabilidad la opinión expuesta por Andreu Knight de que esta
variabilidad pueda tener cierta conexión con el exceso de alimento, parece,
sin embargo, evidente que los seres orgánicos necesitan estar expuestos
durante algunas generaciones a condiciones nuevas para que en ellos se
origine cualquier gran variación, que continúa luego durante muchas
generaciones. No se sabe de ningún caso en que un organismo variable haya
dejado de variar sometido al cultivo, por lo cual las plantas cultivadas
desde hace mucho, como por ejemplo el trigo, todavía siguen presentando
nuevas variedades, y los animales que desde muy atrás pasaron al estado
doméstico son aún susceptibles de mejoras y modificaciones rápidas.
Después de dedicarle al asunto mucha atención, debemos decir que, al
parecer, las condiciones propias de la vida obran de dos modos: 1°,
directamente sobre el conjunto de la organización o sobre ciertas partes tan
sólo; 2°, indirectamente, afectando al sistema reproductivo. Con respecto a
la acción directa, debemos tener presente que en todos los casos, como
últimamente ha afirmado el profesor Weismann, hay aquí dos factores que
considerar, a saber: la naturaleza del organismo y la naturaleza de las
condiciones, de los cuales el primero parece ser mucho más importante que el
segundo, puesto que algunas variaciones próximamente semejantes surgen a
veces en condiciones que, en cuanto podemos apreciarlas, son desemejantes; y
por otra parte, surgen variaciones desemejantes en condiciones que parecen
ser casi uniformes. Los efectos en la prole son definidos e indefinidos.
Serán definidos cuando toda o casi toda la descendencia de los individuos
expuestos a ciertas condiciones, durante algunas generaciones, salga a la
luz modificada de la misma manera, y no olvidemos que es en extremo difícil
llegar a determinada conclusión respecto de la extensión de los cambios que
de este modo han sido definidamente introducidos. Puede, sin embargo, caber
ligera duda sobre muchos cambios de poca monta, tales como el tamaño, a
causa de la cantidad de alimento, el color motivado por la naturaleza del
mismo, el espesor de la piel y del pelo causado por el clima, etc. Así, por
ejemplo, cada una de las innumerables variaciones que vemos en el plumaje de
nuestras aves debe de haber tenido alguna causa eficiente; y si esta tuviera
que obrar uniformemente por una larga serie de generaciones en muchos
individuos, todos se modificarían probablemente del mismo modo. Hechos tales
como las complejas y extraordinarias excrecencias que invariablemente siguen
a la inoculación de una pequeña gota de cochinilla, nos muestran qué
modificaciones singulares podrían resultar en las plantas por sola
constitución química en la naturaleza de la savia.
Vemos
variabilidad indefinida en las innumerables, aunque pequeñas peculiaridades
que distingue a los individuos de la misma especie y que no pueden ser
explicadas por herencia, ya sea del padre, de la madre o del antecesor más
remoto. También aparecen algunas veces, diferencias muy marcadas en los
hijos del mismo parto y en las plantas procedentes de una misma cápsula de
semilla. A largos intervalos de tiempo, entre millones de individuos criados
en el mismo país y sustentados próximamente con el mismo alimento, surgen
desviaciones de estructura tan pronunciadas que merecen llamarse
monstruosidades; pero estas no pueden ser separadas por línea determinada de
otras variaciones más ligeras. Todos los cambios de estructura, ya sean en
extremo insignificantes, o profundamente marcados, que aparecen entre muchos
individuos que viven juntos, pueden ser considerados como efectos
indefinidos de las condiciones de vida de cada organismo individual, casi
del mismo modo en que un escalofrío afecta a diferentes hombres, de manera
indefinida, según el estado de sus cuerpos o constitución, causando toses o
resfriados, reumatismos o inflamaciones de órganos diversos.
Algunos naturalistas han sostenido que todas las variaciones están en
relación con el acto de la reproducción sexual; pero esto es ciertamente un
error, pues hemos dado en otra obra una larga lista de plantas locas, como
los jardineros las llaman, es decir, de plantas que han producido de repente
un solo botón con carácter nuevo y algunas veces muy diferente del de los
otros botones de la misma planta. Estas variaciones de vástagos, así suelen
llamarse, pueden propagarse por injertos, tallos, etcétera, y algunas veces
por semilla; y aunque ocurren rara vez en la naturaleza, distan mucho de ser
escasas en el cultivo.
