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Cuentos de la Dinastía Tang

Cuentos de la Dinastía Tang

Dinastía imperial china que gobernó desde el 618 hasta el 907, fundada por Li Yuan (que adoptó el nombre imperial de Gaozu). Fue la edad de oro de la poesía y del cuento, coincidiendo con el apogeo de la vieja civilización china.

Durante la época de las Seis Dinastías (222-589), el cuento alcanzó características bien definidas, basándose en leyendas, hechos, historias o dichos de hombres célebres, etc. Pero es durante la dinastía Tang que comenzaron a escribirse verdaderos cuentos creados por la imaginación de los escritores.

El valor literario de estos cuentos, consecuencia de la aparición de una rica clase urbana, culta y brillante, recae en el contenido ideológico que reflejan los diferentes conflictos de la sociedad de entonces, e inclusive el inconformismo a la moral feudal china, al valorizar a la mujer y exaltar el sentimiento amoroso.

Chen Ki-Tsi (nació en Sutchó en el año 750 y murió en el 800. Fue un conocido literato e historiador, autor de “Confidencias de una almohada”).

Yen, la zorra encantada

Había un señor llamado Wei Yin, que era el noveno hijo de la hija del Príncipe de Si-an. En su juventud le gustó la vida fácil y fue aficionado a la bebida. El marido de su prima, de apellido Tcheng (cuyo nombre no se conoce), había estudiado desde muy joven el manejo de las armas y era también aficionado al vino y las mujeres. Pobre y sin casa, Tcheng vivía con la familia de su mujer. Él y Wei se entendían muy bien y siempre se divertían juntos. En la sexta luna del noveno año del período de Tienpiao (en 750) se paseaban un día a través de Tchangan, la capital, cuando al llegar al sud del barrio del Siauping, con el pretexto de atender asuntos privados, Tcheng abandonó a Wei diciéndole que se reuniría más tarde con él en un lugar prefijado. Monrado en su caballo blanco, Wei se dirigió hacia el este, mientras que Tcheng, sobre su asno, tomó la dirección del sur, pasando por la Puerta Norte del barrio de Chengping.

Tcheng encontró por azar tres muchachas en su camino. Una de ellas, que llevaba un vestido blanco, le pareció de una belleza sin par. Agradablemente sorprendido, lanzó su asno adelante, parasando a la belleza, o siguiéndola atrás, sin animarse a abordarla. De vez en cuando, la muchacha de vestido blanco le echaba miradas intencionadas. Entonces, con caballerosidad, Tcheng le preguntó:

-¿Cómo es posible que semejante belleza vaya a pie?

La muchacha le respondió sonriente:

-¿Cómo puedo ir de otro modo, si los que tienen una montura no saben cederla?

-Mi pobre borrico no es lo suficientemente bueno para servir de montura a una belleza como usted. Sin embargo le ruego lo acepte. Por mi parte me sentiré feliz de marchar detrás de usted.

Ella y él se miraron y rieron alegremente. Las otras dos muchachas no tardaron en imitarlos y pronto el grupo se hizo amistoso. Tcheng los acompañó en dirección al este, hasta el Parque Leyeu, y al llegar ya oscurecía. Se detuvieron delante de una casa magnífica, rodeada de un muro de adobe con una gran puerta. La belleza de vestido blanco, antes de entrar, se dio vuelta y le dijo:

-Espere un momento.

Una de las sirvientas se mantuvo cerca de la puerta y le preguntó su nombre. Tcheng se lo dio y de paso preguntó el nombre de la belleza. Entonces se enteró que se llamaba Yen y que pertenecía a una familia muy numerosa. Un momento después le pidieron que entrara en la casa. Tcheng ató su asno en el portón, dejando su sombrero en la montura. Primero vio a una mujer, de unos treinta años, que vino a recibirlo. Era la hermana mayor de la muchacha. Habían iluminado hileras de candelas y ya estaba servida la cena.

Terminaban de vaciar muchas copas de vino, cuando reapareció la joven belleza, vestida con ropa nueva, y todo el mundo continuó bebiendo alegremente. Ya muy avanzada la noche, Tcheng se acostó con la belleza. Sus encantos, su delicadeza, su modo de cantar, de reir y moverse, todo en ella resultaba exquisito y como extraño de este mundo. Un poco antes del amanecer, Yen le dijo:

-Llegó la hora en que debe retirarse. Mi hermano es miembro del conservatorio de música y sirve en la guardia real. Vuelve a casa con la aurora y es preciso que no lo encuentre aquí.

Cuando llegó al extremo de la calle, la puerta de la muralla del sector aún estaba cerrada. Cerca de la puerta había una pastelería. El dueño comenzó a suspender las linternas y avivar el fuego del horno. En espera del toque de diana de la mañana, Tcheng descansó en el alero del negocio y se puso a charlar con el patrón. Indicando el lugar donde pasó la noche, Tcheng le preguntó:

-Girando a la izquierda hay un portón. ¿A quién pertenece esa casa?

-Ahí no hay ninguna casa: solo un terreno baldío y algunas ruinas –le respondió el patrón.

-Pero yo vengo de allí –insistió Tcheng-. ¿Por qué me dice que no hay ninguna casa?

De repente, aclarándosele el problema, el patrón exclamó:

-¡Ah! Ahora comprendo. Allí suele haber una zorra que a menudo atrae a los hombres para pasar la noche con ella. Ya van tres veces que la encontré. ¿Quizás usted también la vio?

Avergonzado y confuso, Tcheng salió del paso diciendo que no. Al amanecer volvió al mismo lugar. Allí encontró el mismo muro y el mismo portón, pero adentro sólo halló un baldío donde no crecían más que matorrales salvajes.

Camino a su casa, Tcheng se encontró con Wein, quien le reprochó por haber faltado a la cita convenida. Tcheng se limitó a formular algunas excusas, cuidando de no traslucir nada de su secreto. Desde entonces, obsesionado por los encantos de esa belleza, trató de verla una vez más, guardando su imagen en el fondo del corazón.

Diez días después, en el curso de un paseo por el Mercado del Oeste, frente a una tienda de vestidos, la vio inesperadamente, siempre acompañada por sus sirvientas. Tcheng se puso a llamarla en voz alta, pero ella lo evitó y se perdió entre la multitud. Entonces Tcheng se lanzó en su persecución, sin dejar un solo instante de gritar su nombre. Finalmente ella se detuvo. Dándole la espalda y escondiendo el rostro detrás de su abanico le preguntó:

-¿Por qué me busca, puesto que sabe quién soy?

