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MUERTE DE JUAN JOSÉ DUARTE La primera noticia del país que Duarte recibió en Curazao fue la que le anunciaba la muerte de su padre. Hasta el momento en que recibe este golpe, puñalada demasiado honda para su corazón ya próximo a estallar, no se había preocupado por la suerte de ningún miembro de su familia. La causa de la patria había absorbido por completo su pensamiento. Desde que llegó en 1833 de Europa no había clavado una sola vez sus ojos con atención ni en el padre enfermo ni en la madre agobiada por hondos sufrimientos morales. La enfermedad de Juan José Duarte había pasado para él inadvertida. Perdido en una atmósfera de romanticismo patriótico, prendado hasta la exageración de sus sueños y pendiente noche y día de la empresa que embargaba su- alma y sus sentidos, no paró mientes en el cuadro de su propio hogar ni tuvo nunca en cuenta los sufrimientos de los suyos. ¿Cómo iba a pensar en el destino de los seres amados cuando ante sus ojos estaba a toda hora presente una realidad más vasta e incomparablemente más apremiante y angustiosa? Pero ahora la carta que ha recibido, bañada por las lágrimas de su madre inconsolable y de sus pobres hermanas, despierta. súbitamente su corazón a la realidad de un cariño más tierno y de un afecto más humano. Lee varias veces aquella carta y ve reflejada en cada una de sus líneas la pena de la mujer que lo llevó en sus brazos y que por primera vez confiesa su dolor y habla con amargura de la vida. Allí están también presentes los suspiros de sus hermanas huérfanas que parecen pedir apoyo con palabras que bajo su mansedumbre melancólica y bajo su dulce resignación insinúan tímidamente un reclamo. Esos renglones, todavía húmedos, atraviesan como espadas inexorables el corazón del proscrito. ¿Tenía acaso él el derecho de comprometer el porvenir de aquellos seres inocentes? ¿ No había sido en gran parte a causa de su locura de soñador que se habían acortado los días del padre enfermo y anciano? ¿ No podía acusarse a sí mismo de ingratitud por no haber siquiera reparado, en medio de su embriaguez patriótica, que las preocupaciones que sus actividades de conspirador habían llevado al hogar eran uno de los motivos de que la salud de su padre fuese cada vez más precaria? Todos estos pensamientos sombríos se presentaban por primera vez a su imaginación afiebrada. Pero quizá había tiempo de enmendarse y de correr con una palabra de arrepentimiento al hogar enlutado. Con su propio esfuerzo y con el crédito heredado de su progenitor, hombre integérrimo que dejaba tras sí una memoria intachable, podía levantar de nuevo el almacén de la calle de «La Atarazana». Sus ambiciones patrióticas, ¿no eran después de todo sino vanas quimeras que sólo habían conquistado el fervor de un grupo de elegidos? ¿Cuál es el premio que los hombres reservan a sus grandes redentores? Tras cada cruzada por el bien ajeno, ¿ no hay siempre una higuera maldita que se niega a dar frutos o que se cubre de hojas venenosas? ¿ La historia no le había enseñado esas verdades amargas que en la vida de todos los grandes hombres suelen aparecer como experiencias cotidianas? Aquella carta, recibida en el destierro, era como un acta de acusación para el iluso. El mismo hecho de que su madre y sus hermanas no hubieran allí insinuado siquiera una palabra de desaprobación a su actitud, un reproche a su alejamiento y a su abandono, hacía la misiva más punzante y más dura. Esa designación verdaderamente cristiana, esa ternura infinita que no osaba traducirse en recriminaciones y que se desgranaba como una mazorca de perdón en la carta todavía húmeda, merecían una respuesta capaz de llevar el consuelo, a aquellas almas injustamente heridas. Las espinas de esas vacilaciones atravesaron durante algunos días el corazón de Duarte. ¿Qué hombre, por extraordinario que fuese, no las hubiera también sentido? Piénsese sólo en la fuerza inconcebible que tuvo que alcanzar esa tempestad en el pecho amoroso de este visionario que parecía nacido para sentir los golpes más débiles en su naturaleza apasionada. Por espacio de algunas semanas Duarte permanece anonadado. Pero su patriotismo, purificado por el dolor, sale de aquella prueba más fuerte, más cristalino, más poderoso. Lector asiduo de la Biblia, en cuyas páginas descansa todas las noches su pensamiento que se apoya en la fe como la yedra en el muro, recuerda aquel pasaje donde uno de los Evangelistas refiere que Jesús, devuelto a su patria después del destierro de Egipto. desaparece inesperadamente de su casa y al ser hallado por su madre que lo ha buscado con ansiedad durante varios días, entabla con ella este diálogo: —¿Por qué lo has hecho así con nosotros? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos. —¿Por qué me buscabas? No sabías que debo ocuparme en las cosas de mi reino? También Duarte habrá de dar contestación un día a la de su madre con palabras crueles pero que no serán nunca olvidadas.
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