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LIBRO VI
UN RELIGIOSO RUSO
CAPITULO PRIMERO
EL STARETS ZÓSIMO
Y SUS HUÉSPEDES
Cuando Aliocha
entró ansiosamente en la celda del starets, su sorpresa fue extraordinaria.
Esperaba encontrarlo agonizante, tal vez sin conocimiento, y lo vio sentado en
un sillón, débil, pero con semblante alegre y animoso, rodeado de varios
visitantes con los que conversaba apaciblemente. El anciano se había levantado
un cuarto de hora antes a lo sumo de la llegada de Aliocha. Los visitantes,
reunidos en la celda, habían esperado el momento en que el starets despertara,
pues el padre Paisius les había asegurado que «el maestro se levantaría, sin
duda alguna, para hablar una vez más con las personas que contaban con su
cariño, como había prometido aquella mañana». El padre Paisius creía tan
firmemente en esta promesa ‑como en todo lo que el starets decía‑, que si lo
hubiera visto sin conocimiento, a incluso sin respiración, habría dudado de su
muerte y esperado a que volviera en sí para cumplir su palabra. Aquella misma
mañana, el starets Zósimo les había dicho al irse a descansar:
‑No moriré sin
hablar una vez más con vosotros, mis queridos amigos. Quiero tener el placer de
volver a veros, aunque sea por última vez.
Los que se habían
reunido en la celda para aquella última conversación eran los mejores amigos del
starets desde hacía muchos años. Estos amigos eran cuatro, tres de ellos padres:
José, Paisius y Miguel. Este último era un hombre de edad avanzada, menos
inteligente que los otros, de modesta condición, carácter firme, enérgico y
cándido a la vez. Tenía aspecto de hombre rudo, pero su corazón era tierno,
aunque él disimulara poderosamente esta ternura.
El cuarto era el
hermano Antimio, simple monje, ya viejo, hijo de unos pobres campesinos, de
escasa instrucción, taciturno y bondadoso, el más humilde entre los humildes,
que parecía en todo momento sobrecogido por un profundo terror. Este hombre
temeroso era muy querido por el starets Zósimo: siempre había sentido gran
estimación por él, aunque habían cambiado muy pocas palabras. A pesar de este
silencio, habían viajado juntos durante años enteros por la Rusia santa. De esto
hacía cuatro años. Entonces el starets comenzaba su apostolado, y a poco de
entrar en el oscuro y pobre monasterio de la provincia de Kostroma, acompañó al
hermano Antimio en sus colectas en provecho del monasterio.
Los visitantes se
hallaban en el dormitorio del starets, sumamente reducido como hemos dicho ya,
de modo que había el espacio justo para el starets, los cuatro religiosos
mencionados, sentados alrededor de su sillón, y el novicio Porfirio, que
permanecía de pie. Anochecía. La habitación estaba iluminada por las lamparillas
y los cirios que ardían ante los iconos.
Al ver a Aliocha,
que se detuvo tímidamente en el umbral, el starets sonrió gozoso y le tendió la
mano.
‑Buenas tardes,
amigo mío. Ya sabía yo que vendrías.
Aliocha se acercó a
él, se prosternó hasta tocar el suelo y se echó a llorar. Sentía el corazón
oprimido, se estremecía todo él interiormente, los sollozos le estrangulaban.
‑Espera, no me
llores todavía ‑dijo el starets, bendiciéndolo‑. Como ves, estoy aquí sentado,
hablando tranquilamente. Acaso viva todavía veinte años, como me deseó aquella
buena mujer de Vichegoria, que vino a verme con su hija Elisabeth. ¡Acuérdate de
ellas, Señor! ‑y se santiguó‑. Porfirio, ¿has llevado la ofrenda de esa mujer
adonde te he dicho?
La limosna
consistía en sesenta copecs. La buena mujer los había entregado alegremente para
que se le dieran a otra persona más pobre que ella. Estas ofrendas son
penitencias que uno se impone voluntariamente, y es necesario que el donante las
haya obtenido con su trabajo. El starets había enviado a Porfirio a casa de una
pobre viuda, reducida a la mendicidad con sus hijos, a consecuencia de un
incendio. El novicio respondió al punto que había cumplido el encargo,
entregando el donativo «de parte de una donante anónima», como se le había
ordenado.
‑Levántate, mi
querido Alexei ‑dijo el starets‑, que yo pueda verte.
¿Has visitado a tu familia, has visto a tu hermano?
A Aliocha le
sorprendió que le preguntara por uno de sus hermanos, aunque no sabía por cuál.
Acaso era este hermano el motivo de que le hubiera enviado dos veces a la
ciudad.
‑He visto a uno de
ellos ‑repuso Aliocha.
‑Me refiero al
mayor, a ese ante el que ayer me prosterné.
‑Lo vi ayer; pero
hoy no me ha sido posible dar con él.
‑Procura verlo y
vuelve mañana, una vez terminado este asunto. Tal vez tengas tiempo de evitar
una espantosa desgracia. Ayer me incline ante su horrible sufrimiento futuro.
Calló de pronto y
quedó pensativo. Estas palabras eran incomprensibles. El padre José, testigo de
la escena del día anterior, cambió una mirada con el padre Paisius. Aliocha no
pudo contenerse.
‑Padre y maestro
mío ‑dijo, presa de gran agitación‑, no comprendo sus palabras. ¿Qué sufrimiento
espera a mi hermano?
‑No seas curioso.
Ayer tuve una impresión horrible. Me pareció leer todo su destino. Vi en él una
mirada que me estremeció al hacerme comprender la suerte que ese hombre se está
labrando. Una o dos veces en mi vida he visto una expresión semejante en un
rostro humano, una expresión que me pareció una revelación del destino de esas
personas, y el destino que creía ver se cumplió. Te he enviado hacia él, Alexei,
por creer que tu presencia le tranquilizaría. Pero todo depende del Señor: es Él
el que traza nuestros destinos. «Si el grano de trigo que cae en la tierra no
muere, queda solo, pero si muere da mucho fruto.» No lo olvides.
Y el starets añadió
con una dulce sonrisa:
‑A ti, Alexei, te
he dado mi bendición muchas veces con el pensamiento por tu modo de ser. He aquí
lo que pienso de ti: dejarás este recinto y vivirás en el mundo como religioso.
Tendrás muchos adversarios, pero hasta tus enemigos te querrán. La vida te
traerá muchas penas, pero tú encontrarás la felicidad incluso en el infortunio.
Bendecirás la vida y, lo que es más importante, obligarás a los demás a
bendecirla.
Dirigió una amable
sonrisa a sus huéspedes y continuó:
‑Padres míos, yo no
he dicho nunca, ni siquiera a este joven, por qué su rostro ha despertado en mí
tan gran afecto. Ha sido para mí como un recuerdo y como un presagio. En la
aurora de mi vida, yo tenía un hermano que murió ante mis ojos apenas cumplió
los diecisiete años. Después, en el curso del tiempo, me fui convenciendo poco a
poco de que este hermano fue en mi destino como una indicación, como un decreto
de la providencia, pues estoy seguro de que sin él yo no habría sido religioso,
no habría emprendido esta preciosa ruta. Aquella primera revelación se produjo
en mi infancia, y ahora, en el término de mi carrera, me parece estar
presenciando una repetición de aquel hecho. Lo notable es, padres míos, que, sin
que exista entre Aliocha y mi hermano un verdadero parecido de cara, la
semejanza espiritual llega al extremo de que más de una vez he creido que Alexei
era mi hermano mismo, que venía a verme al final de mi carrera para recordar el
pasado. Y esta extraña ilusión ha sido tan vivida, que incluso a mí me ha
llenado de asombro.
Se volvió hacia el
novicio que le servía y continuó:
‑¿Comprendes,
Porfirio? Más de una vez te he visto apenado por mi evidente preferencia por
Aliocha. Ya conoces el motivo. Pero también a ti te quiero, puedes creerme, y tu
pena me ha apenado a mi. Quiero hablaros, mis buenos amigos, de este hermano
mío, pues en mi vida no ha habido nada más significativo ni más conmovedor. En
este momento veo toda mi existencia como si la reviviese.
Debo advertir que
esta última conversación del starets con sus visitantes el día de su muerte, se
conservó en parte por escrito. Alexei Fiodorovitch Karamazov la escribió de
memoria algún tiempo después. Ignoro si Aliocha se limitó a reproducir lo dicho
en aquella conversación por el starets o si tomó algo de otras charlas con su
maestro. Por otra parte, en el manuscrito de Aliocha, el discurso del starets es
continuo, sólo él habla contando a sus amigos su vida, siendo así que, según
referencias posteriores, la charla fue general y sus colegas le interrumpieron
con sus intervenciones, para exponer sus propios recuerdos. Además, el discurso
no pudo ser ininterrumpido, ya que el starets se ahogaba a veces y perdía la
voz. Entonces tenía que echarse en la cama para descansar, aunque permanecía
despierto, mientras los visitantes no se movían de donde estaban. En estos
intervalos, el padre Paisius leyó dos veces el Evangelio.
Detalle curioso:
nadie esperaba que el starets muriese aquella noche. Después de haber pasado el
día durmiendo profundamente, parecía haber extraído de su propio cuerpo una
energía que le sostuvo durante esta larga conversación con sus amigos. Pero esta
animación sorprendente debida a la emoción fue pasajera: el starets se extinguió
de pronto.
He preferido no
entrar en detalles y limitarme a reproducir el relato del starets según el
manuscrito de Alexei Fiodorovitch Karamazov. Así será más breve y menos
fatigoso, aunque, como ya he dicho, tal vez Aliocha tomó muchas cosas de
conversaciones anteriores.
CAPITULO II
BIOGRAFÍA DEL
STARETS ZÓSIMO, QUE DESCANSA EN EL SEÑOR, ESCRITA, SEGÚN SUS PROPIAS PALABRAS,
POR ALEXEI FIODOROVITCH KARAMAZOV
a) El hermano
del starets Zósimo
Mis queridos
padres: nací en una lejana provincia del norte, en V... Mi padre era noble, pero
de condición modesta. Como murió cuando yo tenía dos años, no me acuerdo de él.
Dejó a mi madre una casa de madera y un capital suficiente para vivir con sus
hijos sin estrechez. Los hijos éramos dos: mi hermano mayor, Marcel, y yo, Zenob.
Marcel tenía ocho años más que yo y era un joven impulsivo, irascible, pero
bondadoso, sin ninguna malicia, extrañamente taciturno, sobre todo cuando estaba
en casa con mi madre, los sirvientes y yo. En el colegio era buen alumno. No
alternaba con sus compañeros, pero tampoco reñía con ellos, según me decía mi
madre. Seis meses antes de cumplir los diecisiete años, edad en la que entregó
su alma a Dios, empezó a tratar a un deportado de Moscú, desterrado a nuestra
ciudad por sus ideas liberales. Era éste un sabio, un filósofo que gozaba de
gran prestigio en el mundillo universitario. Tomó afecto a Marcel y lo recibía
de buen grado en su casa. Mi hermano pasó largas veladas en su compañía. Esto
duró todo el invierno, hasta que el deportado, que había solicitado un cargo
oficial en Petersburgo, donde tenía protectores, lo obtuvo.
Al llegar la
Cuaresma, Marcel se negó a ayunar. De su boca salían frases de burla como ésta:
‑Todo eso es
absurdo. Dios no existe.
Mi madre se
estremecía al oírlo. Y también los criados, a incluso yo, pues, aunque era un
niño de nueve años, estas ideas me aterraban. Teníamos cuatro criados, todos
siervos, que compramos a un terrateniente amigo nuestro. Recuerdo que mi madre
vendió por sesenta rublos uno de ellos, la cocinera, que era vieja y coja, y
tomó para sustituirla a una sirvienta libre. En la Semana Santa, mi hermano se
sintió de pronto peor. Era un muchacho propenso a la tuberculosis, de talla
media, delgado y débil, aunque en su rostro había un sello de distinción. Se
enfrió y, poco después, el médico dijo en voz baja a mi madre que Marcel sufría
una tisis galopante y que no pasaría de la primavera. Mi madre se echó a llorar
y, con grandes precauciones, rogó a mi hermano que cumpliera con la Iglesia,
pues Marcel estaba en pie todavía. Al oír esto, mi hermano se enfadó y empezó a
despotricar contra la Iglesia; pero, al mismo tiempo, comprendió que estaba
enfermo de gravedad y que ésta era la causa de que mi madre le enviara a cumplir
con la religión.
Él sabía desde
hacía mucho tiempo que estaba condenado a muerte. Hacía un. año, nos había dicho
una vez en la mesa:
‑Mi destino no es
convivir con vosotros en este mundo. Tal vez no dure ni siquiera un año.
Fue como una
profecía. Al año siguiente, tres días después de haberle dicho mi madre que
cumpliera con sus deberes religiosos, empezó la Semana Santa. Desde el martes,
mi hermano fue a la iglesia.
‑Hago esto por ti,
madre ‑le dijo‑: quiero tranquilizarte y verte contenta.
Mi madre lloró de
alegría y de pesar a la vez. «Para que se haya producido en él semejante cambio
‑pensó‑ es necesario que su fin esté próximo.»
Pronto hubo de
guardar cama, de modo que confesó y comulgó en casa. Los días eran claros y
serenos; el aire estaba cargado de perfumes. La Pascua había caído demasiado
tarde aquel año.
Mi hermano se
pasaba la noche tosiendo. Apenas dormía. Por las mañanas se vestía y probaba a
estar sentado en un sillón. Me parece estar viéndole en su butaca, sonriente,
lleno de paz y dulzura, enfermo, pero con el semblante alegre. Había cambiado
por completo: era aquélla una transformación sorprendente. La vieja sirvienta
entraba en la habitación.
‑Déjeme encender la
lámpara de la imagen, querido.
‑Enciéndela. Antes
te lo prohibía porque era un monstruo. Lo que tú haces, lo mismo que la alegría
que yo siento, es como una plegaria. Por lo tanto, los dos oramos al mismo Dios.
Estas palabras eran
incomprensibles. Mi madre se fue a llorar a su habitación. Al volver junto a mi
hermano, se enjugó las lágrimas.
‑No llores, madre
mía ‑decía a veces‑. Viviré todavía mucho tiempo, y tú y yo nos divertiremos
juntos. ¡Es tan alegre la vida!
‑¿Alegre? ¿Cómo
puedes decir eso cuando pasas las noches con fiebre y tosiendo con una tos que
parece que el pecho se te va a romper?
‑No llores, mamá.
