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Parte I - III

III

Llevo dos meses en un batey sin nombre, porque los fundadores de este central, en su afán de abreviar tiempo y despersonalizar tanto a las gentes, a los sitios como a las cosas, lo han numerado todo. Y es cierto que he matado mi hambre, pero no sé qué hacer con este hastío que me engulle día y noche.

El batey es pequeño. Sólo tiene unas treinta casas, y en él no vive persona alguna con quien pueda hablar de las cosas que pienso. Porque allí está el viejo Dionisio, el mayordomo del contratista, pero de ese que podría decirse que se ha tragado la lengua. Cuando no va en su mula baya, mirando las cosas como si no las viese, dormita en el balcón de su casita blanca despidiendo el tufo del ron que se ha bebido durante el día.

El único que habla por cinco y hasta por diez, es Cleto, el policía del Central, un cibaeño colorado como un camarón y borrachín hasta más no poder. ¡Demonio de hombre este! Al principio no me gustaba, pero luego, observándolo bien, oyendo su inagotable torrente de dichos e historias, se me ha revelado su verdadera personalidad y ya le encuentro muy simpático.

Desde el amanecer monta en su mulo blanco, y como su casa está contigua a la bodega, al instante le tengo apoyado en la ventana, pidiéndome “su mañana”, la cual consiste en medio vaso de ron. Y si ese día tiene que prestar algún servicio urgente, dice pocas cosas, toma otro trago "pa no quedarse cojo”, y se marcha. Pero si puede perder un poco de tiempo, ¡ya voy a oír historias de sus amores y de sus combates!

Por allí se acerca. Creí que se hallaba en el batey vecino, haciendo la rueda a una querida que tiene allá, y por la cual la buena de Nica —la mujer de “entre-casa” que tiene aquí-- callada y taciturna como una figura de la desesperanza, vive ahogada en celos.

Y no me causa extrañeza que haya dirigido el mulo hacia acá, ya que no puede pasar cerca de la bodega sin darse su “palo”.

Después de atar las bridas del mulo en una de las delgadas columnas de madera de una especie de balcón que tiene la bodega para que los compradores, medianamente, escapen a las inclemencias del tiempo, se ha parado delante del mostrador, y como desde allí no se me ve, porque estoy en el depósito, suena su voz inconfundible:

—¡Bodeguero, bodeguero! Saiga d’eso rincone y venga a poneime una toma. Uté tá viviendo mejoi que l’aminitradol dei centrai.

Sonrío y voy a servirle, y no bien lo he hecho, cuando ya tiene el vaso en la diestra y levantándolo a la altura de sus ojos, haciendo como que mira a través del cristal y del ron el paisaje que ofrecen los cañaverales, dice:

—¡Ay, bodeguero! ¡Asina e’ como má bonita se ven la cosa!

Y bebe de un trago el espirituoso ron.

Hace un gesto de desagrado, escupe y comenta:

—Me va a cotai cambiai esa maica, poique ya tan dañándola... Aicánceme un chin de agua.

Le dejo escupiendo y voy por lo que me ha pedido. Cuando estoy de regreso, antes de tomar el agua, inclina el cuerpo sobre el mostrador, y mirando hacia su casa me pregunta en tono confidencial:

—¿Uté no le ha oído ná a Nica?.—¿A Nica? ¡Pero qué le voy a oír, si ella no habla!

—¿Que no habla, vale? —dice sorprendido--, echándose hacia atrás. Yo soy el único que le conoco a puiga. Uté la ve asina dique callaíta, con su cara de angelito, ¡pero tiene la música poi dentro!

—Sin embargo, siempre la he tenido por una mujer inofensiva.

—¡Ay, vale! Asina taría uté en su mano. Eso lo dice uté poique e mozo y no ha lidiao mujere. Eso son lo pájaro ma mal enjendrao que uté pue jallai. ¡Mire que eta mía...! Lo único, que se ha trompezao conmigo, que no se me pué roncai ni andaime con periquito; que si ella se hubiera dao con un pendejito ya se le hubiera montao ma j,arriba e la cabeza. Pero conmigo... -

Claramente, con un gesto, sugiere el resto de su frase. Luego bebe un poco de ron, carraspea, escupe de nuevo y mira otra vez los cañaverales con gesto de ensoñación.

