![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
GENEALOGÍA Aunque cuidó de que no trascendiera a Pujol, quien durante el viaje había herido frecuentemente sus fibras patrióticas con alusiones despectivas a su tierra y a sus conciudadanos, Duarte sintió en toda su intensidad la emoción de todo criollo que llega por primera vez a España. La tierra que pisaba tenía derecho a ocupar en su corazón siquiera una mínima parte del afecto reservado para su patria nativa. Su padre, en efecto, procedía de legítima solera andaluza; y era, además, un ciudadano español de finísimo espíritu y de abolengo distinguido. Nacido en un pueblo de Andalucía, no lejos de Sevilla, Juan José Duarte perteneció a una familia de cuna no vulgar, en la que sobresalieron hombres de armas y de letras, sobre todo varones de muchísimas virtudes que se distinguieron en la carrera religiosa. Todavía muy joven, emigró a Santo Domingo, y gracias a sus conocimientos en náutica pudo abrir, en la antigua calle de la Atarazana, vieja arteria de la urbe colonial que tenía fácil acceso a los muelles del Ozama por la vecina Puerta de San Diego, un establecimiento donde los buques que arribaban en aquella época a la isla se proveían de forros y de otros artículos similares. El almacén de Juan José Duarte se hizo pronto popular entre la marinería que abordaba el Ozama procedente de los puertos de Europa, en naves con frecuencia averiadas por los vendavales del trópico o por las largas navegaciones. El inmigrante sevillano, cuyos negocios prosperan no obstante las vicisitudes por las cuales atraviesa la colonia a causa de la cesión a Francia, lo que hizo cundir la pobreza y el disgusto entre los naturales, contrae hacia 1800 matrimonio con una criolla por cuyas venas circulan a la par la sangre indígena y la sangre española: doña Manuela Diez, hija legítima de don Antonio Diez, oriundo de la villa de Osorno, y de doña Rufina Jiménez, natural de Santa Cruz del Seybo. Entre los ascendientes de doña Manuela figuran un sargento mayor de la plaza del Seybo, don Juan Benítez, y una clarísima dama de la misma villa, doña Francisca Bexarano. El matrimonio con una dama vinculada, por poderosos vínculos de familia, al suelo dominicano, acaba por unir definitivamente a don Juan José Duarte a su nueva patria adoptiva. Los cambios desfavorables que ocurren en la isla, antes y después de la hazaña de Palo Hincado, no influyen en la decisión por él adoptada, y mientras muchos de sus compatriotas abandonan a Santo Domingo cuando se hace efectivo el traspaso a los franceses o cuando la soldadesca haitiana implanta el terror entre las familias españolas, Juan José Duarte figura entre el elemento peninsular que resuelve correr la suerte de la gente oriunda del país y solidarizarse en la desgracia con la población nativa. Los motivos de orden sentimental que le dictan esa determinación parecen obedecer, en su oculto origen, a influencias misteriosas. El segundo de sus hijos, aquel a quien la Providencia destinaba para libertador de la patria, no había aún nacido cuando ocurre la cesión a Francia, y todavía no ha salido de la niñez cuando la barbarie llega al país con los soldados de la ocupación haitiana. Si Juan José Duarte sigue el ejemplo de la mayoría de sus compatriotas y emigra como ellos a Cuba o Venezuela, el elegido de Dios se hubiera seguramente apartado de la vía a que lo predestinaban sus genios tutelares. Pero la inteligencia suprema que dirige la marcha de los pueblos y traza a los hombres su trayectoria inexplicable, dispuso que no se rompiera el lazo que vinculaba al país el hogar en donde debía nacer el Padre de la Patria. No es éste el único misterio que rodea la vida de Juan José Duarte y que hace que el inmigrante español obedezca, desde que se radica en la isla, a ciertos designios sobrenaturales. Los españoles residentes en Santo Domingo, especialmente los de origen catalán, se plegaron de buen grado, en 1822, a la ocupación haitiana, e hicieron manifestaciones públicas de adhesión al gobierno de Boyer por espíritu de represalia contra las medidas dictadas cuando Núñez de Cáceres proclamó la