EFECTOS DEL HABITO Y DEL USO O DESUSO DE LAS PARTES. VARIACIÓN CORRELATIVA.
HERENCIA.
Hábitos
cambiados producen efectos hereditarios, según se ve en el período de la
florescencia de las plantas cuando se las transporta de un clima a otro. En
cuanto a los animales, el uso o desuso de las partes ha tenido en ellas una
influencia más marcada; así encontramos en el pato doméstico que los huesos
del ala pesan menos y los huesos de la pierna más, en proporción a todo el
esqueleto, que lo que pesan los mismos huesos en el pato salvaje; y este
cambio puede atribuirse, sin riesgo de equivocarse, a que el pato doméstico
vuela mucho menos y anda mucho más que sus salvajes padres. Aquí únicamente
aludiremos a lo que puede, llamarse variación correlativa. Los cambios
importantes del embrión o larva ocasionan probablemente los cambios del
animal adulto. Los criadores creen que remos prolongados acompañan casi
siempre a cabezas alargadas. Algunos ejemplos de correlación son
completamente caprichosos: así los gatos enteramente blancos y de ojos
azules son en general sordos, lo cual sólo sucede a los machos. El color y
ciertas peculiaridades de estructura van unidos, como podríamos demostrarlo
con muchos casos notables de animales y plantas.
Toda
variación que no sea hereditaria carece de importancia para nosotros; pero
el número y diversidad de las desviaciones de estructura que pueden
transmitirse por herencia, tanto de poca como de mucha importancia
fisiológica, no tiene término. Cuando aparece con frecuencia una desviación
de estructura, y la vemos en el padre y en el hijo, no podemos decir que no
pueda ser debida a la misma causa que ha obrado en ambos; pero cuando entre
individuos, al parecer expuestos a las mismas condiciones, se presenta en el
padre alguna desviación muy rara, debida a extraordinaria combinación de
circunstancias -por ejemplo, una vez entre varios millones de individuos- y
reaparece en el hijo, la nueva doctrina de las probabilidades casi nos
obliga a atribuir la reaparición a la herencia. Acaso la opinión exacta
sobre el asunto, en general reside en mirar a la herencia de cualquier rasgo
como regla, y a la no-herencia como anomalía.
Las
peculiaridades que aparecen en los machos de nuestras crías domésticas, son
frecuentemente transmitidas a los machos exclusivamente, y en grado mucho
más elevado. Sin embargo, la regla más importante en esta materia, y en la
que creemos puede confiarse, es que en cualquier período de la vida en que
aparece por primera vez una peculiaridad, esta tiende a reaparecer en la
cría al llegar a edad correspondiente, aunque adelantándose algunas veces.
En muchos casos no podía suceder otra cosa; así las peculiaridades heredadas
en los cuernos del ganado vacuno pueden aparecer solamente en la cría cuando
esta es ya casi adulta: las peculiaridades en el gusano de seda, como es
notorio, aparecen en la fase correspondiente al capullo; pero las
enfermedades hereditarias y algunos otros hechos nos hacen creer que la
susodicha regla tiene más amplia extensión, y que, cuando no hay razón
aparente para que aparezca una peculiaridad en edad determinada, tiende a
presentarse en la cría en el mismo período en que apareció primero en el
padre, por lo que creemos que esta regla es de muchísima importancia para
explicar las leyes de la embriología. Estas observaciones quedan
naturalmente reducidas a la primera aparición de la peculiaridad y no a la
causa primaria que pueda haber obrado en los óvulos o en el elemento macho:
casi del mismo modo que el aumento en la longitud de los cuernos, en la cría
de una vaca de astas cortas y de un toro de astas largas, aunque aparezcan
en los últimos períodos de la vida, se debe claramente al elemento macho.
Habiendo aludido al retroceso o salto hacia atrás, podemos referir aquí un
hecho manifestado a menudo por los naturalistas, a saber: que nuestras
variedades domésticas, cuando se las deja en estado salvaje, gradual pero
invariablemente, retroceden en sus distintivos a su primitivo tronco, de
donde nace el argumento de que no se pueden sacar de razas domésticas
especies correspondientes al estado natural.