La vida es un paraíso. Lo que pasa es que no queremos verlo. Si quisiéramos
verlo, la tierra entera sería un paraíso para todos.
Estas palabras
sorprendieron a cuantos las escucharon, por su extraño sentido y su acento de
resolución. Los oyentes estaban tan conmovidos, que les faltaba poco para
echarse a llorar.
Nuestras amistades
venían a casa.
-Mis queridos
amigos ‑les decía mi hermano‑, ¿qué he hecho yo para merecer vuestro afecto?
¿Cómo podéis quererme tal como soy? Antes yo ignoraba vuestra estimación: no
sabía apreciarla.
A los sirvientes
que entraban en su habitación les decía:
‑Amigos míos, ¿por
qué me servís? Si Dios me concediera la gracia de vivir, os serviría yo a
vosotros, pues todos debemos servirnos mutuamente.
Mi madre, al oírle,
movía la cabeza.
‑Es tu enfermedad,
hijo mío, lo que te hace hablar de esta manera.
‑Mi querida madre,
ya sé que ha de haber amos y servidores, pero yo quiero servir a mis criados
como ellos me sirven a mi. Y aún te diré más, madre mía: todos somos culpables
ante los demás por todos y por todo, y yo más que nadie.
Al oír esto, mi
madre sonrió a través de sus lágrimas.
‑¿Cómo puedes tener
tú más culpa que todos ante los demás? Hay asesinos, bandidos... ¿Qué pecados
has cometido tú que sean más graves que los de todos tus semejantes?
‑Mi querida mamá,
mi adorada madrecita ‑solía decir entonces estas cosas dulces, inesperadas‑, te
aseguro que todos somos culpables ante todos y por todo. No sé explicarme bien,
pero veo claramente que es así, y esto me atormenta. ¿Cómo se puede vivir sin
comprender esta verdad?
Cada día se
despertaba más enternecido, más feliz, más vibrante de amor. El doctor
Eisenschmidt, un viejo alemán, lo visitaba.
‑Dígame, doctor
‑bromeaba a veces‑, ¿viviré un día más?
‑Vivirá usted mucho
más de un día ‑respondía el médico‑: vivirá meses, años...
Y él exclamaba:
‑¿Meses, años? Al
hombre le basta un día para conocer la felicidad... Mis queridos y buenos
amigos: ¿por qué hemos de reñir, por qué guardarnos rencor? Vamos al jardín a
paseac, a solazarnos. Bendeciremos la vida y nos abrazaremos.
‑Su hijo no puede
vivir ‑decía el médico a mi madre cuando ella le acompañaba a la puerta‑. La
enfermedad le hace desvariar.
Su habitación daba
al jardín, donde crecían árboles añosos. Los retoños habían brotado; llegaban
bandadas de pájaros; algunos cantaban ante su ventana, y para él era un placer
contemplarlos. Un día empezó a pedirles perdón también a ellos.
‑Pájaros de Dios,
alegres pájaros: perdonadme, pues también contra vosotros he pecado.
Nosotros no lo
comprendimos. Él lloraba de alegría.
‑La gloria de Dios
me rodeaba: los pájaros, los árboles, los prados, el cielo... Y yo llevaba una
vida vergonzosa, insultando a la creación, sin ver su belleza ni su gloria.
‑Exageras tus
pecados ‑suspiraba a veces su madre.
‑Mi querida madre,
lloro de alegría, no de pesar. Quiero ser culpable ante ellos... No sé cómo
explicártelo... Si he pecado contra todos, todos me perdonarán, y esto será el
paraíso. ¿Acaso no estoy ya en él?
Y aún dijo muchas
cosas más que he olvidado. Recuerdo que un día entré solo en su habitación. Era
el atardecer; el sol poniente iluminaba el aposento con sus rayos oblicuos. Me
dijo por señas que me acercara, apoyó sus manos en mis hombros, estuvo mirándome
en silencio durante un minuto y al fin dijo:
‑Ahora vete a
jugar. Vive por mí.
Yo salí de la
habitación y me fui a jugar. Andando el tiempo, me acordé muchas veces de estas
palabras llorando. Todavía dijo muchas más cosas desconcertantes, admirables,
que no pudimos comprender entonces. Murió tres semanas después de Pascua, con
todo el conocimiento, y aunque últimamente ya no hablaba, siguió siendo el mismo
hasta el fin. La alegría brillaba en sus ojos, nos buscaba con ellos, nos
sonreía, nos llamaba. Incluso en la ciudad se habló mucho de su muerte. Yo era
un niño entonces, pero todo esto dejó en mi corazón una huella imborrable que se
había de manifestar posteriormente.
b) Las
Sagradas Escrituras en la vida del starets Zósimo
Mi madre y yo
quedamos solos. Buenos amigos de casa le hicieron ver que debía enviarme a
Petersburgo, que si me retenía a su lado entorpecería mi carrera. Le aconsejaron
mi ingreso en el cuerpo de cadetes, a fin de que pudiera entrar en seguida en la
guardia. Mi madre dudó largamente; no se decidía a separarse de su único hijo.
Al fin se avino a ello, por considerar que obraba en beneficio mío, pero no sin
derramar abundantes lágrimas. Me llevó a Petersburgo y consiguió para mí el
puesto que le habían dicho. No la volví a ver: murió después de tres años de
tristeza y ansiedad.
Sólo recuerdos
excelentes conservo de la casa paterna. Estos recuerdos son los más preciosos
para el hombre, con tal que un mínimo de amor y concordia hayan reinado en la
familia. Es más: puede conservarse un buen recuerdo de la peor familia, siempre
que se tenga un alma sensible. Entre estos recuerdos ocupan un puesto importante
las historias santas, que me interesaban extraordinariamente a pesar de mis
pocos años. Poseía entonces un libro de magníficos grabados titulado Ciento
cuatro historias santas extraídas del Antiguo Testamento y del Nuevo. Este
libro, en el que aprendí a leer, lo conservo todavía como una reliquia. Pero aun
antes de saber leer, cuando sólo tenía ocho años, experimentaba ‑lo recuerdo
perfectamente‑ cierta sensación de las cosas espirituales. El Lunes Santo, mi
madre me llevó a misa. Era un día despejado. Me parece estar viendo aún el
incienso que subía leritamente hacia la bóveda, mientras a través de una ventana
que había en la cúpula bajaban hasta nosotros los rayos del sol, que parecían
fundirse con las nubes de incienso. Yo lo miraba todo enternecido, y por primera
vez mi alma recibió conscientemente la semilla de la palabra divina. .
Un adolescente
avanzó hasta el centro del templo con un gran libro; tan grande era, que me
pareció que al chico le costaba trabajo transportarlo. Lo colocó en el facistol,
lo abrió, empezó a leer..., y yo comprendí que la lectura se realizaba en un
templo consagrado a Dios.
Había en el país de
Hus un hombre justo y piadoso que poseía cuantiosas riquezas: infinidad de
camellos, ovejas y asnos. Sus hijos se solazaban; él los quería mucho y rogaba a
Dios por ellos, pensando que tal vez en sus juegos pecaran. Y he aquí que el
diablo subió hasta Dios al mismo tiempo que los hijos de Dios y le dijo que
había recorrido la tierra de un extremo a otro.
‑¿Has visto a mi
siervo Job? ‑preguntó el Señor.
E hizo ante el
diablo un gran elogio de su noble siervo. El diablo sonrió al oírle.
‑Entrégamelo y
verás como tu siervo murmura contra ti y maldice tu nombre.
Entonces Dios
entregó a Satán a aquel hombre justo y amado por Él. El diablo cayó sobre los
hijos de Job y aniquiló sus riquezas en un abrir y cerrar de ojos. Entonces Job
desgarró sus vestidos, se echó de bruces al suelo y gritó:
‑Salí desnudo del
vientre de mi madre, y desnudo volveré a la tierra. Dios me lo había dado todo;
Dios todo me lo ha quitado. ¡Bendito sea su nombre ahora y siempre!
Padres míos,
perdonadme estas lágrimas, pero toda mi infancia resurge ahora ante mí. Me
parece que vuelvo a tener ocho años y que, como entonces, estoy asombrado,
turbado, pensativo. Los camellos se grabaron en mi imaginación, y me impresionó
profundamente que Satán hablase a Dios como le habló, y que Dios permitiera la
ruina de su siervo, y que éste exclamara: «¡Bendito sea tu nombre, a pesar de tu
rigor!» Y también los dulces y suaves cánticos que después se elevaron en el
templo... «¡Escucha mi ruego, Señor!» Y otra vez el incienso y los rezos de
rodillas.
Desde entonces ‑y
esto me ocurrió ayer mismo‑ no puedo leer esta historia santa sin echarme a
llorar. ¡Qué grandeza, qué misterio tan profundo hay en ella! He oído decir a
los detractores y a esos que de todo se burlan:
‑¿Cómo pudo
entregar el Señor al diablo a un hombre justo y querido por Él, quitarle los
hijos, cubrirle de llagas, reducirlo a limpiar sus úlceras con un cascote, todo
ello para decir vanidosamente a Satán: «Ahi tienes lo que es capaz de soportar
por mí un hombre santo»?
Pero en esto
estriba precisamente la grandeza del drama: en el misterio, en que la apariencia
terrenal se confronta con la verdad eterna y aquélla ve como ésta se cumple. El
Creador, aprobando su obra como en los primeros días de la Creación, mira a Job
y se enorgullece de nuevo de su fiel criatura. Y Job, al alabarlo, presta un
servicio no sólo al Señor, sino a la Creación entera, generación tras generación
y siglo tras siglo. Y es que era un predestinado. ¡Qué libro, qué lecciones,
Señor! ¡Qué fuerza milagrosa dan al hombre las Escrituras! Son como una
representación del mundo, del ser humano y de su carácter. ¡Cuántos misterios se
resuelven y se desvelan en ellas! Dios vuelve a proteger a Job y le restituye
sus riquezas. Pasan los años. Job tiene más hijos y los quiere... ¿Cómo podía
amar a estos nuevos hijos después de haber perdido a los primeros? ¿Podía ser
completamente feliz recordando a aquéllos, por mucho que amase a éstos?... Pues
si, podía ser feliz. El antiguo dolor se convierte poco a poco, misteriosamente,
en una dulce alegría; al ímpetu juvenil sucede la serenidad de la vejez. Bendigo
todos los días la salida del sol y mi corazón le canta un himno como antaño;
pero prefiero el sol poniente, con sus rayos oblicuos, evocadores de dulces y
tiernos recuerdos, de queridas imágenes de mi larga y venturosa vida. Y, por
encima de todo, la verdad divina que calma, reconcilia y absuelve. Estoy en el
término de mi existencia, lo sé, y día tras día noto como mi vida terrenal se va
enlazando con la vida eterna, desconocida, pero muy cercana, tanto que, al
percibirla, vibra mi alma de entusiasmo, se ilumina mi pensamiento y se
enternece mi corazón...
Amigos y maestros,
he oído decir, y ahora se afirma con más insistencia que nunca, que los
sacerdotes, sobre todo los del campo, se quejan de su estrechez, de la
insuficiencia de su sueldo. Incluso dicen que no pueden explicar a gusto las
Escrituras al pueblo debido a sus escasos recursos, pues si llegan los luteranos
y estos heréticos empiezan a combatirlos, ellos no podrán defenderse por carecer
de medios para luchar. Su queja está justificada, y yo deseo que Dios les
conceda el sueldo que tan importante es para ellos, ¿pero no tenemos nosotros
nuestra parte de culpa en este estado de cosas? Aun admitiendo que el sacerdote
tenga razón, que esté abrumado de trabajo y también bajo la responsabilidad de
su ministerio, bien tendrá una hora libre a la semana para acordarse de Dios.
Además, no está ocupado todo el año. Una vez por semana, al atardecer, puede
reunir en su casa primero a los niños. Pronto se enterarán sus padres y acudirán
también. No hace falta tener un local especial para esto: el sacerdote puede
recibirlos a todos en su casa. No se la ensuciarán por estar una hora en ella.
Leedles la Biblia
sin fruncir el ceño ni adoptar actitudes doctorales, con amable sencillez, con
la alegría de ser comprendidos y escuchados, haciendo una pausa cuando convenga
explicar un término oscuro para las gentes incultas. Podéis estar seguros de que
acabarán por comprenderos, pues los corazones ortodoxos todo lo comprenden.
Leedles la vida de Abraham y de Sara, de Isaac y de Rebeca; leedles el episodio
de Jacob, que fue a casa de Labán y luchó en sueños con el Señor, al que dijo:
«Este sitio es horrible.» Y así llegaréis al corazón piadoso del pueblo. Contad,
sobre todo a los niños, que José, futuro intérprete de sueños y gran profeta,
fue vendido por sus hermanos, que mostraron sus ropas ensangrentadas a su padre
y le dijeron que lo había destrozado una fiera. Explicadles que después los
impostores fueron a Egipto en busca de trigo, y que José, al que no reconocieron
y que desempeñaba allí un alto cargo, los persiguió, los acusó de robo y retuvo
a su hermano Benjamín, pues recordaba que sus hermanos le habían vendido a unos
mercaderes junto a un pozo, en el desierto ardiente, a pesar de que él lloraba y
les suplicaba, enlazando las manos, que no le vendieran como esclavo en tierra
extranjera. Al verlos tantos años después, de nuevo sintió por ellos un profundo
amor fraternal, pero, a pesar de quererlos, los persiguió y los mortificó. Se
retiró al fin, incapaz de seguir conteniéndose, se arrojó sobre su lecho y
rompió a llorar. Después se secó las lágrimas, volvió al lado de ellos y les
dijo, alborozado:
‑Soy vuestro
hermano José.
¡Qué alegría la del
viejo Jacob al enterarse de que su querido hijo vivía! Se fue a Egipto,
abandonando a su patria, y murió en tierra extranjera, legando al mundo una gran
noticia que, con el mayor misterio, había llevado guardada durante toda su vida
en su tímido corazón. Y este secreto era que sabía que de su raza, de la tribu
de Judá, saldría la esperanza del mundo, el Reconciliador, el Salvador.
