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II Papá era sujeto de pasiones
más que de pensamientos. Rojo, de frente alta, nariz gruesa y
labios duros, hubiera parecido criollo a no ser por los ojos.
Menudos y azules, de mirada hiriente y honda, los ojos de padre se
imponían solos. Tenía el bigote y los cabellos rubios. La palabra
se le enredaba entre los dientes, y a veces necesitaba uno verle,
además de oírle, para entender lo que decía. Las ideas se le traducían en
tormentos. Todo cuanto pensaba lo veía; y nunca buceaba en un
hecho, sino que se dirigía de éste a las consecuencias. Si le decían:
“Tal mulo se quebró una pata”, veía al animal renqueando,
dolorido, silencioso y derrengado. Sufría enormemente, más, de
seguro, que la propia bestia. Pensaba: “Se morirá; habrá que
matarlo”. Veía al mulo en el instante de la agonía; y sentía la
muerte de su carne, ese arrugamiento largo que sufre el cuerpo
cuando se le pega un tiro. Si era de noche no dormía, porque le
perseguía la mirada desolada del animal. Madre no distaba mucho de papá,
si bien era más fuerte en sus sentimientos: había que odiar esto o
amar aquello; con eso le bastaba. No podía, como padre, ver lo que
pensaba. Apegada a lo viejo, la mujer,
según ella, debía hablar poco, trabajar sin descanso y vivir de
puertas adentro. Mamá era de estatura
aventajada. Tenía el cabello gris, anudado siempre en pequeño moño
sobre la nuca. La quijada cuadrada le llenaba la cara de rudeza; así
como los ojos pardos, casi negros, y la boca ancha, y la frente
plana. aunque alta. Era escasa de cejas y abundante de canas. Tenía complexión robusta;
pero la color desteñida y vacía. Sabíamos que no era saludable;
pero lo disimulaba a maravilla, porque trabajaba de sol a sol. A veces mamá se endulzaba y
nos entretenía contándonos historias o dibujando malos muñecos en
papel de estraza. Sucedía esto pocas veces: le placía más rezar,
lo que hacía con sincero fervor. Padre parecía más cariñoso,
sobre todo cuando volvía de algún viaje largo. Sabía cientos de
juegos, miles de cuentos, y cantaba motivos de su tierra con una voz
bella, gruesa, dulce, acariciadora. De mañana nos llamaba a su cama
y nos hacía relatos maravillosos de los mulos que hablaban, del río
que se iba volando, de las golondrinas que le contaban lo que hacíamos
Pepito y yo. Todo esto lo sazonaba con cosquillas, con mordiscos y
apretujones que nos hacían reventar de risa. Nada en casa tan
alegre, tan jubiloso como los amaneceres. Los aprovechábamos bien,
porque al romper el día se hacía papá serio, y empezaba a pensar
en sus negocios, a trajinar, a dar voces. ¡Oh! ¡Cómo hería la
voz de papá cuando no se hacían las cosas según ordenaba! Durante
todo el día no descansaba; correteaba de un sitio a otro, del
potrero a la casa, de la casa al camino. Y así hasta caer la noche.
En la mesa hablaba poco y le gustaba que callaran los demás. Sólo
al anochecer volvía a ser el padre cariñoso. Recuerdo que gustaba, metida
ya la oscuridad, de tirarse en el piso y levantar brazos y piernas. —¡Vengan! —nos decía. Madre regañaba; hablaba de
la ropa sucia, de trabajo, de niñadas y tonterías; pero nosotros
no la oíamos, ni la oía papá, que nos tomaba por la cintura y nos
sostenía en vilo, dándonos empellones hasta que caíamos revueltos
en el suelo. Yo quería entrañablemente a
mi padre, porque, a ser sincero, tenía por mí marcada predilección.