Podemos seguramente concluir que muchísimas de las variaciones domésticas
más marcadas no podrían vivir en estado salvaje, puesto que en muchos casos
no sabemos cuál sea el tronco primitivo, y por consiguiente, no podemos
decir si se ha verificado o no el retroceso casi perfecto, mientras que para
evitar los efectos del cruzamiento sería necesario que una sola variedad
hubiera quedado suelta en su nueva residencia.
CARÁCTER DE LAS VARIEDADES DOMÉSTICAS; DIFICULTAD DE DISTINGUIR ENTRE
VARIEDADES Y ESPECIES; ORIGEN DE LAS VARIEDADES DOMÉSTICAS DE UNA O MÁS
ESPECIES.
Si
examinamos ahora las variedades hereditarias, o sea la razas de nuestros
animales y plantas en estado doméstico, y las comparamos con especies
íntimamente unidas, descubriremos generalmente en cada raza doméstica, como
ya lo hemos notado, menos uniformidad de carácter que en las verdaderas
especies.
Las
razas domésticas de la misma especie se diferencian entre sí del mismo modo
que las especies muy próximas del mismo género en estado natural; pero estas
diferencias son en menor número.
Se ha
supuesto frecuentemente que el hombre ha escogido para la domesticidad
animales y plantas que poseen extraordinaria e inherente tendencia a variar,
así como a resistir a los diversos climas. No disputaremos sobre si las
capacidades han aumentado grandemente el valor de la mayor parte de nuestras
producciones domésticas; pero ¿cómo es posible que un salvaje conociera,
cuando por primera vez domaba un animal, si este variase o no en las
generaciones sucesivas y si había de soportar otros climas? La poca
variabilidad del asno y del ganso, o la escasa facultad del reno para sufrir
el calor, o la del camello común con respecto al frío, ¿impidió acaso su
domesticidad? No podemos dudar que si otros animales y plantas, iguales en
número a nuestras producciones domésticas, y que pertenecen a clases y
países igualmente diversos, fuesen tomados del estado natural y se les
pudiera hacer criar por un número igual de generaciones, variarían en
domesticidad, por término medio, tanto como han variado las especies madre,
de nuestras producciones domésticas hoy existentes. Aunque el origen de la
mayor parte de nuestros animales domésticos quedará siempre incierto,
podemos asegurar aquí que, estudiando a los perros domésticos del mundo
entero, después de la laboriosa colección de todos los hechos conocidos,
hemos llegado a concluir que varias de las especies salvajes conocidas con
el nombre de canidoe han sido domesticadas, su sangre, en algunos
casos mezclada, corre en las venas de nuestras castas domésticas, así como
ingenuamente confesamos que con respecto a los carneros y cabras no podemos
formar una opinión decidida. De hechos que nos han sido comunicados por Mr.
Blyth sobre los hábitos, voz, constitución y estructura del ganado indio de
joroba, deducimos ser casi cierto que desciende de un tronco original
diferente del de nuestro ganado europeo, y algunas autoridades competentes
creen que este último ha tenido dos o tres progenitores salvajes, merezcan o
no el nombre de especies. Esta conclusión, al igual que la distinción
específica entre el ganado común y el de joroba, puede considerarse como
confirmada por las admirables investigaciones del profesor Rütiger. Con
respecto a caballos, por razones que aquí no podemos dar, dudosamente nos
inclinamos a creer, en oposición a varios autores, que todas las razas
pertenecen a la misma especie. Habiendo tenido ejemplares vivos de casi
todas las castas inglesas de aves de corral, habiéndoselas criado y cruzado,
después de examinar sus esqueletos, nos parece casi cierto que en su
totalidad descienden de la raza salvaje india Gallus
bankiva.
Con respecto a patos y conejos, cuyas
castas varían mucho entre sí, está claramente probado que descienden
respectivamente del pato y conejo salvajes.
La
doctrina del origen de las varias razas domésticas de varios troncos
primitivos ha sido llevada a un extremo absurdo por algunos autores que
creen que toda raza origen de verdadera casta, por insignificantes que sean
sus caracteres distintivos, posee prototipo salvaje. Tenemos que admitir que
muchas castas domésticas deben haberse originado en Europa. Porque, ¿de
dónde si no podrían haberse derivado? Lo mismo acontece en la India, e
incluso en el caso de las castas de perro doméstico esparcidas por el mundo,
que con gusto admitimos, descienden de varias especies salvajes, no puede
dudarse que ha habido inmensa suma de variaciones heredadas. Con tanta
frecuencia como descuido se ha dicho que todas nuestras razas de perros han
sido producidas por el cruzamiento de unas pocas especies primitivas; pero
no se olvide de que por cruzamientos podemos solamente obtener formas que en
algún grado sean intermedias entre las que son peculiares a los padres; y si
explicamos la variedad de razas domésticas por este procedimiento, tenemos
que admitir la existencia anterior de formas más extremas, tales como el
galgo italiano, sabueso, alano, etc., en estado salvaje.