—Bodeguero —dice entrecerrando los ojos—. Yo le aseguro que ya lo sombre no son un pie sucio de lo que eran en mi tiempo. Yo me veo dique a do mujeicita y ni an me conoco. - ¡Jai caracha! - . ¡Mire! Le voy a contai una hitoria de lo tiempo en que yo vine a eta finca poi primera ve....

Vuelve al ron, toma agua y se dispone a cumplir su promesa. Sin más preámbulo comienza a hablar:

-- Andaba juyendo, poique le había paitío ei pecuezo a un degraciao, cuando llegué poi primera vé a j'ete. Era en eso tiempo que se taban abriendo la tumba, y ei dinero corría poi lo carrile ni e l'agua en cañá cuando llueve duro. Dende que me metí aquí me sentí ni an pueico flaco en batatai bien parío, poique ganaba dinero en baibaridá y ei día y la noche eran coito para corretiá, andai en un caballo que eí sólo valía un dinerai, mujeriá el dao. Yo taba encaigao de abrí un baibaridá e tumba, y tuve la sueite de trompezame con ei maidito hombre ma pechú pa cogese lo ajeno que he visto en la tierra. Era un condenao mayoidomo de lo lao dei Súu, que me repoitaba cantida j’epeone que no esetían, poique eran nombre faiso; y lo día j’e pago, cuando yo diba a la oficina a cobrai, ¡no había chivo e Neyba que saltara la jangá e papeleta!

“Jacía el cobro, y dende que voitiaba la cara... ¡ahí ta ei maidito hombre ni an perro velón aonde matan un pueico! Y dende que yo jacía asina y picaba pa dime... ¡ahí diba ei condenao atrá de mí como el que va siguiendo gallina! Desimulaba jata salí del batei, pero dende que no lo veían clavaba el mulo y a poquito me dada aicance, poique yo lo esperaba en cuaiquié carrí.

“No j’añangotábamo en medio de una pieza e caña, y seguido se prencipiaba ei repaito  “Aquí tan lo de lo peone”, “aquí tan la chiripa” dipué, ¡toa esa loma que sobraba la paitíamo entre lo dó!... Vale, ¡que jangá e papeleta!”.

Después de esta exclamación se detiene. Permanece un momento extático, como si contemplara el dinero que cobró aquella vez. Se muerde el labio inferior. Luego, corriendo su mirada sobre el aparador, dice:

—Aicánceme otro palito, que ese maidito romo me ha dao garrapela. Voy a dejai de bebei romo e coloi. ¡Deme de aquei blanco!

Se lo sirvo y bebe con rapidez. Toma otro poco de agua y continúa:

—Vale, y la cosa hubiera seguío asina, poique yo no pensaba dejaí esa vida; pero e n’eso se le ocurrió al condenao mayoidomo traé una mujeicita que tenía e n'el Súu, y con ella a do heimana d’ei que todavía no se habían empliao y taban señorita.

“Quiso ei pecusio que de la tré la que ma me gutara fuera la mujeicita. Dende que la vide me dentró un revoitillo, vale, que me tenía lo seso ai galope —poique mi mayoi degracia siempre han sío la mujere--, y le juro que me se oividó que ei bendito hombre y yo éramo medio amigo y jata medio socio.

“Poi má que quise conteneime, ¡qué va!, cuando vine a vei ya le había maichao a la mujei — que se ñamaba Engracia——, y de ahí p’alante ya no fue posible aguantaise. To era brega de aqui, y brega de allí, y ella na má diciendo que si yo no veía que ella tenía su marío; que me enamorara de una e la muchacha; que sé yo, y que se cuando.., jata que ei día meno pensao,.¡vale!, me dio ei suto e decime a boquejarro que sí, que ella me quería dende ei día que me vio...

