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Duarte y Santana

DUARTE Y SANTANA

Pedro Santana es la antítesis de Duarte. Las respectivas fisonomías de estos dos hombres se hallan formadas por rasgos contradictorios.

El desdén de los bienes de fortuna es el rasgo que más sobresale en la personalidad del Padre de la Patria. Entregó a la República no sólo su propio porvenir, sino también el pan de su madre y el techo de sus hermanas. En pago de ese sacrificio, realizado con heroica sencillez, no obtuvo ni reclamó jamás galardones honoríficos ni compensaciones materiales. Santana, en cambio, fue un hombre sórdido que amó el dinero y se hizo pagar con largueza los servicios que prestó al país como guerrero y como estadista improvisado. Condueño, no por obra de su esfuerzo personal, sino por los azares de la herencia, de uno de los hatos más pingües del país, impulsó a su hermano Ramón a contraer nupcias con la hija del propietario de la mitad de «El Prado», don Miguel Febles, y aguardó con fría indiferencia la desaparición de ese terrateniente para desposar a su viuda, doña Micaela Rivera. Hombre que madura planes de esa especie y que convierte en un negocio uno de los actos que aun los seres más humildes sólo realizan por amor, tiene que llevar a la vida pública la mentalidad de un avaro, incapaz de todo impulso altruista y de todo pensamiento generoso. Por eso se hizo pagar en 1853 por el Estado, con pretexto de haber sufrido daños en sus bienes personales, una cuantiosa suma que engrosó su patrimonio y que representaba para la época una cantidad considerable; y por eso, cuando estalla la guerra contra la anexión, establece su campamento en Guanuma, en sitio inhospitalario, donde las tropas son implacablemente diezmadas por las enfermedades, con el único propósito visible de impedir que los ejércitos de la Restauración atraviesen la cordillera central y se apoderen del ganado que el sedicente Marqués de las Carreras conserva en sus haciendas de El Seybo. La codicia pesa más sobre su conciencia que todo otro sentimiento, y es el único déspota dominicano de la época que saca indemne del caos político su fortuna privada. La patria llegó a reducirse en el corazón de Santana, precisamente en el momento más dramático de su vida, hasta adquirir en él las dimensiones de las sabanas de «El Prado».

Otro de los rasgos capitales de la figura de Duarte es el don de segunda vista que le permitió adivinar con asombrosa perspicacia el futuro. El prócer predicó la «pura y simple» y fue el abanderado de la independencia absoluta. Sostuvo que el país disponía de recursos suficientes para conquistar su libertad por sí solo y para sostenerla luego sin ayuda extranjera. Santana, por su parte, no creyó en la viabilidad de la República, y se hizo el portavoz de los que aspiraban a mantener bajo la sombra de una bandera extraña la separación establecida entre las dos partes de la isla por la ley de la raza y por el fuero de la lengua y de las tradiciones. La realidad, una realidad que tiene actualmente una duración de más de un siglo, y que se puede reputar ya como definitiva, le dio la razón a Duarte, el idealista, sobre Santana, el hombre que todo lo confió al interés y que juzgó infalibles los cálculos humanos.

Rasgo también sobresaliente de la personalidad de Duarte es su noción global y no fragmentaria del patriotismo. El Padre de la Patria aspiró a que sus conciudadanos vivieran libres en la heredad natal, y para él era tan inicua la esclavitud bajo Haití como la esclavitud bajo España o bajo cualquier otra soberanía extranjera. Santana, a su vez, no concibió la independencia sino frente a Haití, y vivió de rodillas, como dominicano y como gobernante, ante el gobierno de España y ante los cónsules de las naciones que a la sazón se consideraban ultra-poderosas - Los agentes consulares de todos los países hicieron temblar siempre como a un niño al león de las Carreras. El déspota que tiranizó a sus compatriotas y erigió el patíbulo en altar de Moloth para alzarse con el señorío de los débiles, no fue capaz de un solo gesto de hombría ante José María Segovia y ante dos gobiernos extranjeros que impusieron al país, con la complicidad muchas veces del elemento nativo, las más grandes humillaciones.

