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OTRA VEZ EN MEDIO DE LOS HOMBRES El 8 de agosto de 1862 reapareció Duarte en la capital venezolana. Venía prematuramente. envejecido por su permanencia de diecisiete años en el desierto. Los cabellos, transformados en anillos de plata, daban un aspecto venerable a la cabeza, que parecía abrumada por un peso extraño, como si. el prócer hubiera adquirido en la soledad el hábito de mirar más hacia la tierra que hacia la cara de los hombres. Monseñor Arturo de Meriño, quien lo conoció en esta época, habla de la impresión que le causó la figura del apóstol, transformada por veintiún años de soledad, y recuerda que sus labios convulsos sólo se abrían para perdonar a sus enemigos y para dolerse de los males «que había sufrido y sufría entonces con mayor intensidad la patria de sus sueños». En Caracas encontró Duarte a su hermano Vicente Celestino. Pasadas las primeras efusiones, provocadas por más de cuatro lustros de separación, hablaron extensamente de cuanto había ocurrido en la patria durante la permanencia del fundador de La Trinitaria, entre las tribus todavía semisalvajes del Orinoco. El relato de Vicente Celestino se cierra con la narración de los acontecimientos que se registraron en la República a raíz de la anexión a España, y con patéticas referencias a la tragedia de «El Cercado». Dentro del dolor que le causa la destrucción de su obra, Duarte siente renacer su optimismo y confía en el desquite, anunciado ya por algunos signos alentadores. La protesta del coronel Juan Contreras y la sangre vertida inexorablemente en San Juan, prueban que el país no ha perdido el amor a sus libertades y que la anexión, lejos de responder a un verdadero estado de conciencia nacional, procede de los mismos grupos que bajo el dominio de Haití se opusieron a la independencia absoluta. Pedro Santana, autor principal de la traición, ¿ no había pertenecido a la falange de los afrancesados? Los amigos que halla Duarte en la ciudad del Ávila, aunque simpatizan con sus ideas patrióticas le aconsejan moderación en sus planes y lo urgen a que resuelva ante todo el problema de su vida privada. El doctor Elías Acosta, distinguido hombre de ciencia que le había mostrado, desde su segunda visita a Caracas, cierta simpatía no exenta de admiración, le ofreció un destino público en el Ministerio del Interior, pero supeditando ese beneficio a la condición de que Duarte renunciara a su ciudadanía de origen para adquirir la nacionalidad venezolana. La oferta aparece acompañada, sin duda para no herir la sensibilidad patriótica del desterrado, de una promesa de ayuda en favor de los proyectos que abriga el apóstol para: promover en su propio país un nuevo movimiento de opinión contra el dominio extranjero. El patriota rechaza con orgullo el cargo que le ofrece el Ministro del Interior del Gabinete del general Juan Crisóstomo Falcón, y prefiere despojarse, para no morir de hambre, del único tesoro que ha sobrevivido a sus vicisitudes y a sus andanzas: sus libros, entre los cuales figuraban una Geografía Universal y varios Atlas que había comprado en 1844 en la ciudad de Hamburgo. Otros consejeros, de menos altura que el doctor Elías Acosfa, le instan a que acepte la dominación española y a que ponga al servicio de la Madre Patria, por conducto de su agente consular en Venezuela, el prestigio que rodea su nombre como fundador de la República Dominicana. El ex presidente Buenaventura Báez, quien se había plegado a la realidad ofreciendo sus servicios a la monarquía, había sido premiado con el nombramiento de Mariscal de Campo español, distinción que también podría ser otorgada al Padre de la Patria si éste renunciaba a sus planes patrióticos y admitía el hecho ya consumado. «Y no faltó —dice el propio Duarte— quien se atreviera a decirme que mis hermanos saldrían entonces del estado de privaciones en que me encontraba yo mismo.» Tales insinuaciones no podían hallar cabida, desde luego, en el corazón de un hombre que acababa de llegar de una selva, donde pasó olvidado los mejores años de su juventud para no incurrir en un acto indigno de su obra ni en una apostasía. «En lugar de la opulencia que podía degradarme —escribe el apóstol refiriéndose a los esfuerzos que a la sazón se hicieron