“¡J'a maidita! ¿Aquello taba bueno, bodeguero! Yo no he trompezao con mujeí como aquella, y mire que yo he comío laigo. Me di un emburujá, vale, que ya yo no paraba en la tumba, sino en la casa ei mayoidomo. Y ei condeao hombre que me topaba a tosa s,ora allá, di una vé prencipió a supechai, a poneiseme repeló, delicao y co n'uña ñoñería que ya me tenía ai canto de rompele ei bautimo. ¡Y juré que se lo hubiá rompío, poipe laj gana j’e reguilíamelo me tenían loco! Pero e n’eso la condená mujeicita, que se manijaba aguantándome, me se apareció con una salía que me dejó con la boca abieita..."

Unos haitianos que venían a comprar, al ver a Cleto hablando frente al mostrador, prudentemente han seguido de largo. El policía, haciendo un gesto de desagrado, exclama:

—¡Jesú! ¡Qué pete tiene esa gente!

Y como los peones llevaran el paso corto, les ha gritado:

—¡Acaben de pasai, jediondo j’ei diablo!

Los negros obedecen temerosos, con una sonrisa servil que solicita disculpa. Cleto escupe, toma un nuevo trago y continúa:

—Mire bodeguero, cuando a la mujei se le mete en la cabeza jacei una cosa, quítese de abusione poique la j’ace. Uté laj ve asina que una co notra se tiren al pecuezo, pero en tratándose de jacei una sinveigüencería en sociedá, se tapan como heimanita.

“La condená se compuso con Toña, la má vieja de la dó s’eimana del marío, pa que dijiera que tenía amore conmigo. Y la Toña, que que na má andaba pelándome e! diente dende que vino, di una ve dentró e n’e l’ asunto. Y asina, como tábemo lo tré compueto, la cosa aparentaba sei lo má naturai. Ni Engracia se ponía celosa, poique tó lo había compueto ella, ni ei mayoidomo supechaba ya ná y se había pueto lo ma mansito.

Pero vale, yo nunca he podío jugai con candela sin quemaime lo deo. La muchacha tenía una pieina y uno pechito que eso daba guto. Y eso de ta tó lo día sentao ai lao d,ella, ai lao d’ella...

¡Mire! Pa no casaile ei cuento, en meno e quince día ya Toña y yo no j’abíamo dao una emburujá que na má se veía ei plumero”.

Sueita un ¡j- anda pai sipote!”, y ríe recordando su triunfo. Vuelve a echarme un trago de ron y continúa más colorado que nunca:

—Pero ahí no se para e l’asunto, vale. La otra heimanita no era cosa dina e deprecio, y como me había peidío la veigüenza, ya se manijaba to ej día na má que poniéndome nombre y jata usando su jueguito e mano conmigo. ¡Mire vale, ya yo taba ni an muchacho jaitón que lo ponen a comé en demasía! Cuando me pasaba ceica Engracia, manque tuviera ai lao de Toña, le daba su naigá; y dende que daba la epaida, le daba su moidía a Toña pa que no creyera que yo quería ma a la otra. Ella me se quería revoitiá, pero pa qué tenía yo eta lengua: “Critiana, no ve que hay que mantenei l’aparienda”, le decía, “no ve que na má te quiero a ti”. Y to seguía lo má bien.

“Pero ei tanto sobai y ei tanto embromá la pacencia ya me habían pueto demasiado manituoso, vale, y cuando vine a vei ya taba pellicando a la má chiquita, y a ca rato retozando con’ella, y tomándole ei pelo, y cuando no me oían la s’otra le decía que ella si era buena jembra,

que era la ma bonita de toa, que qué bonito tenía eso pechito, que qué dichoso ei que se tirara ese bocao... y poraquí, y porallí, y cosa j’asina que a ella le voivían loca e la risa, ¡y ei veneno e la mano, vale, jata que un día, compai, llegué ai bojio medio taide y medio metío en mi amaigo, y me trompecé con que tó se habían dío pai pueblo a comprai lo trate j’e nochebuena que era en’eso diíta, ,y que la única que taba allí, solininga, era la muchachita.. .”

