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GIBRÁN
KHALIL GIBRÁN
SANTIAGO,
HIJO DE ZEBEDEO Era un día primaveral el día en que Jesús llegó a un parque de Jerusalén, y comenzó a dialogar con la multitud sobre el Reinado del Cielo. Graves acusaciones en contra de fariseos y escribas que colocaban trampas y cavaban pozos en el sendero de quienes buscaban el Reino Celestial, apostrofándolos y recriminándolos con acritud. Entre la multitud se hallaban personas que defendían a los escribas y fariseos, y planearon. arrestar a Jesús, y a nosotros con él. Pero Jesús logró burlar sus ardides y escapar por el portal de la ciudad que mira hacia el Norte. Allí nos contempló y dijo: -Todavía no ha llegado la hora en que me prendan. Aún tengo mucho de que hablaros, y mucho es también lo que tengo que hacer entre vosotros antes de pensar en entregarme-. Y después añadió, su voz teñida de felicidad:-Vayamos hacia el Norte, hacia la primavera. Subid conmigo a los montes, pues el invierno ha terminado y la nieve del Líbano está cayendo hacia los valles, agregando su preludio a las sinfonías de los arroyos. Las llanuras y las viñas han alejado todo sueño, y han despertado para recibir al Sol con lujuriosos higos y frescas uvas. Estaba siempre a la cabeza de la columna que conformaban los suyos, todo ese día y también el siguiente. En el atardecer del tercero habíamos escalado la cima del monte Hermón. En lo alto de una meseta se detuvo a observar las aldeas esparcidas por el llano. Se le iluminó la cara, que en ese instante parecía oro bruñido. Nos tendió las manos. -Ved cómo el suelo se ha vestido con sus verdes vestiduras -dijo- y de qué manera los arroyos han bordado sus faldas con brillante hilo de plata. La Tierra es hermosa, verdad, y todo lo que es y existe encima de ella es encantador; pero, atrás de todo lo que veis se encuentra un Reino del cual yo seré monarca y gobernante. Si podéis amar y encariñaros con el corazón iréis conmigo a ese Reino, a gobernar a mi lado. En ese lugar vuestro rostro y el mío no estarán velados; no llevarán vuestras diestras puñales ni cetros. Nuestros gobernados vivirán en la tranquilidad sin sentir hacia nosotros miedo u horror. De esa forma habló Jesús, pero yo estaba ciego y no podía ver el Reino de esta Tierra, ni las grandiosas ciudades fortificadas y amuralladas. No moraba en mi espíritu más que una sola ansia: ir junto al Maestro hasta aquel otro Reino. En ese instante había llegado Judas Iscariote, que se puso junto a Jesús y le dijo: -Los reinados de los seres humanos son muchos y extensos; las huestes de Salomón y de David vencerán al fin a los romanos. Si es tu deseo llegar a ser rey de los judíos, nuestras lanzas y puñales estarán a tu servicio para expulsar a los extranjeros y triunfar sobre ellos. Al escuchar esto Jesús, su faz se indignó, y le respondió con voz estentórea y resonante: -¡Fuera de aquí, demonio! ¡Podrás creer, por azar, que mi llegada entre las legiones de los milenios es para gobernar, un solo día, sobre un hormiguero de personas. Mi trono no llegará a tu poca inteligencia, pues quien trata de abarcar la Tierra con sus alas, no tratará de buscar un lugar de refugio en un nido abandonado y destruido! ¿Se siente honrada o enaltecida, quizás, una aldea porque sus moradores visten mortajas? Mi Reino no es de este mundo y mi trono no se erguirá sobre las calaveras de vuestros ancestros. Si anheláis un reino que no sea el Reino del Alma, más os valiera abandonarme aquí y emprender el descenso a las cuevas de vuestros muertos, donde, desde tiempos remotos, los seres de testa coronada llaman a conciliábulo en sus sepulcros, para glorificar la osamenta de vuestros antepasados. ¡Cómo te atreves a tentarme con un trono de infecta materia, cuando mi frente ansía la corona de los astros o vuestras espinas! Pero, de no ser por un sueño de un pueblo casi olvidado, no hubiera permitido que vuestro sol tuviera su aurora en mi paciencia, ni que vuestra luna refleje y alargue mi sombra en vuestro camino. De no haber sido yo un ansia pura, por la que tiritó y se emocionó el alma de una madre alba e inmaculada, me habría desembarazado de mis pañales y hubiera vuelto a lo infinito. Y de no ser por el profundo dolor que impera en las entrañas de todos vosotros, no me hubiera quedado en este lugar para sollozar y gemir. ¿Quién eres y qué es lo que deseas de mí, oh Judas Iscariote? Habrás calculado mi peso en alguna balanza para encontrarme digno de dirigir un ejército de enanos y de conducir una deforme escuadra en contra de un enemigo que no se acuartela más que en vuestras inquinas, temores. y fantasmas. Varios son los insectos que hormiguean a mis pies, pero yo los venceré. Estoy harto de sus burlas y sus chanzas, y cansado está mi espíritu de toda compasión con los animales o insectos que me consideran cobarde, porque mi camino no se encuentra entre sus murallas y fortalezas. Uno de los fines de la piedad es mi necesidad de misericordia hasta el final. ¡Oh!, cómo quisiera, si pudiera lograrlo, encaminar mis pasos en dirección a un mundo más grande, en el que moran seres muy superiores a los de este mundo; pero... ¿De qué manera podrá conseguirlo? Vuestro rey y vuestro sacerdote piden mi vida. Ya lograrán su propósito antes de encaminarme hacia ese otro mundo. No quebrantaré el curso de las Leyes ni esclavizaré a la ignorancia. Permitid que la ignorancia se cultive a sí misma hasta hartar a sus descendientes. Permitid que los ciegos lleven a los enceguecidos a la fosa. Permitid que los muertos sepulten a los cadáveres hasta que se ahogue la tierra bajo el perfume de esos amargos capullos. Mi reino no es de este mundo, no. Es y será en el lugar en el que tres de vosotros se reúnan con amor, con veneración, idolatrando a la hermosura de la vida, con felicidad y con placer ante mi recuerdo. En el momento de terminar su discurso dirigió bruscamente su vista a donde se encontraba Judas Iscariote y lo exhortó diciéndole: -¡Fuera de mi vista, hombre! los reinos de vosotros nunca estarán dentro del mío. Ya era tarde. Se dirigió a nosotros y dijo: -Vayámonos de este lugar, pues la noche ya se avecina y está casi encima de nosotros. Caminemos mientras haya luz. Descendió del monte seguido por nosotros. Bastante atrás, lejos y a la zaga, Judas nos seguía despacio. Al arribar al llano ya había anochecido. En ese instante Tomás, el hijo de Theófanos, se dirigió a Jesús diciéndole: -Maestro, la noche está muy oscura y ninguno de nosotros llega ya a distinguir el verdadero sendero. Si lo deseas podemos ir en dirección a las luces de aquella aldea, en donde quizá podamos hallar algo de comer y un lecho. Jesús entonces le respondió: -Os he dirigido hacia lo alto cuando teníais apetito, pero ahora que os he llevado a la llanura vuestra necesidad se ha multiplicado. ¡Es triste que no pueda estar entre vosotros esta noche, pero es que quiero estar a solas! Entonces se adelantó Simón Pedro y le habló: -No nos abandones en la tiniebla de la noche; déjanos pasar esta noche a tu lado en este estrecho sendero; pues tanto la noche como sus fantasmas no harán demasiado extensa su visita si con nosotros estás; mejor aún, estaremos cómo iluminados por un Alba si con nosotros te quedas. Jesús le respondió: -En esta noche los chacales estarán en sus cuevas y madrigueras, en sus nidos los pájaros del cielo, pero el Hijo del Hombre no hallará dónde reposar su cabeza. En verdad es mi deseo estar a solas esta noche. Pero si ese es vuestro deseo podréis, por segunda vez, encontrarme en la orilla donde os he hallado. Lo abandonamos con el alma dolorida, pues no deseábamos irnos y dejarlo solo. A cada momento volvíamos nuestra mirada hacia el lugar donde Jesús se encontraba en la gloria de su soledad, camino al oeste. El único que quiso echar hacia atrás la cabeza, para ver al Maestro en su perfecta soledad, fue Judas Iscariote. Desde ese momento Judas se convirtió en otro, se tornó malhumorado e hipócrita. Su mirada se vio oscurecida por una densa niebla de odio, maldad y felonía.
ANA,
MADRE DE MARÍA Mi nieto nació aquí, en Nazareth, en el mes de enero. La noche del nacimiento de Jesús unos hombres que venían de Levante nos visitaron. Se trataba de unos extranjeros que habían llegado de Asdrolón con las caravanas que mercan con Egipto. Nos solicitaron hospitalidad en nuestro hogar, pues en el albergue no encontraban lugar para pasar la noche. Les di la bienvenida y les informé: -Mi hija acaba de dar a luz un varón; vosotros, sin lugar a dudas, me disculparéis si no os hago las cumplimentaciones que merece vuestra permanencia aquí. Me agradecieron el haberles dado hospedaje, y, luego de cenar me dijeron: -Es nuestro deseo conocer al recién nacido. El hijo de María era un bebé muy hermoso; ella misma era muy bella y atrayente. Ni bien los extranjeros vieron a María y a mi nieto, extrajeron de sus bolsas oro y plata y lo dejaron a los pies del niño. Luego le ofrendaron incienso y mirra y prosternándose, más tarde oraron en un idioma que no comprendimos. En el momento de conducirlos al aposento que había preparado para que reposaran, penetraron en el mismo con un aire de recogimiento, como maravillados por lo que acababan de ver. Cuando salió el sol se marcharon para continuar su camino hacia Egipto; mas antes de partir me dijeron: -A pesar de tener su nieto un día de edad hemos podido ver en su mirada la luz del Dios que adoramos, y hemos visto también Su sonrisa a flor de labios. Por eso, le rogamos que cuide de Él como para que Él la cuide después. Y luego de decir esto, montaron en sus dromedarios y nunca más los hemos vuelto a ver. En lo que respecta a María su felicidad no era, con todo, tan grande como su asombro y admiración ante su vástago. Detenía la mirada largamente sobre su rostro, y después la perdía en el horizonte, a través de la ventana, absorta como si estuviera contemplando una revelación del cielo. El niño fue creciendo en edad y en espíritu, y se mostraba absolutamente distinto de sus compañeros de juegos, pues buscaba la soledad y no permitía que se le mandara, y nunca pude poner mis manos sobre él. Y era muy amado por todos los habitantes de Nazareth. Luego de unos años supe el porqué y el motivo de ese cariño y apoyo. Varias veces se llevaba la comida y la regalaba a los extranjeros que pasaban, y si yo alguna vez le daba un trozo de golosina, lo ofrecía a sus compañeros sin comer de él ni siquiera un trozo. Trepaba a los árboles frutales de nuestra huerta y le llevaba los frutos a los que no tenían en la suya. Y varias veces le he visto jugar carreras con los chicos de la aldea; cuando se daba cuenta que alguno se le había adelantado, disminuía, a propósito, la velocidad de su marcha para que pudieran ganar sus contendientes. Y cuando lo conducía por la noche a su cama para que descansara acostumbraba decir: -Dile a mi madre y a las otras que únicamente mi cuerpo descansa, pero mi espíritu las acompaña hasta que el de ellas se asome a mi Alba. Y muchas otras cosas más, como por ejemplo esa hermosa parábola que me contaba cuando aún era un pequeño, pero que ahora, en mi vejez, la memoria me impide acordarme con fidelidad de ella. Hoy me han dicho que no volveré a verlo nunca, mas... ¿cómo podré creerles? Si ahora mismo sigo oyendo su risa y el eco de sus pisadas todavía resuena en el patio de nuestra casa, y si beso el rostro de mi hija percibo aún el aroma de sus besos derretirse sobre mi alma; como también siento su hermoso cuerpo flotar estrechado contra mi pecho. Mas, ¿no es cierto que es extraño que María no haya hablado nunca más de su hijo cuando yo estaba presente? Varias veces creí sentir que ella misma tenía necesidad de verlo, pero como una estatua de metal, de esa manera se inmovilizaba ella meditando ante la luz diurna, de tal forma que mi alma se derretía y corría por mi pecho como si fuera un río. Pero, quién sabe; quizás ella sepa más que yo; y ruego al cielo que me cuente todo lo que sabe del misterio que no alcanzo a descubrir.
ASSAF,
ORADOR DE TIRO ¿Qué es lo que puedo hablar de su Verbo? Sin lugar a dudas, una enorme fuerza oculta dentro de él mismo llenaba sus parábolas de un encanto particular que seducía a sus oyentes. Quizá también fuera porque era bello e irradiaba simpatía. Tal vez el gentío prestaba más atención a su rostro perfecto que a sus charlas y discursos. Pero él muchas veces hablaba con la irresistible potencia de un espíritu elevado, y ese Espíritu poseía un dominio absoluto sobre todo aquel que lo estuviera escuchando. Cuando yo era un muchacho tuve ocasión de escuchar a oradores de Roma, Atenas y Alejandría, mas el Nazareno era totalmente distinto a cualquiera de ellos. La preocupación mayor de aquéllos era ordenar las palabras en forma espectacular, mas en cuanto oyes hablar al Profeta de Nazareth, sientes que el alma se escapa de ti y sale a recorrer regiones distantes y extrañas. Él relata una historia o inculca enseñanzas con parábolas o anécdotas. En toda la historia de Siria nadie había escuchado parábolas como las de Jesús, parecía que las tejía con hilos de estaciones, igual como el tiempo trama sus tejidos con los hilos de las eras y de los milenios. Ved aquí algunos ejemplos de cómo él comenzaba generalmente sus sermones: "Un día un labrador salió a sembrar", o "Un hombre pudiente poseía muchos viñedos", o "Al caer la tarde, un pastor contando sus ovejas cayó en cuenta que le faltaba una..". Esta manera de hablar hace trasladar a sus oyentes hasta sus egos simplificados y a sus ayeres apacibles y tranquilos. En verdad cada uno de nosotros es como un agricultor, todos amamos los viñedos, y en las llanuras de nuestra memoria existe un Pastor, un rebaño y una oveja perdida. En ese lugar también hay un Arado, una Artesa y una Era. En efecto, el Nazareno ha comprendido las fuentes de nuestro Yo más antiguo, e inspeccionado los hilos con que Dios fabricó la tela de la cual estamos hechos. Los oradores de Grecia y de Roma se han dirigido a la muchedumbre, hablándoles sobre la vida de la misma forma como la concibe el pensamiento; pero el Nazareno les habló sobre un anhelo que nace en lo profundo del espíritu. Los primeros han visto y contemplado la vida con mirada quizá más turbia que la tuya o la mía; pero el Nazareno ha visto la vida a la luz de Dios. Y varias son las ocasiones en que he pensado que hablaba a sus oyentes como si el peñasco hablara a la infinita llanura. Y en su verbo existía un empuje al que nunca hubieran llegado los discursos de los oradores atenienses y romanos.
