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FEDOR DOSTOIEWSKILOS HERMANOS KARAMAZOVA Ana Grigorievna Dostoiewski
«En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo caído
en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, produce fruto.» INDICE Prefacio.
PRIMERA PARTE I. Fiodor Pavlovitch Karamazov II. Karamazov se desembaraza de su primer hijo III. Nuevo matrimonio y nuevos hijos
LIBRO II I. La llegada al monasterio II. Un viejo payaso III. Las mujeres creyentes IV. Una dama de poca fe V. ¡Así sea! VI. ¿Por qué existirá semejante hombre? VII. Un seminarista ambicioso VIII. Un escándalo
LIBRO III I. En la antecámara II. Isabel Smerdiachtchaia III. Confesión de un corazón ardiente. En verso IV. Confesión de un corazón ardiente. Anécdotas ... V. Confesión de un corazón ardiente. La cabeza baja VI. Smerdiakov VII. Una controversia VIII. Tomando el coñac . IX. Los sensuales X. Las dos juntas XI. Otra honra perdida
SEGUNDA PARTE I. El padre Theraponte II. Aliocha visita a su padre III. Encuentro con un grupo de escolares IV. En casa de Khokhlakov V. Escena en el salón VI. Escena en la isba VII. Al aire libre
LIBRO V I. Los esponsales II. Smerdiakov y su guitarra III. Los hermanos se conocen IV. Rebeldía V. El gran inquisidor VI. Todavía reina la oscuridad VII. Da gusto conversar con un hombre inteligente
LIBRO VI I. El starets Zósimo y sus huéspedes
II.
Biografía del starets Zósimo, que descansa en el
Señor, escrita, según sus propias palabras, por Alexei Fiodorovitch Karamazov
TERCERA PARTE I. El olor nauseabundo II. El momento decisivo III. La cebolla IV. Las bodas de Caná
LIBRO VIII I. Kuzma Samsonov II. Liagavi III. Las minas de oro IV. Tinieblas V. Una resolución repentina VI. ¡Aquí estoy yo! VII. El de antaño VIII. Delirio
LIBRO IX I. Los comienzos del funcionario Perkhotine II. La alarma III. Las tribulaciones de un alma. Primera tribulación IV. Segunda tribulación V. Tercera tribulación VI. El procurador confunde a Mitia VII. El gran secreto de Mitia VIII. Declaran los testigos. El «Pequeñuelo» IX. Se llevan a Mitia
CUARTA PARTE I. Kolia Krasotkine II. Los rapaces III. El colegial IV. Escarabajo V. Junto al lecho de Iliucha VI. Desarrollo precoz VII. Iliucha
LIBRO XI I. En casa de Gruchegnka II. El pie hinchado III. Un diablillo IV. El himno y el secreto V. Esto no es todo VI. Primera entrevista con Smerdiakov VII. Segunda entrevista con Smerdiakov VIII. Tercera y última entrevista con Smerdiakov IX. El diablo. Visiones de Iván Fiodorovitch X. Él me lo ha dicho
LIBRO XII I. El día fatal II. Declaraciones adversas III. El peritaje médico y una libra de avellanas IV. La suerte sonríe a Mitia V. Desastre repentino VI. El informe de la acusación VII. Resumen histórico VIII. Disertación sobre Smerdiakov IX. La troika desenfrenada X. La defensa. Un arma de dos filos XI. Ni dinero ni robo XII. No hubo asesinato XIII. Un sofista XIV. El jurado se mantiene firme EPÍLOGOI. Planes de evasión II. Mentiras sinceras III. El entierro de Iliucha. Alocución junto a la peña PREFACIO Al abordar la biografía de mi héroe, Alexei Fiodorovitch, experimento cierta perplejidad: aunque le llamo «mi héroe», sé que no es un gran hombre. Por lo tanto, se me dirigirán sin duda preguntas como éstas: «¿Qué hay de notable en Alexei Fiodorovitch para que lo haya elegido usted como héroe? ¿Qué ha hecho? ¿Quién lo conoce y por qué? ¿Hay alguna razón para que yo, lector, emplee mi tiempo en estudiar su vida?» La última pregunta es la más embarazosa, pues la única res puesta que puedo dar es ésta: «Tal vez. Eso lo verá usted leyendo la novela.» ¿Pero y si, después de leerla, el lector no ve en mi héroe nada de particular? Digo esto porque preveo que puede ocurrir así. A mis ojos, el personaje es notable, pero no tengo ninguna con fianza en convencer de ello al lector. Es un hombre que procede con seguridad, pero de un modo vago y oscuro. Sin embargo, resultaría sorprendente, en nuestra época, pedir a las personas claridad. De lo que no hay duda es de que es un ser extraño, incluso original. Pero estas características, lejos de conferir el derecho de atraer la atención, representan un perjuicio, especialmente cuando todo el mundo se esfuerza en coordinar las individualidades y extraer un sentido general del absurdo colectivo. El hombre original es, en la mayoría de los casos, un individuo que se aísla de los demás. ¿No es cierto? Si alguien me contradice en este último punto diciendo: «Eso no es verdad», o «Eso no es siempre verdad», ello me animará a creer en el valor de mi héroe. Pues yo juzgo que el hombre original no solamente no es siempre el individuo que se coloca aparte, sino que puede poseer la quintaesencia del patrimonio común aunque sus contemporáneos lo repudien durante cierto tiempo. De buena gana habría prescindido de estas explicaciones confusas y desprovistas de interés y habría empezado sencillamente por el primer capítulo, sin preámbulo alguno, diciéndome: «Si mi obra gusta, se leerá.» Pero lo malo es que presento una biografía en dos novelas. La principal es la segunda, donde la actividad de mi héroe se desarrolla en la época presente. La primera transcurre hace trece años. En realidad, sólo se recogen en ella unos momentos de la primera juventud del héroe; pero es indispensable, pues, de no existir esta primera novela, muchos detalles de la segunda serían in comprensibles. Pero todo esto no hace sino aumentar mi confusión. Si yo, como biógrafo, considero que una novela habría basta do para presentar a un héroe tan modesto, tan poco definido, ¿cómo justificar que lo presente en dos? Como no confío en poder resolver estos problemas, los dejo en suspenso. Ya sé que el lector, con su perspicacia, advertirá que ésta era mi finalidad desde el principio y me reprochará haber perdido el tiempo diciendo cosas inútiles. A eso responderé que lo he hecho por cortesía, aunque también he procedido con astucia, ya que he prevenido al lector. Por lo demás, me complace que mi novela se haya dividido por sí misma en dos relatos, «sin perder su unidad». Una vez que conozca el primero, el lector decidirá si vale la pena empezar el segundo. Evidentemente, cada cual es dueño de sus actos, y el lector puede cerrar el libro sin pasar de las primeras páginas del primer relato y no volverlo a abrir. Pero hay lectores de espíritu delicado que quieren llegar hasta el fin para no caer en la parcialidad. Entre ellos figuran todos los críticos rusos. Uno se anima al verse frente a ellos. A pesar de su táctica metódica, les he proporcionado un argumento de los más decisivos para dejar la lectura en el primer episodio de la novela. Con esto doy mi prefacio por terminado. Convengo en que podría haber prescindido de él. Pero ya que está escrito, conservémoslo.
Y ahora, empecemos.
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