Pero Santana fue un guerrero al parecer invencible, y Duarte fue únicamente un apóstol y un proveedor de ideales. Las campañas que realizó el soldado han servido a sus admiradores para insinuar que sin él no hubiera habido independencia. La tesis es a todas luces aviesa y no resiste el análisis de los hombres imparciales. Lo que la historia enseña a quien no se deje sugestionar por los subterfugios de los historiadores, es que la separación de Haití fue una idea que creó Duarte, que calen Duarte con su sacrificio, y que después se abrió paso casi por sí sola. Las batallas del período de la independencia se redujeron a una serie de escaramuzas en que no hubo ni de la una ni de la otra parte ningún alarde de heroísmo guerrero. ¿Qué clase de adversarios eran aquellos que entregaron la capital de la República sin hacer un disparo? ¿Qué moral era la de esa tropa que capituló con Desgrotte ante un grupo de jóvenes armados con trabucos y con unas cuantas lanzas del tiempo de la colonia? ¿Qué batalla fue esa del 19 de marzo donde un puñado de monteros provistos de armas blancas pone en fuga a un ejército flamante que apenas ofrece resistencia y donde algunos nativos de Azua combaten blandiendo en campo raso tizones encendidos? ¿ Qué hazaña fue esa de «El Número», donde los haitianos fueron arremetidos con piedras y desalojados de sus posiciones con el humo del pajonal de la sabana? Y ¿qué batalla fue, por último, esa del 30 de marzo en que se dice que no hubo más que un contuso por parte de los defensores de Santiago a pesar de haberse hecho uso en esa acción de las cargas al machete? Las famosas batallas de la independencia fueron un juego de niños si se las compara con las acciones a que dio lugar la guerra de la Restauración. Compárese la batalla del 19 de marzo con una cualquiera de las hazañas de Luperón, y se tendrá la evidencia de haber pasado del escenario de un cuento de hadas al de una lucha verdaderamente épica.

Hágase el cotejo de la batalla del 30 de marzo con la que tuvo efecto en la misma ciudad de Santiago el día 6 de septiembre, y se tendrá la sensación de que la primera fue un lance de teatro y la segunda un verdadero encuentro de titanes. El ejército haitiano de los días en que se realizaron las jornadas de la independencia, o fue un coloso de cartón, que se deshizo tan pronto recibió la primera lluvia de balas, o fue una jauría de bandoleros que se movió impulsada por el estímulo del botín y que se aprovechó de la sorpresa para invadir la parte oriental de la isla en el momento propicio. Haití, desgarrado unas veces por dentro, y herido de muerte en otras ocasiones por el coraje moral que sobraba a su adversario, no logró ser nunca un verdadero peligro para la libertad dominicana. Bastó que, un visionario, un hombre dulce pero interiormente dotado de energías descomunales, diera calor con su sacrificio ejemplar a la idea de la independencia, para que el ejército invasor desapareciera vencido por su propio espíritu de indisciplina o por su propia cobardía. La prueba es que no existió por parte de los haitianos ningún rasgo de heroísmo. El caso de Luis Michel, el oficial haitiano que luchó con un sable hasta morir sobre la cureña de un cañón en las Carreras, es un ejemplo aislado que nada prueba en favor del heroísmo con que los invasores lucharon en tierra dominicana.

El hecho de haber salido triunfador frente a los haitianos, no constituye, pues, una recomendación digna de confianza para erigir a nadie en soldado invencible ni en verdadero hombre de armas. Cuando Santana tuvo que medir sus fuerzas con las de los grandes caudillos de la Restauración, la supuesta superioridad militar de que hizo gala, según se afirma, en las Carreras y en los campos de Azua, se reduce a algo tan ínfimo que no alcanza a hacerse visible. Cuando salió a campaña al frente de uno de los ejércitos más poderosos que se movilizaron nunca en suelo dominicano, la avaricia o el terror lo paralizaron en Guanuma y esquivó siempre el medir la fuerza de su brazo con la de los jefes restauradores, entre los cuales había algunos que, como Luperón, eran tan jóvenes que habían crecido bajo los soles de la independencia. Si Santana tuvo verdadera personalidad militar fue, sin duda, porque le acompañaron algunas cualidades superiores como conductor de tropas y como organizador de victorias: don de mando, sentido de oportunismo, puño capaz de imponer la disciplina con providencias draconianas, y cierta sensibilidad patriótica que sólo se manifestó en la lucha contra las invasiones haitianas . Fue innegablemente el hombre que organizó la victoria y precipitó la huida de los invasores, y el único que supo capitalizar en su propio provecho la gloria siempre discutible de haber vencido a un coloso de papel y haber garantizado a sus compatriotas la tranquilidad que ansiaban para vivir sin la angustia constante de los saqueos y de las incursiones a mano armada. Uno de los hombres que militaron bajo las órdenes de Santana, don Domingo Mallol, nos ha dejado la siguiente radiografía del ejército haitiano de los tiempos de la independencia: «Después de haber visto el triste talante de esta gente, puedo decir a usted que no son hombres para batirse con nosotros.» Eso no se podía decir, en cambio, de los soldados peninsulares y de los soldados nativos que midieron sus armas con los héroes de la Restauración. Lo demás o hizo en favor del vencedor de tales tropas, esa especie de sugestión colectiva que anula el instinto crítico de los pueblos y transforma a veces a agentes enteramente mediocres en figuras sobrehumanas.