Decía que yo haría carrera, y sufría lo indecible cuando
enfermaba. De los dulces, trajes y zapatos, sombreritos o juguetes
que traía de sus viajes, lo mejor era para mí. Nunca hería a
Pepito, porque mi hermano tenía predilección por cosas distintas:
por ejemplo, reventaba de gozo si papá le traía cornetas, sables o
tambores, cosas de que yo detestaba; mis grandes placeres me los
producían una pizarra, un lápiz, un libro con láminas... ¡Oh, la vida aquella,
tranquila, fresca y satisfecha como una tinaja! Todo el campo haciéndose
ondulado, ancho y luminoso frente a nosotros; el sustento traído y
llevado en aparejos de mulos y serones claros; la salud en risas, el
día en trabajos y la noche en cuentos...! Antes habíamos sufrido
largo: si no era algo más que sufrir aquello de vivir en perenne
huida, amasando la oscuridad y el lodo de los caminos reales, ya
sobre la Frontera, ya cruzándola, volviendo y saliendo. Dos veces
estuvimos refugiados en las lomas, mientras la tierra se quemaba al
cruce de soldados. Extranjero padre y extranjera madre, ignoraban
que en estas tierras mozas de América hay que vivir cavando un hoyo
y pregonar a voces que es la propia sepultura. Altivos y
trabajadores, el éxito les sonreía en toda empresa. Llegaba la
revolución en triunfos, les pedía más de lo que tenían, se
negaban a dar, y los perseguía; entraba vencedor el gobierno, y
terminaba en lo mismo. Cansados, transidos, caímos
en Río Verde, donde mi abuelo había echado raíces y florecía
como árbol de tierra criolla. Hombre de pocas palabras y de muchos
hechos, de trabajo largo, de arrogante figura; alto, oscuro,
imponente, mi abuelo se hizo en pocos años el alma del lugar. A su
amparo empezó para nosotros la paz anhelada, o, lo que es lo mismo,
podía papá echarse por esos caminos de Dios en busca del sustento,
mientras nosotros permanecíamos en casa. Padre levantó recua y con
ella llegaba a los confines del país. Se iba cargado de andullos de
tabaco, de cacao, y retornaba con lienzos, jabón, azúcar. . . Muy
de tarde en tarde se hablaba de revueltas; pero en general se vivía
dulcemente, sin que nos sacudieran malas noticias ni persecuciones. A Río Verde llegó padre un
día con una mulita nueva, incapaz todavía para la brega de la
recua. Era un animalito vivo, inquieto, casi todo cabeza, que movía
nerviosamente las orejas y el rabo cuando le molestaba algún ruido.
El vecindario entero desfiló por casa para verla. —Es de San Juan
—explicaba padre a las preguntas de los hombres. Con esto lo decía todo. Le
retozaba el orgullo en los ojos y en los labios cuando la veía,
cuando le acariciaba el anca, mientras la mulita temblaba de miedo
bajo su mano. Era oscura como la hoja seca
del cacao; pero recién llegada estaba todavía lanuda, y aquella
lana tenía un color rojizo que la hacía feúcha aunque graciosa.
Padre decía que procedía de un hato de renombre y que había dado
por ella sesenta pesos “así tan chiquita como la veían”. Como se crió entre nosotros,
soportó pacientemente el primer contacto con la realidad: la
aparejaron, la ensillaron luego. Estaba ya grandecita, y a la lana
había sucedido una piel parda, brillante, que reflejaba limpiamente
la luz. La silla fue para ella como una caricia más; pero....¡cómo
pateó, se resistió, tiró mordiscos y corcoveó cuando la
quisieron enfrenar! La asustaba el tintineo de los hierros y
correteaba enloquecida entre las flores, que le desgarraban las
patas con las espinas, entre las pilas de cacao, cuyos granos
saltaban como chispas. Se tiraba sobre las mayas que orillaban el
camino y espumeaba por la boca, mientras los ojos parecían salírsele
a saltos. — ¡Ah mañosa! —gritaba
padre.— ¡Ah mañosa! Abuelo reía estrepitosamente desde la galería;
madre se sujetaba las sienes, arrimada a la ventana; Pepito se
asustaba, se recogía entre una enorme mecedora donde estaba
sentado. Papá volvió a medio día, sudado, rojo y fatigado. No sé cuántos días duró
la lucha entre el hombre y la bestezuela. Sólo que cuando se
acostumbró al freno ya tenía nombre: la Mañosa. Y que fue para nosotros como
el de alguien de la familia. Para el tiempo en que
llegamos al Pino la Mañosa era ya imprescindible. En ella hacía
padre los viajes de negocios y los viajes veloces al pueblo, en
busca de medicinas, de ropas o de cartas. Mero, que había dejado Río
Verde para seguirnos, la quería entrañablemente. Anduvo enamorado
por el Pino Arriba, lo que lo alejaba de las tertulias en la cocina;
pero confesaba que entre comprarle creolina al animal o esencia a la
novia, prefería lo primero si el dinero no le alcanzaba para las
dos cosas. El vaso de potrero más
cercano a la casa era el suyo. Yerba lozana, joven, tierna: era
bocado digno de bestia consentida. * * Se derretía la tarde en los
caminos reales, a los pies de Mero, y él no lo notaba. Reparaba los