Más
todavía; la posibilidad de obtener razas distintas por cruzamiento ha sido
muy exagerada, pues existen numerosos ejemplos que demuestran que una raza
puede ser modificada por cruzamientos de cuando en cuando, si estos están
ayudados por la cuidadosa selección de los individuos que presentan el
distintivo que se desea; pero obtener una raza intermedia entre dos
completamente distintas, sería muy difícil. La cría del primer cruzamiento
entre dos razas puras es pasable y algunas veces se presenta en un todo
uniforme en carácter, siendo bastante sencilla la operación; pero al cruzar
estos mestizos durante algunas generaciones, apenas se obtienen dos que sean
semejantes, haciéndose entonces manifiesta la dificultad de la empresa.
A
pesar de las grandes diferencias existentes entre las castas de palomas,
estamos plenamente convencidos de que la opinión común de los naturalistas
es exacta cuando afirman que todas descienden de la paloma silvestre,
columba livia, incluyendo en este término algunas razas o subespecies
geográficas, que se diferencian en puntos del todo insignificantes; y como
algunas de las razones que nos han suministrado esta creencia son aplicables
en cierto modo a otros casos, las expondremos aquí brevemente. En efecto, si
las varias castas no son variedades y provienen de la paloma bravía,
deberían descender de siete u ocho troncos primitivos, como mínimo, puesto
que es imposible obtener las castas domésticas actuales por el cruzamiento
de número menor. ¿Cómo, por ejemplo, puede una paloma pouter ser producida
por el cruzamiento de dos castas, a menos que una de las razas madre
poseyera de antemano el enorme buche que caracteriza a la especie? Los
supuestos troncos primitivos deben haber pertenecido en masa a las palomas
de campo, esto es, a las que no crían ni voluntariamente se posan en los
árboles. Pero además de la columba livia y sus subespecies geográficas,
solamente se conocen dos o tres especies más de palomas silvestres que
carecen de todos los caracteres de las castas domésticas. De aquí que los
supuestos troncos primitivos, o deben existir todavía en los países en los
que primeramente fueron domesticados, siendo desconocidos por los
ornitólogos -a pesar de su tamaño, hábitos y caracteres notables- lo cual
parece improbable, o deben haberse extinguido en el estado salvaje.
Pero
las aves que anidan en precipicios y que son, por lo tanto, muy voladoras no
es probable que sean fácilmente exterminadas. Las diferentes razas
domésticas han sido transportadas a todos los ángulos del mundo, y debido a
eso, algunas de ellas deben haber sido devueltas a su país natal sin que ni
una siquiera se haya vuelto silvestre o brava. Aunque la paloma de palomar,
que es la silvestre en estado ligerísimamente alterado, ha logrado en
algunos lugares volver a dicho estado primitivo. Además, todos los
experimentos recientes demuestran que es difícil conseguir que los animales
silvestres críen libremente en estado doméstico, y sin embargo, en la
hipótesis del origen múltiple de nuestras palomas, debería suponerse que
seis o siete especies, por lo menos, fueron en tiempos antiguos tan
completamente domesticadas por el hombre semicivilizado que, estando
encerradas, se tornaron prolíficas.
El
hombre semicivilizado consiguió domesticar por completo algunas especies,
intencional o casualmente extrajo especies extraordinariamente anormales,
aunque estas mismas especies se han extinguido o son desconocidas desde
entonces.
Ahora
bien, tomando en cada una de las castas domésticas ejemplares muy bien
criados, todos los indicios, hasta el ribete blanco de las plumas timoneras
de la cola, se verán algunas veces perfectamente desarrollados, y cuando se
crucen parejas que pertenezcan a dos o más castas distintas, no azules ni
con un solo indicio, la prole obtenida repentinamente adquirirá esos
caracteres.
