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EL CRISTO DE LA LIBERTAD Padre de la Patria fue una conciencia seducida por la figura de Cristo y hecha a imagen de la de aquel sublime redentor de la familia humana. Duarte fue, como Jesús, eternamente niño, y conservó la pureza de su alma cubriéndola con una virginidad sagrada. Tuvo en su juventud una novia, a la que quiso con ternura, pero que murió soñando con su noche de bodas y suspirando por su guirnalda de azahares. Rico y de figura varonilmente hermosa, pudo haber sido amado de las mujeres y haber vivido feliz y adulado en medio de los hombres; pero como Jesús, hijo de Dios, que nunca llevó mantos de púrpura ni se cortó la cabellera, que no sentó a los poderosos a su mesa ni conoció a mujer alguna, Duarte huyó de los lugares donde la vida es alegría y festín para ofrecer a la’ Patria su fortuna y para morir como el último de los mortales en medio de la desnudez y la pobreza. Para encontrar una austeridad comparable a la de Duarte, sería menester recurrir a la historia de los santos y de otras criaturas bienaventuradas. Si la santidad consiste en ser virtuoso, en despreciar las riquezas y en ser insensible a los honores, en ser superior al odio y superior a la maldad, en elevarse, en fin, sobre todo lo que se halle tocado con fango de la tierra, nadie fue entonces más santo que Duarte ni más digno que él de la corona de los predestinados. Su inocencia fue verdaderamente sacerdotal y su pulcritud sobrehumana. Entre los que codiciaron el mando, entre los que sostuvieron impávidos en sus manos los hierros de la venganza, y entre los que olvidaron la Patria para pensar únicamente en sí mismos, el fundador de la República pasa como una columna señera, empequeñeciendo a sus verdugos y desarmando a sus adversarios con la autoridad propia de la pureza. Lo que es grande en Duarte no es únicamente el patriota, el servidor abnegado de la República, sino también el hombre; y acaso es más digno de admiración que como prócer, como ser excepcional, como criatura de Dios, como figura humana. No fue un personaje común, no fue un varón cualquiera, este hombre casi extraterreno que vivió como un santo, que murió con la dignidad de un patriarca, y que entró en la política y salió de ella como un copo de nieve. Para parecerse más a los santos, a aquellos santos acartonados y secos que se retiraban al desierto para aislarse de todo comercio con el mundo, Duarte huye durante más de diecisiete años a las soledades del Río Negro, a un sitio casi inaccesible en donde se interponían entre él y el resto de los hombres las fieras con sus aullidos y las selvas de Venezuela y del Brasil con sus impenetrables pirámides de verdura. Pero hasta allí llegó aquel hombre inocente precedido por la fama de sus virtudes como llegaba Jesús a las aldeas de los pescadores precedido por la fama de sus milagros. Duarte hablaba algunas veces como Jesús y muchas de sus sentencias parecen pronunciadas desde una montaña de la Biblia. En sus manifiestos políticos, aunque llenos muchas veces de conceptos poco originales, surge de improviso alguna frase con sabor a parábola, o asoma uno de aquellos pensamientos que sólo suelen brotar de los labios de esos hombres purísimos que llevan a Dios en las entrañas iluminadas. Todo lo que salió de esa garganta semidivina, todo lo que vibró en esa voz semisagrada, nos deja en el alma una impresión de albura y de limpieza. Así como Jesús había dicho a todos los hombres, a los pescadores humildes y a los escribas mercenarios, «amaos los unos a los otros», el Padre de la Patria se dirige a sus conciudadanos para hacerles esta exhortación angustiosa: «Sed unidos, y así apagaréis la tea de la discordia.» Cuando habla a sus compatriotas para pedirles que lo exoneren del mando que quieren ofrecerle, les dice: «Sed justos lo primero, si queréis ser felices», y a sus discípulos los envía a repartir la semilla de la libertad con las mismas palabras con que Jesús encarecía a sus apóstoles que fueran a predicar la nueva doctrina a las tierras dominadas por los infieles: «Os envío como ovejas en medio de los lobos.» A sus hermanos y a su madre valetudinana los invita con voz inexorable al sacrificio: «Entregad a la patria todo lo que habéis heredado. » Y a los que quieren seguir su causa, a sus discípulos más amados les habla con igual calor de la renuncia a los bienes de fortuna: «Juro por mi honor y mi conciencia... cooperar con mis bienes a la separación definitiva del gobierno haitiano y a implantar una república libre.» Jesús también había pedido esa suprema renunciación a los hombres: «Porque hay más dicha en dar que en recibir.» Después de haberlo entregado todo, el almacén heredado y la casa solariega, el pan de los suyos y el vino y el agua de su propia mesa, Duarte no abrió siquiera los labios para afear a quienes lo inmolaron su ingratitud por haberle negado hasta el derecho de morir en la patria y de recoger en su suelo una piedra donde reposar la cabeza. Su único consuelo, si acaso hubo alguno para ese ser abnegado, fueron aquellas palabras divinas leídas por él en las Escrituras, su libro de cabecera: «Mas se te retribuirá en la resurrección de los justos.» Si Duarte es grande como patriota capaz de todos los sacrificios, como hombre capaz de todas las purezas, todavía es más grande como «varón de dolores». Ninguna crueldad fue omitida por los tiranos sin entrañas que prepararon la inmolación de este inocente. Nadie lo oyó, sin embargo, emitir una protesta o exhalar una queja. Los fríos que padeció como desterrado en Hamburgo, y las amarguras que devoró como proscrito en las soledades de Río Negro, no fueron capaces de abatir su fortaleza para el sufrimiento ni de hacer brotar el rencor o la cizaña en su conciencia abnegada. Nada faltó, sin embargo, a su viacrucis, ni siquiera la befa de sus enemigos que lo tildaron de «filorio», esto es, de tonto, de cándido, de iluso. Aunque ese calificativo lo honra como honró a Jesús el cartel que mandó poner Pilatos sobre el madero de la crucifixión (Jesús Nazareno, Rey de los Judíos, J. 19-19), prueba por sí solo lo puro que era aquel visionario cuando su idealismo fue considerado por sus detractores como el único inri que podía estamparse sobre su frente sin pecado. Si los verdugos de Duarte hubieran asistido a sus últimos instantes, cuando el justo se tendió en el lecho para dormir al lado de la muerte, esos verdugos sin entrañas hubieran podido escuchar en sus labios las mismas palabras que un día oyeron aterrados los que pusieron a su Señor en un leño de ignominia y después se repartieron sus vestidos: «Padre, perdónalos.»
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