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Compadre Mon (Cont. V)

Compadre Mon  (Continuación)

Manuel del Cabral (Dominicano, 1907-1999)
    

JONAS EL PRESTAMISTA

La carita que tiene la moneda me la llevo al oído;
quiere habiarme en familia. ¡Conoce tanto al pueblo!
—Allí, me dice, mira...
una calle que huele sólo a maldad de niño.
Pero fíjate en esto, casi a un metro del pecho, al hombre
se le pudre en la mano el corazón.
Y a un paso de tu frente,
miedos compran a Dios con caras mías.
A la sangre le quitan su tamaño de grito.
Sólo Pata de Palo, tocando su organillo,
a Juanita la loca
y a mi perro que aúlla con la música,
sin permiso, y a ratos, se los lleva a la luna.
Alma:
se ve que está vivita,
que aún colea esta palabra.
Sin embargo, era en otra palabra
donde se recostaba la familia...
Allí se ve la yerba, sobre la yerba ahora
un fuerte olor a engaño,
un poco de aventura con la bestia,
la yerba estaba un poco pegajosa de goce,
era una mezcla de fresa y de almidón,
una mezcla en que estaba la palabra “te invito».
y luego el cine,
y luego el automóvil,
y luego el trago cortamente largo,
y luego...
este poco de yerba pegajosa,
tumbada y anecdótica.
Desde luego, que la cotorra lo sabía,
pues, desde muy temprano, mucho antes
que a fuerza de sotana
se le fuera la calle al otro cielo,
ya la cotorra madrugaba con palabras no previstas,
palabras con un poco de barbero,
y otro poco de lechero y de cocina,
y por ahí...
la palabra Juanita la caída...
pero llena de luna,
repleta de azucena su sonrisa,
su muñeca, su cama,
su modo de sentarse,
su manera de pedir,
su tono de bien juicioso ángel,
su simplemente objeto de mudarse
acomodado todo para el cielo.
Aunque todo, ya todo era tan tarde. 
Por su herida natal
un hilo pensativo de sangre le salía,
un hilo con un ruido de nupcias de juguete...
de bodas sin latines, sin incienso ni anillos.
Entonces, ¿quiere decir, Jonás,
que aquel pétalo loco...
que el papá de Juanita está tranquilo
como están tu reloj y tu leontina que condecoran
otra tranquilidad: la de tu vientre?
Escucha.
El papá de Juanita compró un par de zapatos,
¡y eran para Juanita!
¿Sabes lo que es un par de zapatos urbanos
para un remoto labrador?
Son noventa kilómetros de sudor sin malicia;
un poco de sonrisa para los ojos de vinagre del capataz;
diez días preparando la piel mal educada de la tierra;
la patada de un mulo que le hace guardar cama
quizá por dos semanas o quizá sin calendario;
luego algo al doctor, por lo menos su yegua;
después, mucha saliva con los exportadores
para que le levanten un poquito su precio,
(que es también levantarle su moral al del pueblo)
y quizá mientras rasca su sobaco y discute
por un trozo de espejo que le costó diez plátanos,
se viene un aguacero con luces de Bengala
de esos que nunca escampan,
hasta que el pobre hombre llega a casa
con un pulmón flotando. Y otra vez el doctor,
y de nuevo el bolsillo. Y a. las pocas semanas
pensar en los zapatos que no pudo comprar.
Y a repetir callado su lucha con la tierra...
Ya ves, Jonás.
Ya me parece ver esa cosa de lujo
que llevas bajo el traje y que se llama HOMBRE.
Esa cosa
que engorda con flaquezas...
que engorda
con los jueces mediocres;
con los pobres zapatos del papá de Juanita;
con lo que está detrás de los escaparates
y encontramos de pronto en una alcoba,
la que cuenta su historia en dos horas de cama;
y hasta aquella
a quien dio la sotana su medida sagrada
metida en un anillo.
Todo esto, Jonás, todo esto... ¿me entiendes?
Lo olfateo, lo miro en el brillo felino,
en el brillo de tus, dientes familia de tus autos,
en el aire con que andan los pavos de tus zapatos,
en el desprecio de despertarte ante tu camarero,
en el temblor, en la lista de tu camarero minucioso
para recibir ciertos gustos dolorosos y una mano especial
para colocar tus abrigos, tus bastones, tus respuestas,
tus respiraciones, y un montón de corduras insufribles.
Sobre todo, en aquella,
en la manera de forrar tu corazón con cierta seda.
con cierto artículo sólo cotizable en los salones,
allí donde a los cigarros
se les trata mejor que al maestro de escuela,
allí, donde cada vicio
tiene su oloroso, su flamante- estuche,
allí, donde la verdad es un asunto de relojería,
un asunto para suizos del alma y la conciencia,
allí, donde se dice NO cuando lleva su poquito de vaselina.
Pero no, no sigo.
Que me hablen tus tripas sonoras de banquetes;
que me hable tu barriga en donde escucho el diálogo
que tiene la ruleta con la ficha y el trago con el cerdo
que te sale de súbito de gabanes y levitas, y oigo también
La aguja
que tiene la paciencia de tu mano
que cose siempre aquello que está detrás del párpado
del juez,
detrás de la sonrisa que es la piedra en que afilas
al sastre que hay en ti de tijera sin tregua;
detrás de tus alhajas que apedrean la cara que tiene la limosna, la cara:
la que tiene tres años de sueldos atrasados, y un siglo...
¡ cien siglos de verguenzal
Es el hombre. ¿Lo ves?
Es el hombre que tiene la cara en su sitio...
En su sitio... ¿Me entiendes?
En fin.
Que Jonás está un poco, casi enfermo del pecho.
Que diez noches tosiendo.
Que escupe cosas raras...
Que no escupe saliva...
Que tiene..
¡Tiene tísica el alma!
Si con lo que escupiste se fué también aquéllo...
Aquí tienes, Jonás, para ti, prestamista,
para ti este regalo,
igual que tus monedas, guárdatelo en el cráneo.
La vida es del tamaño de una bala que piensa.