Hay todavía un hecho que prueba la superioridad del alma de Duarte sobre la de Santana. El Padre de la Patria permanece veinte años en un desierto, aislado entre las fieras y sin más compañía que una docena de libros, y domina hasta tal punto sus pasiones que ni una sola vez acierta a salir de sus labios una palabra ruin o una solicitud de clemencia. Santana, en cambio, desterrado por el presidente Báez, es incapaz de afrontar las durezas del exilio, y algunos meses después pasa por la humillación de prosternarse ante el Senado para pedirle en tono humildísimo que le permita reintegrarse a la heredad nativa. El dato basta por sí solo para demostrar la diferencia de las fibras con que estaban tejidas esas dos naturalezas antagónicas: la una hecha para la abnegación y el sacrificio, y más grande en el infortunio que en los días del triunfo fácil y de la adulación interesada; y la otra, seca como un erial y más dura que una piedra cuando se halla de pie sobre el trono del despotismo, pero floja y débil cuando el dolor la hiere e cuando la adversidad la combate. Nada hay más triste ni más deplorable que la conducta de Santana cuando se ve frente al fracaso de la anexión, repudiado por los suyos y escarnecido por los mismos españoles. Su actitud es la de un vencido que desahoga su rabia en gritos de impotencia, y que, incapaz de reconocer su error, se resigna a morir doblando la frente sobre las cadenas por él mismo forjadas con cierta soberbia desdeñosa. Nunca un gran dolor halló naturaleza más flaca donde hincar sus tentáculos, ni voluntad más miserable para sostenerse en la desgracia. ¡Qué grande, en cambio, el Padre de la Patria olvidado allá en Río Negro, pero tranquilo en su patriotismo bravío y acusador en medio de su limpia inocencia y de su, grandeza resignada!

Duarte se lleva al destierro el consuelo de su inocencia y el convencimiento de su grandeza; Santana, por el contrario, cuando se refugia, en plena guerra de la Restauración, en las soledades de «El Prado», lleva a ese asilo de ignominia la amargura del fracaso y el sentimiento de su gloria afrentada.

En la obra de Duarte no asoma ningún interés personal que la rebaje o la mancille. En la de Santana, en cambio, existe siempre algo ruin, propio de un mercenario o propio de un ambicioso. Aun si se admitiera que negoció la anexión para salvar al país de las invasiones haitianas, queda siempre al descubierto en su conducta el pago que exige el mercader o el que recibe quien realiza una operación onerosa: un hombre de más altura hubiera desechado el titulo de marqués que se le ofreció por la venta y la investidura de Capitán General con que se premió su servilismo. Siempre existirá la duda de si Santana obedeció a un móvil patriótico o si lo que quiso fue permanecer, hasta el fin de sus días, gobernando el país con el apoyo de España. El autor de la anexión tenía, en efecto, cuando se consumó esa perfidia, más de sesenta años, y frente a su poderío declinante se alzaba el de otro político de garra más segura y de inteligencia más fina: Buenaventura Báez - No es cierto, por otra parte, que el país deseaba la anexión, puesto que desde 1843 lo que los dominicanos persiguieron fue un protectorado y no una reincorporación pura y simple a otra potencia extranjera. La experiencia de la Reconquista, con la cual quedaron escarmentados hasta los más acérrimos partidarios de la metrópoli, desde el propio Juan Sánchez Ramírez hasta el último de los lanceros que se batieron en Sabanamula y en Palo Hincado, determinó un cambio radical en la opinión del elemento nativo. La reincorporación de 1809, realizada voluntariamente por los mismos dominicanos, demostró que bajo la tutela de la Madre Patria no podía salir el país de su abatimiento ni sobrellevar siquiera con relativa seguridad las vicisitudes de su existencia azarosa. De ahí en adelante, no se pensó en otra solución que la de la independencia bajo la protección de una comunidad extranjera. La obra de Núñez de Cáceres en 1821 fue una simple reacción contra el abandono en que España mantenía la colonia, y el Plan Levasseur fue, veintidós años más tarde, un resurgimiento del propósito del antiguo rector de la Universidad de Santo Domingo bajo la única forma entonces compatible con las circunstancias reinantes - Santana incurre en el error de apartarse de esa vía y de imponer a sus compatriotas, contra las lecciones de la historia, la misma solución de 1809: tremenda falta de sentido político al mismo tiempo que testimonio irrecusable de insensibilidad patriótica.

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