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V Esa misma noche llegó papá.
Oímos el tropel de los mulos, cuyos pasos se hicieron rápidos al
sentir la cercanía del potrero, y los alegres estallidos del fuete
con que Mero anunciaba la vuelta. Papá fue a mi cuarto
inmediatamente. Sonreía a toda cara; dijo que sentía cansancio y
estaba lleno de lodo. Salió llevando a Pepito, para vigilar la
descarga, y gritó enardecido, aturdiéndome a pesar de las paredes. Desde mi catre seguía paso a
paso la faena; por los ruidos de los estribos comprendí que ya habían
desensillado a la Mañosa; mucho rato después oí a Mero arrear los
animales. En la cocina sonaba la voz de mama. Papá entró a mi cuarto.
Para él era una cosa incomprensible e injusta que yo sufriera de
fiebres. Me cubría la frente con su manaza, me hacía preguntas,
murmuraba palabras incomprensibles. Tardó buen rato en sentarse y
Pepito corrió a trepar en sus piernas. Parloteó incansablemente,
tirando de los bigotes de papá, y al fin preguntó qué le había
traído. Papá llamó a voces, y cuando mamá, desteñida, apareció
en la puerta, le dijo: —En el pellón hay cosas
para ti y los niños. Madre, sin embargo, no fue a
buscar el pellón, sino que entró al cuarto y tomó asiento en mi
catre. —¿Es cierto que ya estalló,
Pepe? Papá sonrió con solapa,
mientras sujetaba a Pepito. —Es tierra endiablada ésta,
Ángela —dijo—. Milagrosamente he llegado hasta aquí. Yo traté de incorporarme
para ver la cara de padre, que debía estar grave, a juzgar por la
voz. Un golpe de viento hizo tambalear la luz, que pareció
borracha. Papá estaba oscuro, pero le brillaban los ojos con extraña
fuerza. Una voz saludó desde el comedor. La reconocimos como de
Dimas y mamá salió a recibirle. Padre iba a levantarse cuando
el recién llegado entró. Parecía muy contento de que papá
hubiera vuelto: pero antes de hablar nada que realmente le
interesase, empezó a preguntar cómo estaba el camino, si había
mucho lodo, si padre había venido por Bonao o por el Cotuí. Iba
enredando su pensamiento entre un montón de palabras que caían de
sus labios con un sonido muerto de cosas inútiles. Padre,
malicioso, le dejaba hacer. Tampoco papá se traicionaba; había
aprendido del campo una cosa: que la mejor tierra no se ve porque la
cubre la maleza. En esa lucha velaban ambos su
interés, cuando madre sacó la cabeza por la puerta para preguntar: —¿Esa otra cosa que está
en el pellón es tuya, Pepe? El contestó que sí y siguió
acariciando a Pepito, mientras clavaba la mirada en Dimas. Yo tenía unas ganas locas de
saber qué era “aquella cosa”; pero hasta mi niñez estaba
saturada de campo; también yo comprendía que no se debe hablar de
lo que más interesa. Fue el propio papá quien llamó a madre para
decirle que trajera “aquello”. Yo la vi asomarse de nuevo a la
puerta, con los ojos agudos de astucia, pero padre insistió y no
hubo más remedio que hacerlo. Al retornar madre encontró
que papá se había desabotonado el saco y despojado del revólver. Dimas lo tenía en las manos
y lo observaba con cuidado. Padre le explicó que se lo había dado
Dosilién, cierta vez que estuvo en casa arreglando los trámites
para cruzar la Frontera con un contrabando de armas. Eso sucedió en
Cabo Haitiano, donde yo recordaba haber visto al feroz cabecilla. Mamá trajo un bulto negro
que padre fue desenvolviendo poco a poco. Al retirar la tela dejó
al descubierto un revólver oscuro, grande, que tenía reflejos
indecisos a la luz de gas. —Me ha costado cincuenta
pesos —explicó a Dimas, poniéndolo en sus manos y recibiendo el
Otro. Dijo que era de campana y muy
seguro; pero Dimas no atendía a sus palabras. Acariciaba el revólver
con los diez dedos; metía el ojo por el cañón; tentaba la empuñadura.