-Aunque lo sepa –replicó Tcheng-. ¿Qué importancia tiene?

-¡Qué vergüenza! ¡Me confunde tanto estar frente a usted!

-¡Os amo tanto! –replicó Tcheng-. ¿No le da lástima abandonarme?

-¿Cómo puedo pensar en abandonaros? Lo que ocurre es que tengo miedo de que me tome horror.

Tcheng protestó, dando tal acento de sinceridad a sus juramentos, que ella terminó por bajar el abanico, y volviéndose hacia él, apareció con toda su resplandeciente belleza.

-Yo no soy la única de mi especie entre las mujeres del mundo humano. Pero ocurre que ustedes no saben reconocernos. ¡Lo mío, pues, no es nada extraño!

Y como Tcheng le suplicó que la acompañase, ella advirtió:

-Si no se aprecian a las mujeres como yo, es porque se las considera fatales. Pero yo no lo soy de ningún modo. Si usted no me encuentra desagradable, estoy dispuesta a servirle toda mi vida.

Tcheng le propuso entonces vivir juntos. Yen le dijo:

-Continuando por esta calle hacia el este, encontrará un barrio tranquilo, y una casa en la cual un enorme árbol domina toda la techumbre. Esa casa se alquila. El otro día, cuando os encontré al sur del barrio de Siuaping, había allí un hombre montado sobre un caballo blanco que se dirigía hacia el este. ¿Acaso no es vuestro cuñado? En su casa hay muchos muebles, y usted bien puede pedirle que le preste algunos.

Justamente en esa época, los tíos de Wei debieron ausentarse al ser llamados para cumplir funciones oficiales, dejando sus muebles en depósito. Aprovechando el consejo de Yen, Tcheng fue a casa de Wei para pedírselos prestado. Interrogado sobre el uso que iba a dar a los muebles, Tcheng respondió:

-Ahora tengo una bella amante y alquilé una casa. Los muebles los necesito para ella.

Wei le respondió con una risotada:

-¿De qué belleza me hablas? Con una facha como la tuya, me imagino que valdrá poca cosa.

Wei le entregó cortinas, mosquiteros, camas y esteras. Le mandó también un sirviente astuto para espiar a la mujer. Instantes después, el sirviente volvió sin aliento e inundado de sudor.

-¿La viste? –preguntó Wei-. ¿Cómo es?

-¡Maravillosa! ¡Jamás se vio una mujer como ella!

Wei tenía muchas relaciones, y en su vida aventurera tuvo oportunidad de conocer muchas mujeres bellas. Le preguntó a su sirviente si la amante de Tcheng era comparable a algunas de ellas.

-¡No se la puede comparar con nadie! –exclamó el sirviente.

Wei pretendió compararla con las cuatro o cinco mujeres que conceptuaba las más hermosas, pero el otro insistió:

-¡No se las puede comparar con nadie!

Wei tenía una cuñada, la sexta hija del Príncipe de Wou, cuya majestuosa belleza era considerada por sus primos como algo sin par.

-¿Será la amante de Tcheng comparable a la sexta hija del Príncipe de Wou?

Pero el sirviente declaró una vez más:

-¡No se la puede comparar con nadie!

Estupefacto, Wei se frotó las manos y exclamó:

-¿Es posible que exista semejante mujer en este mundo?

Entonces, bruscamente, ordenó que le trajeran agua para lavarse el cuello, se hizo un nuevo peinado, se puso colorete en los labios, y se dirigió a la casa de Tcheng. Cuando llegó, el dueño de casa estaba ausente. Al entrar, Wei vio a un pequeño criado que se encontraba barriendo, una sirvienta cuidando una puerta, y nadie más. Preguntó al criado, quien con una sonrisa le respondió que no había nadie en la casa. Pero recorriendo las habitaciones con la mirada, percibió la punta de un vestido rojo bajo una puerta, y al acercarse descubrió que allí se escondía la bella. Wei la hizo salir de la oscuridad para mirarla, y la encontró mucho más bella de lo que se había imaginado. Loco de pasión, la tomó entre sus brazos para poseerla, pero ella se resistió. Él la apretó tan fuerte, que a punto de ser vencida ella le dijo:

-Me rindo, pero dejadme un instante para tomar aliento.

Pero cuando él volvió a la carga, la bella volvió a resistirse, y eso se repitió varias veces. Finalmente, con todas sus fuerzas Wei logró dominarla, y la bella, ya sin aliento, bañada en sudor, considerándose perdida se desplomó sin defensa y palideció como muerta.

-¿Por qué está tan triste? –le preguntó Wei.

Ella respondió con un largo suspiro:

-¡Mi pobre y desgraciado Tcheng!

-¿Qué quieres decir?

-Con su estatura de seis pies, no puede siquiera proteger a una mujer. ¿Puede él llamarse un hombre? A usted, que es joven y rico, y que tiene tantas bellas amantes, no le puede faltar una mujer como yo. Pero Tcheng es pobre, y solamente yo lo quiero. ¿Tiene usted el coraje de arrebatarle su único amor, usted que puede colmar todos sus deseos? ¡Cómo compadezco al pobre Tcheng! Cayó en la miseria, y al mismo tiempo perdió su independencia: lleva vuestra ropa y come vuestros alimentos. Por eso está a vuestra merced. Si él tuviese de qué comer, no tendríamos que pasar por todo esto.

Al escuchar estas palabras, Wei, que no dejaba de ser un hombre galante y magnánimo, desistió inmediatamente de sus intenciones, y con todo respeto se excusó a la dama.

Momento después Tcheng volvía a su casa. Se saludaron con Wei con sonrisas muy cordiales. Desde entonces Wei suministró ampliamente todo lo que necesitó la pareja de enamorados.

Yen salía a menudo con Wei, ya sea en carroza o a pie, aceptando ir a cualquier parte. Todos los días Wei gozaba sin reticencia de su compañía, y en una intimidad que no admitía ningún límite. Ella tenía todas las complacencias, salvo la de entregarse, lo que a los ojos del joven caballero la hacía más adorable y digna de respeto. Por su parte él se mostraba pródigo. Ni el vino, ni las comidas deliciosas, apartaban a Yen de su pensamiento.