CARTA AL INDIO RAUL

Raúl, cuando los hombres llegaron
con su emoción a sueldo, con su sueño tasado,
yo sé que tú no lo sabías, no lo sabes aún...
ellos vendieron todo, lo hipotecaron todo,
pusieron triste hasta los dientes de los niños,
el aire lo ficharon,
la atmósfera tenía su agrimensor,
la palabra era un ruido de espada sin historia.
Pero Raúl, ayer te vi bebiendo,
bebiendo un agua suelta que rodaba su cielo...
Por tu cuerpo, Raúl, que no tiene bolsillos,
por el liquido indio que te sale a centavos,
el sudor que no cobra como el aire en la boca.
tiemblo, tiemblo, Raúl, para escribirte,
tiemblo Manuel adentro.
Porque, Raúl, es que no quiero
poner tan en peligro tu sonrisa, ni tu andar tímido,
ni tus pies olorosos de honestidad descalza,
ni tus manos que luchan con vacíos pesados...
ni el rostro peligrosamente manso de tu silencio
cuidadoso de no matar hormigas...
Pero no, que no vengan a la ciudad tus cosas,
porque, Raúl, qué hermoso estás sin calles,
con tu vaca, tu silbido de pájaro, tu leche primitiva
igual que un niño triste con su trompo.
Yo sé que todavía tú aullas con la lluvia,
y la palabra hombre se quema entre tus manos.
Pero quédate allá, Raúl,
quédate con tus uñas vegetales,
quédate cori los siglos que amasando azucenas
fabrica tu sonrisa.
Ya sé que estás desnudo, pero, Raúl, aún
pones algo en tu carne.., tu sonrisa:
retacito de gasa en tus heridas.

CARTA BAJO LA LLUVIA

La gente de mi pueblo, la que acostumbra
en cada puerta a comadrear el alba,
me cosquillea el instinto, me lo avispa, lo madruga
mucho antes que el gallo, y empujándolo como
en su primer quitrín que rodaba Santiago,
se va de vena en vena por mi cuerpo hasta el alma,
como de puerta en puerta desde el horno la espiga
va en su tibia fragancia dando el alma del trigo.