En una
casta que se ha cruzado sólo una vez, la tendencia a volver a algún carácter
derivado de tal cruzamiento será naturalmente cada vez menor, y en cada
generación sucesiva quedará menos dosis de sangre extraña; pero cuando no ha
habido cruzamiento y hay tendencia en la casta a volver a algún carácter que
se perdió en alguna generación anterior, esta tendencia parece, por el
contrario, poder transmitirse sin disminución por un número indefinido de
generaciones.
Por la
improbabilidad de que el hombre haya hecho anteriormente que siete u ocho
supuestas especies de palomas criasen libremente en domesticidad; por ser
estas supuestas especies completamente desconocidas en estado silvestre, sin
que en parte alguna se hayan tornado bravías; por presenciar ciertos
caracteres más anormales con todas las demás columbideas, por la
reaparición de vez en cuando del color azul y de los variados indicios de
color negro en todas las castas, ya se las conserve puras, o se las cruce; y
por último, por el fenómeno de ser la cría mestiza perfectamente fértil;
podemos deducir sin riesgo que todas nuestras castas domésticas descienden
de la paloma silvestre o columba livia y de sus subespecies geográficas.
Hemos
discutido con alguna extensión, aunque de ninguna manera con la bastante, el
origen probable de las palomas domésticas, porque cuando por primera vez nos
dedicamos a su crianza y observamos sus diversas clases, sabiendo bien cuán
fielmente se reproducen, tuvimos la misma dificultad que cualquier
naturalista para creer que desde el origen de su domesticidad todas habían
procedido de un padre común, y no menor que la requerida para llegar a
semejante conclusión con respecto a las muchas especies de pinzones o de
otros grupos de aves salvajes.
Jamás
hemos encontrado criador alguno de palomas, de aves de corral, de patos o de
conejos, que no estuviera plenamente convencido de que cada casta principal
descendía de una especie distinta. Todos están fuertemente impresionados por
las mismas diferencias de las diversas castas, y aunque saben que las razas
se diferencian en muy poco, aunque obtienen premios por la selección de
estas pequeñas diferencias, ignoran, sin embargo, todos los argumentos
generales de la materia y rehúsan hacer mentalmente una suma de pequeñas
diferencias semejante, acumuladas durante muchas generaciones sucesivas.
Sabiendo por otra parte el naturalista mucho menos de las leyes de herencia
que lo que conoce el criador, y no conociendo tampoco más que los rasgos
intermedios en las largas líneas de descendencias, admite, sin embargo, que
muchas de nuestras razas domésticas descienden de los mismos padres. ¿No
podrían ser más cautos cuando se ríen de la idea que presenta las especies
en estado silvestre, descendiendo en línea recta de otras especies?
PRINCIPIOS DE SELECCIÓN ANTIGUAMENTE PRACTICADOS Y SUS EFECTOS.
Consideremos ahora brevemente los pasos que han dado las razas domésticas
para producirse, ya desciendan de una especie única o de varias inmediatas
entre sí, para lo cual hay que atribuir algún efecto a la acción directa y
definida de las condiciones externas de la vida, así como algunos al hábito.
Uno de
los rasgos más notables en nuestras razas domésticas es, sin duda, verlas
adaptarse, no ciertamente en provecho propio, a la utilidad o capricho del
hombre. Algunas variaciones útiles para este han surgido probablemente de
repente, o par una sola operación. Por suerte, muchos botánicos han creído,
por ejemplo, que la cabeza de la cardencha, provista de anzuelos, que no
podrían obtenerse por procedimiento alguno mecánico, es solamente una de las
variedades del dipsaco salvaje, habiendo podido perfectamente este cambio
nacer de una vez en alguna planta de semillero.
Pero
cuando comparamos al caballo de tiro con el de carrera, al dromedario con el
camello, a las diferentes castas de ovejas,, cuando comparamos esa legión de
plantas agrícolas culinarias de huerta y jardín, creemos que es menester ver
en todos estos hechos algo más que simple variabilidad, porque no podemos
suponer que todas las castas fueran repentinamente producidas tan perfectas
y útiles como hoy las vemos, sabiendo positivamente, como en muchos casos
sabemos, que no ha sido así. La clave de esto se encuentra en la facultad
que tiene el hombre de acumular fenómenos de selección. La naturaleza da
variaciones sucesivas, y el hombre las va dirigiendo en ciertas direcciones
que le son útiles, pudiendo en este sentido decirse que el hombre ha creado
para sí las razas de las que recibe tanta utilidad.