Padres y maestros,
perdonadme que os cuente como un niño lo que vosotros me podríais explicar con
mucho más arte. El entusiasmo me hace hablar así. Perdonad mis lágrimas. ¡Es
tanto mi amor por la Biblia! Si el sacerdote derrama lágrimas también, verá que
sus oyentes comparten su emoción. La semilla más insignificante produce su
efecto: una vez sembrada en el alma de las personas sencillas, ya no perece,
sino que vive hasta el fin entre las tinieblas y la podredumbre del pecado, como
un punto luminoso y un sublime recuerdo. Nada de largos comentarios ni de
homilías: si habláis con sencillez, vuestros oyentes lo comprenderán todo. ¿Lo
dudáis? Leedles la conmovedora historia de la hermosa Ester y de la orgullosa
Vasti, o el maravilloso episodio de Jonás en el vientre de la ballena. No os
olvidéis de las parábolas del Señor, sobre todo de las que nos relata el
evangelio de San Lucas, que son las que yo he preferido siempre, ni la
conversión de Saúl (esto sobre todo), que se refiere en los Hechos de los
Apóstoles. Y tampoco debéis olvidar las vidas del santo varón Alexis y la
sublime mártir María Egipcíaca. Estos ingenuos relatos llegarán al corazón del
pueblo y sólo habréis de dedicarles una hora a la semana. Entonces el sacerdote
advertirá que nuestro piadoso pueblo, reconocido, le devuelve centuplicados los
bienes recibidos de él. Recordando el celo y las palabras emocionadas de su
pastor, le ayudará en su campo y en su casa, lo respetará más que antes, y con
ello aumentarán sus emolumentos. Esto es una verdad tan evidente, que a veces no
se atreve uno a exponerla por temor a las burlas. El que no cree en Dios, no
cree en su pueblo. Quien cree en el pueblo de Dios, verá su santuario, aunque
antes no haya creído. Sólo el pueblo y su fuerza espiritual futura pueden
convertir a nuestros ateos separados de su tierra natal. Además, ¿qué es la
palabra de Cristo sin el ejemplo? Sin la palabra de Dios, el pueblo perecerá,
pues su alma anhela esta palabra y toda noble idea.
En mi juventud
‑pronto hará de esto cuarenta años‑, el hermano Antimio y yo recorrimos Rusia
pidiendo limosna para nuestro monasterio. En cierta ocasión, pasamos la noche
con unos pescadores a la orilla de un gran río navegable. Un joven campesino de
mirada dulce y límpida, que era un buen mozo y tenía unos dieciocho años, vino a
sentarse a nuestro lado. Había de llegar a la mañana siguiente a su puesto,
donde tenía que halar una barca mercante. Era una hermosa noche de julio,
apacible y cálida. Las emanaciones del río nos refrescaban. De vez en cuando, un
pez aparecía en la superficie. Los pájaros habían enmudecido y en torno de
nosotros todo era como una plegaria llena de paz.
El joven campesino
y yo éramos los únicos que no dormíamos. Hablábamos de la belleza y del misterio
del mundo. Las hierbas, los insectos, la hormiga, la dorada abeja, todos conocen
su camino con asombrosa seguridad, por instinto; todos atestiguan el misterio
divino y lo cumplen continuamente. Vi que el corazón de aquel joven se
inflamaba. Me dijo que adoraba los bosques y los pájaros que los habitan. Era
pajarero y distinguía los cantos de todas las aves. Además, sabía atraerlas.
‑Nada vale tanto
como la vida en el bosque ‑dijo‑, aunque a mi entender todo es perfecto.
‑Cierto ‑le
respondí‑; todo es perfecto y magnífico, pues todo es verdad. Observa al
caballo, noble animal que convive con el hombre; o al buey, que lo alimenta y
trabaja para él, encorvado, pensativo. Mira su cara; ¡qué dulzura hay en ella,
qué fidelidad a su dueño, a pesar de que éste le pega sin piedad; qué
mansedumbre, qué confianza, qué belleza! Es conmovedor saber que están libres de
pecado, pues todo es perfecto, inocente, excepto el hombre. Y Jesucristo es el
primero que está con los animales.
‑¿Es posible
‑pregunta el adolescente‑ que Cristo esté también con los animales?
‑¿Cómo no ha de
estar? ‑repuse yo‑. El Verbo es para todos. Todas las criaturas, hasta la más
insignificante hoja, aspiran el Verbo y cantan la gloria de Dios, y se lamentan
inconscientemente ante Cristo. Éste es el misterio de su existencia sin pecado.
Allá en el bosque habita un oso terrible, feroz, amenazador. Sin embargo, está
libre de culpa.
Y le conté que un
gran santo que tenía su celda en el bosque recibió un día la visita de un oso.
El ermitaño se enterneció al ver al animal, lo abordó sin temor alguno y le dio
un trozo de pan. «Vete ‑le dijo‑ y que Dios te acompañe.» Y el animal se retiró
dócilmente, sin hacerle ningún daño.
El joven se
conmovió al saber que el ermitaño salió indemne del encuentro y que Jesús estaba
también con los osos.
‑¡Todas las obras
de Dios son buenas y maravillosas!
Y se sumió en una
dulce meditación. Advertí que había comprendido. Y se durmió a mi lado con un
sueño ligero a inocente. ¡Que Dios bendiga a la juventud! Rogué por mi joven
amigo antes de que se durmiera. ¡Señor, envía la paz y la luz a los tuyos!
c) Recuerdos
de juventud del starets Zósimo. El duelo
Pasé casi ocho años en Petersburgo, en el Cuerpo
de Cadetes. Esta nueva educación ahogó en mi muchas impresiones de la infancia,
pero sin hacérmelas olvidar. En cambio, adquirí un tropel de costumbres y
opiniones nuevas que hicieron de mí un individuo casi salvaje, cruel y ridículo.
Adquirí un barniz de cortesía y modales mundanos, al mismo tiempo que el
conocimiento del francés, lo que no impedía que considerásemos a los soldados
que nos servían en el Cuerpo como verdaderos animales, y yo más que mis
compañeros, pues era el más impresionable de todos. Desde que fuimos oficiales
estuvimos dispuestos a verter nuestra sangre por el honor del regimiento. Pero
ninguno de nosotros tenía la más remota idea de lo que era el verdadero honor, y
si hubiésemos adquirido esta noción de pronto, nos habríamos reído de él. Nos
enorgullecíamos de nuestro libertinaje, de nuestro impudor, de nuestras
borracheras. No es que fuéramos unos pervertidos. Todos teníamos buen fondo. Sin
embargo, nos portábamos mal, y yo peor que todos. Como me hallaba en posesión de
mi fortuna, me entregaba a la fantasía con todo el ardor de la juventud, sin
freno alguno. Navegaba a toda vela. Pero me ocurría algo asombroso: a veces
leía, y con verdadero placer; no abría la Biblia casi nunca, pero no me separaba
de ella en ningún momento; la llevaba conmigo a todas partes; aun sin darme
cuenta de ello, conservaba este libro «para el día y la hora, para el mes y el
año» precisos. Cuando llevaba cuatro años en el ejército, llegué a la ciudad de
K..., donde se estableció mi regimiento para guarnecer la plaza. La sociedad de
la población era variada, divertida, acogedora y rica. Fui bien recibido en
todas partes, a causa de mi carácter alegre. Además, se me consideraba hombre
acaudalado, lo que nunca es un perjuicio para relacionarse con el gran mundo.
Entonces ocurrió algo que fue el punto de partida de todo lo demás. Me sentí
atraído hacia una muchacha encantadora, inteligente, distinguida y de noble
carácter. Sus padres, ricos a influyentes, me dispensaron una buena acogida. Me
pareció que esta joven sentía cierta inclinación hacia mí, y ante esta idea mi
corazón se inflamaba. Pero pronto me dije que seguramente, más que verdadero
amor, lo que yo experimentaba por ella era la respetuosa admiración que
forzosamente tenía que inspirarme la grandeza de su espíritu. Un sentimiento de
egoísmo me impidió pedir su mano. Yo no quería renunciar a los placeres de la
disipación, a mi independencia de soltero joven y rico. Deslicé algunas
insinuaciones sobre el particular, pero dejé para más adelante dar el paso
decisivo. Entonces me enviaron con una misión especial a otro distrito. Al
regresar, tras dos meses de ausencia, me enteré de que la muchacha se había
casado con un rico hacendado de los alrededores. Este caballero tenía más edad
que yo, pero era todavía joven y estaba relacionado con lo mejor de la sociedad,
cosa que yo no podía decir. Era un hombre fuerte, amable a instruido, cualidades
que yo no poseía tampoco. Tan inesperado desenlace me consternó hasta el punto
de trastornarme profundamente, y más cuando supe que aquel hombre era novio de
mi adorable amiga desde hacía tiempo. Me había encontrado muchas veces con él en
la casa y no me había dado cuenta del noviazgo: la fatuidad me ponía una venda
en los ojos. Esto fue lo que más me mortificó. ¿Cómo se explicaba que yo no
estuviese enterado de una cosa que sabía todo el mundo? De pronto me asaltó un
pensamiento intolerable. Rojo de cólera, recordé que más de una vez había
declarado, o poco menos, mi amor a aquella joven, y como ella, ni me había
prevenido, ni había hecho nada por detenerme, llegué a la conclusión de que se
había burlado de mi. Después, como es natural, me di cuenta de mi error, al
recordar que la joven cortaba, bromeando, tales temas de conversación; pero los
primeros días fui incapaz de razonar y ardía en deseos de venganza. Ahora
recuerdo, sorprendido, que mi animosidad y mi cólera me repugnaban, pues mi
carácter ligero no me permitía estar enojado con una persona durante mucho
tiempo. Sin embargo, me enfurecía superficialmente hasta la extravagancia.
Esperé la ocasión, y un día conseguí ofender a mi rival ante numerosa
concurrencia, sin razón alguna, riéndome de su opinión sobre ciertos sucesos
entonces importantes ‑era el año 1826- y burlándome de él con palabras
que me parecieron ingeniosas. Acto seguido le exigí una explicación por sus
manifestaciones, y lo hice tan groseramente, que él me arrojó el guante, a pesar
de que yo era más joven que él, insignificante y de clase inferior. Algún tiempo
después supe de buena fuente que aceptó mi provocación, en parte, por celos. Mis
relaciones anteriores con la mujer que ya era su esposa le habían molestado, y
ahora, ante mi provocación, se dijo que si su mujer se enteraba de que no había
replicado debidamente a mis insultos, le despreciaría, aun sin quererlo, y que
su amor hacia él sufriría grave quebranto. Pronto encontré un padrino, un
compañero de regimiento que tenía el grado de teniente. Aunque los duelos
estaban prohibidos entonces, tenían entre los militares el auge de una moda, de
tal modo arraigan y se desarrollan los prejuicios más absurdos. El mes de junio
llegaba a su fin. El encuentro se fijó para el día siguiente a las siete de la
mañana, en las afueras de la capital. Pero antes me ocurrió algo verdaderamente
fatídico. Por la noche, al regresar con un humor de perros, me enfurecí con mi
ordenanza, Atanasio, y lo golpeé con tal violencia, que su cara empezó a
sangrar. Hacía poco que estaba a mi servicio y ya le había maltratado otras
veces, pero nunca de un modo tan salvaje. Pueden creerme, mis queridos amigos:
han pasado cuarenta años desde entonces y todavía recuerdo esta escena con
vergüenza y dolor. Me acosté, y cuando desperté, al cabo de tres horas, ya era
de día. Como no tenía sueño, me levanté. Me asomé a la ventana, que daba a un
jardín. El sol había salido, era un día hermoso, trinaban los pájaros... «¿Qué
me pasa? ‑me pregunté‑. Tengo la sensación de que soy un infame, un ser vil. ¿Se
deberá esto a que me dispongo a derramar sangre? No, no es eso. ¿Será el temor a
la muerte, el temor a que me maten? No, de ningún modo...» Y de pronto advertí
que el motivo de mi inquietud eran los golpes que había dado a Atanasio la noche
anterior. Mentalmente reviví la escena como si en realidad se repitiese. Vi al
pobre muchacho de pie ante mí, en posición de firmes, mientras yo lanzaba mi
puño contra su rostro con todas mis fuerzas. Mantenía la cabeza en alto, los
ojos muy abiertos, y, aunque se estremecía a cada golpe, ni siquiera levantaba
el brazo para cubrirse. ¡Que un hombre permaneciera así mientras le pegaba otro
hombre! Esto era sencillamente un crimen. Sentí como si una aguja me traspasara
el alma. Estaba como loco mientras el sol brillaba, el ramaje alegraba la vista
y los pájaros loaban al Señor. Me cubrí el rostro con las manos, me arrojé sobre
el lecho y estallé en sollozos. Me acordé de mi hermano Marcel y de las últimas
palabras que dirigió a la servidumbre: «Amigos míos, ¿por qué me servís, por qué
me queréis? ¿Merezco que me sirváis?» Y me dije de pronto: «Si, ¿merezco que me
sirvan?» Ciertamente, ¿a título de qué merecía yo que me sirviera otro hombre,
creado, como yo, a imagen y semejanza de Dios? Fue la primera vez que este
pensamiento atravesó mi mente. «Madre querida, en verdad, cada uno de nosotros
es culpable ante todos y por todos. Pero los hombres lo ignoran. Si lo supieran,
el mundo sería un paraíso.» Y me dije llorando: «Señor, yo soy el más culpable
de todos los hombres, el peor que existe.» Y de súbito apareció en mi
imaginación, con toda claridad y todo su horror, lo que iba a hacer: iba a matar
a un hombre de bien, de corazón noble, inteligente, sin que hubiera recibido de
él la menor ofensa. Y, por mi culpa, su mujer sería desgraciada para siempre,
viviría en una incesante tortura, moriría... Me hallaba tendido de bruces, con
la cara en la almohada, y había perdido toda noción del tiempo. De pronto entró
mi compañero, el teniente, que venía a buscarme con las pistolas. «Me alegro de
que estés ya despierto ‑dijo‑, pues es la hora. Vamos.» Me sentí trastornado,
confundido. Pero seguí a mi padrino y nos encaminamos al coche. «Espera un
momento ‑le dije‑. Vengo en seguida. Se me ha olvidado el portamonedas.» Volví a
todo correr a mi alojamiento y entré en la habitación de mi asistente.
«Atanasio, ayer te di dos tremendos golpes en la cara. ¡Perdóname!» Él se
estremeció; parecía asustado. Yo consideré que mis palabras no eran suficientes
y me arrodillé a sus pies y volví a pedirle perdón. Mi asistente se quedó
petrificado. «¿Cree usted que merezco tanto, señor...?» Y se echó a llorar, como
me había echado yo hacía un momento. Se cubrió la cara con las manos y se volvió
hacia la ventana, sacudido por los sollozos. Corrí a reunirme con mi compañero y
el coche se puso en marcha.
‑¡Mírame, amigo!
‑exclamé‑. Tienes ante ti a un vencedor.