Esto también lo sabe casi azul Domitila,
la domadora de Compadre Mon, la que suave,
abre sus manos de patio, y siente que se llenan
de las barbas de Mon, y siente que sus dedos
se pueblan de refranes, y el pueblo en ellos cabe,
igual que todo el cielo cabe en una ventana.
Pero todo, todo está aquí en mi sangre:
la flaca silla antigua, mi candado de tabla,
y hasta de contrabando la palabra Manuel,
porque es mi nombre, pero aquel apodo
es el que juega con el perro y canta
Bajo la lluvia, y se le poner ronco
le tambores el pecho cuando lo atolondran
los truenos y los rayos.
Hablo ya de aquel niño que al cochero
con el seco relámpago del látigo
Le pronto enfurecía sonándolo y buscando
hacerle ramalazos a un polizón: mi apodo.
Es que Manuel aún yo no me llamo.
Todavía llueve, mucho en mi pueblo.
¡Todavía
yo no puedo ser hombre cuando llueve!
Cuando cae agua gorda me pongo a hablar con alguien,
toco el espejo y veo si es mi última cara.
Porque comprendo
que tengo que ‘buscarme cuando llueve.
Es que todo, todo está aquí en mi sangre,
por eso
siempre llueve en mi pueblo, y terco,
hay un niño corriendo con su apodo, que a ratos,
grita alegre de truenos y huracanes,
porque siempre
hay un Compadre Mon en la tormenta.

MOTIVOS DE COMPADRE MON

APUNTE

Bajando la cuesta, cuesta
dejar de oir su canción.
El boyero no cantaba,
su mirada era su voz.

LO QUE EL BOYERO NO DIJO

Hasta los bueyes
que no saben que van por tus caminos...
Los bueyes, los que despiertan
con la perla derretida de su baba,
y con el oro tibio de su hilo, ya van
tu primer ropa haciendo,
madrugada.
Viajera sin regreso, tú, ya el río.
¿Hasta dónde me llevas?
Madrugada, recógeme,
como si fuera la primera lluvia;
que yo seré agua clara
subiendo por los pétalos el día,
para los bueyes
olorosos a niños sin juguetes.

LO QUE CANTABA EL BOYERO

Padre y madre están callando,
mas como están en mi cuerpo,
no duermen... están cantando.
Pero no sé todavía
cuál de los dos
fue el que quiso que a la tierra
viniera están
Orgullo y amor trajeron
esta cosa que ya soy.
Todavía estoy pensando
cuál de los dos fue el que quiso
que yo viniera a la tierra.
Amor, no pidió permiso,
menos lo pidió el dolor.

REMATE

Ay, madre, si tú me hubieras
interrogado: —Hijo mío,
¿quieres ir o no a la tierra?
Es el único permiso,
ay, madre, que yo no hubiera
querido que tú me dieras!

GUITARRA PANADERA

Sólo el silencio es amigo.
Pero también
no es amigo... si lo mudo
se oye bien...
¿Quién mide el aire y lo pone
cuadrado como pared?
¿Quién lo pone tan pequeño
que cabe en el puño.., quién?
El mapa se está llenando
de dientes como el menú.
Pero no importa:
el horno de mi guitarra
da caliente pan azul.

TORTUGA

Hueso del Tiempo, benigna
semilla suelta del mar.
Tú:
la primera piedra mansa
que se puso a caminar.
Vida amasada con muertes,
secreto lento del mar.
Te toco, tortuga, y siento
átomos tiernos de Adán.