Hay
quienes ponen en práctica el principio de selección como si ejercieran una
profesión. Colocan a los carneros sobre una mesa y sobre ella los estudian;
repiten tres veces con intervalo de algunos meses este primer paso, y en
todas ellas marcan y clasifican a los carneros, de modo que solamente los
mejores entre los mejores son, en definitiva, los que se destinan a la cría.
Estas
mejoras no son generalmente debidas al cruzamiento de diferentes castas,
porque todos los mejores criadores se oponen tenazmente a esta práctica,
excepto en muy raras ocasiones o cuando se trata de castas próximamente
iguales. Una vez verificado el cruzamiento es indispensable la más vigorosa
selección. Si esta consistiese meramente en separar alguna variedad muy
distinta para hacer cría, el principio sería tan claro que apenas merecería
mencionarse; pero su importancia consiste en el gran efecto producido por la
acumulación en un sentido, durante generaciones sucesivas.
Los
horticultores siguen los mismos principios; pero a la vez las variaciones
son más bruscas, y nadie supondrá que nuestros mejores productos sean el
resultado de una sola variación del tronco origen.
Con
respecto a las plantas, una vez establecida con precisión una raza, los
plantadores arrancan a los tunantes (las matas que al nacer se
desvían del conveniente tipo).
Hay
otros medios para observar los efectos de selección ya acumulados, a saber:
comparar la diversidad de flores en las diferentes variedades de la misma
especie en un mismo jardín. La ley de la variación correlativa, cuya
importancia no debe menospreciarse jamás, siempre nos dará seguras
diferencias; pero por regla general no se puede dudar de que una selección
continuada, en las hojas, en las flores, o en los frutos, producirá razas
que se diferencien unas de otras, principalmente en estos caracteres.
En
épocas rudas y bárbaras de la historia de Inglaterra se importaban con
frecuencia animales escogidos y se daban leyes para impedir su exportación.
Una ley ordenaba la destrucción de todos los caballos que no poseyesen
cierta alzada, lo cual puede compararse a lo que hoy hacen los jardineros
con las plantas malas. Algunos escritores clásicos romanos han dado también
reglas explícitas sobre este punto, mostrando claramente algunos pasajes del
Génesis, que en aquel remoto tiempo se atendía mucho al color de los
animales domésticos. Los salvajes cruzan hoy, algunas veces, sus perros con
animales salvajes de la raza canina para mejorar la casta. Por algunos de
estos hechos puede inducirse que la selección no es cosa de hoy, sino que la
cría de animales domésticos mereció cuidadosa atención en tiempos antiguos,
como ahora entre los salvajes más degradados. Y la verdad es que habría sido
extraño que así no hubiese sucedido, cuando tan evidente es que las buenas y
las malas cualidades son hereditarias.
SELECCIÓN METÓDICA E INCONSCIENTE. ORIGEN DESCONOCIDO DE NUESTRAS
PRODUCCIONES DOMÉSTICAS.
Hoy en
día, los más eminentes criadores tratan por medio de una selección metódica
y con un objeto determinado formar una nueva subcasta o estirpe superior a
cuantos géneros existan en su país. Pero para nuestro propósito, es más
importante una forma de selección que podría llamarse inconsciente, y que
resulta a todo el que intenta poseer los mejores animales y hacerlos
reproducirse. Así, el hombre que quiere tener perros de muestra,
naturalmente trata de elegir perros buenos y después cría con los mejores,
aunque no tenga el deseo ni la esperanza de alternar permanentemente la
casta. Este procedimiento, continuado por el transcurso de siglos, mejoraría
y modificaría cualquier casta. Cambios lentos e insensibles de esta clase
jamás pueden ser reconocidos, a menos que se hayan tomado mucho antes buenas
medidas o cuidadosos dibujos de las razas en cuestión, que puedan servir
después como punto de comparación.
En
algunos casos se encuentran, sin embargo, individuos de la misma casta, no
cambiados o cambiados en muy poco, en los lugares menos civilizados, donde
la respectiva raza ha sido menos mejorada. Hay razones para creer que el
perro setter deriva directamente del sabueso, dado que según toda
probabilidad, no es más que una alteración lenta de este.