movía los goznes. Al devolver el arma lamentó
más que dijo: —Uno asina necesito yo, don
Pepe. Papá sonrió, no teniendo
que contestar. Mamá no había hablado, aunque no dejaba de observar
al viejo Dimas. Una vez que estuvo afuera, el viejo se acercó a
padre y preguntó: —¿Es verdad que está fea
la cosa, don Pepe? Quemándole con la mirada, le
contestó padre: —Más de lo que usté se
cree, amigo. El viejo se estiró hacia él;
papá se remojó los labios con la lengua. Se golpeó las rodillas
con las manos, puso a Pepito en mi catre y empezó a contar. El segundo día le amaneció
pasada ya la loma de las Gallinas. Había pernoctado en un bohío y
con las luces de la madrugada empezó a cargar. La sabana toda,
amplia y pelada, rezumaba azul claridad. El dueño del bohío le
indicó el horizonte: a caballo y a pie, pero de tan menudo tamaño
que parecían muñecos de cera, se adivinaban unos hombres que
manchaban el amanecer. —Son revolucionarios
—dijo el campesino. —¿Está usté seguro?
—preguntó papá mordiéndose los labios. —Si —confirmó él—.
Monsito Peña tiene todo esto alzado. Padre tenía entre sus ojos
al país entero: conocía bien cada camino y cada dirección. —Esos hombres van a Barbero
—dijo. El otro, sonriéndose con
visible amargura, aceptó: —Sí, a Barbero; pero no
son más que un chin; ojalá no se tope con ellos. —¿Yo? Papá iba a vomitar
alguna injuria; no lo hizo, sin embargo, sino que pensó: “Aunque
arda el mundo entero esta noche entro al pino”. Había visto la Mañosa,
con los huesos apuntándole en el anca; sufría con el animal, y ya
tan cerca del potrero nada lo detendría. Le dejó unas monedas al
hombre y montó. En el paso del primer arroyo había unos hombres
regados. Las carabinas mohosas apuntando al cielo; los ojos
enrojecidos por el trasnoche y el alcohol; la voz arrugada con que
dieron el alto: todo indicaba que allí estaba el primer cantón de
Monsito Peña. Los revolucionarios
alborotaron algo al verle llegar; él les gritó que dejaran seguir
los animales, y en el tono que usó dejaba entrever a la vez una
amenaza si no lo hacían y un premio si le obedecían. Los alzados
le vieron meter la mano en el bolsillo y le oyeron después
preguntar por Monsito. Los mulos pateaban el sucio camino arreados
por Mero. Papá tiró unas cuantas monedas, y un hombre joven, seco
y esquivo, que le salió al encuentro, le dejó pasar mientras le
cantaba al oído la voz de padre: — ¡Compren aguardiente! Y nada más. Pero cuando hubo
caminado apenas doscientas varas se le quebró encima la mañana con
los ruidos retumbantes de cinco descargas. Unos cuantos rezagados
encontró Padre; estaban armados y reían bajo el sol. A voces
sueltas supo que Monsito Peña acababa de fusilar cinco enemigos. Cerca ya del poblado empezó
a topar palizadas caídas, ranchos que humeaban todavía, restos de
animales muertos para alimentar la tropa a la carrera. Desde los
montes iba ascendiendo un apelotonamiento de nubes negras. Apretó
el paso y llegó, con las primeras gotas, a una casa. El dueño le contó que los
alzados habían asaltado el Cotuí. En todo lo que anduvo no había
visto un hombre ocupado en trabajo. Solos y silenciosos, los
potreros se doblaban bajo el viento de lluvia que subía del río. Había empezado la revuelta.
iRevolución! Por todos los confines del Cibao rodaba un sangriento
fantasma y la misma tierra olía a pólvora. Los hombres iban
abandonando los bohíos a mujeres e hijos y se marchaban con la
noche, o bajo la madrugada, apretando febrilmente el arma recién
conseguida. Parecían ir a fiestas lejanas, a remotos convites.