Un día, sabiendo que él la adoraba, se expresó en esta forma:

-Tantos favores me confunden. Sé que soy digna de vuestra bondad. Pero no puedo traicionar a mi Tcheng, ni satisfacer vuestros deseos, pero en cambio puedo testimoniarle mi agradecimiento. Nací en Chansí y fui educada en la capital. Los miembros de mi familia fueron gente de teatro, y la mayoría de mis parientes son favoritos o concubinas de hombres ricos. Por supuesto están relacionados con todos los libertinos. Si usted tiene el ojo puesto en alguna belleza, apetecible pero difícil de conquistar, entonces puedo hacer que sea suya. De tal modo quiero mostrar mi reconocimiento.

-¡Oh, acepto muy feliz! –respondió Wei.

En el mercado había una costurera llamada Tchang la Decimoquinta, que gustaba a Wei por la pureza de sus formas. Le preguntó a Yen si la conocía.

-Es mi prima y será fácilmente suya –respondió Yen. Y diez días después se produjo esa conquista. Pasados algunos meses, cuando el joven se sació, Yen le dijo:

-La conquista de las mujeres del mercado es cosa demasiado fácil. De ningún modo está a la altura de los servicios que le puedo brindar. Dígame si le apetece alguna que sea tan hermosa como poco accesible, y haré lo posible por complacerlo.

-El otro día, cuando la fiesta de Hanche –contó Wei- fui al templo Tsienfú con algunos amigos, y vi al general Tiao Mien que ofrecía un concierto en la gran sala. Entre las músicas había una tocadora de cheng, de unos diez y seis años, con los rizos tapándoles las orejas. ¡Estaba encantadora, adorable! ¿Usted la conoce?

-Es la favorita del general –respondió Yen-. Su madre es justamente mi hermana. Me ocuparé de su pedido.

Wei la saludó con toda deferencia, y Yen le prometió su ayuda. Ella comenzó a frecuentar la casa del general. Un mes después, Wei la apuró a cumplir su plan. Yen le pidió dos piezas de seda para regalo, y Wei se apresuró a entregárselas. Dos días después, cuando Yen y Wei se sentaban a cenar, el general les envió un valet con un caballo negro para rogarle a que fuera a su casa. Al anuncio de esta invitación, ella, sonriente, le dijo a Wei:

-¡Ya está!

Para comenzar, Yen había conseguido que la favorita del general fuese atacada por una enfermedad, contra la cual la medicina resultara impotente. La madre de la joven y el general, muy alarmados, resolvieron consultar a un adivino. Y Yen, a escondidas untó la mano del adivino, e indicando su dirección, le hizo decir que la joven enferma debía de ser alojada en esa casa para conjurar los espíritus malignos.

Llegado el momento de la consulta, el adivino le dijo al general:

-Esta casa es nefasta para ella. Es preciso que se vaya hacia el sudeste, a una casa donde volverá a encontrar su aire vital.

Al informarse del lugar designado, el general y la madre de la joven descubrieron que justamente se trataba de la casa de Yen. Entonces el general le pidió permiso para poder hospedar allí a su favorita. Al principio Yen se negó con el pretexto de que no podía ofrecer las necesarias comodidades, y sólo aceptó después de muchos ruegos. Entonces el general envió en una carroza a la joven y a su madre, con su menaje y embelecos. Apenas llegó a la nueva casa, la enferma se sintió sana y salva. En contados días, Yen puso secretamente a Wei en relaciones íntimas con la joven, y un mes después ella se encontraba encinta. La madre tuvo mucho miedo, y con todo apuro volvió a llevar a su hija al general. Así terminó esta aventura.

Un día Yen le dijo a Tcheng:

-Si usted puede encontrar cinco o seis mil sapecas, yo me encargo que le produzcan algún beneficio.

Él consintió y pidió prestado seis mil sapecas. Entonces ella le dijo:

-Vaya a la feria. Allá encontrará un caballo con una mancha en la grupa. Cómprelo y venga con él.

Tcheng fue hasta la feria y vio a un hombre llevando a un caballo en venta, en cuya grupa se veía una mancha negra. Lo compró y volvió a la casa. Sus cuñados lo abrumaron con sus burlas:

-¿Por qué compro un caballo que nadie quiere?

Poco tiempo después, Yen le dijo:

-Llegó el momento de vender el caballo. No pida menos que treinta mil sapecas.

Tcheng lo puso en venta. Le ofrecieron veinte mil, pero no aceptó. En la feria todos se sorprendieron:

-¿Por qué se empecina en comprar tan caro y el otro no lo vende?

Tcheng volvió a su casa cabalgando el caballo, y el otro lo siguió hasta la puerta. Le ofreció veinticinco mil sapecas. Tcheng las rechazó rotundamente, declarando que no lo vendería en menos de treinta mil. Pero como todos sus cuñados comenzaron a reprocharle su testarudez, Tcheng fue presionado a vender el caballo a un poco menos que treinta mil.

Más tarde terminó por descubrir la razón de la insistencia del comprador. Ese hombre era el cuidador de la caballería imperial del distrito de Tchaoying. Hacía tres años se le había muerto un caballo con una mancha en la grupa. A la víspera de abandonar sus funciones, se veía de tal modo obligado a reembolsar una suma de sesenta mil sapecas por la pérdida del animal. Al comprar otro a mitad de precio, ganaba una buena suma. Por otra parte un caballo vivo aumentaba sus beneficios, pues le correspondía una paga de tres años de forraje no consumido. Y ésta fue la razón por la que insistió tanto para comprar ese caballo.

Una vez Yen le pidió vestidos a Wei, porque los que tenían estaban muy gastados. Wei le propuso comprarle una pieza de seda, pero ella no quiso, diciendo que prefería la ropa confeccionada. Entonces Wei hizo venir a un tendero llamado Tchang Ta, y la presentó a Yen para que pidiera lo que necesitaba. Tchang Ta la vio y quedó tan asombrado que le dijo a Wei:

-Esa que usted tiene en la casa no es una mujer corriente. Espero que la lleve de vuelta de donde la sacó, a fin de evitar desgracias.

Tal era la impresión de sobrenatural que provocaba su belleza. Sin embargo, nadie podía comprender por qué ella no cosía, contentándose con ropa de confección.

Un año después, Tcheng fue nombrado capitán de la prefectura de Huaití, y su cuartel general estaba en el distrito de Kintcheng. Como en ese momento Tcheng tenía una mujer legítima en la casa, se veía obligado a salir de día y volver a casa para dormir, lamentándose siempre de no poder pasar la noche con Yen. De tal modo, antes de ocupar su cargo en la campaña, le rogó a su amante que lo acompañara. Pero ella no aceptó:

-Estar juntos en viaje, solamente por uno o dos meses, no nos brindará mucho placer. Será mejor que me entregue lo suficiente para vivir en ese tiempo y cuidaré la casa mientras espero vuestra vuelta.