Aquí el policía se relame de gusto, y con la boca llena de risa, mirándome a los ojos, pregunta:

—Vale, ¿uté se ha jallao aiguna vé con una caitera con cien papeleta? Bueno; pué si no se la ha jallao, póngase a pensá e n’ei volío que daría de contento. Pué ¡créalo!,que ese día me puse como si me hubiera encontrao la caja dei centrai abieita e n’una pieza e caña!

“Enseguía me tiré dei caballo, me metí en la casa, y sin mirai p’atrá tan siquiera, tranqué la.pueita e la calle... La muchacha, que se taba dando cuenta, se puso coloraíta, y tó se le diba en preguntaime que si yo taba loco, que qué diba a jacei, que si me tentaba ej diablo, que no fuera malo... Pero ¡qué va, critiano!, si en la cara se le veía que guto no le faitaba a pesai de la veigüenza; y dende que le laigué la primera tenaciá me se quedó paraíta, temblando, con la cabeza agachá, y de ahí p’alante... bueno, vale... ¡ya uté se pué imaginá!’.

Ríe a carcajadas. Yo no puedo menos que acompañarle. Luego sigue:

—¡Anda pai sipote, bodeguero ¡Eso era andai derecho! Sólo poique ej diablo se econde en toa paite fue que me se pudo echai a peidé aquella diveisión.

Sigue riendo. Empina el codo otra vez y continúa:

—.La cosa se decompuso, vale, poique la maidita muchacha prencipiaron a vomitai y tó ei mundo se dio cuenta dei decalabro, y ¡j’ave María Purísima! ¡Entonces si se aimó la de Dió j’e Crito! Ei mayoidomo taba hecho un león y ná má decía que me mataba, que’to, que l’otro, que p’allí que p’aquí, jata que un día me cogieron lo cuento mai confesao, me cansé de que me ji-cieran má cuento, y una noche, a eso de la una, fui a su casa y lo ñamé:

—“¡Dun! ¡Dun!”

—“¿Quié n’e?”

—“¡Yo, Cleto, que vengo a conveisai co n’uté”

—“¡Ombe, pero eta no so n’ora!”

—“Pa lo que yo quiero eta e la mejoi...”

—“Y enseguía prencipiaron la mujere a dai grito y vociaime que poi Dió me dejara d’eso. Y ei maidito a decime que esa la pagaba yo, que ya se diban a acabai la consideracione, que a l’otro día la juticia se encaigaría de mí, y qué sé yo y qué se cuando... Jata que me se prendió la sangre y prencipié a vociaile que saliera pa fuera pa que supiera lo que era hombre. Y como no salía y hablaba má que una docena e cotorra, me decalenté y pelé po r’ei revoive y le caí a tiro ai zin de la casa.

Ya a la bulla se había alevantao to ej batei y prencipió a correi la gente, y a rogaime de lejito, que me tuviera quieto, que no jiciera eso, que ei no se metería má conmigo... Y mientra tanto ei muy pendejo no salía.

“Vale, a mi ná me dá tanto ecrúpulo como abusai de un hombre flojo, y le dije a to ei mundo que se acotaran y que yo me diba. Y asina fue. Ya me se había quitao la rabia poique en concencia sabía que yo era quien había peijudicao ai probe hombre, y me sentía jata medio aveigonzao. Asina a l’otro día no jicieron dique amigo, y quedamo en que yo mudara una de la muchacha y que la otra se quedara en la casa. Lo jicimo asina, y pa no cansaile ej cuento le diré que la ma chiquita se murió de paito y la otra se fue co n’ei muchachito pa ei Súu, poique la familia lo mandó a bucai dende que supo ei decalabro, ¡y como ya yo no tenía apuro!...”

Ha dicho esto encogiéndose de hombros, sirve otro trago y rápidamente se lo bebe.

—¡J’ave María! —...exclama—. ¡Qué malo tan fabricando ete romo!! Mire vale, pa romo bueno ej Cibao.

Escupe arrugando la cara, se enjuaga la boca y luego se queda mirando los cañaverales con vaguedad.