MARÍA MAGDALENA Era el mes de junio cuando lo vi por vez primera. Paseaba en medio de la sementera con mis esclavas y doncellas. Jesús estaba solo. El ritmo de sus pasos resonando en el camino era distinto al de los hombres comunes; pero, movimiento igual que el de su cuerpo nunca pude ver otro parecido. Los demás hombres no poseían su forma de caminar, y aún ahora no sé si lo hacía lentamente o con rapidez. Mis esclavas y doncellas lo señalaban con el índice susurraban entre sí excitadas. Me detuve un momento y levanté mi mano en ademán de saludo, que él no contestó ni siquiera mirándome. En ese momento lo detesté y pude sentir cómo mi sangre se agostaba en mis venas por el odio que hizo presa de mí en ese instante. Me quedé fría. Temblaba, helada, igual como si me encontrara en medio de una horrible nevada. Esa noche soñé con él, y a la mañana siguiente mi camarera me contó que grité terriblemente en sueños, y no pude descansar en toda la noche. La segunda vez que pude verlo fue en agosto. Se encontraba descansando a la sombra del ciprés que está frente al jardín de mi casa. Lo observaba a través de la ventana. Su figura irradiaba paz y majestad; parecida a esas estatuas de piedra que se ven en Antioquía y otras ciudades norteñas. En ese instante llegó una de mis doncellas, la egipcia, y me dijo: -Ahí está otra vez ese hombre, sentado frente al jardín. Lo observé con detenimiento y se emocionó mi espíritu hasta lo más profundo de mí misma, porque era realmente hermoso. Su cuerpo era incomparable. Todas sus líneas se habían uniformado armoniosamente, tanto que me parecieron estar enamoradas unas de otras. En ese momento me atavié con mi mejor traje damasquino para ir a hablarle. ¿Era mi soledad la que me llevó hasta él o fue el perfume de su cuerpo? ¿Acaso era la codicia de mis ojos que anhelaban la belleza, o era su belleza lo que buscaban mis ojos? Hasta hoy no lo he podido saber. Del vestido perfumado que yo llevaba, surgían mis pies calzados con las sandalias doradas que el general romano me había obsequiado, sí, eran las mismas sandalias. Y cuando hube llegado hasta él, lo saludé diciéndole: -Buenos días. -Buenos días, María -me respondió. Luego me miró. Sus ojos negros vieron en mí lo que no vio hombre alguno antes que él. Ante sus miradas me sentí como desnuda y sentí vergüenza de mí misma. No habiéndome dicho, entretanto, más que ese "buenos días, María", le dije -¿Quieres venir a mi casa? -¿No estoy ahora acaso en tu casa? -replicó. No comprendí sus palabras en aquél momento, pero ahora sí que las entiendo. -¿Quieres compartir conmigo mi vino y mi pan? -insistí. -Sí, María, pero no ahora. "Pero no ahora, no ahora", así me dijo. En estas palabras había la voz del océano, del huracán y del bosque. Y cuando me las dijo, hablaron simultáneamente la Vida con la Muerte. Acuérdate, amigo mío, y no te olvides, que yo. estaba muerta; que era una mujer que se había divorciado de sí misma y vivía lejos de este Yo que hoy ves en mí. Había sido poseída por todos los hombres sin ser de ninguno. Me llamaban mujer libertina y decían que tenía siete demonios. Todos me maldecían y todos me envidiaban; pero cuando el atardecer de sus ojos alboreó en los míos, desaparecieron y se apagaron todos los astros de mis noches y me volví María, únicamente María: una mujer que se había extraviado sobre la tierra que conocía, para luego encontrarse a sí misma en nuevos mundos. Y volví a insistir: -Ven a mi casa y comparte mi pan y mi vino. -¿Por qué insistes que yo sea tu huésped? -respondió. Y le contesté: -Te ruego que entres en mi casa. Mientras yo le hablaba, sentía que todo lo que tenía de la tierra y del cielo se reunía en mis palabras y en mis súplicas. Entonces me observó fijamente, y sobre mi espíritu alumbró la luz de sus ojos. Y me dijo: -Tú tienes muchos amantes, en cambio soy yo el único que te ama. Los demás hombres se aman a sí mismos a tu lado, pero yo quiero y amo tu alma. Los demás hombres ven en ti una belleza que se marchita antes de la terminación de sus años, pero la hermosura que yo veo en ti no se marchitará jamás. En el otoño de tus días no temerá aquella Belleza mirarse a sí misma en un espejo, y nadie podrá acusarla ni denigrarla. Sólo yo amo lo que es invisible en ti. Y luego me dijo en voz baja: -Sigue ahora tu camino, y si no quieres que yo me siente a la sombra de este ciprés tuyo, seguiré yo también el mío. Y le supliqué llorando: -Maestro, ven y entra en mi casa. Allí tengo incienso que quemaré ante ti, y una jofaina de plata para lavar tus pies. Eres un extranjero, pero no lo eres aquí. Por eso te suplico que entres en mi casa. No bien hube terminado, se levantó y me miró como cuando miran las Estaciones al campo; sonrió y me dijo nuevamente -Todos los hombres se aman a sí mismos a tu lado, mas yo sólo te amo para tu salvación. Dijo esto y siguió su camino; pero nadie hubiera podido caminar como él. ¿Habrá nacido en mi jardín algún soplo divino y luego se fue hacia el Levante? ¿Fue una tempestad que vino a sacudir todas las cosas para volverlas a sus verdaderos cimientos? No lo supe en ese entonces, -pero en aquel día el atardecer de sus ojos mató la bestia que vivía en mí. Y por eso me volví una mujer, María, María Magdalena.
FILEMÓN,
BOTICARIO GRIEGO El Nazareno era el príncipe de los médicos, tanto en su pueblo como en los pueblos aledaños. Ningún otro hombre ha conocido como él nuestros cuerpos, sus elementos y sus propiedades. Ha curado a mucha gente de muchas y extrañas enfermedades que ni los griegos ni los egipcios conocían. Dicen que ha resucitado a los muertos. No importa que esto sea o no verdad; el hecho es que él manifiesta su fuerza, porque todas las cosas y acontecimientos importantes no pueden ser atribuidos sino a aquel que toma a su cargo cosas de tanta magnitud e importancia. Dicen también que Jesús ha visitado la India, Asiria y Babilonia, y que los sacerdotes de aquellas regiones le habían enseñado sus ciencias ocultas y la sabiduría que está escondida en las profundidades nuestras. Pero... ¡quién sabe! Tal vez los dioses se lo hayan revelado directamente, sin intermedio de los sacerdotes, pues lo que los dioses ocultan a todos los hombres, durante muchos siglos, a menudo lo revelan en un solo instante a un solo hombre, tanto que si Apolo pasara su mano sobre el corazón de un humilde desconocido, lo volvería hecho un sabio y un gran señor. Muchas puertas se han abierto ante los hijos de Tiro y del Tibet. Allí había muchas puertas que estaban cerradas y selladas, y, sin embargo, se abrieron al paso de este hombre que consiguió penetrar en el Templo del Alma, que es el cuerpo, y descubrir los espíritus malignos que conspiran contra nuestras fuerzas y nuestro valor, separándolos de los espíritus bondadosos que tejen sus hilos en la quietud y calma de sus horas. A mi forma de ver, Jesús curaba los enfermos por medio de la oposición y la resistencia, porque ese sistema empleado por él no era conocido entre nuestros filósofos. Sorprendía a la fiebre con su tacto glacial y la ahuyentaba; y los órganos inutilizados se volvían sanos ante la fuerza de su serenidad maravillosa. Sí; el Nazareno ha descubierto la savia pasajera en la corteza de nuestro árbol carcomido y marchito, pero ¿cómo llegó a tocar aquella savia con sus dedos? No lo sé. También alcanzó a descubrir el acero puro cubierto por la oxidación; pero ningún ser humano nos puede explicar cómo libró a la espada de su óxido y le devolvió el brillo. Muchas veces se me ocurrió creer que él llegaba hasta los males más hondos que padecen todos los seres que viven bajo del sol, mitigando esos dolores, fortificando y ayudando a aquellos seres, no sólo con su sabiduría, sino señalando el camino de su propia fuerza para levantarse y despojarse de sus dolores sanos y curados. Y no obstante eso, jamás se ocupó de su propio poder como médico. Toda su atención estaba concentrada en las cuestiones religiosas y políticas de este país. Y esto me hace sufrir porque, antes que nada, debemos ser sanos de cuerpo. Pero estos sirios, cuando son atacados por algún mal, no buscan su panacea, sino más bien se entregan a las discusiones y a las polémicas especulativas y teológicas. Y su mayor desgracia es que su más grande médico renunció a su útil profesión y prefirió ser orador en la plaza pública.
SIMÓN PEDRO Estaba yo a la orilla del lago cuando vi por vez primera a Jesús, mi Maestro y Señor. Mi hermano Andrés estaba conmigo y los dos andábamos pescando. Las olas estaban embravecidas y agitadísimas, y debido al mal estado del tiempo nuestra pesca era muy exigua. Nos encontrábamos transidos por el dolor que traspasaba nuestros corazones. De repente se detuvo Jesús frente a nosotros como si hubiera, en ese momento, llegado de la nada; por cuanto no lo vimos venir de ningún lado. Luego nos llamó a cada uno por su nombre y dijo: -Si me seguís os conduciré a una ensenada -cerca de la costa de abundante pesca. Cuando lo miré, la red se escapó de mis manos, porque una luz alumbró mi interior y lo reconocí; pero mi hermano Andrés le dijo: -Nosotros conocemos todas las abras de estas orillas; también sabemos que en estos días muy ventosos los peces buscan las profundidades, donde no pueden llegar nuestras redes. A lo que contestó Jesús: -Seguidme, pues, a las orillas del mar Mayor y os haré pescadores de los hombres, y vuestras redes jamás se retirarán vacías. Entonces abandonamos nuestra barca y nuestras redes y lo seguimos; reas yo le seguí guiado por una fuerza invisible que le acompañaba. Caminaba yo a su lado sin respirar, inundado por el asombro, mientras mi hermano Andrés venía detrás, no menos admirado y maravillado. Y mientras caminábamos sobre las arenas cobré ánimo y le dije: -Señor, yo y mi hermano te seguiremos, y a donde tú vayas te acompañaremos; si es tu deseo visitar nuestra casa esta noche, ésta se llenaría de bendiciones. Sólo comerías platos frugales y sencillos. Mas,, si entras en nuestra choza la convertirías en palacio, y si compartes nuestro pan, seremos envidiados por todos los príncipes de la tierra. Y respondió Jesús: -Sí, seré vuestro huésped esta noche. Mi corazón se alegró hondamente al oír sus palabras. Así lo hemos seguido en silencio hasta llegar a la. casa. Cuando pisamos el umbral, Jesús dijo: -La paz sea en esta morada y con sus habitantes. Luego entró y lo seguimos. Una vez dentro de la casa fue agasajado por mi mujer, mi suegra y mi hija. Todas se prosternaron delante de él y besaron los bordes de su manto. ¡Estaban maravilladas por tan honroso hospedaje al Señor, el Elegido que vino a dormir bajo nuestro techo! También porque ellas lo conocieron en el Jordán, cuando Juan el Bautista reveló su poder a la multitud. De inmediato, mi esposa y mi suegra se dieron a la tarea de preparar la cena. En cuanto a mi hermano Andrés, de naturaleza tímido y vergonzoso, su fe en Jesús era más honda que la mía. Mi hija, que a la sazón tenía doce años, se colocó junto a Jesús y lo cogió de un pliegue de su manto, temiendo que nos dejara para volver a emprender viaje bajo el cielo oscuro. Se había aferrado a él como un cordero que ha encontrado su buen pastor. Y a la hora de la cena nos sentamos a la mesa todos juntos. Tomó en sus manos el pan, y luego de haber servido el vino nos miró y dijo: -Amigos míos, bendecidme y acompañadme en esta comida, tanto como nuestro Padre nos ha bendecido al otorgárnosla. Dijo todo esto antes de probar un solo bocado, porque de este modo quiso respetar las antiguas costumbres y las tradiciones, que hacían del huésped querido un señor de la casa. Y cuando estuvimos sentados a la mesa, sentimos en lo más profundo de nuestro ser hallarnos sentados en el banquete de un gran rey. Mi hija Petronila, la inocente pequeñuela, miraba extasiada la cara del Señor y seguía con atención los movimientos de sus manos y sus ademanes. Una nube de lágrimas empañaba sus ojos. Y cuando Jesús se hubo levantado de la mesa, salió seguido por todos nosotros y se ubicó debajo del gran parral. Mientras nos hablaba, nosotros lo escuchábamos con los corazones hondamente emocionados. Nos habló de la segunda venida del Hijo del Hombre, de las puertas del cielo que en ese entonces se abrirá, y de los ángeles cuando bajan trayendo la paz y la alegría a todos los hombres, y cuando se elevan llevando a Dios sus anhelos y sus ansias. En esa circunstancia me miró en los ojos y con su mirada llegó hasta lo más hondo de mi ser y dijo: -Te he elegido junto con tu hermano y es preciso que me sigáis. Habéis trabajado mucho hasta el cansancio; ahora os haré descansar. Llevad mi yugo y aprended de mí, por cuanto mi alma desbórdase de paz, y en él hallarán vuestras almas su patria y sus necesidades cumplidas. Al terminar estas palabras nos pusimos de pie y dije: -Maestro, te seguiremos hasta el fin del mundo, y si nuestra carga es pesada cual una montaña, la llevaremos en nuestro camino del cielo, aceptándola gustosos y satisfechos. Y luego mi hermano: -Maestro, queremos ser hilos entre tus manos y en tu telar, para que hagas de nosotros cuando quieras, un lienzo que usarás en tu divino manto. Después alzó mi mujer su cabeza y exclamó, mientras surcaban sus mejillas lágrimas de alegría: -¡Bendito seas tú que vienes en nombre de Dios! ¡Bendito sea el Vientre que te concibió y el Pecho que te amamantó! Mi hija estaba echada a sus pies, abrazándolos contra su pecho; empero mi suegra, sentada en el umbral de la puerta, estaba callada; pero lloraba en su silencio, mojando así su manto. Jesús llegó hasta ella y alzándole la cabeza la miró en los ojos y le dijo: -Tú eres la madre de todos estos amigos. Ahora que lloras de alegría, yo sabré guardar tus lágrimas en mis recuerdos. En esa hora vimos asomar la bella luna; Jesús la miró detenidamente y nos dijo: -Larga fue nuestra velada. Retiraos a vuestros lechos y que Dios vele vuestros sueños y vuestro reposo. En cuanto a mí, quiero permanecer bajo este parral hasta que nazca el día. Hoy he tirado mi red y pescado dos hombres, lo que me conforma y satisface. Que paséis buena noche. Mi suegra le dijo -Señor, te hemos preparado el lecho, ruego entres y descanses. A lo que respondió Jesús: -La verdad te digo que -necesito reposo; pero no bajo ningún techo. Dejadme dormir esta noche bajo el dosel de la viña y la luz de las estrellas. Y ahora hasta siempre. Se apresuró mi suegra para sacar y preparar el lecho afuera. Era un colchón, una almohada y un cobertor. Jesús la miró dulcemente y dijo: -Descansaré sobre un lecho que se hizo dos veces. Entonces lo dejamos solo y entramos en la casa. Mi hija fue la última en entrar. Lo miraba con insistencia hasta que cerró la puerta. Así he conocido a mi Rabí y Señor por primera vez, y no obstante haber esto pasado hace muchos años, lo recuerdo como si hubiera sido hoy.