separación de la parte oriental de la isla de la corona de España. En el acta constitutiva del gobierno provisional que se creó a raíz de la proclamación de la independencia de 1821, se incluyó, en efecto, un artículo en virtud del cual fueron eliminados de los empleos y magistraturas civiles todos los funcionarios de nacionalidad española. Poco después, por instigación del propio Núñez de Cáceres, el gobierno provisional impuso al comercio un empréstito de sesenta mil pesos destinado a cubrir las necesidades más urgentes del servicio público, en vista de que la perezosa administración de don Pascual Real, último gobernador de la colonia, había dejado exhaustas las cajas del tesoro, y fueron principalmente los comerciantes catalanes, los únicos que disponían de riqueza en el país esquilmado por los tributos y arruinado por la cesión a Francia y por otras vicisitudes, los que debieron soportar las consecuencias de esa medida imperiosa. El resentimiento producido entre el elemento peninsular por la expulsión de los españoles del servicio público, llegó con la nueva providencia a tal grado de irritación que el señor Manuel Pers y el señor Buenjesús se pusieron a la cabeza de los comerciantes catalanes y realizaron una verdadera guerra de propaganda contra el gobierno que acababa de decretar la independencia del país de la monarquía española. Cuando Boyer arriba a la ciudad de Santo Domingo al frente de sus compañías de granaderos, el comercio español se apresuró a dirigirle un manifiesto en que se declaraba en desacuerdo con la República creada por Núñez de Cáceres y se adhería al nuevo orden que iba a ser implantado por la soldadesca haitiana. Juan José Duarte, a quien se invitó a firmar ese documento ignominioso, no sólo se negó a estampar su nombre al pie del manifiesto, sino que desaprobó públicamente aquel acto como indigno de la hidalguía española. Juan José Duarte soporta durante veintidós años los horrores de la ocupación haitiana. Durante ese tiempo se retrae de todo contacto con los invasores y trata de levantar su familia al margen de la atmósfera impura con que Borgellá y sus continuadores se empeñan en corromper la sociedad dominicana. Cuando aquel de sus hijos en quien ve mejor reproducidas las grandes virtudes de su raza, llega a la adolescencia, se preocupa por sustraerlo del ambiente nativo, más sucio a la sazón que un establo, y lo envía a Estados Unidos y a Europa, donde espera que las fibras de su carácter, aflojadas por la servidumbre, se endurezcan en el estudio y adquieran la templanza requerida por la situación de su país gracias al contacto con un centro de cultura avanzada. Cuando Duarte, reincorporado ya a su medio, empieza su obra revolucionaria y se expone a sí mismo y expone a su familia a la saña de los invasores, el hidalgo sevillano mira con secreta simpatía y con íntimo orgullo la empresa acometida por su hijo para rescatar a su patria del dominio extranjero. Doña Manuela, a quien cierto egoísmo de familia pudo haber conducido a emplear el ascendiente que tenía sobre su vástago para disuadirlo de una obra tan arriesgada como era la de demoler el despotismo haitiano, no entorpeció tampoco la labor del más amado de sus hijos, heredero de la ejemplar entereza de aquella mujer de gallardía espartana. Cuando le llegó la hora de sacrificar sus bienes para que su propio hijo los convirtiera en fusiles y en cartuchos, o la hora de expatriar-se para sobrellevar los sinsabores de su viudez en tierra extraña, afrontó la adversidad con intrepidez conmovedora. El espíritu de sacrificio con que la madre asiste, en actitud silenciosa, primero a sus trabajos revolucionarios y después a su larguísima expiación, es una de las causas que más poderosamente contribuyeron a sostener el carácter de Duarte, que jamás se doblegó ni bajo el peso del infortunio ni bajo el rigor de las persecuciones. Los padres fueron, sin duda, dignos del hijo, y éste fue, a su vez, digno de la estirpe moral de sus progenitores. Pila bautismal de la iglesia de Santa Bárbara, donde fue bautizado Juan Pablo Duarte.
|
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||