Está casi borracho. Como parece que no va a proseguir, le interrogo:

—¿Y el mayordomo y su mujer?

Me responde:

—Eso siguió asina, bodeguero. Yo en mi teje co n’ ella y el jaciéndose ej zonzo, poique me tenía un fuá que semiaba. E n’eso se acabaron la tumba, yo me fui pa ei Cibao y má nunca voiví a sabé d’ello.

—¡Usted era el diablo! comento.

Desatando las bridas de su mulo infla el pecho y me dice:

—¡Yo era hombre y no tieto!.Y montado y saliendo del patio me grita:

—¡Jata la vueita, vale!

Y se aleja a galope, camino del otro batey. Nica, en la puerta, lo mira con desesperanza.

¡Qué hombre, este Cleto! Para él no reviste importancia otra cosa que no sea batallas, gallos, mujeres y ron. Suponiendo que cada hombre tenga una idea fija, esa debe ser la de éste.

Decididamente no es de mal corazón. En su casa la comida es abundante y su mayor placer consiste en regalársela a quien la necesite. El dinero del sueldo nunca le alcanza, porque debe tanto y da tanto, que necesitaría ganar una suma mucho mayor para vivir sin deudas. Y creo que las contraería aunque ganare un millón, porque de poder hacerlo, seguramente en cada batey tendría un harén. ¡Qué deseo de faldas! Y ¡qué sed de ron!

* *

El viejo Dionisio es otra cosa. Toda la vida lo recordaré, tal como le vieron mis ojos el primer día, meciendo su obesa figura en la silla de su mula que siempre camina con las bridas sueltas, la cabeza inclinada, y los ojos perdidos entre las patas. Cuando mi vista lo alcanza, sé que viene por media botella de ron. Hay días en que se toma seis, y como mínimo, tres; pero eso es nada para él. Jamás he visto otro individuo que pueda beber tales cantidades de alcohol sin inmutarse. ¡Es que sus doscientas libras resisten!

No olvidaré nunca su voz de bajo, como ahuecada, pidiéndome el ron cada mañana: “Deme mi cafecito, bodeguero”, o si no: “Danielito, deme mi amanecer”. Y todo ello dicho en un tono tan cordial ¡Es un buenazo este viejo! ¡Tan callado como vive, pero tan oportuno cuando habla!

Este sí que no refiere historias de su vida. Lo más que me ha dicho, estando muy bebido, es una frase: “Bodeguero, yo soy su amigo. Y oiga un consejo de hombre suelto y de buey suelto no se fíe”... Y sonríe como sólo él sabe sonreír.

Puedo decir que le debo mucho, porque de no haberle hallado, desde mi llegada al batey hubiera tenido serios tropiezos. Ignoraba yo por completo las cosas de la finca. Me irritaba fácilmente con cualquier peón y profería amenazas frecuentemente. Cierto día un haitiano a quien le vendí una libra de arroz, me dijo ladrón. Al instante salté fuera de la tienda, machete en mano, dispuesto a ajustarle cuentas.

—¡Vuelve a decirlo! —le gritaba furioso—. ¡Vuelve a decirlo!

El viejo, que estaba por allí, me atajó:

—No haga eso, bodeguero. ¡No haga eso!

Y aunque me veía encolerizado y dispuesto a herir, hablaba con calma, como quien está seguro de que será obedecido.

—¡Pero ese haitiano me ha dicho ladrón, y yo no tolero que nadie me insulte! —fue mi alegato.

Sin dar importancia a mis palabras, como no se les da a las de un niño, el viejo respondió:

—Déjese de pendejá y aprenda a vivir en la finca. ¿Que le dijo ladrón? ¡fa, carajo! ¿Y cómo se llama usté?

Fue entonces cuando le dije mi nombre por primera vez. Me respondió con despreocupación:

—Bueno, pué olvide su nombre. Aquí pa los dominicanos usté se llama ladrón, y pa lo s’aitiano volé. Ese e s’el nombre que nos dan a to lo s’empleado de la compañía. ¡No le haga caso a esa gente!

