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VI —Borracho, ha venido
borracho... Esto era a veces, cuando
todos silenciaban; el viejo Dimas no era hombre de vivir lamentándose,
pero se quejaba porque ya no resistía. Aguantó callado que le
reclutaran los hijos; soportó impasible la noticia de que le habían
herido uno; sólo él y Dios sabían cuántas lágrimas tuvo que
tragarse cuando se encerraba a solas en el bohío, ignorando la
suerte de los muchachos. Todo lo había sufrido con paciencia; pero
hubiera preferido ver al hijo muerto y no borracho. —Eso se le irá quitando,
Dimas —decían en casa para consolarle. —No lo deja; y ahorita le
pierde el gusto al trabajo, y el hombre que no trabaja roba, porque
si no, ¿cómo vive? Sus razones tenía. El hijo
andaba rondando por las pulperías lejanas, de mañana en Pedregal,
de noche en Jumunucú. No le dirigía la palabra al padre y se
llevaba bien con ciertos amigazos de fama, cuya vida consistía en
esperar, sentados frente al mostrador de una pulpería, el paso de viandantes que
entraran a comprar algo y les brindaran un trago. Al muchacho era milagro
verle; pero no conservaba la apariencia limpia y cuidada de antes;
ni tenía el aire ingenuo y simpático. Estuvo en casa una o dos
veces, contando episodios de su corta vida militar, y el viejo Dimas
no escondía el disgusto que le proporcionaba tenerle al lado. —Ahora veremos cómo sale
el otro -decía consolándose. “El otro”, según
supimos, se había encariñado con la carabina y con las costumbres
del pueblo. —Le va a ser difícil
conseguirlo -comentaba Mero. —Asigún... —Ojalá le saliera general,
Dimas —chanceaba papá—, a ver si lo saca a usté de apuros. —¿General? No, don Pepe;
yo lo que quiero es que se dé hombre serio, como su taita. En esos
trances de tiros lo que puede sacar es lo que el pobre Momón. Poniendo la cara triste, mamá
rogaba: —Dios lo tenga en la
gloria. En la gloria. . . Yo pensaba:
“En la gloria”. Sí, allí debía estar Momón, en aquel paraje
alto y lleno de luz que me describía madre, en aquel jardín
lejano, donde las plantas florecían en ángeles y donde músicas
que yo era incapaz de materializarme resonaban día y noche. Allí
debía estar, sólo que se me hacía trabajoso figurarme a Momón
entre santos vistosos, él, Momón, con sus pantalones remendados y
desteñidos, con su barba crecida, con sus pies descalzos. * * ¡Qué pesadas se hicieron
las primas noches que siguieron a la muerte de Momón y a la vuelta
del hijo de Dimas! Las conversaciones se estancaban, degeneraban en
palabras lastimosas; todo se volvía suspirar y mugir como los
becerros abandonados. A mi se me cargaba el corazón con un peso
insoportable, me abrumaba el desgaire con que se movían y hablaban
los otros. Las fiebres parecían haberme
olvidado, pero todavía me sentía inseguro y propenso al lloro, débil,
incapaz hasta para jugar con Pepito. Durante todas las horas del día
me mantenía consumiéndome a mí mismo, escogiendo con un placer
torturante los pensamientos que más me dolieran. Me esforzaba en
buscarle un fin trágico a José Veras, y no apartaba de la mente el
último momento en que lo vi, cruzando el pobre caudal del
Yaquecillo, anhelante y apurado en poner tierra entre las patas de
su caballo y las de los que le perseguían; me detenía horas
enteras en el recuerdo de Momón, y de noche despertaba mirando sus
pies muertos, sus pies amarillos e inmóviles; o contemplaba la
escena aquella en que él iba en hombros de cuatro o cinco
campesinos toscos, camino de la fosa, solo, tan solo. La figura del
general Fello Macario entraba a veces en aquellos siniestros
pensamientos míos, gallarda, marcial y atrayente. Ya le veía
cargando con su caballo rosillo sobre la gente del gobierno, ya le
veía cayendo lentamente de la montura, roto el pecho de un balazo,
laso el brazo, torcida la cabeza; o se me figuraba estar a su vera
oyéndole mandar en la fiebre del pleito, remolineando su sable bruñido
