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OTRA VEZ CON SUS DISCÍPULOS L a noche del mismo día de su llegada, Duarte se reunió con sus discípulos. La rapidez con que los acontecimientos se habían desarrollado, desde que la rebelión fue iniciada en la Puerta del Conde, hacia indispensable la presencia activa en la vida pública de los verdaderos trinitarios, único modo de impedir que el Estado naciente sucumbiera ante un nuevo intento de invasión de los haitianos o ante la ambición ya despierta de algunos elementos nativos de ideas poco liberales. Muchos dominicanos que habían colaborado con el invasor o que juzgaban indispensable la protección de una potencia europea o la de los Estados Unidos, se habían incorporado al movimiento de la Puerta del Conde y estaban ya, a los pocos días de fundada la República, ocupando en la nueva administración posiciones de importancia. Tomás Bobadilla, hombre de confianza de Boyer en un momento dado, presidía la Junta Central Gubernativa. Otros, como Buenaventura Báez y el doctor José María Caminero, aspiraban al poder para sí mismos o para medrar a la sombra de alguna medianía autoritaria. Al ánimo de Duarte se llevaron esos recelos, que hubieran fácilmente prendido en una conciencia menos elevada. Para muchos era él el llamado a recibir, como un premio a su abnegación sin medida, los honores del mando. Los qué ya empezaban a hacer ambiente a la candidatura del general Pedro Santana, sin tener en cuenta que aún había fuerzas extranjeras en la heredad nacional, eran los que menos entusiasmo habían mostrado por la causa de la independencia y aquellos precisamente que habían venido a sumarse al movimiento redentor cuando ya la victoria estaba a la vista y la libertad casi alcanzada. Entre los mismos trinitarios había algunos a quienes esa propaganda inspiraba hondos temores. Acaso el propio Ramón Mella, la figura que más se destacó en la hazaña de la Puerta del Conde, acariciaba desde mucho tiempo atrás la idea de que Duarte fuese el escogido para el gobierno que surgiera de la primera apelación al sufragio. Pero en esta reunión de Duarte y sus discípulos, la primera que no se celebraba en secreto y bajo el ojo siempre abierto de los dominadores, no se habló más que de la necesidad de consolidar la independencia, aún vacilante, y de mantenerla después en forma absoluta frente a cualquier posible renacimiento del ya antiguo plan de los afrancesados. El respeto que el apóstol inspiraba a sus amigos hubiera hecho repugnante para los mismos trinitarios cualquier insinuación capaz de herir la pureza de aquel hombre de honradez verdaderamente inmaculada. Todos se sentían en su presencia tocados por algo de la probidad casi divina que resplandecía en su conciencia y asomaba como una luz interna a su semblante bondadoso. Pero si allí no se habló de nada que pudiese ofender la albura de aquel varón virtuoso, sí se ratificó el juramento hecho el 16 de julio de 1838 en la morada de Juan Isidro Pérez: la patria debía ser libre, íntegramente libre, y la república así constituida debía organizarse interiormente sobre el respeto a le ley y a los fueros de la persona humana. Toda manifestación de barbarie, capaz de retrotraer el país a la era de terror que acababa de ser clausurada, debía ser rechazada por los soldados de «La Trinitaria», sociedad constituida para librar a la patria del yugo de los haitianos y para establecer luego una república en donde los hombres pudiesen vivir al abrigo de las leyes, y en donde ningún déspota pudiera alzarse con el señorío de las conciencias oprimidas. Con esta consigna iban a terciar en la política, tan pronto como el suelo nacional quedara libre del último soldado invasor, los filorios, a quienes la patria debía su libertad. Pero ante todo era preciso tender por todos los medios a la unión de los dominicanos de ideas opuestas, único medio de impedir que la discordia pudiese causar heridas irreparables a un pueblo que necesitaba vivir en pie de guerra frente a un vecino codicioso. La autoridad constituida sería, pues, respetada. Si el poder público recaía en ministros indignos de ejercerlo, el deber de todo trinitario era ceñirse a sus mandatos y contribuir, por medios pacíficos, a que la República adquiriera una fisonomía cada vez más democrática. Con lo que no se transigiría era con ninguna medida encaminada a privar al país de un jirón cualquiera de su independencia o su soberanía. Duarte y sus discípulos, no obstante la repugnancia que a todos inspiraba la violencia, apelarían a las armas, en caso necesario, para frustrar cualquier atentado a la honra nacional. Estas ideas, expresión del inextinguible idealismo de los creadores de «La Trinitaria», servirían de molde a la conducta de estos hombres de pensamiento liberal, y aun aquellos que, como Ramón Mella, necesitaban satisfacer en alguna forma los arranques de su temperamento impetuoso, ávido de acción e hirviente de amor a la República, sacrificarían a esos empeños generosos su sed de jerarquía y sus ambiciones personales.
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