Me sentía
alborozado. Hablaba continuamente, no sé de qué. El teniente me miraba.
‑¡Bravo, camarada!
Eres un valiente. Ya veo que mantendrás el honor del uniforme.
Llegamos al terreno
del desafío, donde ya nos esperaban. Nos colocaron a doce pasos uno de otro. Mi
adversario dispararía primero. Yo permanecía frente a él, alegremente, sin
parpadear y dirigiéndole una mirada afectuosa. Tiró, y el disparo no tuvo más
consecuencia que levantarme la piel de la mejilla y la oreja.
‑¡Alabado sea Dios!
‑exclamé‑. No ha matado usted a un hombre.
Acto seguido arrojé
al suelo mi pistola y dije a mi adversario:
‑Caballero, perdone
a este estúpido joven que lo ha ofendido y obligado a disparar contra él. Es
usted superior a mí. Repita estas palabras a la persona que usted respeta más
que a ninguna otra en el mundo.
Apenas hube
terminado de hablar, mi adversario y los dos padrinos empezaron a lanzar
exclamaciones.
‑Oiga ‑dijo mi
rival, indignado‑: si no quería usted batirse, nos podríamos haber ahorrado
todas estas molestias.
Le respondí
alegremente:
‑Es que ayer era un
necio. Hoy soy más razonable.
‑Creo lo de ayer.
En cuanto a lo de hoy, me es más difícil admitirlo.
‑¡Bravo! ‑exclamé;
aplaudiendo‑. Estoy completamente de acuerdo con usted. Merezco lo que me ha
dicho.
‑Oiga, señor:
¿quiere disparar o no quiere disparar?
‑No lo haré. Vuelva
usted a tirar si quiere. Pero será mejor que no lo haga.
Los padrinos
empezaron a vociferar. El mío sobre todo:
‑¡Deshonrar a su
regimiento pidiendo perdón sobre el terreno! ¡Si yo lo hubiese sabido...!
Yo dije entonces
gravemente y dirigiéndome a todos:
‑Pero, señores,
¿tan asombroso resulta en nuestra época encontrar a un hombre que se arrepienta
de su necedad y reconozca públicamente sus errores?
‑No es asombroso,
pero eso no debe hacerse en el terreno del desafío ‑dijo
mi compañero de regimiento.
‑Mi deber era pedir
perdón apenas llegamos aquí, antes de que mi adversario disparase, para evitar
que pudiera incurrir en pecado mortal. Pero nuestros hábitos son tan absurdos,
que no me era posible obrar de ese modo. Mis palabras sólo podían tener valor
para ese caballero dichas después de su disparo a doce pasos de distancia. Si
las hubiese pronunciado antes, él me habría creído un cobarde indigno de ser
escuchado.
Y exclamé con todo
mi corazón:
‑¡Contemplen las
obras de Dios! El cielo es claro; el aire, puro; la hierba, tierna; los pájaros
cantan en la naturaleza magnífica e inocente. Sólo nosotros, impíos y estúpidos,
no comprendemos que la vida es un paraíso. Bastaría que lo quisiéramos
comprender para que este paraíso apareciera ante nosotros. Y entonces nos
abrazaríamos los unos a los otros llorando...
Mi propósito era
seguir hablando, pero no pude: la respiración me faltaba; jamás había sentido
una felicidad tan grande.
‑Discretas y
piadosas palabras ‑dijo mi adversario‑. Desde luego, es usted un hombre
original.
‑¿Se burla usted?
‑pregunté sonriendo‑. Algún día me alabará.
‑Lo alabo ahora
mismo y le ofrezco mi mano, pues me parece usted verdaderamente sincero.
‑No, no me dé la
mano ahora; ya lo hará más adelante, cuando yo sea mejor y me haya ganado su
respeto. Entonces hará bien en estrechármela.
Volvimos a casa. Mi
padrino no cesaba de gruñir, y yo lo abrazaba. Mis compañeros fueron informados
aquel mismo día de todo y se reunieron para juzgarme.
‑Ha deshonrado el
uniforme. Debe dimitir.
Algunos me
defendieron.
‑Ha esperado a que
disparasen contra él.
‑Sí, pero no ha
tenido valor para exponerse a nuevos disparos y ha pedido perdón sobre el
terreno.
‑Si le hubiese
faltado valor ‑dijo uno de mis defensores‑, habría disparado antes de pedir
perdón. Lejos de hacerlo, arrojó al suelo la pistola cargada. No, no ha sido
falta de valor. Ha ocurrido algo que no comprendemos.
Yo los escuchaba y
los miraba regocijado.
‑Queridos amigos y
compañeros: no os preocupéis por mi dimisión, pues ya la he presentado. Sí, la
he presentado esta mañana, y, cuando se me admita, ingresaré en un convento.
Sólo con este fin he dimitido.
Al oír estas
palabras, todos se echaron a reír.
‑¡Haber empezado
por ahí! Así todo se comprende. No se puede juzgar a un monje.
No cesaban de reír,
pero sin burlarse, con una alegría bondadosa. Todos, sin excluir a mis más
implacables acusadores, me miraban con afecto. Luego, durante todo el mes, hasta
que pasé a la reserva, me pareció que me paseaban en triunfo.
‑¡Mirad a nuestro
monje!
Todos tenían para
mí palabras amables. Trataban de disuadirme, incluso me compadecían.
‑¿Sabes lo que vas
a hacer?
Otro decía:
‑Es un valiente.
Habían disparado contra él y él podía disparar, pero no lo hizo porque la noche
anterior había tenido un sueño que le impulsó a ingresar en un convento. Ésta es
la clave del enigma.
Algo parecido
ocurrió en la sociedad local. Hasta entonces no se me había prestado en ella
demasiada atención: me recibían cordialmente y nada más. Ahora todos querían
trabar amistad conmigo a invitarme. Se reían de mí, pero con afecto. Aunque se
hablaba sin reservas de nuestro duelo, la cosa no había tenido consecuencias,
pues mi adversario era pariente próximo de nuestro general, y como no se había
derramado sangre y yo había dimitido, se tomó todo a broma. Entonces empecé a
hablar en voz muy alta y sin temor alguno, a pesar de las risas que mis palabras
levantaban, ya que no había en ellas malicia alguna. Conversaba especialmente
con las damas, pues me escuchaban con gusto y obligaban a los hombres a
escucharme.
‑¿Cómo puedo yo ser
culpable ante todos? ‑me preguntaban, riéndose en mis narices‑. Dígame: ¿soy
culpable ante usted, por ejemplo?
‑Es muy natural que
no pueda responderse usted a esas preguntas ‑les contestaba yo‑, pues el mundo
entero avanza desde hace tiempo por un camino de perdición. Nos parece verdad la
mentira y exigimos a los demás que acepten nuestro modo de ver las cosas. Por
primera vez he decidido obrar sinceramente, y ustedes me han tomado por loco. Me
tienen simpatía, pero se burlan de mí.
‑¿Cómo no sentir
simpatía hacia usted? ‑dijo la dueña de la casa riendo con amable franqueza.
La concurrencia era
numerosa. De pronto vi que se levantaba la mujer causante de mi duelo y a la que
yo había pretendido hasta hacía poco. No me había dado cuenta de su llegada.
Vino hacia mí y me tendió la mano.
‑Permítame decirle
‑declaró‑ que, lejos de reírme de usted, le estoy verdaderamente agradecida y
que me inspira respeto su modo de proceder.
Su marido se acercó
a mí, y todas las miradas se concentraron en mi persona. Se me mimaba y yo me
sentía feliz. En este momento me abordó un señor de edad madura, que atrajo toda
mi atención. Sólo le conocía de nombre: nunca había hablado con él.
d) El
visitante misterioso
Era funcionario y ocupaba desde hacia mucho
tiempo un puesto importante en nuestra sociedad local. Gozaba del respeto de
todos, era rico y tenía fama de altruista. Había hecho donación de una
importante cantidad al hospicio y al orfanato y realizaba en secreto otras
muchas obras de caridad, cosa que se supo después de su muerte. Contaba unos
cincuenta años, tenía un aspecto severo y hablaba poco. Se había casado hacía
diez años con una mujer todavía joven y tenía tres hijos de corta edad. Al día
siguiente por la tarde, cuando me hallaba en mi casa, la puerta se abrió y entró
el caballero que acabo de describir.
Debo advertir que
mi alojamiento no era ya el de antes. Tan pronto como se aceptó mi dimisión me
instalé en casa de una señora de edad, viuda de un funcionario, cuya doméstica
me servía, pues el mismo día de mi desafío había enviado a Atanasio a su
compañía, sin atreverme a mirarle a la cara después de lo sucedido, lo que
demuestra que el laico desprovisto de preparación religiosa puede avergonzarse
de los actos más justos.
‑Hace ya varios
días ‑me dijo al entrar‑ que le escucho con gran curiosidad. Deseo que me honre
usted con su amistad y que conversemos detenidamente. ¿Quiere usted hacerme ese
gran favor?
‑Con mucho gusto
‑le respondí‑. Será para mí un verdadero honor.
De tal modo me
impresionó aquel hombre desde el primer momento, que me sentía un tanto
atemorizado. Aunque todos me escuchaban con curiosidad, nadie me había mirado
con una expresión tan grave. Además, había venido a mi casa para hablar conmigo.
Después de sentarse
continuó:
‑He observado que
es usted un hombre de carácter, ya que no vaciló en decir la verdad en una
cuestión en que su franqueza podía atraerle el desprecio general.
‑Sus elogios son
exagerados.
‑Nada de eso. Lo
que usted hizo requiere mucha más resolución de la que usted supone. Esto es lo
que me impresionó y por eso he venido a verle. Tal vez mi curiosidad le parezca
indiscreta, pero quisiera que me describiera usted sus sensaciones, en caso de
que las recuerde, al decidir pedir perdón a su adversario en el terreno del
duelo. No atribuya usted mi pregunta a ligereza. Es todo lo contrario. Se la
hago con un fin secreto que seguramente le explicaré muy pronto, si Dios quiere
que se entable entre nosotros una verdadera amistad.
Yo lo escuchaba
mirándolo fijamente. De pronto sentí hacia él una confianza absoluta, al mismo
tiempo que una viva curiosidad, pues percibí que su alma guardaba un secreto.
‑Desea usted
conocer mis sensaciones en el momento en que pedí perdón a mi adversario ‑dije‑,
pero será preferible que antes le refiera ciertos hechos que no he revelado a
nadie.
Le describí mi
escena con Atanasio y le dije que finalmente me había arrodillado ante él.
‑Esto le permitirá
comprender ‑terminé‑ que durante el duelo mi estado de ánimo había mejorado
mucho. En mi casa había empezado a recorrer un nuevo camino y seguía adelante,
no sólo libre de toda preocupación, sino alegremente.
El visitante me
escuchó con atención y simpatía.
‑Todo esto es muy
curioso ‑dijo‑. Volveré a visitarle.
Desde entonces vino
a verme casi todas las tardes. En seguida habríamos trabado estrecha amistad si
mi visitante me hubiera hablado de sí mismo. Pero se limitaba a hacerme
preguntas sobre mí. No obstante, le tomé afecto y le abrí mi corazón. Me decía
en mi fuero interno: «No necesito que me confíe sus secretos para estar
persuadido de que es un hombre justo. Además, hay que tener en cuenta que es una
persona sería y que viene a verme, a escucharme, a pesar de que tiene bastante
más edad que yo.»
Aprendí mucho de
él. Era un hombre de gran inteligencia.
‑Yo también creo
desde hace mucho tiempo que la vida es un paraíso ‑me dijo un día, mirándome y
sonriendo‑. Estoy incluso más convencido que usted, como le demostraré cuando
llegue el momento.
Entonces me dije: «
No cabe duda: tiene que hacerme una revelación. »
‑Todos ‑continuó‑
llevamos un paraíso en el fondo de nuestro ser. En este momento yo llevo el mío
dentro dé mí y, si quisiera, mañana mismo podría convertirlo en realidad para
toda mi vida.
Me hablaba
afectuosamente, mirándome con una expresión enigmática, como si me interrogase.
‑En cuanto a la
culpabilidad de cada hombre ante todos, no sólo por sus pecados, sino por todo,
sus juicios son justos. Es asombroso que haya podido concebir esta idea con
tanta amplitud. Comprenderla supondrá para los hombres el advenimiento del reino
de los cielos, no como un sueño, sino como una auténtica realidad.
‑¿Pero cuándo
llegará ese día? ‑exclamé, apenado‑. Acaso esa idea no pase nunca de ser un
sueño.
‑¿Cómo es posible
que no crea usted lo que predica? Ha de saber que ese sueño se realizará, pero
no ahora, cuando todo está regido por leyes. Es un fenómeno moral, psicológico.
Para que el mundo se renueve es preciso que los hombres cambien de rumbo.
Mientras cada ser humano no se sienta verdaderamente hermano de su prójimo, no
habrá fraternidad. Guiándose por la ciencia y el interés, los hombres no sabrán
nunca repartir entre ellos la propiedad y los derechos; nadie se sentirá
satisfecho y todos murmurarán, se envidiarán, se exterminarán... Usted se
pregunta cuándo se realizará su ideal. Pues bien, se realizará cuando termine la
etapa del aislamiento humano.
‑¿El aislamiento
humano? ‑pregunté.
‑Sí. Hoy reina en
todas partes y no ha llegado aún la hora de su fin. Hoy todos aspiran a separar
su personalidad de las demás personalidades, gozar individualmente de la
plenitud de la vida. Sin embargo, los esfuerzos de los hombres, lejos de
alcanzar sus fines, conducen a un suicidio total, ya que, en vez de conseguir la
plena afirmación de su personalidad, los seres humanos caen en la soledad más
completa. En nuestro siglo, todos los hombres se han fraccionado en unidades.
Cada cual se aísla en su agujero, se aparta de los demás, se oculta con sus
bienes, se aleja de sus semejantes y aleja a sus semejantes. Amasa riquezas él
solo, se felicita de su poder y de su opulencia, y el insensato ignora que
cuantas más riquezas reúne, más se hunde en una impotencia fatal. Porque se ha
habituado a contar sólo consigo mismo y se ha desligado de la colectividad; se
ha acostumbrado a no creer en la ayuda mutua, ni en su prójimo, ni en la
humanidad, y tiembla ante la sola idea de perder su fortuna y los derechos que
ésta le otorga. Hoy el espíritu humano empieza a perder de vista en todas
partes, cosa ridícula, que la verdadera garantia del individuo radica no en su
esfuerzo personal aislado, sino en su solidaridad. Este terrible aislamiento
terminará algún día, y entonces todos los hombres comprenderán que su separación
es contraria a todas las leyes de la naturaleza, y se asombrarán de haber
permanecido tanto tiempo en las tinieblas, sin ver la luz. Y en ese momento
aparecerá en el cielo el signo del Hijo del Hombre... Pero hasta entonces habrá
que tener guardado el estandarte y predicar con el ejemplo, aun siendo uno solo
el que lo haga. Ese uno deberá salir de su aislamiento y acercarse a sus
hermanos, sin detenerse ante el riesgo de que le tomen por loco. Hay que
proceder de este modo para evitar que se extinga una gran idea.