aparejos sentado en el quicio de la puerta, ultimando los detalles
del viaje. En el oscuro almacén estaba
el viejo Dimas cosiendo los serones, mientras uno de sus hijos tejía
sogas de majagua. El viejo escupía y se limpiaba la barba con el
dorso de la mano. Mero hablaba, pero seguía
con la cabeza gacha, mordisqueando la cuerda con que reparaba los
aparejos: —Digo yo que como la Mañosa
no hay otra, viejo Dimas. El interlocutor decía: —Pero de este viaje viene
con las ancas afuera. ¿Usté no ha visto las señales del tiempo? Asunte esto: dende que tuve
juicio vengo haciendo las cabañuelas, y lo que es este octubre... iCristiano! Ni quiera usté
saber el agua que le espera por esos caminos viejos. Yo como don
Pepe, hasta dejara el viaje. La cara de mi padre asomó
por la puerta del comedor, mientras su voz alta y tranquila respondía: —En noviembre tenemos más
agua, Dimas, y cuando hay que comer no se espera para mañana. —Asina es, don Pepe; yo no
lo discuto; pero si hay que dir, yo no llevara la Mañosa. Un
animalito como ése no es para meterlo en caminos tan endiablados. Mero regó los ojos al decir: —Su mejor recomendación es
ésa, viejo Dimas. Nuevecitica taba ella cuando nos tiramos a la
Frontera, ¡Y eso sí era sol tupío y bravo!. Usté no más topaba espina y
espina. iConcho! Ni an sé yo cómo vive la gente en esa Línea
mentada. Padre aprobaba con la cabeza,
los labios llenos de sonrisas. Mero se entusiasmaba y mano-.teaba. —Solamente pechamos una
recua, y eso fue ya dentrando a Dajabón. Anduvimos en el Guarico,
como quien dice. A mí me dolían los huesos de la espalda, y la Mañosa
fresquecita, como si hubiera estado en potrero. Papá explicaba: —Sí, sí, aquel fue un
viaje duro y largo. —Ello... - Dimas detenía
la palabra- hay monturas legítimas, donde Pepe. En Almacén compré
yo una vez un caballo alazano que con el paso con que cogía un
camino lo terminaba. Ese no conocía sesteo. Los hombres de campo se
entusiasman hablando de cosas queridas. Mero alzó la voz: —Asina es esa Mañosa,
viejo Dimas. De día y de noche, en loma y en tierra llana, no hay
apuros con ella. Padre remachaba: —¿Mi mula? Por todos los
cuartos del mundo no la doy. Y no es sólo porque me desempeñe,
sino porque le tengo cariño, como si fuera persona. —¿Cariño? Asunte: a mi
mujer le he dicho que no quiero perros en casa, porque a la hora de
morirse me dan más pena que si fueran cristianos. La gente dice que
son ángeles.. . Yo estoy en creerlo. Dimas siguió cosiendo
serones. Por la sombra del almacén trajinaba su hijo, y en los
caminos reales, sobre el techo de la casa, entre las hojas de los árboles,
el sol se iba haciendo espeso con la llegada de la noche. Pero ni padre, ni Mero, ni
Dimas ni su hijo lo notaban. * * Al otro día vino Simeón a
recortar la mula. Simeón era la autoridad del lugar; sin embargo,
sentía placer en servir a papá como cualquier peón. Quizás se
debía ello a que papá le regalaba los zapatos que ya él no usaba,
uno que otro pedazo de andullo y hasta los pardos, viejos y
estrechos pantalones de paño que el alcalde lucía con desmedido
orgullo. Mero tenía que sujetar por
la jáquima la mula mientras Simeón le hurgaba entre las orejas con
las tijeras, cortándole los crecidos pelos, emparejándole la
escasa crin o embelleciéndole el rabo. La Mañosa se mecía
constantemente de atrás alante, de un lado a otro, nerviosa como
muchacha. Tenía figura de estampa, limpia, brillante, pequeña,
rellena. Era oscura como la madera a medio quemar; tenía la mirada
inteligente y cariñosa; las patas finas y seguras; las pezuñas
menudas, redondas, negras y duras. Todo en ella era vistoso y simpático.
Simeón se esmeraba en hacerla más linda, más digna del amor que
le profesábamos en casa. Mero la acariciaba, le
hablaba como a persona. La Mañosa acechaba con ojos de susto la
sombra de una mula que se removía en el camino, bajo sus patas. * * Yo estaba en el comedor,
desmenuzando restos del desayuno. Un rayo de sol caía sobre el
blanco mantel y el aire sano parecía mecerlo. Simeón entró en
silencio. Papá venía del patio cuando vio al alcalde. —Ya tiene la mula nuevecita
-dijo él satisfecho. Tomó asiento en una silla
vieja; sacó el roñoso cachimbo de un bolsillo, tabaco del otro y
un sucio palo de fósforo de entre el sombrero..—Quiero
recordarle, don Pepe - decía a la vez que encendía - que ande con
cuidado en este viaje. Padre puso la cara gruesa, la
mirada muerta. —¿Cuidado? Entonces Simeón se levantó,
se echó el sombrero sobre la nuca, abrazó a papá de lado,
estrechamente, y como quien sabe lo que habla, susurró: —Hay malas noticias. Padre
preguntó, haciéndose el desinteresado: —¿Usté cree? ¿Que si
lo creo? Bueno... Simeón se hacía el importante. Sobre los bigotes
rojos se le desteñían los ojos mansos. —Don Pepe, póngame caso.