CAIFÁS, SUMO SACERDOTE Es indispensable, al hablar de este hombre Jesús, de su vida y de su muerte, recordar dos realidades irrefutables: la conservación del Torá en nuestras manos y la salvación del Estado, para que permanezca en las fuertes manos de los romanos. Ese hombre constituía un peligro para nosotros y para Roma. Ha envenenado al pueblo ingenuo y cándido, y lo ha conducido, mediante un sortilegio admirable, a rebelarse contra el César y contra nosotras. Hasta mis esclavos, hombres y mujeres, al oírlo hablar en la plaza pública, se llenaron de ideas subversivas y se tornaron muy díscolos y disconformes. Muchos de ellos abandonaron mi casa y regresaron al desierto de donde vinieron. El Torá es la base de nuestra fuerza y la cúspide de nuestro triunfo. Ningún hombre puede destruirnos mientras en nuestras manos tengamos esta fuerza invicta, como ninguno puede reducir a escombros a Jerusalén, cuyas murallas y paredes están levantadas sobre las viejas rocas que con sus propias manos colocó David. Si es necesario que la sementera de Ibrahim crezca y fructifique, nada más justo que esta tierra permanezca pura; y ese hombre Jesús trataba de mancillarla incitando a la rebelión. Es por eso que lo hemos muerto, cargando, a conciencia, con toda la responsabilidad. Y así mataremos a todo aquel que ose violar la ley de Moisés o profanar nuestro sagrado patrimonio. Nosotros, juntamente con Pilatos, hemos advertido al pueblo el peligro que había en ese hombre, y vimos que era prudente poner fin a su vida. Mas ahora estoy poniendo todo el poder que está a mi alcance para castigar a sus discípulos, de igual manera como lo hice con él, para así destruir sus enseñanzas y su doctrina. Si el judaísmo quiere sobrevivir, es necesario entonces reducir a polvo a quien lo persiga, y antes de que muera el judaísmo cubriría mi blanca cabeza con cenizas, igual que el profeta Samuel; rompería este manto y esta dalmática santa que he heredado de Harón; y me pondría el cilicio hasta el fin de mi vida.
JONÁS, MUJER DEL GUARDIA DE HERODES Jesús no era casado y no se casó jamás; pero era amigo y defensor de las mujeres. Las comprendió tal como debieron comprenderlas todos los hombres en el Amor puro. Amaba a los niños tal como debieron los hombres haberlos amado, con la fe y la comprensión. En sus ojos había la ternura del padre, el cariño del hermano y la abnegación del hijo. Tomaba a un niñito y, al colocarlo sobre sus rodillas, decía: -En este niño se encuentra vuestra fuerza y vuestra libertad; con él formaréis el reino del Espíritu. Dicen que Jesús desdeñaba la ley de Moisés y perdonaba a las pecadoras de Jerusalén y de los países adyacentes. En aquel tiempo yo misma era pecadora a los ojos de la gente porque amé a un hombre que no era mi esposo. Era un saduceo. Un día llegaron los saduceos hasta mi hogar, hallándose mi amante conmigo; me prendieron y me encarcelaron. Cuando fueron en busca de mi amante éste había desaparecido dejándome sola. Después de un tiempo me condujeron a la plaza pública, en donde Jesús enseñaba a la multitud. Me llevaron a su presencia, con el propósito deliberado de tentarlo y prepararle una artimaña, mas Jesús no me juzgó; por el contrario, avergonzó a mis acusadores y los llenó de reproches. Después me ordenó que me fuera en paz. Después de aquella escena, todos los frutos insulsos de la vida cobraron sabor en mi boca. Y las rosas que nunca tuvieron aroma perfumaron mi corazón. Y fui una mujer a quien nunca volvieron a acosar los malos pensamientos. Y me sentí libre, y jamás volví a bajar ante nadie mi frente.
REBECA Sucedió esto antes que lo hubiera conocido el pueblo. Estaba en el jardín de mi madre, cuidando las flores, cuando Jesús se detuvo frente a nuestro portal y dijo: -Tengo sed. ¿Quieres, muchacha, darme de beber de tu pozo? Corrí adentro y luego de haber llenado de agua una copa de plata, vertí en ella unas gotas del ánfora de esencia de jazmín. Aplacó su sed y vi que estaba satisfecho. Luego me miró a los ojos y dijo: -Vengan a ti mis bendiciones. Cuando dijo eso sentí la sensación de un viento llegar de las alturas y vibrar todo mi cuerpo. -Perdí mi timidez, cobré ánimo y le dije: -Soy ¡oh, mi Señor!, la prometida de un joven de Caná, de Galilea. En el cuarto día de la semana entrante me desposaré con él. ¿Quieres asistir a mi boda y de esa manera bendecir con tu presencia mi matrimonio? A lo que me contestó: -Sí, hija mía, asistiré. No olvidaré nunca esas palabras: "¡hija mía!" Era él joven y yo frisaba los veinte años. Luego siguió su camino; en tanto yo permanecía en el portón del jardín, hasta que escuché la voz de mi madre que me llamaba. En el día cuarto de la semana siguiente fui conducida por mi familia a la casa de mi novio, y allí me entregaron a él. Y vino Jesús junto a su madre y su hermano Santiago. Se ubicaron alrededor de la mesa con los demás invitados, en el momento que las mozas de Galilea, las compañeras de mi mocedad, entonaban las canciones que para la boda de las vírgenes compuso el rey Salomón. Jesús comía de nuestros platos, bebía nuestro vino y sonreía a todos los presentes, oía las canciones que el amante dedicaba a su amada a la hora que la acompañaba a su cabaña; los cánticos y coplas alegres del joven viñatero que amó a la hija del dueño de las viñas y la llevó a la casa de su madre; los poemas del príncipe que, locamente enamorado de la pobre campesina, la coronaba con la diadema y el cetro de sus padres. Creo también que escuchaba otras canciones; pero desde mi sitio de novia no podía oír ni precisar bien. Al declinar la tarde vino el padre de mi novio y susurró al oído de la madre de Jesús las siguientes palabras: -Ya no nos queda vino para nuestros huéspedes, y el día de la boda aún no ha concluido. Oyó Jesús lo que a su madre fue dicho en secreto y respondió: -El copero sabe que todavía hay en los jarrones bastante vino para beber. Y así fue en verdad, pues hubo vino en abundancia durante toda la noche. Entonces comenzó Jesús a hablar. Nos habló de los milagros de la Tierra y del Cielo. Nos explicó el misterio de las flores del Cielo que abren sus pétalos cuando la noche se cierra sobre la Tierra; y de las rosas que florecen cuando los luceros se ocultan en la luz del día. Nos enseñó con parábolas y ejemplos y nos relató cuentos. Su dulce voz conmovía los corazones de todos los oyentes, y cuando lo mirábamos profundamente en los ojos, nos parecía que veíamos visiones del Cielo, y nos olvidábamos de los manjares y de las canciones. Y mientras yo lo escuchaba me sentía en una tierra extraña y distante. Pasado un momento, dijo un comensal al padre de mi novio -Has dejado el mejor vino para el final del banquete de boda, y no todos lo hacen así. Todos los presentes en la casa se convencieron y creyeron en un milagro, y bebieron al finalizar el festín mejor vino que al comienzo. Yo también creí en la maravilla del vino que Jesús hizo, mas no me asombré, porque en su voz escuchaba muchos milagros y muchas maravillas. Y así me acompañó su voz, desde aquella vez hasta el nacimiento de mi primogénito. Y todavía la gente de nuestra aldea y pueblos cercanos recuerda las palabras de aquel querido huésped, diciendo constantemente -El Espíritu de Jesús el Nazareno es mejor y más añejo que cualquier vino.
UN
FILÓSOFO PERSA EN DAMASCO Yo no puedo predecir lo que mañana será de ese hombre. Tampoco podré pronosticar lo que sucederá a sus discípulos, porque la semilla oculta en el corazón de la manzana es un árbol invisible, pero si esa semilla cae sobre una roca, no podrá germinar. Por eso digo que el antiguo Israel es cruel y desconoce la piedad; por ello debe buscarse para Israel una nueva divinidad; un dios dulce y clemente que lo trate con piedad y ternura; un dios que descienda con los rayos del sol y camine por sus estrechos senderos, en reemplazo de esa deidad suya, ya envejecida, sentada eternamente sobre el trono de su tribunal, pesando errores y midiendo culpas. Israel necesita un dios de quien la envidia no haya conocido ningún camino a su corazón, y en cuyo recuerdo no se hayan registrado las faltas y las culpas de su pueblo. Un dios que no se vengue de su pueblo castigando a los hijos por culpas de los padres hasta la tercera y cuarta generación. El hombre de Siria es igual que su hermano de cualquier lugar. Se mira en el espejo de sus conocimientos y allí encuentra a su dios. Crea los dioses a su imagen y semejanza, y adora lo que sobre su faz refleja la imagen. Pero el ser humano, en verdad, ora a sus ansias lejanas para que se despierten y se cumplan todos sus deseos. En el cosmos no hay cosa más profunda que el alma del hombre. El alma es la hondura que se busca a sí misma, porque en ella no hay otra voz que hable ni otros oídos que oigan. Nosotros mismos, en Persia observamos nuestras caras en el disco del sol y vemos nuestros cuerpos danzando en el fuego que encendemos en nuestros altares. Es por esa razón que el Dios de Jesús, que él llamó Padre, no será extraño en medio del pueblo de este Maestro. Por ello creo que satisfará sus anhelos. Las divinidades de Egipto han arrojado las piedras que llevaban a cuestas y huyeron al desierto de Nubia, para vivir libres entre los que aún viven libres de conocimientos. El Sol de los Dioses de Grecia y Roma marcha hacia su crepúsculo. Ellos eran muy parecidos a los hombres en cuyos pensamientos y meditaciones no pudieron vivir. Y el bosque a cuya sombra ha nacido su magia, lo talaron las hachas de los atenienses y alejandrinos. También en esta tierra vemos que los de altos sitiales bajan de sus elevados rangos para confundirse con la humildad y la modestia de los legisladores de Beirut y los ermitaños de Antioquía. Tú no ves más que los ancianos y mujeres decrépitas ir caminando a los templos de sus padres y abuelos; sólo buscan el comienzo del sendero aquellos que se extraviaron en su final. Pero este hombre Jesús, este prodigioso nazareno, ha hablado de un dios que cabe en todas las almas y cuya sabiduría se elevó hasta escapar a todo castigo, y cuyo amor se sublimó tanto que rehuye nombrar los pecados de sus criaturas. Y el dios de ese nazareno pasará por el umbral de todos los hijos de la tierra y se sentará a su lado, cerca del hogar, y será una bendición dentro de sus casas y luz en sus caminos. Mas yo tengo un dios que es el dios de Zoroastro. Un dios que es sol en el cielo, fuego sobre la tierra y luz en el regazo del hombre. Me conformo con él, y fuera de él no necesito otra deidad.