Estas
conversaciones apasionantes ocupaban enteramente nuestras vidas. Incluso
abandoné a la sociedad, a la que sólo acudía de tarde en tarde. Por otra parte,
empecé a pasar de moda. No lo digo en son de queja, pues todos seguían
demostrándome afecto y mirándome con buenos ojos; pero no cabe duda de que la
moda desempeña un papel preponderante en el mundo. Acabé por sentirme
entusiasmado ante mi misterioso visitante: su inteligencia me seducía. Además,
mi intuición me decía que aquel hombre tenía algún proyecto, que se preparaba
para realizar algún acto heroico. Sin duda, sabía que yo no tenía el propósito
de desvelar su secreto, y que ni siquiera aludiría a él. Finalmente, advertí que
le atormentaba el deseo de hacerme una confidencia. Esto ocurrió al cabo de un
mes aproximadamente.
‑¿Sabe usted ‑me
preguntó un día‑ que somos el blanco de la curiosidad general? Mis frecuentes
visitas a esta casa han atraído la atención de la gente... En fin, pronto se
explicará todo.
A veces, le
asaltaba repentinamente una agitación extraordinaria. Entonces casi siempre se
levantaba y se iba. En otras ocasiones, fijaba en mí una mirada larga y
penetrante. Yo me decía: «Ahora va a hablar.» Pero se arrepentía y empezaba a
comentar algún hecho sin importancia.
Se quejaba de
dolores de cabeza. Un día, tras una charla larga y vehemente, vi que palidecía
de pronto. Sus facciones se contrajeron y me miró con gesto huraño.
‑¿Qué le ocurre?
‑le pregunté‑. ¿Se siente mal?
‑No, es que yo...
es que yo... he cometido un asesinato.
Hablaba sonriendo.
Estaba blanco como la cal. Antes de que en mi pensamiento se restableciera el
orden, una pregunta atravesó mi cerebro. «¿Por qué sonreirá?» Y también yo
palidecí.
‑¿Habla en serio?
‑‑exclamé.
Mi visitante seguía
sonriendo tristemente.
‑Me ha costado
empezar, pero continuar no me será difícil.
Al principio no lo
creí. Sólo le di crédito al cabo de tres días, cuando me lo hubo contado todo
detalladamente. Empecé creyendo que estaba loco; después, con dolor y sorpresa,
me convencí de que decía la verdad.
Hacía catorce años
había asesinado a una dama rica, joven y encantadora, viuda de un terrateniente,
que poseía una finca en los alrededores de nuestra ciudad. Se enamoró de ella
apasionadamente, le declaró su amor y le pidió que se casara con él. Pero ella
había entregado ya su corazón a otro, a un distinguido oficial que estaba en
campaña y que había de regresar muy pronto. Rechazó la petición del pretendiente
y le rogó que dejara de visitarla. El despechado conocía la disposición de la
casa, y una noche se introdujo en ella. Atravesó el jardín y subió al tejado,
con una audacia increíble, exponiéndose a que lo descubrieran. Pero suele
ocurrir que los crímenes más audaces son los que más éxito tienen. Entró en el
granero por un tragaluz y bajó a las habitaciones por una escalerilla, sabiendo
que los sirvientes no cerraban siempre con llave la puerta de comunicación.
Contó ‑y acertó‑ con la negligencia de los criados. A través de las sombras, se
dirigió al dormitorio, donde ardía una lamparilla. Como hecho adrede, las dos
doncellas habían salido a escondidas para asistir a una fiesta en casa de una
amiga. Los demás domésticos estaban acostados en la planta baja. Al ver dormida
a la dama, su pasión se despertó; después, los celos y el deseo de venganza se
adueñaron de él y lo llevaron a clavarle un cuchillo en el corazón. Ella ni
siquiera pudo gritar.
Con infernal
astucia, hizo todo lo necesario para que las sospechas recayeran en los
sirvientes. Se apoderó del monedero de la víctima, abrió la cómoda con las
llaves que encontró bajo la almohada y robó, como un criado ignorante, el dinero
y las joyas, eligiendo éstas por su volumen: desdeñó las más preciosas y tampoco
tocó los valores. Se llevó también algunos recuerdos de los que hablaré más
adelante. Realizada la fechoría, salió de la casa por el mismo camino que había
seguido para entrar. Ni. al día siguiente, cuando se conoció el hecho, ni más
adelante tuvo nadie la menor idea de quién era el verdadero culpable. Se
ignoraba su pasión por la víctima, pues era un hombre taciturno, encerrado en sí
mismo y que no tenía amistades. Se le consideraba simplemente como conocido de
la muerta, a la que, por cierto, no había visto desde hacía quince días. Se
sospechó inmediatamente de un criado llamado Pedro, y todas las circunstancias
contribuyeron a confirmar estas sospechas, pues el tal Pedro sabía que la dueña
del lugar estaba decidida a incluirlo entre los reclutas que debía entregar, ya
que era soltero y de mala conducta. Estando ebrio, había amenazado de muerte a
una persona en la taberna. Dos días antes del asesinato había desaparecido y, al
siguiente, lo encontraron en las cercanías de la ciudad, junto a la carretera,
borracho perdido. Llevaba un cuchillo encima y en su mano derecha había manchas
de sangre. Dijo que había sufrido un derrame nasal, pero no lo creyeron. Las
doncellas declararon que habían salido y que habían dejado la puerta exterior
abierta para poder entrar cuando regresaran. Se acumularon otros indicios
análogos, que provocaron la detención del criado inocente. Se instruyó un
proceso, pero, transcurrida una semana, el procesado contrajo unas fiebres y
murió en el hospital sin haber recobrado. el conocimiento. El sumario se
archivó, se puso la causa en manos de Dios, y todos, jueces, autoridades y
público, quedaron convencidos de que el autor del crimen había sido el difunto
sirviente.
Entonces empezó el
castigo. El misterioso visitante, ya unido a mí por lazos de amistad, me explicó
que al principio no había sentido el menor remordimiento. Se limitaba a lamentar
haber matado a una mujer querida, ya que, al darle muerte, había matado a su
propio amor, un amor apasionado que hacía circular por sus venas una corriente
de fuego. Casi se olvidaba de que había derramado sangre inocente, de que había
dado muerte a un ser humano. No podía tolerar la idea de que su víctima hubiera
sido la esposa de otro. Así, estuvo mucho tiempo convencido de que había obrado
como tenía que obrar. La detención del criado le inquietó en el primer momento,
pero su enfermedad y su muerte le tranquilizaron, ya que el desgraciado había
muerto no a causa de la acusación que pesaba sobre él, sino por efecto de una
pulmonía, contraída al permanecer toda una noche tendido sobre la tierra húmeda.
El robo de joyas y dinero no le inquietaba, puesto que no había obrado por
codicia, sino para alejar de si las sospechas. La cantidad era insignificante.
Además, pronto entregó una suma mayor a un hospicio que se había fundado en
nuestra ciudad. Hizo esto para descargar su conciencia, y lo consiguió ‑cosa
notable‑ para mucho tiempo. Por su propia conveniencia, redobló sus actividades.
Consiguió que le confiasen una ardua misión que duró dos años, y, gracias a la
entereza de su carácter, casi se olvidó de su delito. A ello le ayudó su empeño
de apartar de su mente la ingrata idea. Se dedicó a las buenas obras a hizo
muchas en nuestra localidad. Su fama de filántropo llegó a las capitales, y en
Petersburgo y en Moscú fue nombrado miembro de varias instituciones benéficas.
Al fin, se sintió
dominado por vagas y dolorosas preocupaciones que eran superiores a sus fuerzas.
Entonces se prendó de una encantadora muchacha con la que se casó muy pronto,
con la esperanza de que el matrimonio, al poner fin a su soledad, disiparía sus
angustias, y de que, al entregarse de lleno a sus deberes de esposo y de padre,
desterraría los malos recuerdos. Pero sucedió todo lo contrario de lo que él
esperaba. Desde el primer mes de matrimonio empezó a obsesionarle una idea
atormentadora. «Mi mujer me quiere, pero ¿qué sucedería si lo supiera todo?»
Cuando su esposa le anunció que estaba encinta de su primer hijo, él se turbó.
«Yo que he quitado la vida, ahora la doy.» Cuando ya tenía más de un hijo, se
preguntó: «¿Cómo puedo atreverme a quererlos, a educarlos, a hablarles de la
virtud, yo que he matado?» Sus hijos eran hermosos. Anhelaba acariciarlos. «No
puedo mirar sus caras inocentes; no soy digno de mirarlas.» Finalmente tuvo una
visión siniestra y amenazadora de la sangre de su víctima, que clamaba venganza;
de la vida joven que había aniquilado. Empezó a tener horribles pesadillas. Su
entereza de ánimo le permitió resistir largo tiempo este suplicio. «Este
sufrimiento secreto es la expiación de mi crimen.» Pero esta idea era una vana
esperanza: su sufrimiento iba aumentando a medida que pasaba el tiempo. La gente
lo respetaba por sus actividades filantrópicas, aunque su cara sombría y su
carácter severo inspiraban temor. Pero cuanto más crecía este general respeto,
más intolerable le resultaba. Me confesó que había pensado en el suicidio. Otra
idea empezó a torturarle, una idea que al principio le pareció descabellada y
absurda, pero que acabó por formar parte de su ser hasta el punto de no poder
expulsarla. Esta idea fue la de confesar públicamente su crimen. Pasó tres años
presa de esta obsesión que se presentaba de diversas formas. Al fin, creyó con
toda sinceridad que esta confesión descargaría su conciencia y le devolvería la
paz interior para siempre. Pero, pese a esta seguridad, se sintió atemorizado.
¿Cómo lo haría? Entonces se produjo el incidente de mi desafío.
‑Ante su conducta
‑me dijo‑, he decidido no retrasar mi confesión.
‑¿Cómo es posible
‑exclamé juntando las manos‑ que un suceso tan insignificante haya engendrado
semejante determinación?
‑La tengo tomada
desde hace tres años. Su conducta sólo ha servido para darle impulso.
Añadió rudamente:
‑Al conocerlo a
usted, me he colmado a mí mismo de reproches y le he envidiado.
‑Pero han pasado ya
catorce años: nadie le creerá.
‑Tengo pruebas
abrumadoras. Las exhibiré.
Me eché a llorar y
lo abracé.
‑Sólo quiero que me
aconseje sobre un punto ‑me dijo como si todo dependiera de mi‑. ¡Mi mujer, mis
hijos...! Ella acaso muera de pesar. Mis hijos conservarán su categoría social,
su fortuna; pero siempre serán los hijos de un presidiario. Y ya puede usted
suponer el recuerdo que esos niños guardarán de mí.
Yo no respondí.
‑Además, me resisto
a separarme de ellos, a dejarlos para siempre...
Yo decía
mentalmente una oración. Al fin, me levanté, aterrado.
‑Contésteme ‑me
dijo, mirándome fijamente.
‑Haga su confesión
pública ‑repuse‑. Todo pasa; sólo la verdad permanece. Cuando sean mayores, sus
hijos comprenderán la nobleza de su acto.
Al marcharse, no
daba la menor muestra de irresolución. Sin embargo, estuvo quince días viniendo
a verme todas las noches. Se preparaba para cumplir su propósito, pero no se
decidía. Sus palabras me llenaban de angustia. A veces llegaba con un gesto de
resolución y me decía, enternecido:
‑Estoy seguro de
que cuando lo haya confesado todo, me parecerá vivir en un paraíso. Durante
catorce años he vivido en un infierno. Quiero sufrir. Cuando acepte este
sufrimiento, empezaré a vivir. Ahora no me atrevo a amar al prójimo, no me
atrevo a amar ni siquiera a mis hijos. Señor, estos niños se percatarán de lo
mucho que he sufrido y no me censurarán.
‑Todos comprenderán
su proceder, si no ahora, más adelante, pues usted habrá rendido un servicio a
la verdad, a la verdad superior, que no es la verdad de este mundo.
Se marchaba
aparentemente consolado, pero volvía al día siguiente con semblante huraño,
pálido y expresándose con amarga ironía.
‑Cada vez que entro
aquí, usted me observa con curiosidad. «¿Todavía no ha dicho nada?», parece
preguntarme. Tenga calma y no me desprecie. No es tan fácil como usted supone. A
lo mejor, no hago mi confesión nunca. Usted no me denunciará, ¿eh?
¡Denunciarle yo,
que, lejos de sentir una curiosidad maligna, ni siquiera me atrevía a mirarle!
Me sentía afligido, atormentado, con el alma llena de lágrimas. Por las noches
no podía dormir.
‑Hace un momento
estaba con mi mujer. ¿Sabe usted lo que es una esposa? Al marcharme, me han
gritado los niños: «Adiós, papá. Vuelve pronto para darnos clase de lectura.»
No, usted no puede comprender esto. Las desgracias ajenas no nos instruyen.
Sus ojos
centelleaban, temblaban sus labios. De pronto, aquel hombre tan reposado dio un
fuerte puñetazo en la mesa. Todo lo que había sobre ella tembló.
‑¿Debo denunciarme
a mí mismo? ¿Es necesario que lo haga? No se ha condenado a nadie por mi crimen,
no se ha enviado a nadie a presidio. El criado murió de enfermedad. He expiado
con mis sufrimientos la sangre vertida. Por otra parte, no se me creerá, no se
dará crédito a mis pruebas. ¿Debo confesar? Estoy dispuesto a expiar mi crimen
hasta el fin con tal que no repercuta en mi mujer y mis hijos. ¿Es justo que los
haga partícipes de mi perdición? ¿No sería esto un delito? ¿Dónde está la
verdad? ¿Es capaz la gente de reconocerla, de apreciarla?
Yo me dije:
«¡Pensar en la opinión ajena en estos momentos... ! »
Me inspiraba tanta
compasión, que de buena gana habría compartido su suerte sólo por aliviarlo. El
pobre estaba profundamente trastornado. Me estremecí, pues lo comprendía y me
daba perfecta cuenta de lo que para él suponía tomar semejante determinación.