para atraerlo al bando de los anexionistas—, acepté con júbilo la amarga decepción que sabía me aguardaba el día en que no se creyeran ya útiles mis cortos servicios.» Mientras estos consejeros gratuitos, seguramente inspirados por los agentes de la monarquía española en Caracas, redoblan sus maquinaciones contra los escrúpulos patrióticos de Duarte, tratando de explotar inicuamente su miseria y de apoderarse de su voluntad, que suponían tan débil y tan arruinada como su organismo físico, el apóstol permanece pendiente de cuanto ocurre en su isla nativa. El 20 de enero de 1863 llega a la capital de Venezuela un tío del Padre de la Patria, el ya anciano general Mariano Diez, y entrega al prócer una carta en que Juan Isidro Pérez de la Paz, uno de los fundadores de «La Trinitaria», le dirige el siguiente reclamo: «Santo Domingo desea saber de ti.» La carta del viejo trinitario, tal vez el más amado de sus discípulos, renueva en el espíritu de Duarte recuerdos de muchos años atrás, y pone vivamente ante su imaginación el cuadro de las luchas pasadas. Al referirse a esa misiva en sus apuntes autobiográficos, el Padre de la Patria evocará con las siguientes palabras a Juan Isidro Pérez: «Mi amigo tan querido como desgraciado.» Pocos días después el apóstol visita en su residencia al doctor Blas Bruzual, médico del general Falcón, presidente de los Estados Unidos de Venezuela. Durante la entrevista, Duarte desliza discretamente en la conversación oportunas referencias a su país, sometido otra vez al estado colonial y señala la urgencia con que su patria necesita de la ayuda de los hombres que en otras naciones hermanas profesan doctrinas liberales. El doctor Bruzual penetra el alcance de esas insinuaciones hábilmente intercaladas entre palabras de sentido vulgar y frases de cortesía. Cuando al día siguiente se traslada a la modesta casa en que reside el apóstol, con el propósito aparente de corresponder a su visita, el médico venezolano le reitera sus simpatías por la causa de la libertad dominicana, y espontáneamente le ofrece ponerlo en contacto con el presidente Juan Crisóstomo Fakón, descendiente de uno de los conmilitones de Bolívar, a quien tal vez sea fácil convencer para que secunde con armas y dinero los proyectos de Duarte encaminados a redimir por segunda vez su patria de la dominación extranjera. Antes de terminar el mes de enero, Bruzual cumple su ofrecimiento, y el prócer es presentado al presidente de Venezuela. La entrevista hizo concebir al, apóstol las esperanzas más halagüeñas. El dictador venezolano, hombre de mano recia a quien sus parciales atribuían veleidades propias de un gobernante de pensamiento democrático, no hizo promesas de cumplimiento inmediato, pero habló de su amor a la independencia de los pueblos de América con cierta rimbombancia calurosa. Los meses pasan, sin embargo, con lentitud desesperante; y Duarte, mientras tanto, «permanece en la expectativa y devorado de impaciencia». El 20 de marzo recibe Duarte una carta que le envía desde Coro el trinitario Pedro Alejandrino Pina. Las primeras líneas aluden al «Decano de los libertadores de Santo Domingo» y al «primer general en jefe de los ejércitos dominicanos». Esta comunicación trae las últimas noticias de la isla nuevamente subyugada: el país continúa intranquilo, tanto a causa de las desavenencias surgidas entre Santana y el brigadier Peláez, como a causa del descontento creciente contra la dominación española; los ánimos, particularmente en el Cibao, se hallan exaltados, y un nuevo Cid, apellidado Gregorio Luperón, ha aparecido en la Línea Noroeste, en donde parece que se está gestando la nueva epopeya libertadora. Pina concluye con las siguientes palabras: «No sé de qué manera honrosa podrán las repúblicas amigas negarse a contribuir a la salvación de nuestro heroico país.» Entre el mes de marzo y el mes de octubre, Duarte hace llegar requerimientos cada vez más apremiantes al general Falcón para que le haga efectivas las promesas que le hizo en la entrevista de enero. Las «esperanzas halagüeñas» que le acompañaron entonces al salir del «Palacio de Miraflores» empiezan a enfriarse bajo el peso de una realidad cada vez más oscura. Pero la llaga abierta en el corazón del prócer sigue vertiendo sangre mientras su