Tcheng insistió, lo que no hizo afirmar su resistencia. Entonces Tcheng le pidió a Wei, una ayuda pecuniaria, y Wei se le unió para tratar de persuadir a Yen, preguntándole los motivos de su rechazo. Después de una larga vacilación, ella terminó por confesar:

-Un adivino me predijo que un viaje al oeste me sería fatal. Esta es la razón de no querer acompañarlo.

Pero Tcheng, demasiado enamorado para pensar en esas cosas, se echó a reír con Wei y opinó:

-¿Cómo una mujer inteligente puede ser tan supersticiosa? Y continuaron insistiendo para que efectuase el viaje.

-¿Y si las palabras del adivino resultaran ciertas? ¿Prefieren que muera por culpa de ustedes?

-¡Qué absurdo! –declararon los dos hombres, que continuaron insistiendo. Finalmente Yen fue obligada a partir, pese a sus lamentaciones.

Wei les prestó su caballo y les deseó feliz viaje, acompañándolos hasta Linkao. Al día siguiente llegaron a Mawei. Yen iba adelante, cabalgando el caballo; Tcheng la seguía sobre su asno, y la sirviente y el resto de la comitiva venían atrás. Justamente desde hacía unos diez días, los maestros de la caballeriza de la Puerta del Oeste adiestraban los perros de caza de Lutchuan. Se cruzaron en el camino. De repente los perros saltaron de los matorrales, y Tcheng vio como Yen caía a tierra, y tomando la forma de un zorro se escapó hacia el sur, seguida por toda la jauría. Tcheng se puso a gritar desesperadamente, y corrió detrás de los perros, pero no los pudo retener. Después de correr algunos centenares de metros, ella fue atrapada por los perros. Llorando como un niño Tcheng sacó dinero de su bolsa para comprar los despojos, y los enterró allí mismo, plantando una vara para señalar el lugar. Cuando echó una mirada atrás, el caballo de Yen pastaba en el borde del camino. Sus vestimentas permanecían sobre la silla de montar, y sus zapatos y medias aún colgaban de los estribos. Sólo los adornos de la cabeza se veían en el suelo; todo lo demás había desaparecido, lo mismo ocurría con la sirvienta. Era como si se hubiesen evaporado.

Diez días después, Tcheng entró de vuelta en la capital. Wei, muy feliz de verlo, le preguntó:

-¿Cómo está Yen?

-¡Murió! –respondió Tcheng entre sollozos.

Wei lo acompañó en su dolor. Se abrazaron en medio de la habitación y lloraron juntos con toda desesperación. Después Wei le preguntó qué enfermedad la había arrebatado.

-La mataron los perros de caza –respondió Tcheng.

-¡Por más feroces que sean los perros de caza no son capaces de matar a un ser humano! –protestó Wei.

-Pero ella no era un ser humano –dijo tcheng.

-¿Entonces quién era ella? –exclamó Wei muy azorado.

Cuando Tcheng le contó toda la historia, Wei llegó al colmo de su estupefacción, sin dejar de suspirar un solo instante. Al día siguiente tomaron un coche y fueron juntos a Mawei, y después de abrir la tumba para verla una vez más, retornaron llorando. Al recordar las cosas del pasado, encontraron que la sola cosa que les seguía pareciendo extraña era que ella nunca quiso coserse sus propias ropas.

Más tarde Tcheng fue nombrado inspector general de la corte y se convirtió en un hombre sumamente rico, llegando a poseer más de doce caballos en su caballeriza. Murió a la edad de sesenta y cinco años.

Durante el período de Tali (766-779), en ocasión de vivir en Tchonglin, hice amistad con Wei, quien muchas veces me contó esta historia, de la que conocía los menores detalles. Tiempo después, Wei fue nombrado canciller de la corte imperial, al mismo tiempo que alcalde de Longtchó, donde murió mientras desempeñaba su cargo.

¡Oh! Todo esto quiere decir que inclusive un animal es capaz de abrigar sentimientos humanos, conservar su castidad frente a la violencia, y sacrificar su vida por un hombre. ¡Tantas cosas que una inmensa cantidad de mujeres no son capaces de sentir ni expresar! Lástima que el tal Tcheng no fuese más inteligente, pues, había amado la belleza de Yen sin haber apreciado su corazón. Si él hubiese sido sabio, hubiese podido descubrir las leyes de la metamorfosis, discernir los límites entre lo humano y lo divino, y de tal modo expresar con las artes de la literatura el misterio de los sentimientos de su bella, en vez de limitarse al simple goce de sus encantos. ¡Qué lástima todo esto!

En el segundo año del período de Kientchong, partí a Sutchow en calidad de Consejero a la Izquierda del Príncipe. AL mismo tiempo, el general Pei Ki, el alcalde de la capital Suen Tcheng, el viceministro Tsuei Siu del ministerio de asuntos civiles, el consejero de derecha Lu Tchuen, se dirigieron todos hacia el sudeste, en el valle del río Azul. De la provincia de Chensi hasta Sutchow, viajamos juntos en tierra y en barco. Con nosotros se encontraba también el ex - consejero Tchu Fang, que realizaba un viaje de placer. Nuestro barco descendió los ríos Ying y Hué. Psamos los días en una permanente fiesta, y de noche charlábamos, y cada cual contaba las leyendas más extrañas. Al escuchar la historia de Yen todo el mundo fue profundamente conmovido, y me pidieron que la redactara. Y así fue como se escribió el presente relato.

 

Pei Hsing (Vivió en la segunda mitad del siglo IX. Escribió tres volúmenes de cuentos donde los fantasmas y las hadas juegan el rol más importante).

El esclavo Kuenluen*

*Durante la dinastía Tang, los esclavos traídos de los Mares del Sud eran comúnmente llamados esclavos Kuenluen.

En el reinado de Tali (766-799) había un joven llamado Tsuei, oficial de la guardia imperial de la Orden de Mil Bueyes. Su padre, famoso magistrado, estaba en buenas relaciones con un ministro, personaje ilustre de su siglo. Un día su poder lo envió a visitar al ministro para informarse del estado de su salud. Tsuei era bello muchacho de rostro puro como el jade. Su modestia de carácter se unía a un gran señorío de maneras y fineza en sus palabras. El ministro ordenó a sus sirvientes de levantar el cortinado y de introducir al joven en su dormitorio. Tsuei, hincado de rodillas, le presentó el mensaje de su padre. El ministro se interesó mucho por el joven y lo hizo sentarse para conversar amistosamente con él.