Ya se está juntando la gente de Monsito Peña. Papá tomó una
silla: —Óigame, compadre, no es bueno llevarse de las
apariencias. Ya iba el alcalde a contestar algo definitivo cuando
Morillo sopló un saludo. Era hombre bajetón, anegrado y bruto de
cara. Estaba henchido de malicia. —¿Cuándo es el viaje? Venía
preguntando, tontamente al parecer, pero papá era hombre arisco
como lagarto: Le clavó aquellos ojos azules,
tenaces y desconfiados: —Estamos preparándolo, amigo; nadie sabe
cuándo saldremos. Simeón miraba a papá de
reojo, bajo el ala del sombrero. El humo de su cachimbo cruzaba el
rayo de sol que se iba retirando poco a poco de la mesa. Morillo dijo: —Yo tengo necesidá de
mandar una recuita de tabaco al pueblo, y quisiera hacerlo con los
muchachos de Dimas; pero asigún entiendo los asuntos están al
voltiarse. ¿Usté cree? Simeón había hecho la
pregunta como si nunca hubiera oído hablar de tal cosa. —Yo no creo nada, compadre;
se conversan muchos embustes... Pero por si acaso, pasado mañana
tengo ese tabaquito andando. __ Bueno... _ Simeón
se miraba los pies _.
Cada cual hace lo que le conviene. Papá se incorporó. Afuera
estaba Mero adulando a la Mañosa. De madrugada se llenó la
casa con los gritos de padre, las voces de Mero y los relinchos de
las bestias. De los potreros emergía un olor fragante, que se
confundía en el patio con el que exhalaba el estiércol reciente. Los mulos se movían sin
cesar. Eran sólo montones de sombras y luces verdes. Uno pretendió
morder a otro, y papá corrió dando gritos, le sujetó por la jáquima
y la emprendió a bofetones con el agresor. Pepito hablaba bajito y reía.
Por allí andaba Mero, manoteando entre los serones, silbando
merengues, mientras arriba, hacia el este, la luna atravesaba
velozmente una inmensa nube morada. Papá cruzó en dirección a
la cocina. Parecía alegre, aunque apenas le podíamos distinguir la
cara; pero le vimos acercarse a la Mañosa y palmotear sus redondas
ancas. El animal estaba sujeto al portón, cabecigacha, reposada,
serena. La luna hacía esfuerzos por aclarar su calor de hierro
mohoso. Con una taza de café en la
mano salió papá al patio, conversó con Mero y se acercó a la
cocina. —Me voy, Ángela _dijo. Cargó conmigo, entró al
viejo comedor, me puso de pie sobre la silla y, alumbrándose con la
lámpara, penetró en su habitación. Cuando salió estaba tocado
con sombrero de fieltro y armado de revólver. La luz rascaba el
cobre de las cápsulas, arrancándoles brillo. Mi padre se puso en
cuclillas, nos llamó a Pepito y a mí y nos sostuvo largo rato con
las caras pegadas a sus mejillas. —Pórtense como
hombrecitos, que les voy a traer muchos regalos- aseguró sonriendo. Después se incorporó. Madre
miró a papá con ojos desolados. Cuando él la besó y abrazó, se
hicieron un montón confuso, que entre los reflejos de la luz parecía
surgir de un incendio. — ¡Adiós!- repitió él-,
deshaciéndose de mamá. Nos fuimos a la ventana para
verle montar. Lo hizo de un salto, con asombrosa agilidad; removió
una mano, volviéndonos el frente, y clavó a la mula. Llevaba la
rienda entre los dedos diestros. Nosotros salimos al patio
justamente al tiempo que el último mulo atravesaba el portal. Iba
sobre él Mero. Gritaba con voz honda; y hacía restallar el fuete
que resonaba en la casa con fragor de tiro. A la orilla del camino, mientras la luna rodaba,
llevada por el viento, pegados Pepito y yo a la falda de mamá veíamos
la recua alejarse al trote. Padre nos decía adiós, erguido en la
Mañosa. Pero en la Encrucijada había árboles que se agrupaban en sombras. Y la Encrucijada se arremolinó sobre el saco negro de papá, robándoselo a nuestro cariño.
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