en la diestra, con la mirada fogosa, con las palabras veloces e
hirientes. Inesperadamente me asaltaba la imagen del cuatrero,
triste, zonzo y comilón. Le veía perdiéndose en un camino largo y
oscuro, montando un asno descarnado. Mi padre no dejaba de echarme
el ojo de tarde en tarde y viéndome con cara tan poco infantil, tan
preocupada, se alarmaba y me decía que estaba enfermo; me tomaba el
pulso, me hacía sacar la lengua. Después llamaba a mamá: —Ángela. este niño tiene
algo; este niño está muy triste. Mamá me alzaba, me sentaba
en sus piernas y me alisaba los cabellos con sus manos afanosas. No
hablaba, no comentaba; acaso decía con entonación sufrida: —Cuándo podremos dejar
este lugar, para que mi hijo se sane. Y se quedaba contemplando el
patio, los potreros, que verdeaban allá, en el confín del cielo,
parejos y satisfechos. * * Escasos días habían
transcurrido cuando empezaron los contertulios a mostrarse inquietos
y a decir que Fello Macario había levantado cabeza. Se acechaban
las recuas para pedir informes. —La revolución se está
armando —decían. Pasaba algún desconocido que
iba en viaje de diligencias al pueblo. —La revolución se acerca
—decía. Dimas y Simeón, Mero y la
vieja Carmita, el hijo de Dimas y el viejo Morillo, que alguna vez
se arrimaba por casa, todos traían noticias recogidas al azar, en
bocas pasajeras. Un día, por fin, la voz del
campo, salida de todas partes a un mismo tiempo, rompió en
clamores: —¡La revolución! ¡La
revolución! De los montes cerrados y
lejanos acudía gente que repetía la voz: — ¡La revolución! ¡La
revolución! En todos los bohíos las
manos callosas recogían ropas y hacían bultos; en las pulperías
se agotaban las reservas de sal. El que iba a beber ron y a comprar
gas, el que iba a buscar creolina y a vender frijoles, la mujer que
pedía jabón, la que llevaba maíz, todos repetían el clamor: — ¡La revolución! ¡La
revolución! Una tarde, ahogándose de
miedo, el viejo Morillo llegó a casa, metió los dedos en las
orejas de papá, le tentó el pecho, nervioso. —A Pedregal acaba de llegar
una fuerza del pueblo. —¿Fuerzas? —inquirió
padre. El viejo Morillo no acabó de
asegurar sus palabras: veloz como un ventarrón, el alcalde se metió
en la casa y dijo: —Una tropa en Pedregal. Y después, Dimas; y Mero,
que traía la cara azul; y más tarde otro; y otro. Innumerable
gente corrió a casa, masticando lamentaciones y lloros. Padre les
atendía, les calmaba. Pero después, a la anochecida, empezaron a
llegar peores noticias: la revolución venía ya, a toda prisa; iban
a chocar en Pedregal, iban a tropezar con aquella tropa ignorada,
iban... Papá escuchó, impávido, y
pensó. Después, impaciente e inseguro como la brizna que el viento
agita, empezó a recoger opiniones y nuevas con todos los que
llegaban. Al fin, medio oscuro ya, se fue a un rincón con Mero. —Hay que ver al general
—dijo. Mero huyó la cara. —Hay que ver al general
—repitió papá. —¿Y cómo? —preguntó el
otro. —¿Cómo? Yendo adonde él
esté. —Anjá. Mero se cogió ambas manos
tras la espalda. Padre se rascó la cabeza. ...Si la Mañosa estuviera
sana... —lamentó. Encendió un cigarro y se
acercó a otra gente que llegaba, otra gente igual a la anterior, a
toda la que había estado entrando en casa aquella tarde, con idéntico
miedo, con el mismo ánimo abatido. Habla y habla, papá se fue
comiendo una hora, dos horas. Cerrada la noche, al amparo de la luz
que nuestra lámpara regaba en el camino, vimos pasar un hombre que
tambaleaba. —Véalo —despreció
Dimas—. Borracho... Papá tuvo una idea súbita. —Llame al muchacho, Dimas,
llámelo. El borracho accedió a acercarse. Se le movía la cabeza
como un péndulo, babeaba y tenía sucios los ojos. Padre le preguntó
de dónde venía. Con una risita imbécil él
indicó que de arriba, de Jumunucú. —Ahora __explicó —voy a
juntarme con mi gente. Era un borracho manso, hasta
cortés, si se quiere. Reía y reía; eso era todo. Dimas quería
fulminarlo con su rencor..—¿Con la que está en Pedregal?