Ya el haitiano estaba lejos y yo me sentía un poco corrido. Luego he aprendido lo que me explicó en tan pocas palabras el viejo Dionisio, y comprendo que nadie me lo hubiera dicho tan sencillamente. Porque me he acostumbrado. Reconozco la inutilidad de encolerizarme con estos infelices, porque ellos hablan sin ningún sentimiento de rencor o de maldad. Viven tan indefensos, han sido tan exprimidos, que ya no tienen energías. Si dicen “ladrón”, es no por ofender. Hablan por hablar y a veces sus duras palabras encierran adulación. Se han compenetrado instintivamente —pero demasiado bien— de lo poco que significan ante los que están por encima de ellos aquí. También instintivamente, conocen a perfección su destino, y por experiencia saben el terrible mal que les traería cualquier protesta. De ese convencimiento han hecho una filosofía. Resignadamente ellos dicen:

—En la finca tó son ladrón. Roba el bodeguero, roba el pescador, roba la mayordomo, y yo ta creyendo que la má ladrón de toitico son el blanco que juye en su carro.

Y yo pienso: ¿se podría vivir sin robar? Y sé que no es posible, porque una fuerza maquiavélica nos compele a ello. En la finca el robo tiene una clasificación diferente a la ordinaria. No es una vergüenza para nadie, porque se practica como cualquiera otra función natural, y se acepta como una condición ajena al empleo.

Pienso cómo cada uno hace lo suyo. Los pesadores de caña usan pesas cargadas para quitarles al carretero y al picador, desde quinientas a mil libras por carretada, además de doscientas que se descuentan corrientemente para que el peso del chucho salga aproximado con el de la factoría. Esto le proporciona varios cientos de pesos de over al dueño del tiro de caña, que con ese dinero se alivia un poco las multas, errores en su contra, y el precio del agua que beben sus bueyes (propios o alquilados a la compañía), agua que a veces es puramente simbólica, ya que se le cobra al colono y al contratista aunque tengan dentro o cerca de sus colonias —es decir, aún en terreno que no pertenece al central—, algún arroyo donde su ganado mitigue la sed.

La compañía prohíbe terminantemente las pesas cargadas, como prohíbe todo lo que a la vista signifique engaño, pero no dice nada cuando aparece el over —¡como si fuera cosa bajada del cielo!—, porque sabe que éste irá a sus manos irremisiblemente.

Los mayordomos de la casa —como se les dice a los del central—, también tienen su forma de robar. La oficina del cultivo paga los trabajos sumamente baratos. El desavero se ha llegado a pagar a menos de un centavo la tarea, y su precio ordinario es un centavo o centavo y medio. El desyerbo del interior de las piezas, en terrenos abandonados, pedregosos, donde no es posible hacer dos tareas en un día, a veces se ha pagado a cinco o seis centavos. ¡Pero esto es un milagro! Que los precios ordinarios son: tres, tres y medio o cuatro centavos la tarea, suba o baje el precio del azúcar. Los trabajadores a veces no quieren hacer los cultivos; no porque tengan energías para reclamar derechos o formular protestas, sino porque sus ojos les dicen que en dos días de trabajo no ganarán para comer una vez. Y entonces el mayordomo se ve en la necesidad de obligarles por la fuerza, valiéndose de la policía del central y de su propio machete, o tiene que hacer malabarismos; porque cuando el mister da la orden de realizar un trabajo a este o a aquel precio, es necesario hacerlo, puédase o no, para conservar el empleo, pues sabido es que los blancos son infalibles y que no rectifican órdenes. En tales casos, algunos ponen dinero de sus pequeños sueldos; pero otros, que no están dispuestos a ello, o que no pueden hacerlo, se valen de trampas. Proponen los trabajos —por su cuenta y con el riesgo también de ser despedidos si se les descubre la maniobra— a precios más altos que los estipulados por la oficina. Pero como no pueden presentar modificaciones en el reporte o pay-roll, para ajustar sus cuentas engañan al ignorante peón, y las cien tareas que ha hecho el trabajador, al ser medidas o calculadas, son convertidas en ochenta; las ochenta en sesenta, etc. Y entonces, ¡cuidarse de ser descubiertos!, porque la “seriedad” de la compañía no admite engaños.