‑¡Dígame lo que
debo hacer! ‑exclamó.
‑Vaya a entregarse
‑murmuré con acento firme, aunque me faltaba la voz.
Cogí de la mesa la
Biblia y le mostré el evangelio de San Juan, señalándole el versículo 24 del
capítulo 12, que dice:
«En verdad, en
verdad os digo que si el grano de trigo caído en la tierra no muere, quedará
solo; pero si muere, producirá mucho fruto.»
Cuando él llegó, yo
acababa de leer este versículo. Él lo leyó también.
‑Es una gran verdad
‑dijo con una amarga sonrisa. Y añadió tras una pausa‑: Es tremendo lo que dicen
estos libros. Se le pueden poner a uno ante las narices. ¿Es posible que los
escribieran los hombres?
‑Todo fue obra del
Espíritu Santo.
‑Es muy fácil
hablar ‑dijo, sonriendo de nuevo, pero casi con odio.
Volví a coger el
libro, lo abrí por otra página y le mostré la Epístola a los Hebreos, capítulo
10, versículo 31.
«Es terrible caer
en las manos de Dios viviente.»
Apartó de sí el
libro, temblando.
‑Es un versículo
aterrador. ¡Bien ha sabido usted escogerlo!
Se levantó.
‑Bueno, adiós.
Acaso ya no vuelva a venir. Ya nos veremos en el paraíso. Sí, hace ya catorce
años que «caí en manos de Dios viviente». Mañana suplicaré a estas manos que me
suelten.
Mi deseo era
abrazarlo, besarlo, pero no me atrevía. Daba pena ver sus facciones contraídas.
Se marchó.
«¡Señor! ‑me dije‑.
¿Adónde irá?»
Caí de rodillas
ante el icono y rogué por él a la Santa Madre de Dios, mediadora y auxiliadora.
Pasé una media hora entre lágrimas y rezos. Era ya tarde, casi medianoche. De
pronto, se abrió la puerta. Era él. No pude ocultar mi sorpresa.
‑¿Usted? ‑exclamé.
‑Creo que me he
dejado aquí el pañuelo... Pero eso poco importa: aunque no me lo hubiera dejado,
permítame que me siente.
Se sentó. Yo
permanecí en pie ante él.
‑Siéntese usted
también.
Lo hice. Estuvimos
así dos largos minutos. Él me miraba fijamente. De pronto, sonrió. Después me
estrechó entre sus brazos y me besó.
‑Acuérdate de que
he venido sólo para volver a verte. ¿Entiendes? Acuérdate.
Era la primera vez
que me tuteaba. Se marchó. Yo me dije: «Mañana...» Y acerté. Como no me había
movido de casa en los últimos días, ignoraba que al siguiente se celebraba su
cumpleaños. Asistió toda la ciudad y la fiesta transcurrió como todas las de
este género. Después del banquete, se situó en medio de la sala, entre sus
invitados. Tenía en sus manos un escrito dirigido a sus superiores, que estaban
presentes. Empezó a leer para toda la concurrencia. El escrito era un relato
detallado de su crimen. Sus últimas palabras fueron: «Como corresponde a un
monstruo, me separo de la sociedad. Dios me ha visitado. Quiero sufrir. »
Seguidamente depositó sobre la mesa las pruebas guardadas durante catorce años:
las jóyas robadas a la víctima para desviar las sospechas, un medallón y una
cruz que la muerta llevaba al cuello, su cuaderno de notas y dos cartas, una de
su prometido, en la que le anunciaba su próxima llegada, y la de respuesta que
ella había empezado con el propósito de cursarla al día siguiente. ¿Por qué se
había apoderado de estas dos cartas y las había conservado durante catorce años,
en vez de destruirlas, para presentarlas como pruebas? ¿Qué significaba esto?
Todos se estremecieron de asombro y horror, pero no lo creyó nadie. Se le
escuchó con extraordinaria curiosidad, como se escucha a un enfermo. Días
después, todo el mundo había convenido que aquel hombre estaba loco.
Sus superiores y la
justicia se vieron obligados a llevar adelante el asunto, pero pronto se archivó
el proceso. Aunque las cartas y objetos presentados eran dignos de tenerse en
cuenta, se estimó que, aun suponiendo que estas pruebas fuesen auténticas, no
podían servir de base para una acusación en toda regla. La misma difunta podía
habérselas confiado. Supe que su autenticidad había sido confirmada por
numerosas amistades de la víctima. Pero tampoco esta vez llegaría el asunto a su
fin. Cinco días después se supo que el infortunado estaba enfermo y que se temía
por su vida. De su enfermedad sólo sé que se atribuía a trastornos cardíacos. A
petición de su esposa, los médicos examinaron su estado mental y llegaron a la
conclusión de que estaba loco. Yo no presencié ninguno de estos hechos. Sin
embargo, me abrumaban a preguntas. Intenté visitarlo, pero se me negó la
entrada. Esta prohibición duró largo tiempo, especialmente por la voluntad de su
esposa.
‑Ha sido usted ‑me
dijo ésta‑ el que ha provocado su ruina moral. Mi marido fue siempre un hombre
taciturno. En este último año su agitación y su extraña conducta han sorprendido
a todo el mundo. Ha sido usted el causante de su perdición. Durante el mes
pasado no ha cesado usted de inculcarle sus ideas. Mi esposo le ha visitado a
diario.
No era sólo su
mujer la que me acusaba, sino también todos los habitantes de la ciudad.
‑La culpa es suya
‑me decían.
Yo callaba, con el
corazón lleno de gozo por esta manifestación de la misericordia divina ante un
hombre que se había condenado a sí mismo. No creí en su locura. Al fin me
permitieron entrar en su casa. Él lo había pedido insistentemente, con el deseo
de despedirse de mí. En seguida vi que sus días estaban contados. Era visible su
agotamiento. Tenía la tez amarilla y las manos temblorosas. Respiraba con
dificultad. Sin embargo, su mirada estaba saturada de emoción y de alegría.
‑Ya está hecho ‑me
dijo‑. Hace tiempo que deseaba verte. ¿Por qué no has venido?
No quise decirle
que no me habían permitido entrar.
‑Dios se ha
compadecido de mí y me llama a su lado. Sé que voy a morir, pero me siento feliz
y tranquilo por primera vez desde hace muchos años. Después de mi confesión me
sentí como en un paraíso. Ahora ya me atrevo a querer a mis hijos y a
abrazarlos. Nadie me cree, nadie me ha creído; ni mi esposa ni los jueces. Mis
hijos no lo creerán nunca. Veo en ello una prueba de la misericordia divina
hacia esas criaturas. Heredarán un nombre sin tacha. Ahora presiento a Dios. Mi
corazón rebosa de gozo... He cumplido con mi deber.
Estuvo unos
momentos jadeante, sin poder hablar. Me estrechaba las manos, me miraba con un
brillo de exaltación en los ojos. Pero no pudimos seguir hablando mucho tiempo.
Su mujer nos vigilaba furtivamente. No obstante, mi amigo pudo murmurar:
‑¿Te acuerdas de
aquella vez que volví a tu casa a medianoche? ¿Te acuerdas de que te dije que no
lo olvidaras? Pues bien, ¿sabes por qué volví? Porque había decidido matarte.
Me estremecí.
‑Después de
dejarte, empecé a vagar en la oscuridad, luchando conmigo mismo. De pronto,
sentí un odio intolerable hacia ti. Pensé: «Estoy en sus manos. Es mi juez.
Estoy obligado a entregarme a la justicia, pues lo sabe todo.» No es que temiera
que me denunciases. Ni siquiera pensé en ello. Es que me decía: «No me atreveré
a mirarle si no confieso.» Aunque hubieras estado en los antípodas, la sola idea
de que existías, lo sabías todo y me juzgabas, me habría sido insoportable.
Sentí un odio a muerte hacia ti; te consideraba culpable de todo. Volví a tu
casa al recordar que había visto un puñal en la mesa. Me senté y te pedí que te
sentaras. Estuve un minuto reflexionando. Si te mataba, me perdería aunque no
confesara mi crimen anterior. Pero yo no pensaba, no quería pensar en ello en
aquel momento. Te odiaba y ardía en deseos de vengarme de ti. Pero el Señor
triunfó en mi corazón sobre el diablo. Sin embargo, te aseguro que nunca has
estado tan cerca de la muerte como entonces.
Murió una semana
después. Toda la ciudad fue al cementerio tras su ataúd. El sacerdote pronunció
una alocución conmovedora, lamentándose de la cruel enfermedad que había puesto
fin a los días del difunto. Pero, después del entierro, todo el mundo se volvió
contra mí. Incluso se negaban a recibirme. Sin embargo, algunos ‑y su número fue
creciendo‑ admitieron la veracidad de la confesión. Más de uno vino a
interrogarme con maligna curiosidad, pues la caída y el deshonor de los justos
suele causar satisfacción. Pero yo guardé silencio y pronto me marché de la
ciudad. Cinco meses después, el Señor me consideró digno de entrar en el buen
camino y yo le bendije por haberme guiado de un modo tan manifiesto. En cuanto
al infortunado Miguel, lo incluyo todos los días en mis oraciones.
CAPÍTULO III
RESUMEN DE LAS
CONVERSACIONES Y LA DOCTRINA DEL STARETS ZÓSIMO
e) El
religioso ruso y su posible papel
Padres y maestro,
¿qué es un religioso? En la actualidad, las gentes más esclarecidas pronuncian
esta palabra con ironía y, a veces, incluso como una injuria. El mal va en
aumento. Verdad es, ¡ay!, que entre los monjes no faltan los holgazanes, los
sensuales, los vagabundos desvergonzados. «No sois más que unos vagos, miembros
inútiles de la sociedad, que vivís del trabajo ajeno; unos mendigos sin
escrúpulos. » Sin embargo, ¡cuántos hay que son dulces y humildes, que buscan la
soledad para entregarse a sus fervientes oraciones! De éstos apenas se habla;
algunos ni siquiera los nombran. Por eso muchos se asombrarán si les digo que,
en caso de que vuelva a salvarse la tierra rusa, a ellos se deberá. Pues están
verdaderamente separados para «el día y la hora, el mes y el año». En su
soledad, estos monjes conservan la imagen de Cristo espléndida a intacta, en
toda la pureza de la verdad divina, legada por los padres de la Iglesia, los
apóstoles y los mártires, y cuando llegue la hora, la revelarán a este
resquebrajado mundo. Es una idea grandiosa. Esta estrella brillará en Oriente.
He aquí lo que yo
pienso de los religiosos. Tal vez sea una simple suposición mía; tal vez me
equivoque. Pero observad a esa gente que se eleva por encima del pueblo
cristiano. ¿No han alterado la imagen de Dios y su verdad? Esos hombres poseen
la ciencia, pero una ciencia supeditada a los sentidos. Al mundo espiritual, la
mitad superior del género humano, se le rechaza alegremente, incluso con odio.
Sobre todo en estos últimos años, el mundo ha proclamado la libertad. ¿Pero qué
significa esta libertad? La esclavitud y el suicidio. Pues se dice: «Tienes
necesidades: satisfácelas. Posees los mismos derechos que los grandes y los
ricos. No temas satisfacer tus necesidades. Incluso las puedes aumentar. » Éstas
son las enseñanzas que se dan ahora. Así interpretan la libertad. ¿Y qué
consecuencias tiene este derecho a aumentar las necesidades? En los ricos, la
soledad y el suicidio espirituales; en los pobres, la envidia y el crimen, pues
se conceden derechos, pero no se indican los medios para satisfacer las
necesidades. Se dice que la humanidad, acortando las distancias y
transmitiéndose los pensamientos por el espacio, se unirá cada vez más
estrechamente, y que reinará la fraternidad. Pero no creáis en esta unión de los
hombres. Al considerar la libertad como el aumento de las necesidades y su
pronta saturación, se altera su sentido, pues la consecuencia de ello es un
aluvión de deseos insensatos, de costumbres a ilusiones absurdas. Esos hombres
sólo viven para envidiarse mutuamente, para la sensualidad y la ostentación.
Ofrecer banquetes, viajar, poseer objetos valiosos, grados, sirvientes, se
considera como ùna necesidad a la que se sacrifica el honor, el amor al prójimo
a incluso la vida, pues, al no poder satisfacerla, habrá quien llegue al
suicidio. Lo mismo ocurre a los que no son ricos ni pobres. En cuanto a estos
últimos, ahogan por el momento en la embriaguez la insatisfacción de las
necesidades y la envidia. Pero pronto no se embriagarán de vino, sino de sangre:
éste es el fin al que se les lleva. ¿Pueden considerarse libres estos hombres?
Un campeón de esta doctrina me contó un día que, estando preso, se encontró sin
tabaco y que esta privación le resultó tan insoportable, que estuvo a punto de
hacer traición a sus ideas para fumar. Pues bien, este individuo pretendía
luchar por la humanidad. ¿De qué podía ser capaz? A lo sumo, de un esfuerzo
momentáneo, de escasa duración. No es sorprendente que los hombres hayan
encontrado la servidumbre en vez de la libertad, y que lejos de alcanzar la
fraternidad y la unión, hayan caído en la desunión y la soledad, como me dijo
antaño mi visitante misterioso. La idea de la devoción a la humanidad, de la
fraternidad, de la solidaridad, va desapareciendo gradualmente en el mundo. En
realidad, se la recibe incluso con escarnio, pues ¿quién puede desprenderse de
sus hábitos? ¿Dónde irá ese prisionero de las múltiples y ficticias necesidades
que se ha creado él mismo? A este ser aislado apenas le preocupa la
colectividad. En resumidas cuentas, sus bienes materiales han aumentado, pero su
alegría ha disminuido.
La vida del
religioso es muy diferente. Hay quien se burla de la obediencia, del ayuno, de
la oración... Sin embargo, ése es el único camino de la verdadera libertad. Yo
suprimo las necesidades superfluas, domo y flagelo mi voluntad altiva y egoísta
por medio de la obediencia, y así, con la ayuda de Dios, consigo la libertad del
alma y, con ella, la alegría espiritual. ¿Quién es más capaz de enaltecer una
idea, de ponerse a su servicio, el rico aislado espiritualmente o el religioso
que se ha liberado de la tiranía de las costumbres? Se censura al religioso su
aislamiento. «Al retirarte a un monasterio ‑se le dice‑, desertas de la causa
fraternal de la humanidad.» Pero veamos quién sirve mejor a la fraternidad. Pues
el aislamiento no nace en nosotros, sino en los acusadores, aunque ellos no se
den cuenta.