Respiraban una alegría feroz. Y los firmes de las lomas se iban
poblando de tiros y de quemas en las primas noches. Uno hubiera podido verlos
pasar, fila tras fila, enfriándose en los barrancos de los ríos,
quemándose en los caminos pelados, bajo el sol inclemente. ¡Revolución! ¡Revolución!
Bien sabía padre cómo cada enemigo cobraba, al amparo de la
revuelta; bien sabía padre que no quedaban hombres para torcer
andullos; bien sabía padre que las llamas no tardarían en
chamuscar los conucos, en marear las hojas de los plátanos; que
pronto ardería el maíz, cuando las bandas entraran de noche a
asolarlo todo. Y bien sabía que todo dueño de reses encontraría,
una mañana cualquiera, los huesos de sus mejores novillos
sacrificados en la madrugada. Cruzó el pueblo al trote. Más
alante, en una parada, supo que el general Fello Macario estaba
acantonado a todo lo largo del río Jima. Desde Piedra Blanca hasta
Rincón el prestigio del general Macario era indiscutible. Padre se
contaba entre sus amigos y decidió pasar. Aún no teniendo su
amistad, lo hubiera hecho: a dos horas escasas estaban los potreros,
el hogar, la mujer y los hijos. Tenía ya buen rato orillando
el Jima; había que cruzarlo bien abajo, porque tenía un repecho
alto y duro, de brava roca, el mismo que le impedía desbocarse
sobre los campos cuando crecía. Mero fue quien le llamó la
atención: había oído voces, pero tan lejanas que se confundían
con el canto de la corriente. El río rebullía a sus pies. Es todavía
una vena de agua rauda y limpia; salta los escalones de piedras y se
cubre de blancas espumas. Un poco antes de que tomaran la bajada
para cruzarle, un hombre oscuro, de expresión aturdida, atajó a mi
padre para decirle que no pasara. Papá comprendió que tenía
miedo, Y le invitó a seguir con él. El hombre no supo cómo darle
las gracias. Montó de un salto sobre el mulo y papá le recomendó
que debía apearse del otro lado, porque los animales estaban
cansados. Tampoco contestó: la alegría le había roto la lengua,
igual que si hubiera sido de vidrio. Atravesaron el Jima. Entre
las piedras altas y peladas que lo encajonaban, disimulada por los
pedruscos y las sinuosidades, estaba la vanguardia, a la que el
general había confiado su primer cantón. Papá fingió no haberla
visto, y Mero trató de pasar como si no hubiera habido gente. Uno, dos, tres, hasta doce
revolucionarios saltaron, en alto las carabinas, gritando frases
sucias. Padre tiró de las riendas. En un instante se percató de
que las eminencias estaban coronadas de armas. — ¡No hay paso! —gritó
alguien. Papá simuló un asombro que
no sentía; medio sonrió; sintió la sangre zumbándole en la cara;
pero no dudó de que el momento se hacía duro. A pocos pasos estaba
Mero, pálido de ira, rodeado por figuras estrafalarias y agresivas.
Algunos animales se entretenían en mordisquear la grama que asomaba
entre las piedras. Padre tiraba el ojo en
redondo, buscando un amigo, un conocido siquiera; y mientras tanto
hablaba tonterías, procurando hacerse grato. Alguien se le acercó
lentamente; al principio se veía como una masa negra y amenazante;
después, al estar cerca, estalló en risas y dijo: — ¡Pero si es don Pepe,
caramba.. Y esa exclamación, que se le
cayera del pecho a un hombre del montón, de dudosa estampa, decidió
el asunto. Pero antes de seguir tuvo padre que tirarse de la Mañosa
para beber a pico de botella un trago por el triunfo de la causa. Y
que dejar también en el cantón de Jima algunas monedas para que
aquellos infelices soportaran el frío cortante que se alzaba del río. Una vez dejado a sus espaldas
aquel trozo hostil del camino, los animales fueron amasando lodo
denso hasta bien entrada la noche. El nuevo compañero se tiró de
su montura tan pronto dejó de oírse el griterío de los
acantonados. Iba con los pantalones remangados y alzando la voz a
cada dos pasos para arrear la recua y ahuyentar su miedo. En Jumunucú se detuvo papá
en una pulpería. A la escasa luz de la jumiadora había un grupo de
campesinos bebidos y discutidores; hedían a tabaco y ron malo.