Ahí se encontraban tres jóvenes favoritas, todas ellas de una belleza resplandeciente. Cortaban en rebanadas los duraznos colorados y llenaban los tazones de oro. Cubrieron la fruta con crema azucarada, y después la sirvieron. El ministro dijo a una de las servidoras, vestida de muselina roja, que ofreciese un tazón al joven. Pero éste, intimidado por la presencia de las bellas muchachas no se atrevía a comer. Entonces el ministro ordenó a la bella de vestido rojo que le sirviese con una cuchara, lo que obligó al joven a comer un durazno, y la bella le sonrió con un gesto pleno de picardía.

Cuando Tsuei se despidió, el ministro le dijo:

-Cuando usted tenga tiempo, venga a verme; entre nosotros no debe haber ceremonias.

Después ordenó a la muchacha de vestido rojo que lo acompañara hasta la puerta. Cuando Tsuei, antes de salir de la casa se volvió para mirarla por última vez, ella le hizo una seña mostrándole tres dedos levantados, y girando tres la palma de la mano le indicó un espejito que ella llevaba en el seno:

-Acordaos de esto.

Y no dijo ninguna palabra más.

Al volver a su casa, Tsuei informó a su padre lo que le había dicho el ministro. Después de retornar a su gabinete de estudio cayó en un estado de éxtasis y adormecimiento. Siempre taciturno y silencioso, sumergido en sus sueños, permaneció día y noche sin pensar siquiera en alimentarse, no haciendo otra cosa que cantar este poema:

En el Monte de los Inmortales vi una deidad,
Resplandeciente su mirada como una estrella fugaz.
La luna se deslizaba por una puerta roja:
Sobre su belleza de nieve esparció su tristeza. 

A su alrededor nadie comprendía lo que le ocurría. Sucedió que en su casa había un esclavo kuenluen, llamado Moleh, quien después de observarlo detenidamente le preguntó:

-¿Qué pasa en vuestra alma que os atormenta sin cesar? ¿Por qué no se confía en vuestro viejo esclavo?

-¿Gente como tú puede comprender y mezclarse en cosas de amor? –le replicó Tsuei.

-Confíeme sus penas –insistió Moleh- y os traeré una solución. Tarde o temprano tengo la seguridad de triunfar.

Sorprendido por ese tono de seguridad en sí mismo, Tsuei le confió su secreto.

-Se trata de algo bien simple –le dijo Moleh-. ¿Por qué no me lo contó antes en vez de desconsolarse por nada?

Cuando Tsuei le contó las señas enigmáticas que le dirigió la joven, Moleh explicó:

-¡Nada es más fácil de adivinar! Tres dedos levantados quiere decir que en la casa del ministro hay diez departamentos para alojar a las cantantes, y que ella habitaba el tercer departamento. Al girar tres veces la palma de la mano, ella le señaló quince dedos, para indicar el quince del mes. Y el espejo sobre su seno es la plena luna en la noche del quince, fecha en que os ha dado la cita.

Transportado de alegría, Tsuei le preguntó: 

-¿Y hay un medio de cumplir con mis deseos?

-Mañana es quince –dijo Moleh con una sonrisa-. Dadme dos piezas de seda azul oscuro para haceros una malla. En la casa del ministro hay un dogo terrible que guarda las puertas de la residencia de las cantantes, de tal modo que ningún forastero puede introducirse allí, pues el perro no tardaría nada en devorarlo. Se trata de un perro de la famosa raza de Haitchó, vigilante como Argos y feroz como un tigre. En el mundo entero no hay nadie que pueda con él, a no ser vuestro viejo esclavo. Esta noche voy a dejarlo fuera de combate para que usted pueda cumplir su cita.

Para envalentonarlo, Tsuei, le ofreció vino y carne. Hacia medianoche el esclavo salió con un martillo munido de una cadena. En menos tiempo que el necesario para una comida, ya estaba de vuelta y anunció:

-El perro murió. Ya no hay ningún obstáculo delante de nosotros.

La noche siguiente, justo antes de medianoche, hizo vestir a Tsuei una malla azul oscuro. El esclavo lo cargó en sus espaldas, franqueó diez murallas, penetró en la residencia de las cantantes para finalmente detenerse frente a la tercera puerta. A través de los entreabiertos batientes decorados una lámpara destellaba vagamente. Sólo se escuchaban los suspiros de la joven, quien permanecía sentada como si esperase a alguien. Terminaba de quitarse los aretes de esmeralda y el colorete de su rostro. Con el corazón desbordando de tristeza, ella canturreaba un poema:

Penando su amor, ¡oh, oropéndola en llanto!
Furtivamente se despoja de sus joyas bajo las flores;
El azur siempre desierto, la espera siempre vana,
En su flauta de jade suspira su pena.
 

Los guardianes dormían a pierna suelta y no se escuchaba el menor ruido. Tsuei levantó el cortinado y entró. Durante un instante la muchacha permaneció como paralizada. Después saltó del lecho y le tomó la mano a Tsuei:

-Sabía que un joven e inteligente como usted comprendería las señas de mi mano. ¿Pero por medio de qué magia ha podido valerse para llegar aquí?

Tsuei le contó el plan de su esclavo Moleh, y cómo lo había transportado sobre su espalda.

-¿Dónde está vuestro Moleh? –le preguntó.

-Allí, detrás de la puerta.

Entonces ella rogó al viejo que entrara, y en un tazón de oro le ofreció vino para beber.

-Pertenezco a una rica familia que vive cerca de la frontera del norte –le contó a Tsuei-. Mi actual amo, que entonces comandaba allá el ejército de la frontera, me obligó a convertirme en su concubina. Me da vergüenza de mí misma por no haber sabido darme la muerte, y haber aceptado vivir en esta desgracia. Con el rostro pintado de blanco y rojo, conservo siempre un corazón triste. Las comidas servidas con palillos de jade, el perfume que siempre fluye de los incensarios de oro, los vestidos de seda que se hilvanan detrás de los biombos de nacar, y las perlas y las esmeraldas de las favoritas que duermen bajo las colchas bordadas, todo eso me repugna, pues me siento encadenada. Puesto que su buen servidor está dotado de una fuerza sobrenatural, ¿por qué no me liberan de mi prisión? Si conquistase mi libertad, podría morir sin pena. Y sería feliz de servir a usted como esclava. ¿Qué dice usted, señor?