DAVID,
CORRELIGIONARIO DE JESÚS No llegué a comprender el sentido de sus sermones hasta después de habernos dejado. No entendí nada de sus parábolas hasta que ellas cobraron forma ante mis ojos, naciendo, por reacción propia, en cuerpos que ahora escoltan las legiones de mis días. He aquí lo que me ha sucedido: una noche estaba sentado en mi casa, pensando y recordando en éxtasis sus palabras y actos para registrarlos en el Libro de mi vida, cuando en ese instante entraron tres ladrones. No obstante percibir su presencia no pude levantarme e ir a su encuentro esgrimiendo la espada, ni preguntarles: "¿qué hacéis aquí?", porque estaba invadido por la Fe y por el Espíritu, que se mantenían hondamente en mi meditación. Continué escribiendo mis memorias sobre el Maestro, y cuando los ladrones se hubieron retirado, recordé sus palabras: "A quien te pidiere tu capa, dale tu vestidura también". Y las entendí... Cuando estaba registrando sus ejemplos y sus parábolas, no había en la tierra una persona capaz de interrumpir mi labor, aún a costa de perder todos mis bienes, porque no obstante el interés natural que tengo en protegerlos y defenderme, sabía en qué lugar se hallaba aquel otro Gran Tesoro.
LUCAS Despreció Jesús a todos los hipócritas y los recriminó duramente. Su ira contra ellos caía cual rayo fulminante. En sus oídos, la voz de Él era como un trueno cuyo estampido hacía temblar los corazones. Pidieron su muerte por el miedo espantoso que le tenían. Eran como topos; trabajaban en sus oscuras cuevas conspirando contra su vida, pero Él jamás se dejó caer en sus trampas y ardides; se compadecía de su ignorancia, por cuanto sabía que no podían burlarse del Espíritu ni encaminarse al abismo. Tomaba en sus manos un espejo y desde su fondo veía a los perezosos, los cojos, los desafortunados y los caídos a la orilla del camino rumbo a su tumba. Y tuvo compasión de todos, y su anhelo era elevarlos hasta su cabeza y cargarse con sus fardos. Sí; varias veces ha querido que sus debilidades y flaquezas se apoyaran sobre su brazo fuerte y firme. En sus fallos no era tan severo contra el impostor, el ladrón y el homicida, tanto como en sus juicios contra los hipócritas, que enmascaraban sus rostros y ocultaban sus manos; con éstos era implacable, muy severo y terminante. En tantas ocasiones me puse a pensar en aquel corazón que recibía con toda bondad a todos aquellos que procedían del desierto árido de la vida, dándoles refugio y reposo, consuelo y calma dentro de su santo Templo. Jamás cerró sus puertas, salvo a los hipócritas. Sucedió una vez, que mientras nos encontrábamos con Él en el huerto de los granados, le dije: -Maestro, tú perdonas a los pecadores, consuelas a los débiles y a los enfermos y no rechazas más que a los hipócritas. Y me respondió: -Has puesto tus palabras en su justo lugar al llamar débiles y enfermos a los pecadores. Sí, perdono la debilidad de sus cuerpos y sus espíritus enfermos, pues la incapacidad para cumplir su deber ha puesto un pesado fardo sobre sus espaldas, peso impuesto por sus padres o sus vecinos; mas no soporto a los hipócritas, porque cargan el pesado yugo sobre la cerviz de los humildes y buenos servidores. Empero los débiles, que tú llamas pecadores, son como polluelos sin plumas, caídos del nido, mientras el hipócrita es un milano apostado sobre una roca, acechando a la víctima inocente para precipitarse sobre ella. Los débiles son hombres y mujeres perdidos en un desierto; no así el hipócrita, porque conoce el sendero y ríe en medio de las arenas y los vientos. Es por eso que no admito a los hipócritas en mi compañía. Así habló nuestro Maestro, cuyas palabras no alcancé a entender en ese entonces, pero hoy las entiendo. Por eso se juntaron los hipócritas de todo el país de Judea, y lo arrastraron y condenaron a muerte, creyendo que así se ajustaban a la ley y justificaban su crimen. El arma con que se defendían contra Él ante los conciliábulos, era la ley de Moisés. Así que los que transgredían la le de la aparición de cada aurora, para luego volver a violara por segunda vez al declinar la tarde, fueron los mismos que conspiraron contra su vida.
MATEO En un día de siega nos llamó Jesús, con otro núcleo más de amigos suyos, a subir a las colinas. La Tierra exhalaba sus aromas y estaba ataviada con su mejor manto, cual hija de un omnipotente rey en el día de su boda. El Cielo era el novio de la Tierra. Y cuando hubo llegado al lugar más elevado se detuvo en medio de un bosque de laureles. En su hermoso rostro había serenidad y paz. Y dijo: -Descansad aquí y abrid las ventanas de vuestra mente; templad las cuerdas de vuestros corazones, porque tengo mucho que deciros. Nos recostamos sobre la grama, rodeados por las rocas del estío. En medio de nosotros se sentó Jesús; abrió su boca y derramó su voz por aquellas sierras, y Habló así: -Bienaventurados los buenos de Espíritu. "Bienaventurados los que no encadenan sus tesoros, porque ellos serán los verdaderamente libres. "Bienaventurados los que no recuerdan sus dolores, porque en sus dolores guardan su felicidad. "Bienaventurados los que tienen hambre de Verdad y de Belleza, porque su hambre los llevará hacia el pan y su sed hacia el manantial. "Bienaventurados los clementes y los piadosos, porque encontrarán consuelo en su clemencia, en su dulzura y piedad. "Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos serán uno solo con Dios. "Bienaventurados los pacificadores, porque sus espíritus habitarán flotando sobre los campos de batalla, y transformarán el campo del alfarero en un jardín encantador. "Bienaventurados los perseguidos, porque sus pies serán alados y veloces. "Alegraos y regocijaos, porque habéis encontrado el Reino de los Cielos en las profundidades de vuestros espíritus. Los antiguos cantores fueron perseguidos cuando modularon las canciones de aquel Reino; así seréis perseguidos vosotros, y en ello está vuestro honor y galardón. "Vosotros sois la sal de la Tierra, mas si la sal se viciara ¿con qué será salado el alimento del corazón del hombre? "Vosotros sois la luz del mundo, mas -no coloquéis esta luminosidad debajo de un celemín, sino que ella alumbre desde la altura delante de todos los que buscan la ciudad de Dios. "No penséis que he venido a destruir la ley de los escribas y los fariseos, pues mis días entre vosotros están contados, y mis palabras serán breves, y no tengo más que algunas horas, en cuyo espacio terminaré de daros una segunda ley y un Nuevo Testamento. "Habéis oído que os fue dicho: 'no matarás', pero yo os. digo: no os enfadéis sin razón. Los antiguos os han prescripto conducir al templo vuestros becerros, vuestros corderos y palomas, y que los sacrifiquéis en el altar, para que Jehová aspire el aroma de vuestros presentes, y así perdonaros vuestros pecados y faltas. "Mas yo os digo: ¿podréis dar a Jehová lo que desde el principio era su patrimonio?; ¿podréis calmar su cólera si su trono se eleva por encima de las silenciosas y pacíficas profundidades, y cuyos brazos abarcan y envuelven el espacio? Buscad más bien a vuestro hermano y haced la paz con él antes de venir al Templo, y dad con amor a vuestro vecino de todo cuanto tengáis, porque en el corazón de éstos Dios ha construido un Templo que jamás se destruirá, y en cuya alma ha erigido un altar eterno. "Oísteis que os fue dicho: 'ojo por ojo y diente por diente', empero yo os digo: no os resistáis al mal, porque la oposición lo alimenta y lo fortifica, y sólo el débil se venga. Los fuertes en el Espíritu perdonan, y el damnificado se siente honrado y glorificado al perdonar las ofensas de los demás. Tan solo el árbol cargado de frutos es sacudido por la multitud y apedreado por los transeúntes. "No os preocupéis por el mañana, más bien pensad y meditad sobre vuestro hoy, porque al día de hoy le basta su milagro. "No os vanagloriéis cuando dais de lo que es vuestro, más bien mirad la necesidad de aquel a quien dais, pues todo aquel que diere a un necesitado, el Padre mismo le dará con mayor abundancia. Dad a cada uno según su necesidad, porque el Padre no da sal a los sedientos, ni vacas al hambriento, ni leche al niño destetado. No deis lo santo a los perros, ni echéis perlas a los cerdos, porque con tales presentes os burláis de ellos, tanto como los perros y los puercos se burlarán de vosotros, y tal vez su odio hacia vosotros los induzca a poner en peligro vuestra vida. "No guardéis tesoros que se pudran o que los ladrones puedan apoderarse. Haceos tesoros que no se corrompan ni sean robados, sino más bien que aumenten en esplendor y hermosura a medida que los ojos los contemplen, porque allí donde estuviere tu tesoro allí estará tu corazón. "Os dijeron que el homicida debe pasarse por el filo de la espada, y que al ladrón se le debe crucificar, y lapidar a la mujer adúltera; pero yo os digo que no sois inocentes del crimen del asesino, ni de la culpa del ladrón, ni del adulterio de la pecadora; y cuando sus cuerpos son castigados, vuestros espíritus se oscurecen en lo más profundo de vosotros. La verdad es que ningún hombre ni mujer alguna cometerían un crimen solos. Todos los delitos y los crímenes son cometidos por todos los hombres juntos; mas aquel que paga la pena sólo quiebra un eslabón de la cadena que sujeta vuestros pies; tal vez paga con su aflicción el precio de vuestra alegría pasajera y efímera. De esa manera habló Jesús. Dominado por el respeto y la veneración quise arrodillarme ante Él, pero mi vergüenza de ser pequeño y miserable me paralizaba, me impedía moverme de mi lugar y proferir una palabra; pero cobré ánimo y le dije: -Señor, quiero rezar en este momento, pero mi lengua está pesada. Enséñame cómo debo orar. Y me contestó: -Cuando reces, que tus ansias sean las que canten las palabras de la oración. En lo más profundo de mí mismo hay un ansia escondida que, en este mismo instante, quiere orar así: Padre nuestro que estás en la Tierra y en los Cielos: santificado sea tu nombre; acompáñanos con tu voluntad, tal como está en el Cosmos. Danos de tu pan lo suficiente como para nuestros días. Perdónanos con tu bondad y clemencia y aumenta nuestra comprensión para perdonarnos unos a otros. Condúcenos hacia Ti y extiéndenos tu mano en nuestra oscuridad; porque tuyo es el Reino y por Ti es nuestra fuerza y nuestra perfección. Y era el atardecer. Jesús descendió de las colinas seguido de todos nosotros; en tanto yo repetía detrás de Él su oración, recordando todas sus palabras, porque comprendí que las palabras que surgieron aquel día de sus labios debieran subsistir y eternizarse; y las alas que se cernían sobre nuestras cabezas en ese momento, debieron golpear la tierra como cascos de acero.
JUAN,
HIJO DE ZEBEDEO Habéis visto que un núcleo de nosotros llamaba a Jesús "El Mesías", y otros "El Verbo", mientras algunos de nosotros lo llamaban "El Nazareno" y otros "El Hijo del Hombre". Ahora vengo a explicaron el significado de estos nombres tal como me ha sido dado entenderlos. El Mesías, que existía desde antiguos tiempos, es la chispa de la Divinidad que mora en el espíritu del hombre. Es la brisa o el soplo de la Vida que nos visita y encarna tomando un cuerpo como el nuestro. Es la voluntad de Dios. Es el primer Verbo que habla en nuestras voces y habita nuestros oídos, para que entendamos y nos instruyamos. Y el Verbo de nuestro Dios ha construido una casa de carne y hueso y se hizo un hombre como tú y yo, porque nunca pudimos oír las canciones del viento, que no tiene forma corpórea, como asimismo nunca vimos nuestro Yo caminar en la niebla. El Mesías vino muchas veces al mundo y recorrió muchos países, pero siempre fue extraño entre los hombres, que lo tomaron por loco; en cambio el eco de su voz no se ha apagado, por cuanto la mente del hombre retiene lo que muchas veces la memoria no ha podido retener y conservar. El Mesías es esto: Nuestra hondura más insondable y nuestra elevación más infinita. Él es quien acompaña al hombre hacia lo eterno. ¿No habéis oído hablar de Él en los caminos de la india, en la tierra de los Magos y en el desierto de Egipto? Aquí, en el Norte de nuestra tierra vuestros poetas han cantado panegíricos a Prometeo, que robó a Júpiter el fuego del cielo, porque había realizado las aspiraciones del hombre y roto los barrotes férreos de la jaula que aprisionaba las esperanzas humanas, libertándose; y a Orfeo, que se ha transformado en una voz y una cítara, para revivir el alma en el hombre y encantarla con sus melodías. No habréis escuchado hablar del divino rey Mithra y a Zoroastro el profeta de Persia, que despertaron de los sueños del hombre antiguo, para detenerse sobre el lecho de los nuestros; pero nosotros nos ungimos de Mesías en el momento de reunirnos en el templo invisible cada mil años. Es entonces cuando sale uno de nosotros encarnado, y a su advenimiento se convierte nuestro silencio encantos, y no obstante eso, nuestros oídos no se tornan muchas veces auditivos, ni videntes nuestros ojos. Nació Jesús el Nazareno y creció como nosotros. Sus padres eran como los nuestros y él era como uno de nosotros; pero el Mesías, el Verbo, que desde el comienzo era el Espíritu que quería para nosotros una vida perfecta, se ha fundido con todas esas esencias en la persona de Jesús, y se unió con él y se hicieron una sola. El Espíritu era la mano lírica de Dios y Jesús era su cítara. El Espíritu era un salmo y su canción era Jesús; y Jesús, el Hombre de Nazareth, era el huésped y el Tabernáculo del Mesías, que con nosotros ha caminado bajo el sol y nos llamó sus amigos. Las montañas y los collados de Galilea, sus quebradas y valles, no han oído en aquél tiempo más que su voz. Y a pesar de mi corta edad, en aquel tiempo yo seguía los pasos de su senda. Sí, he seguido su sendero y sus pasos para oír las palabras del Mesías en labios del Jesús de Galilea. Ahora sin duda queréis enteraros por qué un núcleo de nosotros lo llamó el Hijo del Hombre. Él mismo quiso que así lo llamáramos, porque Él mismo conoció el hambre y la sed del hombre a quien veía buscar su Yo superior. El Hijo del Hombre es el Mesías tierno y bondadoso que quiere estar con todos. Es Jesús el Nazareno que viene a guiar a todos sus hermanos hacia el Elegido que Dios ha ungido con el sacro óleo de su santidad, y hacia el Verbo que en principio estaba con Dios. Jesús de Galilea vive en mi alma. Es el Hombre que se elevó sobre todos los hombres. Es el poeta que con todos nosotros forma los poetas. Es, más bien, el Espíritu que llama a las puertas de. nuestros espíritus, para que despierten y se eleven a dar la bienvenida a la Verdad desnuda y confiada.
