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LA LECCIÓN DE ESPAÑA La llegada de Duarte a España coincide con un periodo de intensa agitación política en la península y, en general, en toda Europa. A la irrupción napoleónica, especie de vendaval que levantó, sobre las ruinas del antiguo régimen, el derecho de los pueblos a reinar sobre los tronos carcomidos, seguía ahora un sacudimiento de la conciencia democrática que empezaba a golpear las bases de las monarquías ya en muchas partes quebrantadas. Duarte, desde su arribo a la Madre Patria, puede así recoger en su corazón el eco de los tumultos callejeros que sacudían a Europa de un extremo a otro. La tierra que pisa este joven desconocido es tierra caldeada por tremendas pasiones y en todas partes, en el teatro, donde la reacción romántica, encabezada por Martínez de la Rosa ofrece al pueblo, como en las tragedias de Alfieri, héroes febriles que declaman arrebatados por las musas de la libertad; en la plaza pública, invadida también por las furias de la revolución, y en las asambleas parlamentarias, el aire que se respira es aire henchido de protestas cívicas y de reivindicaciones humanas. Duarte había presenciado en su propio país, casi desde que nace, un espectáculo diametralmente opuesto: su patria yacía en la esclavitud y las conciencias parecían dormidas bajo el yugo impuesto por Haití a los dominicanos. El aire que allí se respiraba era aire de servidumbre, y todo, hasta la Iglesia, se hallaba cubierto de tinieblas, silenciado bajo un borrón de infamia. La Universidad no existía; las principales familias de la colonia habían emigrado a Cuba y a otras tierras vecinas; el clero, único apoyo del hogar durante aquel siniestro cautiverio, permanecía también enmudecido bajo la mordaza oprobiosa, y todos, todos los hombres, no disfrutaban de más derechos que el de comer afrentados el duro pan que se come al arrullo de las cadenas. El contraste entre esas dos realidades debió, sin duda, de conmover profundamente el alma de este estudiante débil y aparentemente tímido, pero de naturaleza apasionada. La primera idea que lo asalta, al medir en toda su intensidad, desde el suelo libre de Europa, la tragedia de sus compatriotas, es la de dedicarse con fervor al estudio y la de prepararse intelectualmente para emprender luego en la patria, el día que retorne, la empresa de redimir a su pueblo de la miseria moral en que permanece sumido. No se preocupa por adquirir una profesión que le permita hacerse dueño de grandes bienes de fortuna, y más bien trata de apresurar sus tareas intelectuales y de orientarlas hacia aquellas ramas de las ciencias y de las humanidades que mejor podrían servirle para ejercer sobre sus conciudadanos una especie de magisterio apostólico. La filosofía es, entre todas las asignaturas que cursa en la Madre Patria, la que más le atrae, y a ella dedica largas horas de lectura. Su mente se va así fortaleciendo para el sacrificio y todas las fibras de hombre sufrido, de hombre inconcebiblemente abnegado que había en su alma, se templan hasta la rigidez en aquel aprendizaje digno de una conciencia romana. Las noticias furtivas que el estudiante recibe de su país son desconsoladoras. La tiranía de Jean Pierre Boyer, el astuto gobernante haitiano que mantiene toda la isla sometida a su despotismo irrefrenable, se torna cada día más pesada. La pobreza aumenta cada año, la vigilancia del sátrapa y de su soldadesca es cada vez más grande, y la reclusión de las familias en sus hogares, único signo de protesta que se vislumbra en medio de la abyección, sólo sirve para excitar la cólera de los invasores. El gobernador militar de Santo Domingo y las autoridades del departamento del Cibao se empeñan en desterrar el idioma español de las pocas escuelas que continúan abiertas, y la lengua de los dominadores es la que preferentemente se emplea en todos los documentos oficiales. El estrago y la ruina se extienden por todas partes, y, mientras tanto, envilecida en medio de aquel desierto, la conciencia nacional permanece aletargada. La estancia en Cataluña se le hace a Duarte insoportable. Su sensibilidad patriótica, herida hasta lo más profundo por los informes que recibe desde la isla distante, no puede resistir aquella prueba. Ya el hombre, por otra parte, ha visto de cerca la libertad, y ha contemplado cara a cara, con sus ojos asombrados de estudiante de filosofía, el nacimiento de un nuevo mundo moral que empieza a remover a Europa y que brota lentamente de las entrañas de sus pueblos cansados. En lo sucesivo, un solo pensamiento lo domina: el de anticipar su regreso para emprender en su patria la obra de convencimiento y de conspiración necesaria hasta que logre arrancar y sustituir por otra que ya ondea en sus sueños la odiosa bandera que al partir dejó flotando sobre la vieja fortaleza española. Finaliza el año de 1833 cuando Juan Pablo Duarte abandona a Europa y emprende el camino del regreso. Los parientes que sobre el viejo y destartalado muelle del puerto de Santo Domingo de Guzmán lo reciben una mañana en sus brazos, ante la indiferencia de los soldados haitianos, que vigilan los contornos y efectúan el registro de las embarcaciones que de cuando en cuando llegan al Ozama, quedan sorprendidos