Preguntaron algunas cosas; quisieron saber dónde estaba la revolución.
Algunos cabeceaban pegados al mostrador y el pulpero se movía de un
lado a otro sin decir palabra. En la frente se le leía este
pensamiento: “No pagarán”. Padre pidió
dulces para nosotros; el grupo le invitaba a beber y no sin trabajo
pudo escapar. Ya sobre su mula, comprendió que aquellos
desgraciados despedían la vida corriente: esa noche, o al amanecer,
tomarían caminos extraviados para unirse a los alzados. El paso de Jagüey quedaba
cerca. Antes de llegar había que cruzar sobre una ceiba gigantesca
que estaba atravesada en la ruta. Papá iba observando cómo una
hilacha de luna forcejeaba con las nubes; Mero venía tras él y
cerraba la recua el desconocido que se les unió antes de cruzar el
Jima Metiendo estaba la Mañosa
sus primeras pezuñas en el agua cuando, inesperadamente, surgieron
cuatro o cinco sombras del recodo. No se les distinguía; tan sólo
eran sombras a la escasa luz de aquel pedacito de luna. Papá tuvo
tiempo de ver que alzaban armas que los desconocidos agitaban a la
vez que gritaban atronadores altos. Padre sintió que se le quemaba
el corazón. Tiró del revólver, con ánimos malsanos, precisamente
al tiempo que una de las sombras se agarraba a la rienda. —¡Bandidos! —tronó
padre. Entonces uno del grupo gritó: —¡Ah! ¡Es Pepe, es Pepe! Papá sentía que se ahogaba,
que se asfixiaba. —¿Eres tú, Cun?
—preguntó fuera de sí. La voz respondió que sí. Le rodearon.
Eran amigos de la ciudad, gente honesta y de trabajo a quienes el
alzamiento había sorprendido en campo enemigo. Todavía recuerdo
algunos nombres: Mente, Cun, Ramón. Ya fuera del río, y mientras
lamentaban el error, aquellos amigos pidieron noticias casi implorándolas. Temían a la revuelta;
buscaban caminos extraviados, lo mismo que los que tomaban el monte;
sólo que ellos lo hacían para huir. Papá les explicó dónde
estaban los cantones y les dijo, además, que era preferible caer en
las manos del general Macario. Pero ellos no estaban dispuestos a
tal cosa; sabían que era caudillo generoso y valiente; comprendían
que no podían escapar a los revolucionarios si tomaban la ruta del
Bonao; pero preferían correr el riesgo de encontrar a la gente de
Monsito Peña, cabecilla sanguinario y sordo al perdón, porque los
cantones de éste dominaban menores distancias. Padre comprendió que nada
los detendría; entonces pensó que el compañero que traía desde
Jima podría serles útil. —Váyanse con este hombre
—dijo—. El les llevará por las lomas de Sierra Prieta; si
logran atravesarlas, corten derecho y tomen el rumbo de Maimón. Es
el único camino. Pudiera también suceder que ya Macario tenga
gente más arriba; pero no importa. De todos modos, insisto en
brindarles mi casa... Pero los amigos no quisieron.
Abrazaron a padre y se fueron. El guía se habría negado a acompañarles
si aquellos hombres no hubieran tenido armas. Se fueron. Papá los vio
cruzar los escasos hilos del Jagüey y perderse en la curva. Iban
como prófugos, dejando atrás sus hogares, caminando por veredas
escondidas, con el corazón pendiente de cualquier ruido. Eran
honrados y trabajadores. El sangriento fantasma que enloquecía al Cíbao
les hacía semejantes a bandoleros. Con el dolor de aquella
despedida llegó padre a casa. Y todavía ese dolor le hacía sorda
la voz, mientras contaba al viejo Dimas su accidentado viaje.
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