vida se consume en la inacción forzada. Una nueva carta de Pedro Alejandrino Pina lo saca de su abatimiento en los primeros días del mes de octubre. Desde Coro, el viejo trinitario le anuncia que en los campos de Guayubín estalló el 16 de agosto una rebelión que parece contar con más fuerza que las anteriores. La muerte del padre del general Benito Monción, debida a instigaciones del propio brigadier Buceta, ha precipitado los acontecimientos, y es evidente que la revolución cuenta con ramificaciones en todo el país y que avanza en todas las provincias del Cibao con fuerza arrolladora. La carta de Pina coincide con el arribo a Caracas de un joven dominicano en quien despunta briosamente el patriotismo de la nueva generación: Manuel Rodríguez Objío. Desde su llegada a la capital de Venezuela, el día 7 de octubre, el viajero se acerca a Vicente Celestino Duarte y le habla del deseo que tiene de ser presentado al Padre de la Patria. Rodríguez Objío, aunque perteneciente a la juventud que se levantó durante los veinte años en que el nombre de Santana llenó el país como un clamor guerrero, se aproximó al apóstol con el recogimiento de quien se acerca a una ruina venerable. Rodríguez Objio confirma, durante este primer encuentro, las noticias transmitidas a Duarte por Pedro Alejandrino Pina, y se ofrece a hacer valer su parentesco con el general Manuel E. Bruzual para que, gracias a la influencia política de que dispone este caballeroso soldado a quien llama en sus Relaciones. discípulo de Monroe, se logre, al fin la ayuda prometida por el presidente Falcón al patriota dominicano. Todo el concurso que, merced al apoyo de este nuevo intermediario, recibió Duarte del gobierno de Venezuela consistió en la suma de mil pesos, que el primer designado Guzmán Blanco puso en manos del coronel Manuel Rodríguez Objío. Con este dinero intentó el apóstol enviar a Santo Domingo una comisión presidida por su hermano Vicente Celestino con el encargo de dar cuenta al gobierno revolucionario de sus proyectos y de la buena disposición de las autoridades venezolanas. Los triunfos alcanzados por las armas restauradoras, durante los primeros meses del año 1864, lo inducen, sin embargo, a variar sus planes, y resuelve trasladarse él mismo al teatro de los acontecimientos para luchar al lado de sus compatriotas’. El 16 de febrero emprende viaje con rumbo a Curazao, en compañía de su hermano Vicente Celestino, del general Mariano Diez, del coronel Manuel Rodríguez Objío y de un voluntario venezolano, el comandante Candelario Oquendo. La goleta «Goid Munster», contratada en el puerto curazoleño por la suma de quinientos pesos sencillos, condujo a Duarte y a sus acompañantes a las Islas Turcas, donde el buque arribó el 10 de marzo, después de haber burlado, por espacio de varios días, gracias a la pericia de su capitán, el señor José S. Faneyte, la activa persecución de un barco de guerra español que intentó darle caza. El cónsul de España en Caracas, informado de la salida del Padre de la Patria, trató de que el «África», bergantín perteneciente a la escuadra española de las Antillas, se apoderase en alta mar de los revolucionarios. Se temía, con razón, que la influencia moral del caudillo de la independencia obrara en forma decisiva sobre los destinos de la revolución y entorpeciera, además, las esperanzas que aún abrigaba la monarquía de concertar un acuerdo para la solución del conflicto con los jefes restauradores. Por rara coincidencia, fue un ciudadano español de ideas liberales, cuyo nombre no ha dado a conocer Duarte, sin duda para no exponerlo a las represalias de las autoridades peninsulares, quien se prestó a llevar al prócer y a sus cuatro compañeros hasta el puerto de Montecristi, donde desembarcaron en la mañana del 25 de marzo. El general Benito Monción, jefe militar de la zona, festejó como un feliz augurio la llegada de Duarte. Manuel Rodríguez Objío consigna en sus «Relaciones», al referirse a este suceso, que el pueblo que luchaba bravamente por su libertad tuvo a partir de aquel momento mayor confianza en el triunfo de la restauración, porque el arribo del fundador de la República significaba «el primer concurso moral que la patria recibía del extranjero».
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