UN JOVEN
SACERDOTE DE CAFARNAÚM Era un taumaturgo caprichoso e inconsecuente, un adivino hechicero que engañaba con su magia y brujería a la gente simple. Mistificaba con las parábolas de nuestros profetas y con todo lo sagrado de nuestros abuelos. Buscaba sus testigos hasta entre los muertos, y tanto su poderío como sus correligionarios los tomaba de las tumbas silenciosas. Andaba tras las mujeres de Jerusalén y las mozas aldeanas, con la astucia de las arañas con las moscas que atrapan en sus redes. Y esto se explica, porque las mujeres son débiles y de cabeza vacía; ellas siguen al hombre cuyas palabras dulces cautivan sus bajas pasiones. Si no se hubiera cruzado en su camino ese grupo de mujeres imbéciles que se han dejado engañar por su espíritu maligno, su nombre estaría borrado de la memoria de los hombres. ¿Y esos hombres que lo siguen, quiénes son? Eran de la clase subyugada y oprimida, que nunca se les ha ocurrido declararse en rebelión contra sus amos, porque era gente cobarde, imbécil e ignorante; pero cuando les prometió colocarlos en elevados cargos en su reino, se entregaron a sus promesas inventadas, igual que el barro que se entrega blandamente a manos del alfarero. ¿No habéis visto, acaso, que el esclavo sólo sueña en su modorra con su grandeza, y el miserable y oscuro sólo se cree un león? El Galileo era un farsante y mistificador. Perdonó todas las faltas de los pecadores con el propósito de oír en sus bocas inmundas la gritería de los "hosannas". Mitigó el hambre de los desesperados y de los miserables para ser escuchado por ellos y atraerlos a en osar las filas de su ejército. Violó la ley del sábado con aqueos que lo profanaban, al sólo objeto de tornar a su favor a los que vivían al margen de la ley. Condenó e insultó a nuestros altos sacerdotes, a fin de que lo tuvieran en cuenta y así difundir su nombre por vía de la oposición. Repetidas veces he declarado aborrecer a ese hombre. Le odio más que a los romanos que gobiernan nuestra patria. Y lo más abominable es que viene de Nazareth, la aldea que nuestros profetas han maldecido y la que se convirtió en muladar de las naciones y de cuya esencia nada bueno puede salir.
UN LEVITA
RICO DE
NAZARETH Jesús era un hábil carpintero. Las puertas que construyó ningún ladrón consiguió violar ni arrancar, y las ventanas que fabricó se abrían maravillosamente al soplo del viento de oeste a este. Los baúles los trabajaba en madera de cedro, y resultaban muy bruñidos y fuertes. Los arados y las estevas que él construía de madera de encina eran también resistentes y de dócil manejo en manos del labrador. Tallaba los facistoles de nuestras sinagogas en la dorada madera de morera, y sobre los dos lados donde se coloca la sagrada Torá, ponía dos alas extendidas, debajo de las cuales exhibía cabezas de toros, de palomas y de gacelas de grandes y bellos ojos. Con su arte imitaba la escuela de los caldeos y de los griegos, pero, a pesar de eso, había en su trabajo algo que no era caldeo ni griego. En la construcción de mi casa han empleado muchas manos desde treinta años; buscaba yo los albañiles y los carpinteros de todos los pueblos de Galilea; cada uno de ellos tenía la habilidad de su arte; yo estaba contento con su trabajo; pero, mira estas dos puertas y aquellas ventanas, que son obra de Jesús el Nazareno; por su primor, esmero y sólida construcción, se burlan de cuanto tengo en mi casa. ¿No ves que estas dos puertas son distintas de todas las otras? ¿Y esta ventana abierta en dirección al este, no es distinta a todas las otras ventanas? Todas las puertas y ventanas de mi casa son accesibles a las leyes del tiempo, menos éstas que él ha fabricado; ellas permanecen firmes y sólidas ante los embates de los elementos. Mira estos travesaños, los ha colocado unos sobre otros, y estos clavos se han hundido en ellos, atravesándolos con toda maestría y meticulosidad, haciéndolos sólidos. Y lo curioso y maravilloso en todo esto, es que ese obrero que, en realidad, merecía el salario de dos hombres, no permitió que se le pagara más que el de uno solo. Ese obrero era, según la creencia de algunos, un profeta entre los hijos de Israel. Si yo hubiera adivinado, en ese tiempo, que aquel que portaba el serrucho y el cepillo del carpintero era un profeta, le habría pedido que me hablara en vez de que me trabajara, y le habría pagado doblemente el salario, por sus parábolas. Muchos son los que hasta hoy trabajan en mi casa y en mi campo, mas ¿cómo me será permitido distinguir al hombre que lleva la mano sobre su arado, de aquel sobre cuya mano está la de Dios? Sí; ¿cómo puedo distinguir y conocer la mano de Dios?
UN PASTOR
DEL SUR DEL LÍBANO Lo vi por vez primera en los últimos días de verano, caminando en aquel mismo lugar, en compañía de tres de sus discípulos. Era la hora del crepúsculo. De vez en cuando se detenía para contemplar el camino desde un extremo del prado. Yo estaba tocando la flauta en tanto pacía el rebaño junto a mí. Cuando estuvo cerca se detuvo; yo me puse de pie y me encaminé hacia él, deteniéndome en su presencia. Entonces me preguntó: -¿Dónde está la tumba de Eliseo? ¿Queda cerca de aquí? -Allá está, Señor, debajo de aquel montículo de piedras -contesté-. Hasta hoy los transeúntes siguen con la tradición de colocar una piedra al pasar. Me agradeció y siguió su camino acompañado de sus discípulos. Tres días después me dijo Gamalael, que era pastor como yo, que el hombre que pasó por este lugar era un profeta de Judea; mas yo no lo creí. Pero el rostro de aquel hombre no se borró jamás de mis ojos. Cuando llegó la primavera pasó Jesús por segunda vez por este prado. Venía solo. Aquel día yo no tocaba la flauta; estaba muy triste y el cielo de mi corazón estaba tormentoso porque se me había extraviado un cordero. Cuando vi a Jesús fui hacia él y me detuve callado en su presencia, porque quería ser consolado. Me miró y dijo: -¿Hoy no tocas la flauta? ¿De dónde proviene esta melancolía que veo en tus ojos? Le conté que había perdido uno de mis corderos, y que habiéndolo buscado en todos los lugares sin lograr encontrarlo, me sentía por esta razón muy triste y desconcertado, sin saber qué hacer. Me miró un momento y luego dijo: -Espérame aquí hasta que halle a tu cordero. Y siguió su camino perdiéndose entre las colinas. Transcurrida una hora volvió y junto a él trotaba mi recental. Y mientras Jesús estaba a mi lado, el cordero lo contemplaba lo mismo que yo. Estreché al cordero con gran contento mientras Jesús, con sus manos puestas sobre mis hombros, decía: -Desde hoy amarás a este cordero más que a todo tu rebaño, porque estaba extraviado y lo encontraste. Contento abracé por segunda vez al cordero. Cuando alcé la cabeza para agradecer a Jesús, estaba muy lejos de mí. Y no me animé a seguirlo.
JUAN
BAUTISTA No permaneceré callado en esta oscura prisión mientras la voz de Jesús se levanta en el campo de batalla; ni nadie pondrá su mano sobre mí, ni encadenará mi libertad mientras Él esté libre. Me dicen que las víboras reptan alrededor de sus tobillos, mas yo os digo: las víboras le darán más fuerza para aplastarlas. Yo no soy más que un trueno en sus relámpagos, y a pesar de haber hablado yo primero, la palabra con que he comenzado fue la palabra de Él, y mi intención fue su intención. Me cogieron preso de improviso, y tal vez así harán con Él;. pero el Nazareno les dirá antes todo lo que tiene que decirles; y los vencerá. Su carroza pasará por encima de ellos; las herraduras de sus caballos los pisotearán; y saldrá victorioso. Vendrán a su encuentro con lanzas y espadas, mas Él les opondrá la fuerza del Espíritu. Su sangre correrá sobre la tierra, pero sus jueces y verdugos reconocerán sus heridas y sufrimientos, y dorarán y se bautizarán con sus lágrimas hasta purificarse de sus pecados. Sus ejércitos avanzarán sobre sus ciudades con balistas de hierro, pero se ahogarán en el camino del Jordán; en tanto los muros y las torres de Jesús se tornarán más fuertes y más inexpugnables frente al brillo de sus corazas y escudos. Dicen que me alié con Él para incitar al pueblo a la insurrección contra el reino de Judea; mas yo digo (y, ¡cuánto ansío tener fuego para amasarlo con mis palabras!) que si ellos llaman "reino" a la fosa del vicio y del mal, pues que se hunda y se destruya y que le suceda lo que a Sodoma y Gomorra, y que Jehová se olvide de esta raza, volviendo a esta tierra desierto de cenizas. Sí, soy un aliado de Jesús el Nazareno, detrás de estas rocas ciclópeas de mi cárcel. Él conducirá mis ejércitos con todos sus infantes y jinetes. Mas yo, no obstante ser un jefe en el ejército de Jehová, no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Caminad y repetid a sus oídos mis palabras y rogad, en mi nombre, que os consuele y os bendiga. Yo no permaneceré mucho tiempo en este lugar, porque cada noche, entre un despertar y otro, percibo el paso lento de unos pies sobre mi cuerpo, y cuando presto oído siento-las gotas de lluvia caer sobre mi carne. Id y decid a Jesús: Juan Al-Cadroni, cuya alma se llena y se vuelve a vaciar de espectros, ora por ti. Entretanto, al lado de él está el implacable sepulturero, y al otro lado yergue su cabeza el verdugo que tiende su mano para recibir la paga.
JOSÉ
DE ARIMATEA ¿Queréis saber el primer propósito de Jesús? Pues, con placer y alegría os lo diré. Mas, ningún hombre podrá tocar con sus manos la viña sagrada, ni ver con sus ojos la savia santa que alimenta sus sarmientos. Y a pesar de haber yo gustado el fruto de esa viña y bebido el vino nuevo del trapiche, no me encuentro capaz de contaros todo, pero os puedo referir lo que sé. Nuestro querido Maestro no vivió más que tres de las estaciones de los profetas. Me refiero a la Primavera de sus cantares, al Verano de su amor y al Otoño de su pasión; cada una de estas estaciones encerraba mil años. La Primavera de sus canciones la pasó entonando en Galilea; reunía en derredor suyo a sus queridos amigos; y a la orilla del lago glauco habló primero sobre el Padre y sobre la Libertad y la Esclavitud. A la orilla del lago de Galilea perdimos nuestro yo para encontrar nuestro sendero hacia el Padre. ¡Oh, qué insignificante es lo que perdimos ante lo que hemos ganado! Allí los ángeles elevaron sus salmos y cantaron en nuestros oídos, y luego nos ordenaron abandonar la tierra yerma, para ganar y gozar en el Paraíso de los anhelos del corazón. Allí hablaba de los campos verdosos y de las praderas floridas; de las mesetas, declives y quebradas del Líbano, donde se refugian los tersos lirios que no quieren ser alcanzados por las caravanas envueltas en el polvo de la llanura. Nos describía la zarza silvestre que sonríe al sol y ofrenda su incienso a la brisa del campo. Y a este propósito nos decía: -Los lirios y las zarzas viven un solo día, pero ese solo día es la Eternidad que se torna en Libertad. Una tarde estuvimos sentados a la orilla de un arroyo. Jesús nos dijo: -Mirad estas aguas y oíd la melodía de sus murmullos; ellas siempre anhelan la ribera del mar, y no obstante este eterno anhelo, jamás cesan de cantar los misterios del mar, desde uno a otro mediodía. ¡Cuánto desearía que vosotros buscarais al Padre tal como este arroyuelo busca y canta la mar! Y luego llegó el Verano de su amor y nos alcanzó el mes de junio, el mes del Amor. Sus parábolas fueron dedicadas a los demás hombres; al vecino, al peregrino, al forastero y amigos y compañeros de la mocedad. Nos habló del peregrino que viaja de Oriente a Egipto; del labrador que vuelve con sus bueyes a su casa a las horas del atardecer; y del viajero caminante, huésped inesperado que la noche tenebrosa encamina hasta nuestra puerta. Con respecto al vecino nos decía. -Vuestro vecino es vuestro Yo desconocido. Se reencarna en vosotros para ser visible. Vuestras aguas tranquilas reflejan ante vosotros su rostro, y si lo miráis atentamente hallaréis vuestras propias caras. Y si escucháis en la quietud de la noche, lo oiréis hablando en forma tal que las palpitaciones de vuestros corazones se encantarán en sus palabras. Por lo tanto haced con él tal como quisiereis que él hiciese con vosotros. Esta es mi ley, que yo digo a vosotros y a vuestros hijos para ser transmitida a las generaciones venideras, hasta que se agoten los tesoros del tiempo y desaparezcan las arcas de los siglos. Al siguiente día nos habló así: -No estés solo en tu vida, por cuanto vives del trabajo de los otros que, por más que lo desconozcan, ellos viven contigo y te acompañan durante toda tu vida. No cometen ningún crimen sin que tu mano los haya armado. No caen sin que caigas con ellos, y cuando te levantes se levantarán contigo. Su camino del templo es tu camino, mas si escapan al desierto, donde los espera la fatal caída, irás con ellos cual desertor. Tú y tu pariente son dos semillas sembradas en un solo campo: crecéis y os mecéis juntamente frente al viento, pero ninguno de los dos podréis pretender el dominio del campo, porque la simiente que va cobrando diariamente su desarrollo, -no podría pretender ni siquiera el patrimonio de su amor o su propio sortilegio. Hoy estoy con vosotros, mañana me iré al Oeste, y antes de irme os digo que vuestro vecino es vuestro Yo invisible; se transfigura a vuestros ojos para ser visible. Buscadlo con amor para hallaros a vosotros mismos, porque sólo así podréis ser mis hermanos. Y luego llegó el otoño de su Pasión. Nos habló de la Libertad tal como cuando nos enseñaba en la Primavera de su canción, en Galilea. Mas esta vez sus palabras buscaban la profundidad en nuestra comprensión. Nos habló de las hojas que no cantan si no son mecidas por el viento; del hombre, que lo comparaba con un vaso que el Ángel de la Mesa escancia para mitigar la sed de otro Ángel; entretanto, vacío o lleno, el vaso permanecerá brillante con su cristal sobre la Mesa del Supremo Todopoderoso. Esta es otra parábola suya: "Vosotros sois la copa y sois el vino; bebed de ese vino hasta la ebriedad, o recordadme y se aplacará vuestra sed". En nuestro camino al Norte, nos dijo: -Jerusalén, la orgullosa ciudad, que aposentada está sobre la cumbre de su gloria, bajará al abismo infernal y en medio de sus ruinas estaré yo de pie, solo. Se reducirá su templo a escombros y en derredor de sus pórticos y galerías oiréis el grito de las viudas y de los huérfanos. Las gentes, en su precipitada huida no verán las caras de sus hermanos; el horror los aturdirá, y cuando dos de vosotros se reunieran en aquel día para llamarme, que miren al Oeste y allí me verán y oirán el eco de mis palabras repercutir en aquel día en sus oídos. Y cuando hubimos llegado a la loma de Betania nos dijo: -Vámonos a Jerusalén; la ciudad nos espera. Entraré por el pórtico montando un asno y predicaré entre la multitud. Son muchos los que quieren aprehenderme y encadenarme; más aún: son muchos los que avivan el fuego para quemarme. Mas, vosotros hallaréis en mi muerte vida y libertad. Ellos buscan el soplo de la Vida que flota sobre el corazón y el Pensamiento, a igual que el martinete que se cierne entre el campo y su nido. Mas el soplo de mi vida ha huido de ellos, y por esa razón no me vencerán jamás. Los muros que el Padre ha construido en torno de mí no caerán, y la tierra que ha santificado dentro de mi ser no se profanará; y cuando llegue el amanecer, el sol coronará mi cabeza y me uniré con vosotros para recibir al día, que será muy largo, y el mundo no verá su ocaso jamás. Dicen los fariseos y los escribas que la tierra está sedienta de mi sangre; me regocija mucho poder saciar la sed de la tierra con mi sangre; empero las gotas de esa sangre nutrirán y levantarán los brotes de las encinas y lirios de Persia, cuyas bellotas y semilla serán llevadas en alas del viento del este a todas las ciudades del mundo. Después de un silencio agregó: -La Judea no quiere un monarca para avanzar contra las legiones de Roma. Yo no quiero serlo, porque las coronas de Sión se han hecho para las frentes chicas, y el anillo de .Salomón es pequeño para este dedo. Ved estas manos, ¿no las veis que son más fuertes para no llevar cetro y más poderosas para no esgrimir espada? No es mi deseo que el sirio se rebele contra el romano, pero vosotros sabréis, mediante mis palabras, despertar la ciudad dormida, y con lo que mi espíritu le hablará en su segunda alborada. Mis palabras formarán un ejército invisible, equipado de carros y caballos; sin picas ni lanzas derrotaré a los sacerdotes de Jerusalén y triunfaré sobre los Césares. No me sentaré en un trono sobre el cual se hayan sentado esclavos para juzgar a otros esclavos como ellos; no; y no es mi propósito sublevarme contra los hijos de Roma, empero seré una tormenta en su cielo y un canto en sus almas; y todos me recordarán y me llamarán Jesús el Ungido. Estas fueron las palabras que dijo Jesús al pie de los muros de Jerusalén, antes de penetrar en la ciudad, y se han impreso sobre nuestros corazones como grabadas a buril.