—preguntó padre. El beodo afirmó con la
cabeza. Casi se caía y persistía en sonreír. Papá dio unos pasos por el
almacén. —Hay que avisarle; hay que
avisarle —decía. De pronto alzó la cabeza y
clavó los ojos en Simeón. —¿Usté se atreve,
compadre? —Ello... __el alcalde rehuía. Padre le cogió por los
hombros. —Oiga, Simeón, si se
prenden aquí, vamos todos a correr peligro. Yo no quiero aguantar
un tiroteo con mi mujer y mis muchachos en este caserón de madera. Con las inquietas manos
indicaba la inseguridad del sitio, señalaba las paredes, el zinc.
El alcalde se puso en pie de un salto. —No hay que decir más,
compadre. Iba a tirarse al camino ya.
Papá le llamó y estuvo recomendándole algo en el comedor. Mamá, mientras tanto,
trataba de levantar el espíritu de unas mujeres asustadas, a las
que Pepito y yo, ignorantes, veíamos con pena y con cierto desdén. * * A los pequeños nos hicieron
dormir, mientras los mayores velaban la vuelta del alcalde. Pepito y yo comenzamos alguna
conversación que se fue apagando con el sueño. Oíamos el ruido de
pasos en el almacén; oíamos la voz de Dimas. Todo aquello se fue
hundiendo, hundiendo. Nos despertaron el trajín,
los golpes de las puertas, las órdenes de papá. Mamá vino a
decirnos, quedamente, que nos vistiéramos porque teníamos que
irnos. Pepito se tiró del catre, muy asombrado, y vino a decir que
estaban empaquetando muchas cosas, y que al parecer íbamos al
pueblo. Yo me lancé al suelo; papá me besó. Eran impresionantes
su premura, el tono de su voz, lo anudado que parecía por los
nervios. Me asusté. Inconscientemente me encontré en el patio,
agarrado a una mano de mamá. Lo atravesamos a toda carrera. La
noche negra se iba abriendo pesadamente frente a nosotros. Recuerdo
a trechos nuestra huida por el potrero, cortándonos con las piedras
que se escondían entre la húmeda yerba. Hubimos de pasar por una
alambrada, bajo una mata copiosa de caimitos. Ante nuestros ojos
apareció la mancha vaga de un camino. Mamá llamó. Un perro empezó
a morder la oscuridad. Mamá llamó otra vez. Cerca estaba un bohío.
La cabeza de la vieja Carmita se suspendió en el hueco negro de una
ventana. La salita del bohío bailaba
a la luz espesa de una pobre jumiadora. Palabras pálidas se
arrastraban por el camino. ¡La revolución! ¡La
revolución! En el vientre inmenso de la noche todo se arrinconaba,
todo se guarecía, todo huía del sangriento fantasma que venia
tronando desde el remoto Bonao. * * En la madrugada desperté y
todavía creía dormir. ¿Por qué estaba sobre mí aquel techo
bajito de yaguas? ¿Y por qué mi madre lloraba sentada en mi catre?
¿Por qué había tantas bocas siseando secretos en la otra habitación?
Me sentía afiebrado y de seguro estaba sufriendo otra pesadilla,
otro delirio. En las rendijas abundantes azuleaba el amanecer. Mamá
levantó la cabeza, pareció escuchar y se acercó a la puerta. Poco
a poco la fue abriendo. —Pepe, Pepe.. . —llamó
en soplos—. Pepe, Pepe.. Óyelos. ¿Que oyera qué? Me incorporé.
Pepito se estrujaba los ojos y bostezaba. Un rumor crecía por los
lados de la Encrucijada. De pronto Pepito se sentó. — ¡La corneta, la corneta!
—gritó. Me miraba y me clavaba las uñas.
Sí, una corneta vibraba lejos; y se oía el lejano trepidar de
cascos de caballos. Papá se asomó a la puerta y nos indicó que
calláramos; después entró y nos acarició maquinalmente. Mamá
guareció su cabeza en el hombro de padre y rompió a sollozar. —No te pongas nerviosa
—dijo él con entonación muy dulce. Crecía el rumor. Simeón
llamó a papá. —Ya están prendiéndose,
don Pepe —dejó oír. Una descarga nos desplomó el
cielo encima. Sonó de manera limpia, llenándonos de pavor. La
corneta cantaba. A poco, otra descarga. Debían estar tirando por
los lados de casa. Otra, y otra, y otra. Tiros graneados y seguidos
comenzaron- a estallar. Pepito seguía apretándome el brazo. Yo creía
escuchar voces altas. Simeón y Mero comentaban de sorda manera. Mamá,
como la gallina sacada, pretendía cubrirnos con sus brazos. Padre
salió. —No tengan miedo, no tengan
miedo —rastrillaba madre. Otra descarga. Sentimos que
el rumor engrosaba, que los tiros se iban multiplicando. A la vez
parecían correrse hacia el poniente, hacia las lomas, hacia
Pedregal. Simeón sacó la cabeza y sonrió a mi madre. —Se están dando cogío, doña;
se están dando... Tomó a comentar con Mero. A
poco volvió padre. —Están ganando, Ángela. —¿Quiénes? —inquirió
mamá, alargando el pescuezo. —La revolución. Los tiros
suenan más lejos. —Ah. . . Pepito se acurrucaba entre
las piernas de mi madre y mi espalda. Silencio. O mejor dicho, un
ruido vago, distante, cada vez más. Otra descarga, apenas resuelta.