De nuestro medio
salieron antaño los hombres de acción del pueblo. ¿Por qué no ha de suceder hoy
lo mismo? Esos ayunadores, esos seres taciturnos, bondadosos y humildes, se
levantarán por una causa noble. El pueblo será el salvador de Rusia, y los
monasterios rusos estuvieron siempre al lado del pueblo. El pueblo está aislado,
nosotros lo estamos también. El pueblo comparte nuestra fe. Los políticos sin fe
nunca harán nada en Rusia, aunque sean sinceros y geniales: no olviden esto. El
pueblo acabará con el ateismo, y Rusia se unificará en la ortodoxia. Preservad
al pueblo y velad por su corazón. Instruidlo acerca de la paz. Ésta es vuestra
misión de religiosos. Nuestro pueblo lleva a Dios consigo.
f) ¿Pueden
llegar a ser hermanos en espíritu amos y servidores?
Hay que confesar
que el pueblo es también víctima del pecado. La corrupción aumenta visiblemente
de día en día. El mal del aislamiento invade al pueblo; aparecen los
acaparadores y las sanguijuelas. El comerciante experimenta una avidez creciente
de honores. Pretende mostrar una instrucción que no posee, y lo hace desdeñando
los usos antiguos y avergonzándose de la fe de sus padres. Va a casa de los
príncipes, aunque no es más que un mujik depravado. El pueblo ha perdido la
moral por efecto del alcohol y no puede dejar este vicio. ¡Cuántas crueldades
han de sufrir las esposas y los hijos por culpa de la bebida! Yo he visto en las
fábricas niños de nueve años, débiles, atrofiados, hundido el pecho y ya
corrompidos. Un local asfixiante, el fragor de las máquinas, el trabajo
incesante, la obscenidad, las bebidas... ¿Es esto lo que conviene al alma de un
muchacho? El niño necesita sol, los juegos propios de su edad, buenos ejemplos y
un poco de simpatía. Es preciso que esto termine. Religiosos, hermanos míos, hay
que poner fin a los sufrimientos de los niños. Orad para que así sea.
Pero Dios salvará a
Rusia, pues el bajo pueblo, aunque pervertido y agrupado en torno al pecado,
sabe que el pecado repugna a Dios y se siente culpable ante Él. Así, nuestro
pueblo no ha cesado de creer en la verdad: admite a Dios y derrama ante Él lá
rimas de ternura. No ocurre lo mismo entre los privilegiados. Éstos son adictos
a la ciencia y quieren organizarse equitativamente sin más guía que la de su
razón, prescindiendo de Cristo. Ya han proclamado que no existe el pecado ni el
crimen. Desde su punto de vista tienen razón, pues, si no hay Dios, ¿cómo puede
existir el delito? En Europa, el pueblo se levanta ya contra los ricos. En todas
partes, sus jefes lo incitan al crimen y le dicen que su cólera es justa. Pero
«maldita sea su cólera por ser cruel. El Señor salvará a Rusia, como la ha
salvado tantas veces. La salvación vendrá del pueblo, de su fe, de su humildad.
Padres míos, preservad la fe del pueblo. No estoy soñando. Siempre me ha
impresionado la noble dignidad de nuestro gran pueblo. He visto esa dignidad y
puedo atestiguarla. Nuestro pueblo no es servil, aun habiendo sufrido dos siglos
de esclavitud. Es desenvuelto en su porte y en sus ademanes, pero sin ofender a
nadie con esta desenvoltura. No es ni vengativo ni envidioso. Piensa: «Eres
distinguido, rico, inteligente... Que Dios te bendiga. Te respeto, pero has de
saber que también yo soy un hombre. El hecho de que te respete sin envidiarte te
revelará mi dignidad humana.» El pueblo no lo dice así (todavía no sabe
decirlo), pero obra de este modo. Lo he visto, lo he experimentado. Creedme:
cuanto más pobre y humilde es el ruso, más claramente se observa en él esta
noble verdad, pues los ricos, los acaparadores, por lo menos en su mayoría, han
caído en la inmoralidad, y nuestra negligencia, nuestra indiferencia han
contribuido a ello en buena parte. Pero Dios salvará a los suyos, porque Rusia
es grande, y su grandeza es hija de su humildad. Pienso en nuestro porvenir y me
parece estar viendo lo que ocurrirá. El rico más depravado acabará por
avergonzarse de su riqueza ante el pobre, y el pobre, conmovido por este rasgo
de humildad, será comprensivo y responderá generosamente, amistosamente, a
semejante prueba de noble confusión. No les quepa duda de que ocurrirá así, pues
se progresa en esa dirección. La igualdad sólo existe en la dignidad espiritual,
y esto únicamente nosotros lo comprenderemos. Cuando haya hermanos, reinará la
fraternidad, y sin fraternidad, jamás podremos compartir nuestros bienes.
Conservamos la imagen de Cristo, que resplandecerá a los ojos del mundo entero
como un magnífico diamante... ¡Así sea!
Padres y maestros,
una vez me sucedió algo emocionante. Durante mis peregrinaciones, y cuando ya
llevaba ocho años separado de mi antiguo asistente Atanasio, me encontré con él
en la ciudad de K... Esto ocurrió en el mercado. Al verme, me reconoció y corrió
hacia mi lleno de alegría. «¿Pero es usted, padre? ¡Qué feliz encuentro! » Me
llevó a su casa. Al terminar el servicio se había casado y tenía ya dos niños
pequeños. Su mujer y él vivían de una pequeña industria de cestería. Su vivienda
era pobre, pero alegre y limpia. Me obligó a sentarme, preparó el samovar y
envió en busca de su esposa, como si mi visita fuese una solemnidad. Me presentó
a sus dos hijos.
‑Bendígalos, padre.
‑No soy quién para
bendecirlos ‑repuse‑, pues sólo soy un humilde religioso. Lo que haré es orar
por ellos. A ti, Atanasio Paulovitch, te he tenido siempre presente en mis
oraciones desde aquel día inolvidable, pues tú fuiste la causa de todo.
Le expliqué lo
ocurrido. Él me miraba como si no pudiese creer que su antiguo dueño, un
oficial, estuviera ante él vestido de monje. Incluso lloraba.
‑¿Por qué lloras?
‑le pregunté‑. ¿No te he dicho que no puedo olvidarte? Alégrate conmigo,
querido, pues mi camino está lleno de luz de felicidad.
Él no hablaba
apenas, pero suspiraba y movía la cabeza enternecido.
‑¿Qué ha hecho
usted de su fortuna?
‑La he entregado al
monasterio: vivimos en comunidad.
Después del té me
despedí de ellos. Atanasio me entregó cincuenta copecs para el monasterio y
luego me puso otros cincuenta en la mano.
‑Es para usted ‑me
dijo‑. Usted viaja y puede necesitarlo, padre.
Acepté la limosna,
me despedí del matrimonio y me fui con el alma llena de alegría. Por el camino
iba pensando: «Sin duda, él está haciendo en su casa lo que yo hago en el
camino: suspirar y reír lleno de júbilo. Somos felices al recordar que Dios hizo
que nos encontrásemos. Yo era su dueño, él era mi servidor, y ahora, al
abrazarnos llenos de emoción, un noble lazo nos ha unido.»
No le he vuelto a
ver jamás, pero me he acordado muchas veces de todo esto, y ahora me digo que no
es imposible que esta profunda y franca unión se llegue a realizar en todas
partes entre los rusos. Yo creo que se realizará, y muy pronto.
Ya que hablamos de
los servidores, voy a añadir algo acerca de ellos. Cuando era joven, me irritaba
frecuentemente contra los de mi casa. Que si la cocinera había servido la comida
demasiado caliente, que si el ayuda de cámara no me había cepillado el traje...
Pero mucho tiempo después, el recuerdo de unas palabras que oí pronunciar a mi
hermano cuando era niño me abrieron los ojos. «¿Soy digno de que otros hombres
me sirvan? ¿Tengo derecho a explotar su miseria y su ignorancia?» Entonces me
asombré de que ideas tan sencillas y claras tardaran tanto en llegar a nuestra
comprensión. No se puede pasar sin servidores en este mundo, pero tratadlos de
modo que se sientan moralmente incluso más libres que si no fueran servidores.
¿Por qué no he de ser yo el servidor del mío? ¿Por qué no ha de ver él este
gesto sin desconfianza y sin considerarlo hijo de mi superioridad y mi altivez?
¿Por qué no he de mirar a mi servidor como a un pariente que se admite con
alegría en el seno de la familia? Esto es ya realizable y servirá de base para
la magnífica unión que se cumplirá en el porvenir, cuando el hombre no pretenda
convertir en servidores a sus semejantes, como ocurre ahora, sino que desee
ardientemente ser el servidor de todos los demás, como nos enseñan los
Evangelios. ¿Por qué ha de ser un sueño creer que, al fin, el hombre se sentirá
feliz de realizar las obras que nos dictan la caridad y la cultura, y no, como
sucede en nuestros días, al dar satisfacción a instintos brutales, a la
glotonería, la fornicación, el orgullo, la jactancia, el afán, hijo de los
celos, del dominio sobre los demás? Estoy seguro de que esto no es un sueño y se
realizará muy pronto. Algunos se ríen y preguntan: « ¿Cuándo sucederá esto? ¿Es
posible que suceda? » Yo creo que realizaremos esta obra con la ayuda de Cristo.
En la historia de la humanidad, ¡cuántas ideas que parecían irrealizables diez
años antes, se cumplieron de pronto, al llegar su misterioso término, y se
difundieron por toda la tierra! Así ocurrirá en nuestro suelo. Nuestro pueblo
resplandecerá ante el mundo y todos dirán: «La piedra que los arquitectos
desecharon se ha convertido en la piedra angular.» A los que nos dicen que
soñamos podríamos preguntarles si no es un sueño la realización de su propia
obra, el propósito de organizarse equitativamente sin más guía que la de su
razón y prescindiendo de Cristo. Afirman que aspiran también a la unión, pero
esto sólo pueden creerlo los más cándidos, aquellos cuya ingenuidad llega a los
limites más inauditos. En realidad, hay más fantasía en sus cabezas que en las
nuestras. Esos hombres pueden organizarse de acuerdo con la justicia, pero, al
haberse separado de Cristo, inundarán el mundo de sangre, pues la sangre llama a
la sangre, y el que ha desenvainado la espada, por herida de espada morirá. Sin
la creencia en Cristo se exterminarán hasta quedar sólo dos. Y estos dos,
dejándose llevar por su soberbia, lucharán hasta que uno de ellos elimine al
otro, y luego, muy pronto, desaparecerá él mismo. Esto es lo que sucederá si no
se cree en la promesa de Cristo de evitar esta lucha por amor a la bondad y a la
humildad.
Después de mi
duelo, cuando llevaba todavía el uniforme, tuve ocasión de hablar en sociedad de
los servidores. Recuerdo que asombré a todo el mundo.
‑Según usted ‑dijo
uno‑, habrá que sentar a nuestros sirvientes en un sillón y servirles el té.
‑¿Por qué no? Sólo
habría que hacerlo alguna que otra vez.
Todos se echaron a
reír. La pregunta había sido ligera y mi respuesta no fue clara. Pero creo que
en esta contestación había algo de verdad.
g) La oración, el
amor y el contacto con los otros mundos
Joven, no olvides
la oración. Toda oración, si es sincera, expresa un nuevo sentimiento; es la
fuente de una idea nueva que ignorabas y que te reconfortará. Entonces
comprenderás que el rezo es un medio de educación. Acuérdate, además, de repetir
todos los días y tantas veces como puedas estas palabras: «Señor, ten piedad de
todos los que comparecen ante Ti.» Pues, hora tras hora, termina la existencia
terrestre de algunos de los seres humanos de más alta valía espiritual y sus
almas llegan ante Dios. ¡Cuántos de ellos han dejado este mundo en la soledad
más completa, ignorados por todos, tristes y amargados de la indiferencia
general! Y tal vez, aunque no conozcas al que muere, porque vive en el otro
extremo del mundo, el Señor oiga tu plegaria. El alma temerosa que llega a la
presencia de Dios se conmoverá al saber que hay sobre la tierra alguien que le
ama a intercede por ella. Y Dios os mirará a los dos con más misericordia, pues
si tú te compadeces del alma de otro, Él se compadecerá mucho más, pues su
caudal de piedad y amor es inagotable. Así, Él perdonará por ti.
Hermanos míos, no
temáis al pecado; amad al hombre aunque sea un pecador, pues así seguiréis el
ejemplo del amor divino, al que no se puede comparar ningún amor de la tierra.
Amad a toda la
creación en conjunto y a cada uno de sus elementos: amad a cada hoja del ramaje,
a cada rayo de luz, a los animales, a las plantas... Amando a las cosas
comprenderéis el misterio divino de todas ellas. Y una vez comprendido,
penetraréis en esta comprensión cada vez más. Y terminaréis por amar al mundo
entero con un amor universal. Amad a los animales, ya que Dios les ha dado un
principio de pensamiento y una alegría apacible. No los molestéis, no los
atormentéis quitándoles esta alegría, pues ello sería oponerse a los propósitos
de Dios. Hombre, no hagas sentir tu superioridad a los animales, que están
exentos de pecado, mientras tú manchas la tierra, dejando a tus espaldas un
rastro de podredumbre. Así proceden casi todos los hombres, por desgracia. Amad
sobre todo a los niños, pues también ellos desconocen el pecado, como los
ángeles. Están en el mundo para llegarnos al corazón y purificarlo. Son para
nosotros como un aviso. ¡Maldito sea el que ofenda a estas criaturas! El hermano
Antimio me ha enseñado a amarlas. Sin decir palabra, empleaba los copecs que nos
daban de limosna para comprar golosinas y regalarlas a los niños. Se conmovía
cuando estaba junto a ellos.
A veces, sobre todo
en presencia del pecado, nos preguntamos: «¿Hay que recurrir a la fuerza o a la
humildad del amor?» Emplead siempre el amor: con él podréis dominar al mundo
entero. El ser humano lleno de amor es una fuerza temible con la que ninguna
otra se puede igualar. No os descuidéis en ningún momento de guardar una actitud
digna. Suponed que pasáis por el lado de un niño presas de cólera y blasfemando.