Tsuei se mantuvo callado y sumamente pálido. Fue Moleh quien respondió:

-Señora: si así lo queréis, nada más fácil.

La joven se mostró encantada. Moleh le pidió que para empezar le dejase transportar su equipaje. Después de tres idas y vueltas, dijo:

-Tengo miedo que pronto se haga día.

Entonces colocó a los dos sobre su espalda y franqueó una docena de altas murallas, sin que fuese alertado ningún guardián de la casa del ministro. Una vez que llegaron a la casa escondieron a la joven en el gabinete de estudios.

Al día siguiente, en la casa del ministro se comprobó la desaparición de la joven y se encontró muerto al perro. Fuertemente alarmado, el ministro exclamó:

-Las puertas y murallas de mi casa están siempre muy bien atrancadas y mejor vigiladas. Quien los ha franqueado sin dejar rastros como si volase, debe ser un héroe lanzado a enderezar entuertos. Mejor no decir nada de esto, para evitar mayores males.

La joven permanecía escondida en casa de Tsuein hacía ya dos años, cuando en la estación de las flores salió un buen día para pasear en coche en el parque de Kiukiang. Un hombre de la casa del ministro la vio por casualidad y la denunció a su amo. Al escuchar esta novedad, sorprendido, el ministro hizo llamar a Tsuein y lo interrogó. Dominado por el miedo, no atreviéndose a guardar el secreto, Tsuei le contó toda la historia, confesando que fue su esclavo Moleh quien llevó a él y ella en su espalda.

-La culpa de lo sucedido es de la muchacha –opinó el ministro-. Puesto que ella está a vuestro servicio desde hace tanto tiempo, ya no corresponde hacer justicia. Pero por mi parte es preciso que me desembarace de vuestro esclavo, por constituir un peligro público.

Envió entonces cincuenta de sus guardias, armados hasta los dientes, para cercar la casa de Tsuein con la orden de capturar al esclavo Kuenluen. A todo esto, con su puñal en el puño Moleh franqueó las altas murallas como si tuviese las veloces alas de un gavilán. Le arrojaron una lluvia de flechas, pero no lo alcanzaron. En menos tiempo que un pestañeo se perdió de vista.

Un gran pánico se produjo entonces en la casa de Tsuei. Dominado por el terror, el ministro se arrepintió de su orden contra el esclavo. En el transcurso de un año, se rodeaba todas las noches con un gran número de domésticos armados de espadas y ballestas.

Más de diez años después alguien de la casa de Tsuei contó que había visto a Moleh vendiendo drogas en el mercado de Loyang. Tenía el aspecto más joven y gallardo que nunca.

Tu Kuang-ting (Nació en la actual provincia de Tchekiang en 850 y murió a los 82 años. Estudió el taoísmo en un monasterio de Chansí y pasó gran parte de su vida en una ermita en las montañas de Setchuan. Se le supone autor de numerosos libros, pero sólo llegaron a nuestros días algunos de sus cuentos).

El hombre de la barba rizada

Mientras el emperador Yang de la dinastía Sueis (605-618) hacía un viaje a Yangtchó, el canciller Yang Su recibió la orden de cuidar la Capital del Oeste. Soberbio y arrogante, Yang Su, que en esa época turbulenta se consideraba incomparable, el hombre más venerable y el más poderoso del imperio, llevaba una vida fastuosa y no se mantenía dentro de los límites convenientes para un vasallo. Cada vez que recibía a un gran magistrado o cualquier visita prestigiosa, se mantenía insolentemente echado sobre su lecho, dejándose sostener por sus bellas favoritas y siempre rodeado de una muchedumbre de sirvientes. En ese aspecto ya había usurpado las prerrogativas del emperador. Al declinar su vida, se volvió peor, sin preocuparse de cumplir los respetos debidos al soberano, ni siquiera la salvación del imperio frente a un peligro inminente.

Cierto día, Li Tsing, que más tarde debía convertirse en duque de Wei, pero que entonces era un simple ciudadano, pidió una audiencia a fin de presentarle un hábil plan de estrategia política. Yang Su, como siempre, lo recibió sentado en su lecho. Li se acercó, saludó y dijo:

-El imperio se encuentra en pleno trastorno; por todas partes los rebeldes se sublevan para apropiarse del poder. Como canciller de la casa imperial, vuestra Excelencia tendría que ver el modo de agrupar a su alrededor a los hombres más valiosos. Por eso es conveniente recibir sentado a las visitas. Yang Su reaccionó, y componiendo un gesto de seriedad, se incorporó y pidió disculpas. Conversó con su visitante, se mostró muy encantado y aceptó su proposición antes de levantar la audiencia.

Mientras Li hablaba con tanto ardor, una de las favoritas, belleza deslumbrante que se mantenía en primera fila con una escobilla roja en la mano, lo observaba detenidamente. Cuando él se retiraba, ella salió a la galería exterior y dijo a un oficial:

-Preguntad a quien se retira su nombre y dirección.

Li respondió al pedido del oficial. La joven se lo agradeció con un gesto y entró al palacio.

Li volvió al hotel esa noche, poco antes del amanecer escuchó de pronto que golpeaban discretamente en la puerta. Fue a abrir y se encontró con una persona encapuchada, vestida de púrpura, que llevaba un bastón y un bolsón. Y se presentó con estos términos:

-Soy la señorita de la escobilla roja del palacio del canciller Yang.

De inmediato él le rogó que entrara. Cuando ella se quitó su abrigo y su capuchón, él se encontró frente a una belleza de unos diez y nueve años, de rasgos purísimos y suntuosamente vestida. Ella le hizo una profunda reverencia y Li, sorprendido, le devolvió el saludo.

-Desde hace mucho tiempo estoy al servicio del canciller –dijo ella-. He visto mucha gente llegada de todo el imperio, pero nunca a alguien como usted. La vida no puede desarrollarse sin tutor, y siempre busca aferrarse a un gran árbol. Es por eso que he llegado aquí.

-El canciller Yang es el hombre más poderoso en la capital –replicó Li-. ¿Cómo explicarme lo que termina de decir?

-Apenas si es un moribundo en su último estertor –aseguró la joven-. Muchas jóvenes ya se fueron de su casa, sabiendo que ya no puede esperarse nada de él. Por su parte, no hizo nada para rescatar a las servidoras y favoritas que lo abandonaron. Tranquilizaos: he pensado bien antes de dar este paso.