Otra, más lejana. Tiros y tiros, que se oían de momento en momento
mas diminutos, menos completos. Los nervios iban dejando a mamá. —Parece que van arrasando, Ángela
—dijo papá. Inmediatamente salió. Oíamos
sus pasos rondando la puerta del camino. Algunos animales cruzaban
el camino asustados. El perro empezó a gemir, a gemir. —Doña, la cosa pasa. La vieja Carmita nos miraba
desde su habitación. Allá, en el límite de lo
posible, resonaban otras y otras descargas. A veces oíamos un
cachito de la corneta, cuando el viento se revolvía sobre nosotros.
Sentimos que alguien abría la puerta. La aldaba cayó. Madre se
levantó y abrió del todo; yo me pegué a su falda. En la puerta
del camino estaban Simeón y papá tratando de hurgar con la vista
entre los pajonales de la loma. El viento trajo otro tronar.
De pronto, otro, otro. Nos pareció distinguir mejor los últimos. Más
disparos. Más disparos. Simeón se viró y miró fijamente a papá;
papá se viró y miró fijamente a mama. ¿Sería...? Por los lados
de la Encrucijada se acercaba alguna tropa. Alguna, alguna. - - Pero
los tiros parecían retornar, y un ronco estampido retumbó, rompiéndonos
de miedo. ¿Sería..,.? ¡En los potreros de casa se estaba
peleando! ¡Sí, se estaba peleando en los potreros! La poca luz nos
impedía ver, pero oíamos claramente el tamborilear de la fusilería
resonando allí. ¡Y los disparos venían paso a paso, paso a paso! Simeón cerró la puerta de
golpe y nos miró desolado. — ¡Por ahí viene gente
juyendo! —gritó. Estaba acabando de decirlo.
Unas manos alocadas empezaron a golpear contra las tablas de la
casa. — ¡Abran! ¡Abran!
—suplicaba alguien. Papá se tiró contra la
puerta. — ¡Escóndanse! —tronó. Apenas le pude ver sacar el
revólver de la funda. Parecía un relámpago su brazo. Nos
atropellamos bajo el catre, Pepito y yo. Mi hermano no podía
tenerse, tembloroso. Lloraba. No sé qué cosa dijo papá en la
puerta. Después si le oí: — ¡Entre! ¡Entre! Era una mujeruca. Se sujetaba
el pecho y venía despeinada. —Por ahí viene acabando
con todo el general Fello Macario! —sollozó. Y no encontrando qué hacer,
se tiró en los brazos de mamá, que hubo de sacar fuerzas para
decirle alguna cosa que la tranquilizara. Sobre nuestras cabezas, súbitamente,
estalló un loco retumbar, una fiera música de tiros, una horrísona
tempestad. Esta vez si pudimos sorprender voces tremendas, elevándose
sobre el rugir de las carabinas. Y encima de todas ellas, como
flotando, como volando, el canto metálico de la corneta. —¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
—preguntaba Simeón a la mujer, rompiéndole el brazo con los
dedos, comiéndosela con los ojos. Ella se había idiotizado. —¡La revolución! ¡La
revolución! —repetía sin conciencia. —¡Sí, la revolución! ¿Pero
qué pasa? Las descargas, y las
descargas. — ¡Me voy a morir! ¡Me
voy a morir, mamá!- gemía Pepito, incapaz ya de soportar más. Padre corrió hacia él, lo
alzó, se lo echó sobre un hombro. —No, mi hijo, no. Pero padre también estaba
loco. Aunque era indudable que el estruendo tornaba a alejarse. Padre también estaba loco.
Mamá corría de un rincón al otro. La vieja Carmita, tranquila, no
se movía de una silla. Y el estruendo alejándose a todo correr,
hacia Pedregal, hacia el oeste. .
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