En cuanto al bodeguero, la cosa es más complicada y más cruel. Se puede decir que ningún empleado se halla tan impelido al robo y a la desesperación como éste. Al bodeguero todo se le carga minuciosamente, ya sea una onza de pimienta, una cabeza de ajos, media libra de habichuelas o una nuez-moscada. El departamento tiene reglamentos impresos que son verdaderas leyes; fantásticas y drásticas leyes mediante las cuales queda uno condenado, extinguido, pulverizado, sin haber sido juzgado y sin tener opción a apelación de ninguna especie.

Con frecuencia Mr. Robinson escribe diciendo:

“Debe usted ceñirse estrictamente a tal artículo de nuestro reglamento”, o “De acuerdo con el artículo tal sírvase hacer esto o lo otro", como si aquel reglamento hubiera salido del Poder Ejecutivo en forma de decreto, o hubiera sido elaborado en el Congreso Nacional y convertido en ley.

Las tiendas no tienen balanzas adecuadas para comprobar el peso de los grandes sacos que despacha el almacén. En los reglamentos un “artículo” dice: Háganse reclamaciones por efectos dañados, recibidos de menos o rotos”, pero eso es ganas de decir, porque no se tienen los medios para comprobar faltas y, si se comprueban, la experiencia enseña que se debe pensar mucho antes de hacer reclamaciones, porque eso “daña el record”, y circulan de boca en boca historias de individuos que han sido despedidos inesperadamente, sin recibir explicación, poco después de haber reclamado una botella de ron que llegó rota en una caja, o algunas diez libras de habichuelas.

¡Y si fuera esto solamente! Pero hay que dar over.

Y sépase que los precios son fijos. El almacén despacha a cinco para que se venda a cinco, de acuerdo con los reglamentos y con la muy clara y visible lista de precios que hay en cada bodega; pero a fines de mes, o mejor dicho, cuando se pasan los inventarios, las cuentas deben aparecer como si se hubiera vendido a seis o a siete. Y si no se trabaja en esa forma, ¡a la calle!

Y si la compañía comprueba que el bodeguero vende incompleto, ¡a la calle, también! Porque antes de todo ellos necesitan demostrar que son personas muy rectas, honestas y metódicas.

¡Y dicen los curas que el infierno está por ahí!

En una de esas encrucijadas que como a conejillos se les tejen a los desolados empleados, estuve a punto de caer, de no hallarme oportunamente con el viejo Dionisio.

Se hallaba el mayordomo en la galería de la bodega consumiendo el ron de una botella que tenía el mostrador, cuando me vio entregarle a un peón varios paquetes que acababa de comprar.

—¿Y así e como uté vende siempre, o lo hace porque yo toy aquí? —me preguntó.

Aquello me sorprendió. Le miré fijamente, algo disgustado por aquella confianza que se permitía sin más ni más, y le interrogué a mi vez:

—¿Qué quiere decirme usted con eso?

—Que esos paquetes tan muy completo.

El viejo lo decía serenamente, pero yo me hallaba sorprendido.

——¿Y cómo se ha de vender? –pregunté-- La compañía así lo exige, y además, yo no robo.

El negrazo se sirvió medio vaso de ron; con su calma habitual se lo llevó a la boca y tragó.

Con un pañuelo se limpió el espeso bigote en cuyos pelos brillaban gotas del licor, y con esa sonrisa suya, me dijo:

—¡Ay, bodeguero, no sea usté pendejo! ¿Y adónde irá su alma si usté sigue vendiendo completo? Mire...

Cortó la frase como si quisiera examinar el terreno donde iba a dar el paso decisivo, como hombre que juega la vida en ello, y me miró intensamente, entrecerrando sus ojos que siempre parecen trozos de carne sangrante. Yo sostuve su mirada. Al fin sonrió y continuó:

—Yo he visto fracasar a mucho jovencito como usté. En estas bodegas tó los días hay uno nuevo porque aquí no e suficiente saber de números para sacar buena cuentas. Pa bregar con estos blancos hay que tener navaja, bodeguero, ¡muy buenas navaja! Ellos no s’aprietan, pero e pa que nosotro apretemos pa’lante. Aquí no se pué tener pena ni consideración. ¡Préndale la manta a to el mundo, que si no se lo llevará Júa!