Youalt
suministra un excelente ejemplo de los efectos de la selección continuada y
que puede considerarse como inconsciente, puesto que los criadores no
podrían nunca haber esperado, ni siquiera haber deseado, producir el
resultado que sobrevino, a saber: la producción de dos estirpes distintas.
Aun
entre los salvajes más bárbaros, que nunca piensan en el carácter
hereditario de las crías de sus animales domésticos, cualquier animal que
les sea especialmente útil para un objeto cualquiera es cuidadosamente
conservado durante el hambre y las plagas a las que tan expuestos están y
esos animales escogidos dejarían generalmente más crías que los inferiores;
de modo que, en este caso, se verificaría una especie de selección
inconsciente.
En las
plantas, este mismo procedimiento gradual de mejora por medio de la
conservación incidental de los mejores individuos, ya sean o no lo bastante
distintos para ser clasificados como variedades diversas a su primera
aparición, y ya dos o más especies o razas se hayan o no mezclado por
cruzamiento, puede plenamente reconocerse en el aumento de tamaño y belleza
que ahora vemos en las variedades de plantas, cuando las comparamos con las
variedades más antiguas o con aquellas que las originaron.
Una
gran suma de cambios lenta e inconscientemente acumulados explica a nuestro
juicio el hecho notorio de que en cierto número de casos no podamos
reconocer, y por lo tanto ignoremos, los troncos silvestres, orígenes de las
plantas que han sido cultivadas desde hace mucho tiempo en nuestros jardines
y huertas. Si se han necesitado cientos o miles de años para mejorar o
modificar la mayor parte de nuestras plantas hasta su tipo actual, tan útil
para el hombre, podremos fácilmente entender cómo Australia, el Cabo de
Buena Esperanza u otras regiones habitadas por el hombre completamente
incivilizado no han podido darnos una sola planta que valga la pena de ser
cultivada. No es que estos países, tan ricos en especies, no posean por
extraña casualidad los troncos originales de plantas útiles, sino que las
plantas del país no han sido llevadas por la selección continuada hasta un
punto de perfección comparable con la adquirida por las plantas en los
países antiguamente civilizados.
Con
respecto a los animales domésticos del hombre incivilizado, no debe perderse
de vista que aquellos tienen casi siempre que buscarse su propio alimento,
al menos durante ciertas estaciones. Y en dos países de circunstancias muy
diferentes, los individuos de la misma especie que posean constituciones o
estructuras ligeramente distintas se lograrían mejor en un país que en el
otro; y así por un procedimiento de selección natural podrían llegar a
formarse dos rubrazas. Quizás esto explique en parte por qué las cualidades
que tienen los animales domésticos de los salvajes, como ya lo han notado
algunos autores, tienen más carácter de verdaderas especies que las
variedades existentes en países civilizados.
En la
opinión presentada aquí acerca del papel importante que ha desempeñado la
selección ejercida por el hombre, se hace desde luego evidente por qué
nuestras razas domésticas se adaptan en estructura o en hábitos a las
necesidades o caprichos del hombre. Podemos, a nuestro juicio, entender
además el carácter frecuentemente anormal de nuestras razas domésticas y
explicarnos por qué las diferencias son tan grandes en los caracteres
externos, como relativamente pequeñas en las partes internas u órganos. El
hombre apenas puede escoger, y si puede es con mucha dificultad, las
desviaciones de estructuras, excepto las que son externamente visibles; y
cuidándose muy raras veces lo que es interno. Nunca puede verificar la
selección, a no ser en aquellas variaciones que en escaso grado la misma
naturaleza le muestra de antemano. El primer hombre que escogió una paloma
con cola ligeramente más larga, seguramente ni se imaginó lo que los
descendientes de esa paloma llegarían a hacer por selección, en parte
inconsciente, y en parte metódicamente continuada.
El
hombre conserva y hace cría de un individuo cor, alguna pequeña
particularidad de estructura, o pone más cuidado que de costumbre al aparear
sus mejores animales, y de este modo los perfecciona hasta que los ya
mejorados poco a poco se esparcen por las cercanías. Cuando ya están
mejorados por el mismo procedimiento lento y gradual, se esparcen aún más,
hasta llegar a ser reconocidos como algo distinto y apreciable; es entonces
cuando probablemente reciben por primera vez un nombre que podríamos llamar
provincial. En los países semicivilizados, en donde las comunicaciones son
escasas, sería un procedimiento lento la propagación de cualquier nueva sub-raza.