Interrogada sobre su nombre y su rasgo, ella respondió que se llamaba Tchang y que era la mayor de su familia. Su cutis, sus arreglos, palabras y gestos, eran verdaderamente de una deidad. Frente a esta conquista inesperada, Li, simultáneamente rebosante de alegría y dominado por el temor, sentíase presa de mil inquietudes. Ojos indiscretos buscaban sin cesar de espiar detrás de la puerta, y algunos días después se ordenó a la policía buscar a la joven, si bien se pidió esto con poco ardor. Entonces con la joven disfrazada de hombre, Li montó su caballo y abandonando la casa se dirigieron a galope en dirección a Taiyuan.

En mitad del camino se detuvieron en un albergue de Lingché.

El lecho ya estaba preparado y la carne chirriando en el fuego. Tchang, con sus largos cabellos caídos hasta el suelo, se peinaba cerca de la cama, mientras Li limpiaba su caballo delante de la puerta. De repente apareció un hombre de talla mediana, con una barba rojiza y rizada, montado sobre un desgarbado borrico. Tirando su bolsón de cuero cerca del fogón, se metió en la cama, y apoyándose en la almohada miró cómo Tchang se peinaba sus cabellos. Vivamente indignado, Li, indeciso, continuó limpiando su caballo. Tchang examinó atentamente el rostro del intruso; con una mano ella recogió su cabellera y con la otra, detrás de su espalda le hizo señal a Li de contener su cólera. Con rapidez ella terminó de peinarse. Después avanzó amablemente hacia el intruso y le preguntó su nombre. Siempre recostado sobre el lecho, él respondió que se llamaba Tchang.

-También yo me llamo Tchang –dijo ella-. Entonces puede ser que yo sea su hermanita.

Y de inmediato ella le hizo una profunda reverencia y le preguntó su rango de familia. El otro le respondió que era el tercero, y a su turno le preguntó lo mismo.

-La mayor –respondió ella. Entonces muy alegremente, él exclamó:

-Me siento muy feliz de encontrar aquí a la mayor de mis hermanitas.

-De lejos ella llamó a Li:

-Ven a conocer a mi hermano mayor el tercero.

Li fue a saludarlo y le rogó que se sentara cerca del fuego.

-¿Qué hay en la olla? –preguntó el recién llegado.

-Cordero. Ya debe estar cocido.

-Tengo hambre –dijo el hombre de la barba rizada.

Y mientras Li fue a comprar pan, el recién llegado retiró un puñal de su cintura y se puso a trozar la carne. Comieron juntos. Terminada la cena, el hombre de la barba rizada cortó en pedacitos los restos del cordero y le dio de comer a su borrico. Todo fue hecho en un instante.

-Conforme su vestimenta, usted tiene un aspecto pobre –le dijo a Li-. ¿Cómo es que con tal situación pudo conquistar a una mujer tan maravillosa?

-Así pobre como me ve, mi espíritu es muy elevado –dijo Li-. A nadie se lo contaría, pero a usted no le guardaré secretos.

Y le contó toda la historia.

-¿Y ahora dónde van? –preguntó el otro.

-Voy a refugiarme en Taiyuan –dijo Li.

-¡Así que no me buscan a mí! ¿Tienen vino?

Li le dijo que al oeste del albergue había una taberna, y allí fue a comprar una jarra de vino. Mientras bebían el otro dijo:

-En vuestro aspecto y ademanes veo bien que usted es realmente un hombre de honor. ¿Conoce usted un hombre valiente en Taiyuan?

-Conozco allí un hombre que considero sublime. Frente a él los otros solo pueden aspirar a ser sus ayudantes o capitanes.

-¿Cómo se llama?

-Igual que yo.

-¿Qué edad tiene?

-Apenas veinte años.

-¿Qué hace ahora?

-Es el hijo del general de la provincia.

-Es posible que sea él –dijo el otro-. Pero es preciso que yo lo vea para mayor seguridad. ¿Podría usted presentármelo?

-Tengo un amigo que se llama Lieu Wen-tsing, que se encuentra en muy buenos términos con él. Por su intermedio concertaré una cita. ¿Pero por qué desea conocerlo?

-Un astrólogo me dijo que hubo un extraño presagio en Taiyuan. Y me encargó que lo averiguara. Usted parte mañana. ¿Cuándo llegará a Taiyuan?

Li calculó la fecha eventual de su llegada y el otro le dijo:

-Al día siguiente de vuestra llegada, esperadme en el puente de Fenyang.

Apenas dichas estas palabras, montó en su borrico, partió del mismo modo que un pájaro toma vuelo, y desapareció en un pestañear.

Li y la joven se sintieron tan sorprendidos como encantados y temerosos. Momento después terminaron por tranquilizarse:

-Un caballero tan gallardo no engaña a nadie. Nada tenemos que temer de él.

Después prosiguieron su camino a todo galope.

Llegaron a Taiyuan en el día fijado y volvieron a encontrarse con gran alegría. Juntos fueron a visitar a Lieu y le dijeron para tantear el terreno:

-Hay un excelente adivino que desea ver a Li Che-min*. ¿Podría usted invitarlo a venir aquí?

Lieu, que hacía tiempo tenía en alta estimación a Li-Che-min, envió inmediatamente un mensajero a buscarlo. Li Che-min no tardó en llegar, sin túnica ni calzado, vestido dolamente con una capa de piel, pero el gesto majestuoso y el rostro de incomparable distinción. Al verlo, el hombre de la barba rizada, sentado silenciosamente en un rincón, sintió la revelación. Después de brindar algunas copas le dijo a Li:

-¡He aquí sin duda alguna un futuro hijo del cielo!

Li felicitó a Lieu, quien sintióse orgulloso de su clarividencia. Después de la partida de Li Che-min, Barba Rizada le dijo a Li:

-Hay un ochenta por ciento de posibilidad de que sea él, pero es necesario que también lo vea mi amigo el sacerdote taoísta. Usted y mi hermanita deben volver juntos a la capital. Fijemos un día y, alrededor de mediodía venid a verme en la taberna del este de Machang. Allí, cuando bajo la ventana del piso alto vean mi borrico en compañía de un asno muy flaco, significará que allí arriba estaremos el sacerdote y yo. Sólo tienen que subir.

Con la promesa de ser exactos en la cita, el hombre de la barba rizada se retiró.

