|
|
 |

EL ÁLBUM
Antón
Pavlovich Chèjov
El consejero
administrativo Craterov, delgado y seco como la flecha del
Almirantazgo, avanzó algunos pasos y, dirigiéndose a
Serlavis, le dijo:
-Excelencia: Constantemente alentados y conmovidos hasta el
fondo del corazón por vuestra gran autoridad y paternal
solicitud...
-Durante más de diez años-le sopló Zacoucine.
-Durante más de diez años... ¡Hum!... en este día
memorable, nosotros, vuestros subordinados, ofrecemos a su
excelencia, como prueba de respeto y de profunda gratitud,
este álbum con nuestros retratos, haciendo votos porque
vuestra noble vida se prolongue muchos años y que por largo
tiempo aún, hasta la hora de la muerte, nos honréis con...
-Vuestras paternales enseñanzas en el camino de la verdad y
del progreso-añadió Zacoucine, enjugándose las gotas de
sudor que de pronto le habían invadido la frente-. Se veía
que ardía en deseos de tomar la palabra para colocar el
discurso que seguramente traía preparado.
-Y que-concluyó-vuestro estandarte siga flotando mucho
tiempo aún en la carrera del genio, del trabajo y de la
conciencia social.
Por la mejilla izquierda de Serlavis, llena de arrugas, se
deslizó una lágrima.
-Señores-dijo con voz temblorosa-, no esperaba yo esto, no
podía imaginar que celebraseis mi modesto jubileo. Estoy
emocionado, profundamente emocionado y conservaré el
recuerdo de estos instantes hasta la muerte. Creedme, amigos
míos, os aseguro que nadie os desea como yo tantas
felicidades... Si alguna vez ha habido pequeñas
dificultades... ha sido siempre en bien de todos vosotros...
Serlavis, actual consejero de Estado, dio un abrazo a
Craterov, consejero de estado administrativo, que no
esperaba semejante honor y que palideció de satisfacción.
Luego, con el rostro bañado en lágrimas como si le
hubiesen arrebatado el precioso álbum en vez de ofrecérselo,
hizo un gesto con la mano para indicar que la emoción le
impedía hablar. Después, calmándose un poco, dijo unas
cuantas palabras más muy afectuosas, estrechó a todos la
mano y, en medio del entusiasmo y de sonoras aclamaciones,
se instaló en su coche abrumado de bendiciones. Durante el
trayecto sintió su pecho invadido de un júbilo desconocido
hasta entonces y de nuevo se le saltaron las lágrimas.
En su casa le esperaban nuevas satisfacciones. Su familia,
sus amigos y conocidos, le hicieron tal ovación que hubo un
momento en que creyó sinceramente haber efectuado grandes
servicios a la patria y que hubiese sido una gran desgracia
para ella que él no hubiese existido. Durante la comida del
jubileo no cesaron los brindis, los discursos, los abrazos y
las lágrimas. En fin, que Serlavis no esperaba que sus méritos
fuesen premiados tan calurosamente.
-Señores-dijo en el momento de los postres-, hace dos horas
he sido indemnizado por todos los sufrimientos que esperan
al hombre que se ha puesto al servicio, no ya de la forma ni
de la letra, si se me permite expresarlo así, sino del
deber. Durante toda mi carrera he sido siempre fiel al
principio de que no es el público el que se ha hecho para
nosotros, sino nosotros los que estamos hechos para él. Y
hoy he recibido la más alta recompensa. Mis subordinados me
han ofrecido este álbum que me ha llenado de emoción.
Todos los rostros se inclinaron sobre el álbum para verlo.
-¡Qué bonito es!-dijo Olga, la hija de Serlavis-. Estoy
segura de que no cuesta menos de cincuenta rublos. ¡Oh, es
magnífico! ¿Me lo das, papá? Tendré mucho cuidado con él...
¡Es tan bonito!
Después de la comida, Olga se llevó el álbum a su
habitación y lo guardó en su secreter. Al día siguiente
arrancó los retratos de los funcionarios tirándolos al
suelo y colocó en su lugar los de sus compañeras de pensión.
Los uniformes cedieron el sitio a las esclavinas blancas.
Colás, el hijo pequeño de su excelencia, recortó los
retratos de los funcionarios y pintó sus trajes de rojo.
Colocó bigotes en los labios afeitados y barbas oscuras en
los mentones imberbes. Cuando no tuvo más que colorear
recortó siluetas y les atravesó los ojos con una aguja,
para jugar con ellas a los soldados. Al consejero Craterov
lo pegó de pie en una caja de cerillas y lo llevó colocado
así al despacho de su padre.
-Papá, mira un monumento.
Serlavis se echó a reír, movió la cabeza y, enternecido,
dio un sonoro beso en la mejilla a Nicolás.
-Anda, pilluelo, enséñaselo a mamá para que lo vea ella
también.
Chist | El Álbum | En La Oscuridad | La Sala Número Seis | Un Asesinato | El Fracaso | El Gordo y el Flaco | En la administración de Correos | Poquita Cosa | El Camaleón
Antón Pavlovich Chéjov | Fedor Dostoiewski | Nikolái Vasilievich Gógol | Alejandro Pushkin | León Tolstoi | Franz Kafka

|
 |
|