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Ministro Plenipotenciario

MINISTRO PLENIPOTENCIARIO DEL GOBIERNO DE LA RESTAURACIÓN

El 28 de junio se reunió Duarte en Curazao con el señor Melitón Valverde, investido también con la calidad de Ministro Plenipotenciario y Agente Confidencial de la República Dominicana cerca de los gobiernos de Venezuela, Perú y la Nueva Granada.

Saint Thomas era entonces punto de escala casi ineludible para los viajeros que retornaban de Europa. y el apóstol consideró necesario dirigirse a aquel puerto con el fin de interesar en sus trabajos revolucionarios a algunos personajes que debían, según sus noticias, detenerse en la isla, antes de continuar viaje al continente. El señor Melitón Valverde, provisto con cartas .de Duarte para el presidente interino de Venezuela, general Desiderio Frias, y para el general Manuel E. Bruzual, se dirigió mientras tanto a Caracas.

Pero la situación de Venezuela, donde los golpes de cuartel hacen parte de la actividad casi diaria y donde en el escenario. político cambian continuamente los actores, ha sufrido modificaciones importantes cuando Duarte llega algunas semanas después a la ciudad del Ávila. El general Bruzual, «el soldado sin miedo», ha sido encarcelado, y muchos de los simpatizantes de la causa dominicana han perdido su anterior ascendiente en las esferas oficiales. La torpeza del señor Melitón Valverde, quien ha hecho demasiado públicas sus funciones de agente confidencial, ha contribuido, por su parte, a enrarecer el ambiente favorable que hasta hacía algún tiempo prevalecía hacia los ideales de la Restauración en el gobierno venezolano. El apóstol comprende que es indispensable proceder en lo adelante con un tacto exquisito. Los agentes de España en Venezuela espían todos sus pasos y el elemento oficial no desea autorizar acto alguno que pueda hacer su conducta sospechosa. Duarte encuentra, sin embargo, el modo de entrevistarse con el presidente Frías y le expone la situación reinante en la República, en  donde la guerra se desenvuelve con perspectivas cada vez más favorables para las armas dominicanas. El mandatario venezolano, aunque se muestra convencido por las razones que Duarte invoca y no oculta las impresiones dejadas en su animo por aquella elocuencia llena de efusividad insinuante, aconseja prudencia al apóstol y advierte que la ayuda prometida deberá aplazarse tanto en vista de la crisis interna de Venezuela, amenazada a la sazón por amagos revolucionarios, como por la actitud recelosa en que se hallan las autoridades españolas -Frías, por otra parte, ejerce el poder provisionalmente y su misma situación personal le obliga a proceder con extrema prudencia para que no se le pueda acusar de haber creado al gobierno complicaciones internacionales.

El medio que se ofrece por el momento más expedito, es el de abrir en Caracas una  suscripción para recoger fondos en favor de la causa dominicana. Duarte, quien tiene por costumbre no recibir ni administrar el dinero que se recolecta para la labor patriótica, encarga de esa misión al señor Melitón Valverde. Mientras su compañero de gestión diplomática se ocupa en esos menesteres, el apóstol no desmaya un momento en su, tarea de promover una ayuda verdaderamente eficaz por parte del gobierno venezolano, el único que puede facilitarle los medios para organizar una expedición que se dirija con pertrechos abundantes a los puertos de la República controlados por las fuerzas revolucionarias. El 25 de noviembre visita con ese fin al general Falcón, presidente titular de Venezuela, quien tantea desde Coro la situación política. Más de un mes permanece Duarte allí en espera de la ayuda que le promete de nuevo el mariscal venezolano. Por fin, el 3 de enero de 1865, Falcón despide al prócer, en presencia del vicepresidente de la República, con las siguientes palabras: «Vaya usted con el general, y le aseguro que quedará complacido, pues él lleva mis órdenes.»

Ya en Caracas, para donde Duarte sale ese mismo día, el vicepresidente se limita a poner a disposición del prócer dominicano la suma de trescientos pesos sencillos, limosna irritante con que se quiso dar un corte definitivo a las conversaciones del apóstol con las autoridades venezolanas .

El fracaso de las gestiones diplomáticas confiadas al Padre de la Patria se debió en gran medida a la falta de tacto con que actuó el Gobierno Provisorio. El deseo de obtener un reconocimiento precipitado, con el propósito de que el Gobierno de Isabel II se decidiera a ordenar la desocupación de Santo Domingo, objeto desde fines de 1864 de negociaciones encaminadas por conducto de Haití, indujo a los directores del movimiento restaurador a enviar a Venezuela, con el carácter también de Ministro Plenipotenciario y Agente Confidencial, al general Candelario Oquendo, hombre de escasa inteligencia que cumplió su misión sin la delicadeza necesaria. Las torpezas cometidas por Melitón Valverde, quien desde que llegó a Caracas en los primeros meses de 1864 procedió en forma que desagradó al Gobierno de Venezuela y que atrajo la atención de los representantes oficiosos de la monarquía, se agravaron con las que a su vez hizo el comandante Oquendo, persona que además resultaba poco simpática al presidente Falcón por haber figurado hasta hacía poco en el bando de sus opositores.

El 5 de enero> recién llegado a la capital venezolana des-pués de su viaje a Coro, Duarte se dirige en los siguientes términos al Gobernador Provisorio: «Me parece conveniente advertir al Gobierno que no se empeñe en mandar nuevos comisionados para este asunto, puesto que, sin presunción puedo decirlo, yo me basto para el caso.