Vosotros no habéis visto al niño, pero él os ha visto a vosotros, y es muy
probable que conserve el recuerdo de vuestra baja actitud. Sin saberlo habréis
sembrado un mal germen en el alma de ese niño, un germen que puede
desarrollarse, y todo por haber cometido un olvido ante ese muchacho, por no
haber cultivado en vuestro ser el amor activo, hijo de la reflexión. Hermanos
míos, el amor es un buen maestro, pero hay que saber adquirirlo, pues no se
obtiene fácilmente, sino a costa de largos esfuerzos. Hay que amar no
momentáneamente, sino hasta el fin. Hasta el más detestable malvado es capaz de
sentir un amor circunstancial.
Mi hermano pedía
perdón a los pájaros. Esto parece absurdo, pero tiene su lógica, pues todas las
cosas se parecen al océano, donde todo resbala y se comunica. Se toca en un
punto y el toque repercute en el otro extremo del mundo. Admitamos que sea una
locura pedir perdón a los pájaros. Sin embargo, lo mismo los niños que los
pájaros y que todos los animales que nos rodean vivirán más a sus anchas si
vosotros os comportáis dignamente. Entonces rogaréis a los pájaros. Entregados
enteramente al amor, en una especie de éxtasis, les pediréis que os perdonen
vuestros pecados. Alabad este éxtasis, por muy absurdo que parezca a los
hombres.
Amigos míos, pedid
a Dios alegría; sed tan alegres como los niños, como los pájaros bajo el cielo.
No permitáis que el pecado obstruya vuestra acción; no temáis que empañe vuestra
obra y os impida cumplirla. No digáis: «El pecado, la impiedad, el mal ejemplo
son poderosos, y nosotros, en cambio, somos débiles y estamos solos. El mal
triunfará sobre el bien.» No os descorazonéis, hijos míos. No hay más que un
medio de hallar la salvación: el de cargar con todos los pecados de los hombres.
Desde el momento en que respondáis por todos y por todo, veréis que es justo que
obréis así, ya que sois culpables por todos y por todo. En cambio, si arrojáis
vuestra pereza y vuestra debilidad sobre vuestros semejantes, acabaréis por
entregaros a un orgullo satánico y murmuraréis contra Dios. He aquí lo que yo
pienso de este orgullo: es difícil comprenderlo aquí abajo, y por eso caemos en
él tan fácil y erróneamente, creyendo que realizamos alguna obra noble a
importante. Entre los sentimientos y los impulsos más violentos de nuestra
naturaleza hay muchos que no podemos comprender aquí abajo, pero no creas,
hermano, que esto pueda servirte siempre de justificación, pues el Juez soberano
te pedirá cuentas de todo lo que puedes comprender, aunque no te las pida de lo
demás. Vamos errantes por la tierra y, si no tuviésemos como guía la preciosa
imagen de Cristo, nos extraviaríamos, como ya sucedió al género humano antes del
diluvio, y acabaríamos por sucumbir. En este mundo somos ciegos para muchas
cosas. En cambio, tenemos la sensación misteriosa del lazo de vida que nos liga
al mundo de los cielos. Las raíces de nuestras ideas y de nuestros sentimientos
no están aquí, sino allí. Por eso los filósofos dicen que en la tierra es
imposible comprender la esencia de las cosas. Dios ha tomado semillas de los
otros mundos y las ha sembrado aquí abajo para tener en la tierra su jardín. Lo
ha formado con todo lo que podía crecer, pero nosotros somos plantas que sólo
vivimos por la sensación del contacto con esos mundos. Cuando esta sensación se
debilita o se extingue, lo que había brotado en nosotros perece. Llega un
momento en que la vida nos es indiferente a incluso la miramos con aversión. Por
lo menos, así me parece.
h) ¿Podemos ser
jueces de nuestros semejantes? La fe verdadera
Recuerda siempre
que no puedes ser juez de nadie, ya que, antes de juzgar a un criminal, el juez
debe tener presente que él es tan criminal como el acusado, y tal vez más
culpable de su crimen que todos. Cuando haya comprendido esto, podrá ser juez:
es una gran verdad, por absurdo que parezca. Pues si yo soy un hombre justo,
nadie será un criminal ante mi. Si puedes cargar con el crimen del acusado al
que juzgas, hazlo inmediatamente, sufre por él y déjalo marcharse sin hacerle
ningún reproche. Incluso si eres juez de profesión, haz todo lo posible por
desempeñar tu cargo con este criterio, pues, una vez que se haya marchado, el
culpable se condenará a sí mismo más severamente que podría hacerlo ningún
tribunal de justicia. Si se va sin que tu conducta le haya producido efecto y
burlándose de ti, no te desanimes: ese hombre obra así porque todavía no ha
llegado para él el momento de la revelación; pero ya llegará. En el caso
contrario, el acusado comprenderá, sufrirá, se condenará a si mismo: se le habrá
revelado la verdad. Cree en esto firmemente: es la base de la esperanza y de la
fe de los santos.
Que tu actividad
sea continua. Si por la noche, antes de dormirte, te acuerdas de que has dejado
de cumplir algún deber, levántate en el acto y cúmplelo. Si los que te rodean se
niegan a escucharte, por malicia o por indiferencia, arrodíllate y pídeles
perdón, pues en realidad tuya es la culpa de que no quieran escucharte. Si se
niegan a oírte los irascibles, sírvelos en silencio y humildemente, sin perder
jamás la esperanza. Si todos se apartan de ti y algunos te rechazan con
violencia, permanece solo, arrodíllate, besa la tierra, riégala con tus
lágrimas, aunque nadie te vea ni te oiga. Estas lágrimas darán fruto. Cree hasta
el fin, incluso en el caso de que todos los hombres se hubieran descarriado y
fueses tú el único que permanecieras fiel. Aporta tu ofrenda y alaba a Dios por
haberte permitido conservar la fe en tu aislamiento. Y si te reúnes con otro
hombre como tú, obtendrás la plenitud del amor vivo. Daos entonces un fuerte
abrazo y alabad al Señor por haberos permitido, aunque sólo a vosotros dos,
cumplir la verdad de su palabra.
Si has pecado y la
aflicción te abruma, alégrate por otro que sea justo, alégrate de que éste, al
contrario que tú, haya permanecido fiel y no haya pecado.
Si la maldad de los
hombres te produce tanta amargura a indignación que despierta en ti un deseo de
venganza, rechaza este sentimiento por encima de todo: impónte a ti mismo
idéntica pena que si la falta la hubieses cometido tú. Acepta este dolor,
súfrelo y tu corazón se calmará, pues comprenderás que también tú eres culpable,
ya que, aunque hubieras sido el único hombre justo, habrías podido hacer entrar
en razón a ese malvado con tu buen ejemplo. Si hubieses iluminado su mente, él
habría visto otro camino, y el criminal acaso no habría cometido su crimen al
obtener gracias a ti la clarividencia. Si los hombres permanecen insensibles a
esta luz mental a pesar de tus esfuerzos y desprecian su salvación, manténte
firme y no dudes del poder de la luz celestial: puedes estar seguro de que si no
se han salvado todavía, se salvarán en adelante. Y si no se salvan ellos, se
salvarán sus hijos, pues su luz no se apagará nunca, ni aun después de tu
muerte. La humanidad se salvó después de la muerte del Salvador. El género
humano rechaza a sus profetas, los aniquila, pero los hombres aman a sus
mártires, veneran a quienes han dado muerte ellos mismos. Trabajas para la
colectividad, obras para el porvenir. No busques recompensas, pues ya tienes
una, y muy grande, en la tierra: tu alegría espiritual, de la que sólo pueden
participar los justos. No temas a los grandes ni a los poderosos, no te excedas
en nada; instrúyete sobre esto. Retírate a la soledad y
reza. Prostérnate con amor y besa la tierra. Ama incansablemente,
insaciablemente, a todos y a todo; procura alcanzar este éxtasis, esta
exaltación. Riega la tierra con lágrimas de alegría y ama estas lágrimas. No te
avergüences de este éxtasis, adóralo, pues es un gran don que Dios sólo concede
a los elegidos.
i) El infierno y el fuego eterno. Reflexiones místicas
Padres míos, ¿qué
es el infierno? Yo lo defino como el sufrimiento de no poder amar. En un punto,
en un instante del espacio y del tiempo infinitos, un ser espiritual tiene la
posibilidad, mediante su aparición en la tierra, de decirse: «Existo y amo.»
Sólo por una vez se le ha concedido un momento de amor activo y viviente. Para
este fin se le ha dado la vida terrestre, de tiempo limitado. Pues bien, este
ser feliz ha rechazado el inestimable don; ni le da valor ni lo mira con afecto:
lo observa irónicamente y permanece insensible ante él. Este ser, cuando deja la
tierra, ve el seno de Abraham, charla con él como se refiere en la parábola de
Lázaro y del rico de mal corazón; contempla el paraíso y puede elevarse hasta el
Señor. Pero le atormenta la idea de llegar sin haber amado, de entrar en
contacto con los que han prodigado su amor, habiéndolo desdeñado él. Ahora ve
las cosas claramente y se dice: «En este momento poseo la clarividencia y
comprendo que, pese a mi sed de amor, mi amor no tendrá valor alguno, ya que no
representará ningún sacrificio, por haber terminado mi vida terrestre. Abraham
no vendrá a calmar, ni siquiera con una gota de agua, mi sed ardiente de amor
espiritual, este amor que ahora me abrasa, después de haberlo desdeñado en la
tierra. La vida y el tiempo han terminado. Ahora daría de buena gana mi vida por
los demás, pero esto es imposible, pues la vida que yo quisiera sacrificar al
amor ya ha pasado y entre ella y mi existencia actual hay un abismo.»
Se habla del fuego
del infierno tomando la expresión en su sentido literal. No me atrevo a sondear
este misterio, pero me parece que si hubiese verdaderas llamas, los condenados
se regocijarían, pues el tormento físico les haría olvidar, aunque sólo fuera
por un instante, la tortura moral, mucho más horrible que la del cuerpo. Es
imposible librarlos de este dolor, pues está dentro de ellos, no fuera. Pero yo
creo que si se les pudiera librar del sufrimiento físico, se sentirían aún más
desgraciados. Pues aunque los justos del paraíso los perdonaran al advertir su
tormento y, llevados de su amor infinito, los llamaran a su lado, sólo
conseguirían aumentar el mal, avivando en ellos la sed ardiente de un amor
activo, que corresponde a otro y lo agradece, amor que ya no es posible en esos
desgraciados. Yo creo, sin embargo, que el convencimiento de esta imposibilidad
acabará por descargar sus conciencias, pues, al aceptar el amor de los justos
sin poder corresponderles, sentirán una humilde sumisión que creará una especie
de imagen, de imitación del amor activo que desdeñaron en la tierra... Me
parece, hermanos y amigos, que no he podido expresar claramente estos
pensamientos. Pero malditos sean aquellos que se han destruido a si mismos,
malditos sean esos suicidas. No creo que haya seres más desdichados que ellos.
Se dice que es un pecado rogar a Dios por estas almas, y, al parecer, la Iglesia
los repudia, pero yo creo que se puede orar por ellas también. El amor no puede
irritar en ningún caso a Cristo. Toda mi vida he rogado desde el fondo de mi
corazón por esos infortunados, y les confieso, padres, que sigo haciéndolo
todavía.
En el infierno hay
seres que permanecen altivos y hostiles a pesar de haber adquirido la claridad
de pensamiento y de tener ante sus ojos la verdad incontestable. Algunos de
ellos son verdaderos monstruos entregados enteramente a Satanás y a su orgullo,
mártires voluntarios que no se sacian de infierno, que se han maldecido a sí
mismos, por haber maldecido a Dios y a la vida. Se
alimentan de su feroz soberbia, como el hambriento caminante del desierto se
bebe su propia sangre. Pero son y serán siempre insaciables y rechazan el
perdón. Maldicen a Dios, que les llama. Y querrían que Dios y toda su Creación
desaparecieran. Arderán eternamente en el incendio de su cólera y siempre
tendrán sed de muerte y de exterminio...
Aquí termina el
manuscrito de Alexei Fiodorovitch Karamazov. Repito que es incompleto y
fragmentario. Por ejemplo, los datos biográficos sólo abarcan la primera
juventud del starets. Para resumir sus enseñanzas y sus opiniones se han reunido
manifestaciones hechas por él en épocas y ocasiones diversas. La alocución del
starets en sus últimas horas es imprecisa: para comprender el espíritu y el
fondo de esta exposición hay que recurrir a los extractos de otras lecciones que
figuran en el manuscrito de Alexei Fiodorovitch.
El fin del starets
sobrevino inesperadamente, pues, aunque todos los que estaban con él se daban
cuenta de que se acercaba su fin, nadie se podía imaginar que muriera tan
repentinamente. Por el contrario, como ya hemos dicho, viéndole tan animado, tan
locuaz, creyeron en una notable mejoría, aunque fuese pasajera. Cinco minutos
antes de su muerte, nadie podía prever lo que iba a ocurrir. Sintió de pronto un
dolor agudo en el pecho y se llevó las manos a él. Todos se apresuraron a
socorrerlo. Sonriendo a pesar de su dolor, se deslizó de su sillón, quedó de
rodillas y se inclinó hasta tocar el suelo con la frente. Después, como en
éxtasis, abrió los brazos, besó la tierra murmurando una oración (eran sus
propias enseñanzas) y entregó su alma a Dios alegremente, dulcemente...
La noticia de su
muerte se extendió con gran rapidez por el recinto de la ermita y llegó al
monasterio. Los íntimos del difunto y los que por su jerarquía eclesiástica
estaban obligados a ello, lo amortajaron de acuerdo con los ritos tradicionales.
La comunidad se reunió en la iglesia. Antes de la salida del sol, la nueva llegó
a la ciudad y fue el tema de todas las conversaciones. Gran número de vecinos
acudió al monasterio. Ya hablaremos de esto en el libro siguiente. Ahora nos
limitaremos a decir que aquel día se produjo un acontecimiento
inaudito que causó gran impresión entre los monjes y los
habitantes de la ciudad, un acontecimiento tan extraño y desconcertante, que
todavía, después de tantos años, se conserva en nuestra localidad un vivido
recuerdo de aquella jornada llena de emociones...
1ª Parte - Libro Primero | 1ª Parte - Libro Segundo | 1ª Parte- Libro Tercero | 2ª Parte - Libro Cuarto | 2ª Parte - Libro Quinto | 2ª Parte - Libro Sexto | 3ª Parte - Libro Séptimo | 3ª Parte - Libro Octavo | 3ª Parte - Libro Noveno | 4ª Parte - Libro Décimo | 4ª Parte - Libro Undécimo | 4ª Parte - Libro Duodécimo
Los Hermanos Karamazov | El Jugador | Crimen y Castigo

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