NATANAEL Dicen que Jesús el Nazareno era modesto y humilde. Dicen asimismo que era justo y piadoso pero débil, y que muchas veces se mostraba vacilante delante de los fuertes y poderosos; que cuando se presentaba ante los tribunales no era sino un cordero delante del león. En cambio yo digo que Jesús tenía autoridad sobre todos los hombres y que nadie estaba, como él, seguro de su fortaleza, que la proclamaba desde las montañas y valles de Galilea en las ciudades de Judea y de Fenicia. ¿Qué hombre débil y sumiso dice: "Yo soy la Vida y el Camino de la Verdad? ¿Quién osaría afirmar si realmente era modesto y humilde, como lo considera, ante su declaración: "Yo estoy en mi Padre Dios y mi Dios Padre está en mí?" ¿Qué hombre no conoce bien su poder cuando pregona, "Quien no cree en mí no creerá en esta vida ni en la vida eterna?" ¿Quién no tiene confianza en el mañana cuando se siente capaz de manifestar: "Vuestro mundo desaparecerá y será reducido a cenizas, que el viento esparcirá antes que desaparezca una sola de mis palabras?" ¿Habrá dudado, acaso, de su fuerza cuando dijo a los que llevaron la adúltera a su presencia, so pretexto de tentarlo: "Quien de vosotros no tuviere pecado, que arroje la primera piedra?" ¿Tuvo, acaso, miedo de los poderosos cuando expulsó del templo a los cambistas, no obstante tener ellos la protección dedos sacerdotes? ¿Habrá tenido las alas rotas cuando exclamó: "Mi Reino está por sobre vuestros reinos terrenales: " ¿Se escondía, acaso, detrás de la reticencia de las palabras, cuando decía una y más veces: "Destruid este templo y yo lo reconstruiré en tres días?" ¿Cómo se atrevería el cobarde a levantar sus manos en casa de las autoridades superiores y llamarlas: "Falsos, viles y profanadores?" Un hombre con el coraje de éste, que proclama palabras tales a los grandes señores de la Judea, no es ningún humilde ni es modesto. El águila no construirá su nido en el sauce llorón y el león no buscará hacer su cubil entre las malezas. Estoy cansado de lo que dicen los débiles de corazón y de origen humilde; dicen eso para justificar la pequeñez de sus espíritus y su origen humilde; y, principalmente, cuando oigo hablar a los que caminan sobre las puntas de sus pies, esos que. buscan consuelo poniendo al Maestro entre los de su condición. Sí; me aburren ese tipo de hombres, mas yo predico el Evangelio de un fuerte Cazador y el espíritu montañés que jamás será doblegado.
SABAS DE
ANTIOQUÍA Escuché a Saulo de Tarsos predicar en esta ciudad el Evangelio de Jesús entre los judíos. Se hace llamar ahora Pablo, apóstol de los pueblos. Conocí a este hombre en mi infancia; en aquellos tiempos perseguía a los amigos del Nazareno. Aún recuerdo su goce y alegría cuando veía lapidar a Esteban, el joven iluminado. Pablo es un ser curioso y extraño; no tiene alma de hombre libre, porque muchas veces aparece cual un animal perseguido y herido por los cazadores, en el bosque donde fue a refugiarse para esconder su dolor. No habla de Jesús ni repite sus parábolas, sino que predica la doctrina del Mesías que han anunciado los profetas, y a pesar de ser uno de los sabios judíos, se dirige a los judíos hablándoles en griego, idioma que habla mal y del cual no sabe escoger términos para sus temas. En cambio es un hombre que posee una fuerza oculta; la gente lo apoya y acude a escuchar sus sermones; y varias veces les asegura cosas que él mismo no creía. Nosotros, los que hemos conocido a Jesús y oído sus pláticas, sabemos que ha enseñado al hombre cómo romper las cadenas de la esclavitud para librarse de la cárcel de su pasado. En cambio Pablo forja cadenas nuevas para el hombre venidero; golpea el yunque con su martillo en nombre de un Hombre que él mismo no conoce. El Nazareno desea que nosotros vivamos la hora con amor y ansias, mas el hombre de Tarsos nos ordena conservar y observar las leyes escritas en los antiguos Testamentos. Otorgó Jesús un soplo de u alma al hombre que perdió la vida. En la soledad de mis noches creo y comprendo. Cuando Jesús se sentaba a la mesa contaba a los comensales unos ejemplos que los alegraban y hacía delicioso el bocado de su boca, mientras que Pablo limita nuestro pan y nuestra copa. Permitidme, pues, que vuelva mi rostro al otro camino.
DE SALOMÉ
A UNA AMIGA SUYA Era como el álamo que reluce bañado por el sol. Era como lago entre cerros solitarios al asomarse el sol. Era como nieve sobre las cimas de las montañas, muy blanca a los rayos del sol. Era como todas esas cosas y por eso lo amé. Pero temía sentarme en su presencia, porque mis pies no podían soportar el peso de mi amor, para estrechar los suyos contra mi pecho. Yo trataba de decirle: "Maté a tu amigo en un momento de pasión frenética que abrasaba mi alma; ¿quieres perdonar mi crimen? Ya que eres misericordioso y que te apiadas, desata las cadenas de mi juventud y líbrala de la ignorancia ciega de mi acto, para así poder caminar libre en tu Luz Mayor". Confío en que me habrá perdonado, cuando para danzar pedí la cabeza de su amigo. Estoy convencida que en mí habría hallado tema para sus enseñanzas, por cuanto no había en el mundo un valle de hambre sin haberlo pasado, ni un desierto de sed que Él no haya atravesado. Era como el bello álamo y como los lagos entre los cerros, y como la nieve de las montañas del Líbano. ¡Cuánto ansiaba aplacar la sed de mis labios entre los pliegues de su túnica! Pero estaba muy lejos de mí, y yo tenía temor y vergüenza, tanto, que mi madre me prohibía ir a verlo. ¡Cuántas veces me tentaba el deseo de seguirlo! Y cada vez que pasaba- por nuestra casa mi corazón se conmovía ante su belleza. Mi madre fruncía su entrecejo con desprecio y me exhortaba a retirarme de la puerta, exclamando: -¿Quién será ése, sino otro comedor de langostas del desierto? ¡Si será burlón y traidor! Un subversivo vividor, que no tiene otra ocupación que incitar al pueblo a rebelarse y despojarnos de nuestro cetro y nuestro trono, y traer a los coyotes de su tierra maldita a aullar en nuestros palacios y sentarse en nuestros sitiales. Vete y cubre tu cara ante la luz de hoy y espera el día en que su cabeza caerá, pero no sobre tu bandeja. Todo eso dijo mi madre, pero mi espíritu no quiso retener ninguna de sus palabras, porque o en secreto lo amaba y ese amor circundaba mi sueño con llamas. Y ahora que ya pasó el día, y con él una cosa gigantesca que en mí había, quién sabe si no ha muerto en mí la juventud, pues yo no puedo vivir más en este mundo, después de haber visto morir, en él, al dios de la juventud.
RAQUEL,
UNA DE LAS DISCÍPULAS Muchas veces he meditado sobre el hecho de si Jesús era un pensamiento sin cuerpo vibrando en la Razón -pensamiento que frecuenta la intuición del hombre- o una criatura de carne y hueso como nosotros. Muchas veces se me ha ocurrido pensar que no era más que un sueño de un dormir más profundo que el mismo dormir, y una aurora más serena que todas las auroras. Parece que mientras contábamos este sueño unos a otros, principiamos a creer que era una realidad efectiva, y cuando hubimos dado cuerpo en nuestra imaginación y voz en nuestros anhelos, lo modificamos por último en una esencia verdadera, en la materialidad de nuestro existir. Pero en realidad no era un sueño: lo hemos visto con nuestros propios ojos a la luz del mediodía; hemos tocado sus manos y lo hemos seguido de un lugar a otro; hemos oído sus discursos y fuimos testigos de sus hechos. Por ventura, ¿creeréis que éramos un pensamiento que buscaba otro pensamiento, o un sueño que aleteaba en el cielo de otros sueños? Nos parece, con frecuencia, que los grandes acontecimientos son cosas extrañas a nuestra vida diaria e intrascendente, aunque estuviese su naturaleza arraigada en la nuestra. Ellos por más que vengan y vayan pronto o súbitamente, su esencia y naturaleza perdurarán a través de los siglos y de las edades. Jesús el Nazareno es, pues, el Gran suceso. Aquel hombre cuyos padres y hermanos todos conocíamos, era en sí mismo un milagro producido en Judea. Y si colocamos todos los días, con todos los años y los -siglos, no podrían borrar su recuerdo de nuestras almas. En la noche era una montaña ardiendo; mas al pie de los collados el calor era tibio y suave. En la atmósfera era una tempestad y, sin embargo, se movía flotando dulcemente sobre la neblina del amanecer. Era Jesús un torrente que descendía desde las alturas para devastar y destruir los obstáculos; al mismo tiempo era ingenuo como la sonrisa de un niño. Cada año esperaba la visita de la Primavera en este valle, y esperaba los lirios y otras flores, mas, mi alma se sentía triste porque nunca pudo alegrarse en la Primavera, a pesar de haberlo deseado tanto. Pero cuando llegó Jesús a mis estaciones, era Él, en verdad, una Primavera para mis sueños, y en Él se habían realizado y cumplido las promesas de todos los próximos años. Llenó de alegría mi corazón en tanto yo crecía como la violeta, deslumbrada y avergonzada ante la luz de su advenimiento. Y hoy todos los cambios de las estaciones futuras no pueden borrar su belleza de nuestro mundo. Jesús no era ni un sueño ni un pensamiento concebido por la fantasía de los poetas, sino un ser humano como tú y yo, en oído, en vista y en tacto; en lo demás era diferente a todos nosotros. De genio alegre, a través de la alegría conoció la tristeza de los hombres, y desde la más alta cima de su aflicción divisó la alegría de los hombres. Las visiones que tuvo no las distinguimos nosotros; las voces que oyó no las oímos nosotros. Con frecuencia hablaba dirigiéndose a las multitudes invisibles, y muchas veces hablaba por intermedio nuestro, con gente no conocida todavía. Las más de las veces se hallaba solo, mas cuando se encontraba con nosotros se sentía como extraño en nuestra compañía. Se hallaba en la tierra, pero Él era del cielo. Y nosotros no podemos ver la tierra de su soledad más que en nuestra soledad. Nos amó con cariño y bondad. Su alma era una fuente al alcance de nosotros para llegar hasta Él y llenar nuestras copas y beber hasta colmarnos. Una sola cosa no podía comprender en Jesús: el uso frecuente de la chanza con sus oyentes; les relataba un cuento gracioso y hacía juego de palabras para luego reírse en lo más hondo de su corazón, y hasta en las horas más tristes, cuando el dolor se mostraba en sus ojos y se mezclaba en las vibraciones de su voz. Todo esto no lo concebía en aquellos tiempos, y hoy bien lo comprendo. Muchas veces, cuando pienso en la Tierra, se me parece una virgen grávida y primeriza, que tuvo en Jesús su primogénito, y cuando éste murió fue el primer hombre que moría. ¿No te parecía que la tierra estaba serena aquella semana sombría y que los cielos estaban en guerra contra los cielos mismos? Más aún: ¿No te has sentido, al desaparecer su rostro de nuestros ojos, que sólo éramos unos recuerdos errantes en la neblina?