de la transformación experimentada por el viajero y de la cual el rostro muestra algunos signos visibles: la fisonomía se ha vuelto más severa y en los ojos azules se ha hecho más-honda y más frecuente la nube de la melancolía. La casa de don Juan José Duarte y de doña Manuela Diez se llena pocas horas más tarde de familiares y amigos que acuden a saludar con júbilo al recién llegado. Entre ellos se filtran muchos curiosos ávidos de noticias del exterior, y algunos jóvenes de espíritu inquieto a quienes una secreta afinidad aproxima al futuro Padre de la Patria. Las miradas de Duarte se detienen con atención en algunos de sus compañeros de infancia. Allí está Juan Isidro Pérez, un estudiante de alma tierna que parece excederlos a todos en adhesión inconsciente y pasional al que desde aquel mismo día reconocerá por maestro; Juan Alejandro Acosta, ya a la sazón marino experimentado y visitante asiduo del almacén abierto por Juan José Duarte en la calle de La Atarazana,. José María Serra y algunos jóvenes más de temperamento romántico que no habían visto otras costas que las de su país nativo, pero que en la cautividad se habían refugiado en la meditación soñadora. Entre las personas de viso que con mayor entusiasmo celebran el retorno de Duarte figuran el presbítero José Antonio Bonilla y el doctor Manuel María Valverde. Este último interrumpe súbitamente las expansiones amistosas de los visitantes, para hacer a Juan Pablo una pregunta que no produjo en ninguno de los presentes la menor sorpresa: —¿Y qué fue lo que más te impresionó en tus viajes por Europa? Cuando todos, inclusive el interpelante, esperaban una respuesta frívola, Duarte responde con voz trémula pero teñida de emoción y de firmeza: —Los fueros y las libertades de Cataluña; fueros y libertades que espero demos un día nosotros a nuestra patria. La frase cayó en medio de la sala como un proyectil fulminante José María Serra se levantó electrizado de su asiento, y Juan Isidro Pérez, vibrante como una cuerda golpeada, tembló desde los pies a la cabeza. El doctor Valverde, desconcertado primeramente por aquella respuesta inesperada, se adelantó luego hacia su amigo para decirle con voz cálida: —Si algún día emprendes esa magna obra, cuenta con mi cooperación Algunas semanas después, Duarte se reúne con los amigos y condiscípulos que se congregaron en su hogar el día de su llegada. Pero durante estos primeros encuentros, no denuncia a nadie sus propósitos ni deja traslucir en sus palabras el motivo de sus preocupaciones. Todos sus pasos, por el contrario, parecen obedecer a una cautela asombrosa. Su primera medida debe consistir en una obra de captación personal, y a lo que tiende, por el momento es a atraerse a los hombres que por razones de edad y de sentimiento son más susceptibles de adherirse con entusiasmo a la empresa que ya tiene proyectada. El medio que utiliza para esta labor de atracción es el de ascendiente moral que sobre muchas de esas almas jóvenes podía entonces darle la superioridad de la cultura. Gracias a los conocimientos que adquirió durante su estancia en Barcelona y a cierto don de simpatía personal con que lo dotó abundantemente la naturaleza, le fue fácil convertirse en el mentor de aquella juventud ansiosa de enseñanza. El almacén de la calle de La Atarazana se transforma en una especie de ágora, a donde acuden muchos jóvenes a recibir cada día de labios de Juan Pablo Duarte lecciones de latinidad, de matemáticas, de literatura, de filosofía y de otras ramas del saber humano. El maestro habla a sus discípulos sin petulancia, pero subraya sus palabras con el ademán persuasivo del que convence y del que crea. Aquellas lecciones, que tenían más bien el carácter de un diálogo que el de una cátedra, despiertan en muchos de los que escuchan fibras que durante el cautiverio permanecieron ignoradas: en José María Serra nace la vena del escritor y del poeta emotivo; en Pedro Alejandrino Pina empiezan a vibrar, con resonancias de himno patriótico, las cadencias de la cuerda oratoria; y en los demás brota, con impetuosa energía, el sentimiento nacionalista, revuelto a veces con el de la inspiración literaria. Las ciencias y las letras crean desde aquel momento, entre Duarte y sus discípulos, una fraternidad que en lo sucesivo se irá haciendo más estrecha con el sufrimiento y las persecuciones. Creado el vínculo indestructible mediante esa especie de relación enigmática que tiene la palabra de los grandes redentores, Duarte se decide a desnudar su pensamiento a aquellos de sus compañeros a quienes considera más adictos a él o más aptos para la labor de propaganda secreta que la libertad de la patria hará en lo adelante necesaria. Mientras Juan Pablo Duarte pasa con sus discípulos del trato puramente intelectual al conciliábulo patriótico, las autoridades haitianas contemplan con indiferencia los movimientos de este grupo de conspiradores: el gobernador, Alexis Carné, sucesor de Borgellá, no sospecha siquiera que aquel joven pálido, que parece tener el soñar y el leer libros de filosofía por ocupación constante, sea capaz de erigirse en vengador de su patria y de encender la llama de la revolución en el alma de la nacionalidad sojuzgada.
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