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La Partida

Joaquín Balaguer

EL CRISTO DE LA LIBERTAD

VIDA DE JUAN PABLO DUARTE
SANTO DOMINGO
REPUBLICA DOMINICANA
2000

LA PARTIDA
Una mañana del año de 1830,* del terrible año a que alude la profecía de Gabriel
Rosseti, zarpa del viejo puerto de Santo Domingo de Guzmán una pequeña
embarcación sobre cuyo mástil flota, acariciada por las brisas que sacuden los árboles a ambas riberas del Ozama, la bandera de España. Sobre la cubierta de la frágil embarcación, casi tan débil como las mismas en que algunos siglos antes entraron por aquel río legendario los descubridores, se halla de pie un adolescente de ojos azules y de finos cabellos ensortijados. Su vista permanece suspensa, mientras se aleja la nave, de un grupo de personas que desde el muelle agitan sus pañuelos en señal de despedida. En el centro del grupo se destaca el padre del viajero, un hidalgo de noble continente que ha abandonado ese día sus quehaceres para dar el último abrazo al hijo a quien envía a España en busca de la cultura que no podía ya ofrecerle el país con su creciente pobreza y su universidad clausurada. Junto a él, apoyándose en su brazo y con el año más probable del viaje de Duarte a los Estados Unidos y Europa, según algunos historiadores, es el de 1827.

Los ojos llenos de lágrimas, se divisa la silueta de una matrona alta y delgada, en quien es fácil reconocer a la madre por el tesoro de ternura que pone en el ademán con que agita la mano para despedir al que se ausenta. Y entre ambos, llenas de. inquietud pero al propio tiempo felices por las esperanzas que despierta en su corazón aquel viaje, las cuatro hermanas del adolescente de pupilas azules siguen con ansiedad la estela que va dejando la nave sobre el río de mansas ondas rizadas.

El joven que se ausenta en aquella mañana de primavera, a bordo de una endeble
embarcación española, es Juan Pablo Duarte, segundo hijo del matrimonio de Juan José Duarte y de doña Manuela Diez Ximenes. Cuenta a la sazón con poco menos de diecisiete años pero ya denuncia en los profundos surcos de la frente y en la mirada soñadora su inclinación al estudio y cierta vaga curiosidad por la ciencia y la filosofía.

Su porte, tal como se descubre bajo la oscura casaca que desciende 'irreprochablemente de los hombros, es de una distinción que sorprende en aquel joven cuyo semblante varonil contiene algunos rasgos femeninos que comunican al conjunto de su figura un aire de persona enfermiza y delicada. Hasta la frente alta y tersa descienden, en efecto, algunas hebras doradas, y las mejillas tienen una palidez de nácar que se torna más intensa merced a la dulzura que despide su mirada candorosa. Todavía quienes le conocieron en la plenitud de la vida, cuando ya las líneas de su rostro se habían endurecido por los años y cuando ya el dolor había abierto en su frente los surcos que desgarran prematuramente a los grandes desengañados, hablan con admiración de sus mejillas suaves como las rosas y de sus ojos acariciadoramente bondadosos. Algunos detalles, sin embargo, atenúan el narcisismo que asoma en ciertos rasgos de la figura y del semblante de este adolescente afiebrado. El bozo, en primer término, apunta ya nerviosamente sobre su labio, y tiende a adquirir un color oscuro que contrasta con el oro pálido de la cabellera ensortijada; el mentón anguloso acentúa por su parte el aire varonil, y bajo la mansedumbre de la mirada, no obstante despedirse de ella una suavidad extraordinaria, se adivina la energía del carácter, tal como por el brillo de la
hoja se infiere el temple del acero.

Cuando la nave abandona el río y se adentra en el mar, sereno en aquel momento bajo la plenitud de la mañana, los ojos de Duarte se clavan en la Torre del Homenaje, el viejo bastión erguido frente al Océano, y de súbito su semblante de adolescente se entristece: la última visión de la patria que contempla allá en la lejanía es la de la bandera de Haití, enseña intrusa que flota sobre la fortaleza colonial como un símbolo de esclavitud y de ignominia. Tal vez desde ese instante nació en su pensamiento el propósito de volver un día a redimir a su pueblo de tamaña afrenta y a bajar de aquella torre la enseña usurpadora.
 

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