CANCIÓN CON JOSÉ REMOTO

¿Quién, huyendo, pero siempre
no libre de oculto dueño...
tachuelas de meteoros
le arranca al portón del Tiempo?
Alguien también allá arriba
hace su carpintería.
Ya lo sabemos, José:
roncas maderas el trueno
rueda para ti que quieres
seguir tu oficio en el Cielo.
Tu don de martillo manso
yo lo conocí en la Tierra,
y sé que es pan todavía
si golpea.
Pero siento,
carpintero sin horario,
transparente y verdadero,
que clavas tan altos clavos
en el ataúd del Tiempo.
Desde aquí, José, ya veo
que en tu celeste ajetreo,
los cometas se te ponen
mansos como tu jumento.
Mas, como tu burriquito
contigo también fue al Cielo,
casi es seguro que andas
en tu cuadrúpedo tierno.
Carpintero,
inocente carpintero,
yo te conocí en la Tierra.
¡Qué más quiero!

AGUA

La del río, ¡qué blanda!
Pero qué dura es ésta:
la que cae de los párpados
es un agua que piensa.

MANSO

Manso Pedro, comprendo,
no es que quieras fortuna,
es que se ve más limpia
desde un Packard la luna.

CUANDO

Cuando el río tiene piedras
canta más y está más alto...
Por entre dientes de jueces
pasa mi sangre cantando.

JUEZ

El juez, mientras descansa,
limpia sus anteojos.
¿Y para qué los limpia,
si el sucio está en el ojo?

SED

Agua de afuera no enseña,
mas cuando el agua del ojo
cae al labio, sólo él,
sabe entonces,
para qué sirve la sed.

LLUEVE

Para qué llueve en mi pueblo,
si ya no están los charquitos
con su secreto de cielo.
¡Ya no llueve, ya no llueve,
aunque caiga el cielo entero!

GAYUMBA

La gayumba la hace el indio
en un hoyo y con dos cuerdas.
Mi voz, como la gayumba,
no canta si está sin tierra.
También, como la gayumba,
si aquí mismo he de empezar,
de la cueva de mi herida
nadie me viene a sacar.

AGUA DE PIEDRA

En esta fuente de piedra
bebió mi infancia.
Ya está vieja y seca pero...
la fuente sin agua canta.

COTORRA

Muy dándosela de bruja,
con su peluda joroba,
se sube a un palo de escoba,
mi nombre en su pico estruja,
y como un fruto blandito,
me lo deja con hoyitos.
La cotorra.

BUITRE

Se alimenta de difuntos
y no se le pudre el cuerpo;
¡es que se come los ojos
que son las fuentes del sueño!

TRAPITO

Negrito de voz sin luz,
algo te queda en la cara.
Tu risa: trapito blanco,
para secarte las lágrimas.

LEÑADOR

Casi un hilo, y es el filo
de tu hacha.
Un hilo que apenas brilla
pero que alumbra tu casa

QUENA

Le doy algo más que viento,
algo más: lo resucito.
Está de pie ya este poco
de esqueleto que yo toco.
Yo le doy carne al huesito.

CULEBRA

Camino que viaja solo.
Raíz de un árbol sin tierra.
Río seco.., pero ahora...
la culebra..Clave de las bailarinas.
Se trepa a la I de un palo.
Es peligrosa esta S
del cósmico abecedario.
Látigo sin mano y siempre
pegador y vagabundo,
como si ya, castigando,
aun lo estuviera usando
el primer odio del mundo.

LA VACA MUERTA

Amaneció en el camino
sin que nadie la velara
bajo las velas del cielo
que hasta a sus ojos bajaban.
Estaban blancos sus dientes,
(que siempre blancos estaban).
¡ Qué inofensivo era el día
cuando en sus dientes brillaba!
Ayer la echaron al hoyo,
su cara quedó hacia arriba.
¡ Duerme lo mismo que cuando
frente a los hombres vivía!

CARACOL

Ola que se puso dura,
pero dura resonante.
¿Qué avaro en tierra te llena:
alcancía de los mares?

CANARIO

Pedazo de sol chismoso,
erudito de garganta,
como no puede pensar,
canta.

INMIGRANTE

Oro triste de inmigrantes,
pensativo sol, fortuna
que pone el pelo de luna:
hoy de noche y noche antes...

VOZ

Porque se la tiro al fuego
y es como si le pusiera
pan al horno.., sólo ahora...
sé que mi voz alimenta.

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