CLEOBA
AL-BATRUNI Cuando Jesús habló se acalló el universo para oírlo. Sus palabras no eran para nuestra pobre inteligencia, sino para los elementos y sedimentos con que Dios creó la Tierra. Habló con la mar, esa madre de pecho inmenso que nos dio la luz; habló con la montaña, nuestra hermana mayor, cuya cima es una promesa y una esperanza; habló con los ángeles que habitan detrás de la mar y la montaña, a quienes hemos confiado nuestros sueños antes de secarse el lodo que hay en nosotros, por los rayos del sol. Sus palabras aún están reunidas en nuestra memoria, abriendo caminos a nuestros ideales. Esas palabras fueron sencillas, alegres y placenteras. La melodía de su voz resonaba como el agua serena sobre la tierra seca. Una vez alzó sus manos al cielo; sus dedos parecieron como ramas de sicómoro, y dijo con fuerte voz: -Os hablaron muchos profetas de la antigüedad, cuyas palabras todavía pueblan vuestros oídos, mas yo digo que os vaciaréis de todo lo que habéis escuchado. Esa frase de Jesús: "mas yo os digo", no la pronunció ningún hombre de los nuestros ni de ningún otro pueblo del mundo. Una legión de serafines la transportó al pasar por el firmamento de Judea. Tomaba los preceptos de la ley y de los profetas, una y más veces, y después agregaba: "mas yo os digo". Palabras ardientes, palabras que son como olas del mar y que no pudieron conocer las costas de nuestros pensamientos: "mas yo os digo". Esas palabras son astros luminosos que iluminan la pobreza del alma, y, ¡cuántas almas velan esperando la luz de ese amanecer! Quien pretenda comentar los sermones de Jesús, debe poseer su Verbo o el eco de su Verbo, mas yo no tengo, desgraciadamente, lo uno ni lo otro, por eso os pido perdón si no comienzo con algún relato que no sabría terminar, por cuanto el final no está en mis labios; mis palabras son una canción de amor que está en la brisa.
NAAMAN
AL-GADARINI Sus apóstoles se dispersaron porque Él les vaticinó, antes de ser crucificado, que sufrirían mucho. Sus enemigos los cazaban como a gamos y los acosaban como a zorros del monte. Mas, el carcaj del cazador aún sigue lleno de dardos; y cuando eran cogidos por el enemigo y conducidos a la muerte, se alegraban mucho. Sus caras cobraban el esplendor y la frescura de las novias en el momento de sus bodas. También en su Testamento les legó la alegría. Tenía yo un amigo del norte llamado Esteban, que fue apresado y apedreado en medio de la plaza pública por haber predicado en nombre de Jesús. Al morir, abrió sus brazos sobre el suelo, porque quiso morir igual que su Maestro. Eran sus brazos dos alas de paloma presta a volar, y antes de extinguirse el brillo de sus ojos vi una celestial sonrisa en sus labios. ¡Qué parecida fue aquella sonrisa a la brisa que corre al final del Invierno, anunciando la llegada de la Primavera! ¿Cómo puedo describir aquella sonrisa? Me parece que Esteban quería decirme en aquel momento: "Sábelo, amigo mío, que si en la otra vida me apedrean otros seres en la plaza de su ciudad no dejaré de predicar y anunciar Su nombre por la Verdad y la Razón que Él poseía, y por la Razón y la Verdad que hoy tengo". Entre el público que se divertía con el martirio de Esteban, divisé a un hombre que observaba, lleno de contento, las piedras que caían como lluvia sobre aquél; ese hombre se llamaba Saúl de Tarso (Schaol El-Tarsosi), y fue él quien lo entregó a los clérigos, a los romanos y a la muchedumbre, para eliminarlo. Saúl era calvo y de corta estatura, sus hombros tenían una joroba y no había armonía en las líneas de su cuerpo. Yo no podía quererlo. Me dicen que hoy predica en nombre de Jesús desde las azoteas; mas es difícil de creer. El sepulcro no puede impedir el avance de Jesús sobre el campamento de sus enemigos, para dominar su brutalidad y rendir a sus jefes. Sea como fuere, yo no lo quiero a ese hombre de Tarso, no obstante los buenos informes que me dan sobre la transformación que se operó en él después de la muerte de Esteban. Dicen que se calmó su cólera y fue derrotado en su viaje a Damasco. Ese hombre no puede ser nunca un discípulo leal, porque su cabeza es más grande que su corazón. A pesar de todo esto, puede ser que yerre en mi juicio, pues confieso que a menudo me he equivocado al opinar sobre los hombres.
TOMÁS Me dijo una vez mi abuelo, que era abogado: -Pongámonos del lado de la Verdad, cuando ella se manifiesta con toda evidencia. Cuando Jesús me llamó decidí seguirlo, porque la voz con que me llamó era más fuerte que mi voluntad, pero no por eso olvidé el consejo de mi abuelo (que en paz descanse). Mientras hablaba se conmovían sus oyentes como ramas agitadas por el viento; sin embargo, yo lo escuchaba y no me conmovía y, a pesar de todo, lo amaba. Hace ya tres años que se ha ido; hoy somos un núcleo disperso que canta y glorifica su nombre en todas partes. Y desde aquel día me llaman mis amigos "Tomás el Dudoso", porque la sombra de mi abuelo me seguía más que mi propia sombra; además yo buscaba la Verdad para acariciarla con mis manos. En aquel tiempo, ensombrecido por la duda, ponía mi mano sobre mi herida para cerciorarme dé si manaba o no sangre, y luego creer o no creer en mi pena; mas hoy sé que el hombre que ama con su corazón, pero que conserva una sombra de duda en su mente, es un esclavo condenado a remar en una nave oscura. Ese esclavo duerme sobre sus remos y sueña con su libertad, hasta que lo despierta el látigo de su amo. Yo era como aquel esclavo que soñaba con su libertad, pero el recuerdo de mi abuelo pesaba sobre mis ojos, hasta que mi cuerpo tuvo necesidad del látigo de mi día, hasta en presencia del Nazareno me cerraba los ojos para ver mis manos encadenadas al remo. La Duda es un dolor cuya soledad me hizo olvidar que ella y la Fe son gemelas. La Duda es una infeliz avecilla perdida; si su madre, después de hallarla, la estrecha contra su pecho, la rehuirá, temerosa y dubitativa. No conocerá la Duda el camino de la Verdad en tanto no se cure de sus heridas. Dudé de Jesús hasta que se me reveló y puse mis dedos sobre sus heridas. Entonces, ante la Verdad, tuve Fe y me liberé de mi pasado y de todas las vacilaciones que heredé de mi abuelo. El muerto en mí ha enterrado a sus muertos, y el vivo en mí vivirá para el Ungido Rey, aquel que han denominado El Hijo del Hombre. Me avisaron que debo ir a predicar en su nombre entre los hijos de Persia y de la India; estoy listo para viajar, y desde hoy al fin de mi vida, tanto en la Aurora como en el crepúsculo veré a mi Señor en toda su majestad y le oiré hablar.
UN
ADELANTADO Me solicitáis que os hable de Jesús el Nazareno; tengo mucho que deciros, pero no es tiempo aún, sin embargo. Todo cuanto os diga será la pura verdad; por cuanto toda palabra que no dice una verdad no tiene valor alguno. He aquí un desequilibrado que se rebela contra el orden, y un pordiosero que combate contra la propiedad, y un borracho que sólo se alegra y convive con repudiados y vividores. No era hijo del Estado ni del Imperio, que disfrutara de un derecho o de un patrimonio a igual que los demás compatriotas útiles, por eso se mofaba del Estado y del imperio. Vivía libre ignorando lo que era un deber o un derecho, como las aves en el espacio; por eso los cazadores lo derribaron con sus flechas. Ningún hombre que destruya las bóvedas del pasado se salva del derrumbe de sus piedras, y nadie puede abrir las compuertas del diluvio de sus padres sin que lo arrastre el aluvión. Es la ley. Y como aquel Nazareno ha violado y roto esa ley, fue eliminado con sus adeptos. En el mundo ha habido muchos seres como él, que han querido torcer el curso de nuestra vida, y después tuvieron que cambiar de idea, porque fueron derribados. Hay al pie de los muros de la ciudad una vid que no da uva; crece y se extiende sobre las piedras del muro; si esa vid se dijera: "Destruiré estos muros con la fuerza del paso de mis ramas"; ¿qué dirían de. ella las otras plantas? Se mofarían de su pretensión. Por eso me veis obligado a reírme de ese hombre y de sus ilusos apóstoles.
UNA DE
LAS MARÍAS Tenía siempre alta la frente. En sus ojos brillaba la luz del Señor. Era a menudo triste, pero su tristeza era un bálsamo para las heridas de los afligidos y desconsolados. Cuando sonreía, era la suya una sonrisa de los que tienen hambre de lo oculto; una sonrisa como polvo de estrellas sobre párpados de niños; era un pedazo de pan en la boca. Era triste, pero su tristeza era de esas que hacen temblar los labios y al abrirlos se trueca en sonrisa. Era su sonrisa como su velo dorado en el bosque a las horas otoñales, y a veces parecían rayos de luna a la orilla de un lago. Se sonreía como si sus labios quisieran cantar en el festín de una boda, y a pesar de todo Jesús era melancólico; tenía la tristeza de un alado que no quería volar sobre sus compañeros.
ROMANUS,
POETA GRIEGO Jesús era poeta. Miraba para nuestros ojos y oía para nuestros oídos. Nuestras palabras mudas estaban siempre presentes en sus labios. Sus dedos tocaban lo que no alcanzamos nosotros a sentir. De su alma volaban innumerables pájaros cantores; unos hacia el norte y otros hacia el sur. Las bellas y perfumadas flores que bordeaban y circundaban los caminos y los collados, dibujaban una línea divisoria por la cual debía dirigir sus pasos y seguir camino en el firmamento. ¡Cuántas veces lo he visto inclinarse para tocar las húmedas hierbas!, escuchándolo en mi corazón dialogar así con ellas: "¡Oh pequeñas y verdes hierbecillas, vosotras estaréis en mi Reino, conmigo; como la encina de Bizán y el cedro del Líbano!" Amaba todo lo que era bello en este mundo: el rubor en el rostro de los niños, la mirra y la resina del sur. Aceptaba con amor una granada o un vaso de vino que se le ofrendara con amor; y no le preocupaba que viniera de un humilde extraño en la posada o de un rico hospedaje. Amaba las flores del almendro; lo vi una vez recogerlas con sus manos v cubrir su rostro con sus pétalos. Parecía desear que su amor alcanzara a todos los árboles de la Tierra. Conoció el mar y los cielos. Habló de las perlas cuya luz no proviene de nuestra luz; y de los astros que vigilan nuestra noche. Conoció las montañas tal como las conocen las águilas, y los valles tanto como los conocieron los arroyos y los manantiales. Había un desierto en su silencio y un vasto vergel en sus palabras. Jesús era un poeta cuyo corazón ha sido colocado por sobre el nuestro, y así como sus canciones fueron entonadas para nuestros oídos, asimismo otros oídos de otros pueblos las escucharon donde la Vida es juventud eterna y el Tiempo una constante Aurora. Tiempo atrás yo me creía un poeta, pero cuando me detuve ante Él, en Betania, conocí el valor de aquel que pulsa un instrumento de una sola cuerda y la de aquel ante quien se rinden todos los instrumentos y todas las cuerdas con mansedumbre. En su voz se habían unido la risa de los truenos, las lágrimas de las lluvias y la danza de los vientos y de los árboles. Desde que supe todo eso, mi cítara se convirtió en un instrumento de una sola cuerda, y mi voz no pudo más tejer recuerdos del pasado ni esperanzas del futuro. Es por eso que arrojé mi cítara y me callé para siempre, mas a cada hora crepuscular afino mis oídos para los cantares de Jesús, el príncipe de todos los poetas.