No hay necesidad de hacer gastos inútiles, sobre entorpecer las negociaciones que de antemano tenía yo tan bien preparadas.» Los agentes de la monarquía conspiraban sin descanso, por otro lado, contra las negociaciones dirigidas por Duarte. Casi toda la prensa extranjera, influida por la propaganda de los representantes españoles, difundía la especie de que en Santo Domingo, antes que una verdadera lucha en favor de la independencia nacional, lo que existía era una discordia de carácter civil entre una parte del pueblo, adicta al ideal utópico de los trinitarios que abogaban por el restablecimiento de la soberanía en una forma absoluta, y una gran mayoría de anexionistas que militaban en diversos partidos: mientras los unos apoyaban la reincorporación a España, otros se decidían por un pacto con los Estados Unidos o por un concierto con Francia. Dentro de esta atmósfera trabaja Duarte sin descanso para lograr el reconocimiento de la República por parte del Gobierno de Venezuela, o para obtener en dinero y en pertrechos de guerra la ayuda que hace -falta a sus compatriotas para decidir en favor de la libertad la lucha iniciada en Capotillo- Con el comandante Oquendo, a quien el 8 de marzo despide para Santo Domingo, envía al Gobierno Provisorio una larga exposición en que le da cuenta, con honda amargura, de la actitud final del presidente Falcón y de la situación de Venezuela, desgarrada entonces por sordas disensiones internas. «El general instruirá a usted —dice al Ministro de Relaciones del gobierno presidido por Gaspar Polanco— de los pormenores de esta farsa y de los personajes que juegan en ella el principal papel. El dirá a usted que Venezuela no tiene nada que envidiarle a Santo Domingo en cuanto a intervenciones, a anexionismo, a traiciones, a divisiones, a ansiedades, a dudas, a vacilaciones, y en cuanto a malestar, en fin, de todo género.»

Mientras desempeña con celosa actividad sus funciones de agente diplomático, Duarte vigila desde el exterior los acontecimientos que se desarrollan en su país nativo. Sus comunicaciones oficiales están llenas de enérgicas advertencias dirigidas al Gobierno Provisorio. Al dar respuesta al oficio en que se le participa el nombramiento de Gaspar Polanco como Presidente Provisional, asiente al criterio de las nuevas autoridades sobre la conveniencia de que se escarmiente con energía a los traidores, pero inmediatamente le hace al nuevo mandatario esta admonición generosa: «El gobierno debe mostrarse justo en las presentes circunstancias, o no tendremos patria.» Cuando contesta la comunicación del 10 de diciembre, en la cual el gobierno provisorio le anuncia que el general Geffrard, a la sazón presidente de Haití, interviene como mediador en las negociaciones relativas a la paz con España, no oculta su asombro por la clase de intermediario escogido para misión tan delicada:

« ¡ Quiera Dios que estas paces y estas intervenciones no terminen (cual lo temo, y tengo más de un motivo para ello) en guerras y en desastres para nosotros, o mejor diré, para todos!» En la carta dirigida a Teodoro Heneken, Ministro de Relaciones Exteriores del nuevo Gobierno, el día 7 de marzo de 1865, subraya con singular energía las ideas que sostuvo durante toda su vida contra cualquier cesión total o parcial del territorio dominicano: «Si me pronuncié dominicano independiente, desde el 16 de julio de 1838..-, si después, en el año 44, me pronuncié contra el protectorado francés...; y si después de veinte años de ausencia he vuelto espontáneamente a mi patria para protestar con las armas en la mano contra la anexión a España, llevada a cabo a despecho del voto nacional..., no es de esperarse que yo deje de protestar (y conmigo todo buen dominicano), cual protesto ahora y protestaré siempre, no digo sólo contra la anexión de mi patria a los Estados Unidos, sino a cualquier otra potencia de la tierra, y al mismo tiempo contra cualquier tratado que pueda menoscabar en lo más mínimo nuestra independencia nacional, y cercenar nuestro territorio o cualquiera de los derechos del pueblo dominicano.» En esta misma comunicación, especie de testamento político del Padre de la Patria, advierte al Gobierno Provisorio sobre cuál sería su actitud en caso de que las negociaciones en curso lesionaran en alguna forma la independencia dominicana: «Por desesperada que sea la causa de mi Patria, siempre será la causa del honor y siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre.»

En la respuesta a la nota del Gobierno Provisorio distinguida con el número 37, intercala estas palabras que resumen su historia y su programa: «Usted desengáñese, señor Ministro, nuestra patria ha de ser libre e independiente de toda potencia extranjera, o se hundirá la isla.»

La última gestión diplomática de Duarte parece haber consistido en la labor que realizó para obtener que el segundo Congreso Interamericano de Lima, convocado para reunirse en la capital del Perú en 1864, adoptara alguna medida en favor de la República Dominicana. El apóstol visitó varias veces, con este propósito, al agente consular del Perú en la ciudad de Caracas . La circunstancia de no habérsele provisto a tiempo de los poderes indispensables para negociar como Agente Diplomático del Gobierno Provisorio, ya que con la destitución de Salcedo perdieron todo valor las credenciales expedidas en Santiago en abril de 1864, no le permitió actuar en este caso con la eficacia y la rapidez necesarias.

Aunque uno de los motivos que sirvieron de pretexto a su convocación fue precisamente la actitud de España en Santo Domingo y la ocupación de las islas Chinchas en perjuicio de la soberanía peruana, el Congreso de Lima se limitó a votar dos proyectos de acuerdo sobre «unión y alianza» y sobre «mantenimiento de la paz», expresiones todavía platónicas de la conciencia jurídica y del sentimiento ya naciente de la solidaridad de las naciones latinoamericanas. Del reconocimiento de la República Dominicana se habló menos en aquel torneo oratorio que de la política expansionista de los Estados Unidos y de la intervención francesa en México para establecer en tierra azteca el imperio de Maximiliano de Hasburgo.

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