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EL PATRIOTA APOSTOLADO PATRIÓTICO Mientras cultiva su espíritu, Duarte no cesa de transmitir los conocimientos que adquiere a la juventud de su ciudad nativa. Durante cuatro años consecutivos, de 1834 a 1838, no ha dejado de ofrecer clases de idiomas y de matemáticas a un grupo de jóvenes humildes que acuden todas las tardes al almacén situado en la calle de «La Atarazana». A los más preparados, pertenecientes muchos de ellos a las familias más distinguidas de la antigua capital de la colonia, les franquea las puertas, de la filosofía y de otras ramas de las humanidades. La popularidad y el ascendiente del joven maestro cunden sobre una gran parte de la población con este apostolado. Muchos de los discípulos empiezan a sentir por él una adhesión fervorosa. Su sabiduría y su dedicación a la enseñanza de la juventud le han convertido en el centro de un grupo numeroso de conciencias juveniles en las cuales se agita en cierne la patria en esperanza. Duarte se ocupa durante estos cuatro años en mantener al día los libros del establecimiento comercial de su padre. Pero como no es mucha la labor que exige el escaso movimiento del almacén de don Juan José Duarte, debido a que la demanda de artículos de marinería había considerablemente mermado con las medidas adoptadas por Boyer para aislar la isla del comercio extranjero, el joven contabilista dispone de casi todo su tiempo para la obra de preparar a la juventud que ha de realizar la independencia. Al mismo tiempo que suministra lecciones gratuitas de aritmética y de lengua inglesa a jóvenes procedentes de todas las clases sociales, hace circular sus libros entre los discípulos más aventajados y se ocupa personalmente en atraer de nuevo a quienes se muestran tibios o a quienes desertan por apatía de sus clases improvisadas. Pronto el almacén de «La Atarazana» se convierte en sede de una junta revolucionaria. La palabra de Duarte ha penetrado en el corazón de un grupo de jóvenes idealistas y poco a poco se han fundido las voluntades de todos en una aspiración común: la de separar la parte española de la isla de la parte haitiana. Pero ahora la liberación no se realizaría, como en 1809, en beneficio de España, sino en provecho exclusivo de la antigua colonia, que seria esta vez emancipada. Duarte lanza, pues, la idea, y la acogen con entusiasmo aquellos de sus discípulos que más se han destacado por su fervor a los principios que predica el apóstol y aquellos que le testimonian una fidelidad más abnegada: Juan Isidro Pérez, Pedro Alejandrino Pina, Félix Maria Ruiz, Benito González, Juan Nepomuceno Ravelo, José María Serra, Felipe Aifau y Jacinto de la Concha. La misión de esta junta, para cuya instalación debía escoger su iniciador alguna fecha solemne, consistiría en preparar, dentro de un ambiente de sigilo, la conjura contra los invasores. Los resultados dependerían, según lo hizo saber al grupo el propio Duarte, de que entre los ocho elegidos no se filtraran ni vacilantes ni traidores. Uno de los ocho, tal vez el único que había nacido en cuna de marfil y cuya familia había disfrutado de no escasa influencia bajo la dominación española, frunció el ceño al oír esta advertencia, que tuvo en labios del apóstol la entonación y el sentido de una consigna sagrada.
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