LEVÍ,
DISCÍPULO Una tarde pasó Jesús por mi casa, despertando mi alma de su adormecimiento. Me dijo: -Ven, Leví, sígueme. Y lo seguí aquel día. En la tarde del siguiente le pedí que honrara mi casa con su visita. Pasó por mi puerta con sus amigos y bendijo a mi mujer, a mis hijos y a mí. En casa había otros huéspedes; eran escribas y sabios, discretos adversarios suyos. Cuando estábamos sentados a la mesa, le preguntó un escriba: -¿Es verdad que tú con tus apóstoles violan la ley, haciendo fuego el sábado? Jesús replicó. -Es verdad que en día sábado hacemos fuego, porque en ese día queremos alumbrar y quemar con nuestras antorchas todas las pajas secas que se acumulen en los demás días. Otro escriba le objetó: -Hemos sabido que bebes vino con los impuros. A lo que respondió Jesús: -Sí, también gozamos del vino. Hemos venido a compartir el pan y la copa de los no coronados que hay entre vosotros. Pocos son, muy pocos, los que no tienen plumas; pero se animan a desafiar al viento y muchos son los alados y los plumíferos que aún no se atreven a abandonar sus nidos. Nosotros damos alimento con nuestro pico, lo mismo a los perezosos que a los decididos, en partes iguales. Un tercer escriba le advirtió: -¿Crees, por ventura, que desconozco que tú defiendes a las rameras de Jerusalén? Entonces vi con mis propios ojos que las alturas rocosas del Líbano se habían reflejado en su rostro, cuando respondió: -Todo lo que habéis oído es cierto. Las mujeres se presentarán, el día del juicio final, delante del trono de mi Padre y Señor, y se petrificarán con sus lágrimas, pero a vosotros se os juzgará y. se os condenará a las cadenas de vuestros propios juicios. Babel no ha sido destruida por el pecado de sus mujeres. Babel se redujo a cenizas para que los ojos de los hipócritas no vieran más en ella la luz del día. Otros escribas deseaban hacerle preguntas, pero un ademán mío los hizo callar; porque yo sabía que Él los vencería, y como eran mis huéspedes no quise que pasaran vergüenza en mi casa. A media noche se fueron los escribas con espíritu preocupado. Entonces cerré mis ojos y me sentí como si estuviera bajo el poder de un éxtasis; y vi: eran siete doncellas con trajes blancos rodeando a Jesús; estaban de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro inclinado con humildad y veneración; cuando hube mirado detenidamente en la niebla de mi visión, divisé el rostro de una de ellas que resplandecía luminoso: aquel rostro era el de la pecadora que vivió en Jerusalén. Abrí mis ojos y miré a Jesús; vi que sonreía; los cerré por segunda vez y en la esfera de luz de mi revelación aparecieron siete hombres con vestiduras blancas, en derredor del Maestro; cuando los hube mirado fijamente, reconocí en uno de ellos al ladrón que fue crucificado a la derecha de Jesús. Pasada la medianoche se retiró Jesús de mi hogar acompañado de sus amigos.
UNA VIUDA DE GALILEA Mi hijo, primogénito y- único, cultivaba nuestro campo y se sentía muy alegre y conforme en su trabajo, hasta el día en que oyó a aquel hombre que llamaban Jesús predicar a la multitud; entonces se transformó instantáneamente, como si algún espíritu extraño y maligno lo hubiese dominado. Dejó el campo y el huerto, y me dejó a mí también, y se hizo haragán, viviendo entre mendigos: Este Jesús el Nazareno es un individuo malo, pues, ¿qué hombre bueno separa a un hijo de su madre? Lo último que me dijo mi hijo fue lo siguiente: -Me voy como uno de sus apóstoles al norte, porque he reconstruido el edificio de mi vida sobre la roca del Nazareno. Tú me has dado a luz y te agradezco tu bondad, pero un deber mayor me obliga a partir. Te dejo nuestro campo fértil y todo lo que poseemos de plata y oro; no llevaré conmigo más que esta ropa y este báculo. Así me dijo, al abandonarme, mi hijo; pero romanos y sacerdotes tomaron preso a Jesús y lo crucificaron, ¡y qué bien hicieron!, porque el hombre que aleja al hijo de su madre no puede venir de Dios, y quien nos quita nuestros hijos para enviarlos como mensajeros a las ciudades de otras naciones, no es nuestro amigo. Sé que mi hijo no regresará más a mi regazo; estoy segura, porque eso lo he visto en sus ojos. Por eso aborrezco a Jesús el Nazareno, que fue el culpable de que yo quedara sola en este campo ahora yermo, y en este jardín abandonado; y aún aborrezco a las personas que lo ensalzan. Me dijeron, hace unos días, que Jesús dijo una vez: -Mis padres y mis hermanos son aquellos que escuchan mi palabras y me siguen. Entonces, ¿por qué es deber de los hijos dejar a sus madres y seguirlo a él? ¿Por qué mi hijo tiene que olvidar la leche que lo amamantó, por una fuente cuya agua no conoce, y no recordar más la calidez de mis brazos, para ir al país frío del Norte, lleno de luchas y odios? Aborrezco a ese Nazareno y lo aborreceré hasta el fin de mis días, porque me robó mi primogénito y único hijo.
JUDAS, PARIENTE DE JESÚS Ocurrió esto en una noche de Mayo. Estábamos con el Maestro en un prado cerca del lago, que los antiguos llamaron "Prado de los Cráneos". Jesús estaba recostado en la hierba, contemplando las estrellas, cuando dos hombres irrumpieron, agitadísimos, entre nosotros; el dolor se traslucía en sus rostros. Se postraron ante Jesús y éste se puso de pie, preguntándole de dónde eran. -De Majaros -respondieron. Jesús se conmovió e interrogó con visible ansiedad: -¿Qué sabéis del Bautista? -Hoy lo decapitaron. Alzó Jesús la cabeza y luego de caminar un corto trecho se detuvo entre nosotros y nos dijo: -Estaba en manos del poder matar al Mesías antes de hoy. Es verdad que el rey ha probado y gustado todos los placeres de sus pueblos; pero los reyes antiguos no eran tardíos en entregar la cabeza de un Mesías a los cazadores de cabezas. No estoy tan triste por la suerte que ha corrido Juan como por la de Herodes que la ha autorizado. ¡Pobre rey! Es corno el animal llevado por las riendas. ¡Qué desgraciados son esos hombres! Caminan en las tinieblas, y quien viaje en sombras caerá. ¿Qué podréis esperar de un mar infecto sino peces muertos? Yo no detesto a los reyes, más bien quiero que gobiernen, pero a condición de que sean más sabios que los demás hombres. Luego miró a los dos recién llegados y a nosotros, y reanudó su plática: -Juan nació herido y la sangre de sus heridas fluía de sus palabras y enseñanzas. Era una libertad que aún no se había liberado de sí misma, y una abnegación que sólo aceptaba a los rectos y virtuosos. En realidad era una voz que tronaba en la tierra de aquellos que tenían oídos y no escuchaban. Yo le amé en su tristeza y soledad, como amé también su altivez y rebeldía, que entregó junto con su cabeza al verdugo, antes de darlos al polvo de los sepulcros. En verdad os digo que Juan, hijo de Zacarías, es el último de su estirpe, y como sus antepasados, fue muerto en el umbral entre el Templo y el Altar. Calló un instante, se paseó calmosamente, y volviendo a detenerse ante nosotros, agregó: -Así fue y así será. Los que gobiernan un instante matan a aquellos que gobernarán siglos. Así será eternamente. Se reunirán en sus divanes y juzgarán al hombre que todavía no ha nacido y lo condenarán a muerte antes de haber cometido algún crimen. El hijo de Zacarías vivirá conmigo en mi Reino y su día será eterno. Acto seguido se dirigió a los discípulos de Juan: -Cada acción tiene su mañana. Tal vez yo mismo sea un mañana para este acto. Id y decid a los amigos de mi amigo que yo estaré con ellos. Los dos hombres se retiraron, pero menos tristes y desesperados que cuando vinieron. Jesús se recostó nuevamente sobre la hierba y volvió a la contemplación de los astros. Ya era hora avanzada de la noche; yo estaba recostado cerca de él, buscando descansar de todo corazón; pero una mano oculta golpeaba el pórtico de mi corazón; y así permanecí en vigilia, hasta que Jesús y el alba me llamaron para seguir el Camino.
UN HOMBRE
DEL DESIERTO Yo no era un extranjero en Jerusalén. Vine a la Ciudad Santa en tren de peregrinación a conocer el Gran Templo, y a ofrecer mi presente en el altar, en agradecimiento a Dios, porque mi mujer había dado a luz dos niños para mi tribu. Después de haber hecho el sacrificio, me detuve en una galería a mirar los fariseos y los vendedores de palomas. En ese instante la algarabía de la multitud llegaba al cielo. En esa circunstancia entró de pronto un hombre, y con la rapidez del rayo se detuvo entre los cambistas y mercaderes. Tenía un aspecto venerable e imponente; llevaba en la mano un látigo trenzado de cuero de cabra, con la otra mano tiraba las mesas de los cambistas, mientras repartía latigazos. Le escuché gritar con potente voz: -¡Soltad esas aves al espacio, que allí es su nido! Hombres y mujeres escapaban, mientras Él se movía entre ellos cual un huracán sobre un arenal. Todo esto sucedió en un instante, pasado el cual las galerías del Templo quedaron desocupadas. Aquel hombre quedó solo y sus camaradas agrupados a cierta distancia. Observé alrededor de mí y descubrí un hombre que observaba desde otra galería del templo; llegué hasta él y le pregunté: ¿Quieres decirme quién es ese hombre que está allí parado como si fuera otro Templo? -Es Jesús el Nazareno, el Mesías que últimamente apareció en Galilea. Aquí, en Jerusalén, todos le aborrecen. -Pues hay en mi espíritu una fuerza que me impulsa a convertirme en su látigo, y una sumisión y respeto como para hincarme a sus pies. Se encaminó Jesús hacia el núcleo de sus amigos que lo esperaban, cuando tres palomas de las que había librado de su jaula, se posaron sobre sus hombros; Jesús las acarició con infinita ternura y siguió su camino. En cada uno de sus pasos había millas de distancia. Pero decidme ahora, por vuestro Dios, ¿con qué fuerza ha castigado a esos cientos de hombres y mujeres, dispersándolos sin resistencia? Me dijeron que todos ellos lo detestaban, pero ninguno osó resistirlo ni ponérsele delante ese día. ¿Habrá arrancado los colmillos del odio en su camino al Templo?
PEDRO Una vez arribó Jesús a Betsaida al declinar la tarde. Estábamos todos cansados, y lo que aún era peor: el polvo del camino nos rodeaba. Llegamos a una mansión señorial que se levantaba en medio de un jardín. En el umbral se hallaba de pie el dueño de la casa. Jesús le dijo: -Estos hombres están cansados y tienen los pies lastimados y doloridos por el largo sendero. Déjalos dormir en tu casa; que la noche está fría y necesitan reposo y calor. -No dormirán en mi casa -contestó el rico. -Entonces déjalos dormir en tu jardín. -No les permitiré dormir en mi jardín. Jesús se dirigió a nosotros: -Este es un ejemplo de lo que os pasará en el día de mañana. Este presente os anuncia vuestro futuro. Todas las puertas se cerrarán para vosotros; hasta los jardines que se recuestan a la luz de las estrellas os obstruirán sus verjas. Si vuestros pies resisten la fatiga del Camino y podéis sufrir hasta el final, hallaréis un ánfora y un blando lecho, y tal vez pan y vino. Pero si no hallareis nada de eso, no olvidéis que habréis, en aquel día, atravesado uno de los áridos desiertos de vuestro Maestro. Vámonos de este lugar. El rico se hallaba turbado y pálido; mascullaba palabras ininteligibles y se internó en su jardín. Jesús retomó su marcha por el camino, seguido de todos nosotros.
MALAQUÍAS,
ASTRÓLOGO BABILONIO Me preguntáis sobre los milagros de Jesús y os contesto: En cada un mil de mil años se juntan el Sol, la Luna y esta Tierra con sus hermanos los planetas, en una línea ecuatorial, para dar un ejemplo; luego se retiran lentamente y esperan pasar mil de otros mil años. No hay milagros en el Universo detrás de las Estaciones. Tú y yo nada conocemos de-Ellas, pues, ¿qué me puedes decir de una Estación llena que se encarna y toma la forma de una sola persona? En Jesús se han fundido todos los elementos de nuestros cuerpos y de nuestros sueños, conforme a la ley, y todo lo que era anterior a su tiempo hoy halló en él su tiempo y sazón. Dicen que devolvía la visión a los ciegos y las fuerzas a los paralíticos, y expulsaba los demonios de los dementes. Puede ahora que la ceguera no sea sino una idea oscura que se puede vencer con un pensamiento luminoso y flamígero; y puede que el órgano inválido no sea más que una inercia que se puede despertar con la fuerza motriz, y que los malos espíritus que son los elementos perturbadores en nuestra vida, sean expulsados de nosotros por los ángeles de la Paz y el Sosiego. Dicen también que tornaba la vida a los muertos. Si puedes decirme lo que es la Muerte te diré lo que es la Vida. Vi una vez un arbusto de encina; era un arbusto modesto, tranquilo, sin importancia y sin valor; en la primavera siguiente encontré aquel arbusto con hondas raíces, convertido en gigantesca encina, erguida ante la faz del Sol. Tú, sin duda, crees que eso es un milagro, mas este milagro se obtiene mil veces en un descuido de cada año y en la nostalgia de cada primavera: entonces, ¿por qué no puede ocurrir el milagro en el espíritu del hombre? ¿No podrán las Estaciones agruparse en la mano de un Hombre Ungido tanto como en sus labios? Si nuestro Dios ha brindado a la Tierra la virtud de dar vida en sus entrañas a las semillas ¿por qué no otorga al espíritu del hombre la de transmitir el soplo de vida a otro corazón, aunque aparentemente haya estado muerto? He hablado de estos milagros que, en realidad, no me llaman tanto la atención como el gran Milagro que es el Hombre mismo; ese caminante que ha trocado en oro puro el óxido que había en mí, y que me enseñó cómo debo amar a los que me odian. Con ese hecho que hizo conmigo me trajo el consuelo y coronó mis noches con los más dulces sueños. Este es el milagro de mi vida. Yo era ciego y de errada conducta, y en mis profundidades había mucho de los espíritus inquietos; yo era un muerto. Mas hoy veo con claridad y camino rectamente, porque he recuperado mi salud. Hoy vivo para ver y proclamar los milagros de mi Ser en cada hora de cada día. Yo no soy de sus aliados; soy un viejo astrólogo que recorre el campo del espacio en cada Estación. Ya estoy en el ocaso de mi vida, mas toda vez que busco un amanecer busco en realidad la juventud de Jesús. La vida busca eternamente la juventud, pero la sabiduría busca en mí las visiones apocalípticas.
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