Li y su mujer fueron a la taberna en el día y hora fijados. Efectivamente las dos monturas estaban allí. Subiéndose las túnicas, llegaron al piso alto y encontraron bebiendo juntos al sacerdote y a su amigo. Su llegada fue alegremente recibida. Les rogaron que se sentaran y después vaciaron una docena de copas.

-En el piso bajo encontrará un cofre con cien mil sapecas –dijo el hombre de la barba rizada-. Elija un lugar bien tranquilo para alojar a su mujer. Y una vez más fije el día para venir a verme en el puente de Fenyang.

El día de la cita, Li encontró en el puente al sacerdote taoísta y al otro. Juntos fueron a ver a Lieu, a quien encontraron jugando al ajedrez, y después de algunos cumplidos comenzaron a conversar. Lieu envió urgentemente una nota a Li Che-min, invitándolo a asistir a un juego de ajedrez. El sacerdote se puso a jugar con Lieu, mientras que Barba Rizada y Li los observaban.

Un instante después llegó Li Che-min. Su sorprendente distinción imponía el respeto. Saludó y se sentó. El esplendor de su aspecto y la serenidad de su mirada resplandecía a su alrededor como si pasase una brisa acariciante. Al verlo, el sacerdote palideció de terror, puso una pieza sobre el tablero y dijo:

-Para mí la partida está perdida. Esta jugada me derrotó. Me cerró toda posibilidad. ¡Nada me queda para hacer!

Abandonó el juego y pidió permiso para retirarse. Al salir le dijo a Barba Rizada:

-Este mundo no es el vuestro. Será mejor que vaya a probar fortuna en otra parte. ¡Valor y que no tenga que arrepentirse!

Todos decidieron volver a la capital.

-De acuerdo a vuestro itinerario –dijo Barba Rizada a Li- calculo la fecha de su llegada. Al día siguiente venga a verme con su mujer en mi humilde alojamiento. Bien sé que usted y mi hermanita no cuentan con ninguna fortuna. Os presentaré a mi mujer y podremos conversar sobre muchas cosas. Vengan sin falta.

Se retiró suspirando. Li, apurando su montura, volvió a su casa. Tan pronto llegó a la capital, en compañía de su mujer visitó a Barba Rizada. Se detuvieron frente a una puertita de madera. Golpeó y le abrieron y a modo de saludo le dijeron:

-Hace tiempo que el amo me encargó de esperar vuestra llegada.

Los hicieron entrar y pasaron por varias puertas interiores que se veían más y más imponentes. Cuarenta esclavas estaban alineadas en el patio y veinte esclavos los guiaron hacia el salón del este, amueblado con una suntuosidad inaudita, con cofres repletos de joyas exóticas, adornos y espejos como nunca se vieron en el mundo humano, Cuando fueron desembarazados del polvo del camino, lo vistieron con ropa nueva de una gran magnificiencia. Entonces se anunció la llegada del amo. El hombre de la barba rizada avanzó, llevando un sombrero de gaza y un abrigo de piel, y de toda su apariencia se desprendía una majestad real. Los recibió con toda cordialidad, y llamó a su mujer que vino a saludarlos. También ella era de una belleza de deidad.

Se les invitó a pasar al salón central, donde ya estaba servido un banquete que superaba a todos los festines reales. Cuando se sentaron a la mesa, veinte músicos alineados frente a los convidados ofrecieron un concierto, cuyas melodías, desconocidas en la tierra, parecían llegar del paraíso.

Terminada la cena, se sirvió vino. En el salón del este, los sirvientes instalaron veinte lechos, todos cubiertos de seda bordada. Al retirar las colchas encontraron manojos de llaves y libros de cuentas.

-He aquí todo lo que poseo como riqueza y tesoros –dijo Barba Rizada a Li-. Y todo esto lo entrego a usted. ¿Sabe por qué? Bien sé que para tentar algo en este mundo tendré que guerrear como un dragón durante veinte o treinta años para levantar un reino. Puesto que ya existe un dueño del mundo, ¿para qué seguir aquí? Vuestro amigo Li Che-min de Taiyuan será realmente un gran soberano que durante tres o cuatro años reinará en paz. Con vuestro talento incomparable, si secunda con la mejor voluntad a este monarca de la paz, usted llegará seguramente al rango de canciller. En cuanto a mi hermanita, con su belleza verdaderamente divina y su espíritu sin igual, hará honor a su ilustre marido. Ella fue la única en valorizarlo, y solamente un hombre como usted la puede cubrir de honores. De tal modo un gran ministro encontrará a un jefe genial, como si cumpliesen una cita. El viento se levanta con rugidos de tigre, y la nube se hincha con el gruñido del dragón. De ningún modo esto es simple efecto de la casualidad. Con esto que os entrego, usted puede ayudar al jefe predestinado a fundar un imperio. ¡Vaya con él! De aquí a diez años se producirán sucesos asombrosos a millares de li al sudeste de China, y entonces será la hora de mi triunfo. ¡Entonces, acompáñenme a brindar este vino en mi honor y hacia esa dirección!

Después ordenó a todos sus domésticos de presentarles los saludos y respeto, diciéndoles:

-¡En adelante el señor Li y mi hermana serán vuestro dueño y dueña!

A continuación vistióse con ropa de guerrero, y con su mujer, y seguido de un solo esclavo, partió a caballo y pronto desapareció a lo lejos.

Con la posesión de esa casa, Li se convirtió en un hombre rico y poderoso, y puso sus recursos a disposición de Li Che-min para ayudarle a conquistar todo el imperio.

En el reinado de Tchenkuan (627-649), mientras que Li, en calidad de ministro a la izquierda del emperador tomaba el cargo de canciller, llegó un informe de las tribus del sur, anunciando que un millar de galeras con cien mil hombres armados habían penetrado en el reino de Fuyú. El rey había sido masacrado, su trono ocupado, y se terminaba de fundar un nuevo estado. Li comprendió que finalmente el hombre de la barba rizada había triunfado. Se lo dijo a su mujer. Los dos, en trajes de ceremonia se prosternaron frente al sudeste, y virtieron vino al suelo como libación para felicitar de lejos a su viejo amigo que terminaba de triunfar.

Por eso se ve que la ascensión al poder supremo no está al alcance de los simples héroes, sin hablar de aquellos que erróneamente se creen héroes. Todo individuo que se subleva se parece al cuzco que ladra a la carroza que pasa. Pues está demás decir que nuestro imperio será próspero durante miriadas de generaciones.

También se dice que Li debe gran parte de su arte de estratega al hombre de la barba rizada.

*El fundador de la dinastía Tang que reinó de 627 a 649.

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