Y tragó un poco de ron. Luego, bajando la voz aún más, me recomendó:

——Si usté ta vendiendo completo dende el principio, pase un balance eta noche; pero tenga mucho cuidao, porque en lo bateye hay mucho asusone y lambeojo, y si el blanco lo sabe, lo botan.

--La sorpresa no me dejaba hablar. El viejo, envolviendo la botella para marcharse, me dijo lo último:

—¡Dió quiera que ya usté no ande cojo! Déjese de cuento e camino. Eso blanco son como gato barsino. Ello le dicen que venda completo pa que usté crea que le despachan completo, pero ¡qué va! aquí completo na má tá usté.

Y los hechos confirmaron sus palabras. Tan pronto como llegó la noche, cerré la tienda, cené poco, y comencé a tomar un inventario cuidándome de no hacer ruido. Los sacos que estaban abiertos y cuyo peso no podía precisar, a simple vista, los fui vaciando en palanganas en otros envases pequeños cuya capacidad no excediera de treinta libras —es lo más que soportan algunas balanzas de las que hay en las tiendas para vender al detalle,—y después de sudar como un potro y de haber pegado cien veces el oído y el ojo a las paredes para enterarme de si me acechaban, pude anotar cuanto había en existencia.

Mi asombro fue grande cuando comparé las partidas y comprobé que había una diferencia de casi siete dólares en mi contra. Esa noche y los días siguientes para mí fueron infernales. No tenía un centavo ni a quien pedírselo prestado, y pensaba que si me pasaban inventario, sería arrojado por ladrón. ¡Y todo por no querer robar!

Las historias que me hacían me desesperaban. En esta misma tienda fue despedido deshonrosamente un bodeguero porque tuvo un déficit de cincuenta centavos. El procedimiento no pudo ser más brutal: cerraron la tienda y lo dejaron en el batey sin más explicaciones.

Fue entonces cuando concedí toda la razón a los peones que en cada empleado de la compañía ven a un pillo. Desde el día siguiente inicié mi aprendizaje de empleado eficiente, desollando a mis pobres clientes, para no deshonrarme y terminar fracasado.

¡Gran trabajo me ha costado dominar mis nervios y acallar mi conciencia! Es duro robarles a estos infelices; pero aquí, la lucha por la vida, como en la selva y como en el mar, es la misma.

Lo que dijo viejo Dionisio es una verdad aplastante: “Aquí no se pué tener pena ni consideración. Ellos nos aprietan, pero es pa que nosotro apretemos pa’lante’. ¡Y no hay que decir más!

Este maldito over, ¿quién lo inventaría? ¿Dónde halló esta gente tan diabólica forma de exprimir? No hubiera creído, por más que me lo hubieran dicho, que con su apariencia de personas serias, metódicas, invulnerables, podrían ser tan cínicos. ¿Cómo vivir en medio de esta injusticia, sabiéndose uno instrumento de tanta iniquidad?

No hay que dudar, ¡el hombre hambriento vende hasta el alma!

Allí viene viejo Dionisio. Seguramente no se detendrá, porque son las doce, pero al pasar me dirá ahuecando la voz:

—Enlíeme un cafecito, que voy a mandá por’él.

Tal como lo sospeché sucedió, y allí va corriendo desnudo, el negrito hijo suyo, que vino por la botella, con su cuerpo de ébano, brillando a los rayos del sol.

Es la hora de la canícula. Balduri, el haitiano bombero, raja leña silbando una canción protestante. Nica mira el camino por donde vendrá Cleto. Los haitianos, sentados en los troncos que servirán de combustible a la bomba, mastican su hambre, como bueyes que se echaran tranquilamente a rumiar.

Los perros duermen bajo los pisos. Las casitas se derriengan flageladas por el sol..

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