Una vez reconocidos los puntos más interesantes en esta materia, el
principio de selección que hemos llamado inconsciente tenderá siempre, y tal
vez más en un período que en otro, según esté más o menos de moda la raza,
tal vez más en una localidad que en otra, y según el estado de civilización
de los habitantes, a aumentar poco a poco los rasgos característicos de la
raza, cualesquiera que estos puedan ser. Pero será infinitamente pequeña la
probabilidad de que se conserve memoria alguna de los cambios lentos e
insensibles por los que pasan los individuos.
CIRCUNSTANCIAS FAVORABLES A LA FACULTAD DE SELECCIÓN DEL HOMBRE.
La
extremada variabilidades evidentemente favorable en esta materia, puesto que
libremente da los materiales con los que trabaja la selección. No queremos
decir que las meras diferencias individuales no sean más que suficientes
para permitir con extremo cuidado la acumulación de una gran suma de
modificaciones por todas o casi todas las vías apetecibles, sino que como
las variaciones manifiestamente útiles o agradables al hombre aparecen
solamente de vez en cuando, no hay duda de que aumentarán mucho las
probabilidades, en presencia de un gran número de individuos. Por lo tanto
el número será de importancia para el éxito. No podrá obtenerse un gran
número de individuos de un animal o de una planta, sin que sean favorables
las condiciones para su propagación. Cuando los individuos escasean, hay que
permitir que todo el mundo críe, sea cual fuere la calidad de los ejemplares
que posean, lo cual impide prácticamente la selección. Pero el elemento más
importante en esta materia es conocer qué animal o planta es más apreciado
por el hombre, que dedica la más prolija atención aun a las desviaciones más
insignificantes de las cualidades o estructura del objeto de su estudio,
porque sin esa atención nada puede hacerse. La fresa comenzó a variar
justamente cuando los jardineros empezaron a prestarle cuidados a esa
planta. Cruzando distintas especies, aparecieron las muchas y admirables
variedades de la fresa que se han visto durante los últimos cincuenta años.
Respecto de los animales, la facilidad para impedir los cruzamientos es un
elemento importante en la formación de nuevas razas, al menos en los países
que ya poseen otras antiguas. En este concepto, los cercados del terreno
influyen sobremanera en el resultado.
Lo que
más nos importa es que las variedades domésticas de la misma especie se
diferencian unas de otras en casi todos los rasgos que el hombre ha atendido
en la selección, más de lo que se diferencian las distintas especies del
mismo género.
Resumamos cuanto queda dicho sobre el origen de nuestras razas domésticas de
animales y plantas: los cambios de las condiciones de vida son muy
importantes al causar la variabilidad, ya sea por la acción directa en la
organización o porque indirectamente afectan el sistema reproductivo. No es
probable que sea la variabilidad un efecto inherente y necesario en todas
las circunstancias. La mayor o menor fuerza de herencia y la propensión a
retroceder determinará si las variaciones han de mantenerse. La variabilidad
está regida por muchas leyes desconocidas, entre las cuales el incremento
correlativo es probablemente la más importante. Algo, aunque no sepamos
cuánto, hay que atribuirle a la acción definida de las condiciones de vida.
Algún efecto, quizás grande, puede atribuirse al uso o desuso de las partes.
El resultado final es, pues, infinitamente complejo. En algunos casos parece
que ha tenido parte importante en el origen de nuestras castas el
intercruzamiento de distintas especies primitivas. Cuando diversas razas ya
se han formado en cualquier país, su cruzamiento casual, favorecido por la
selección, ha contribuido mucho, sin duda, a la formación de nuevas sub-razas;
pero la importancia del cruzamiento ha sido muy exagerada, tanto tratándose
de animales, como de las plantas que se propagan por medio de semillas.
Respecto de las que se propagan por injertos, retoños, etc., la importancia
del cruzamiento es inmensa, porque el cultivador puede en este caso olvidar
la extrema variedad de las mezclas y su esterilidad, pero las plantas que no
se propagan por semilla son de poca importancia para nosotros, porque su
duración es solamente temporal. Sobre todas estas causas de cambio, parece
predominar la acción acumulada de la selección, aplicada metódica y
prontamente, de un modo inconsciente y lento, aunque más eficaz.