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“OVER” Ramón
Marrero Aristy 1 I Heme
aquí en una calle de mi pueblo Por ella he transitado desde mi niñez,
y todo esto tan familiar,
tan amable ordinariamente, de repente se me ha tornado extraño. ¿Extraño?
He dicho bien. Todo ha cambiado para mí; y sin embargo, estas casas
son las mismas
de ayer, y las personas que ahora veo, las mismas que me han visto
crecer. He ahí al obeso
señor Almánzar. Cuando yo nací era regidor del Ayuntamiento y aún
lo es. Allí se abanica tu
brillantísima calva don Justo Morales, prestamista durante toda su
vida y presidente del Club; alcanzo
a ver dormitando la siesta en la acera de su casa, sentado en cómoda
mecedora, al ventrudo
señor Salustio, siempre enfermo del hígado y quejumbroso de su
situación. Yo me palpo
y soy el mismo. Como el primer día me sigo llamando Daniel Compré;
o mejor dicho: Daniel,
que es como me llaman todos. Y sin embargo, he de reconocer que todo
esto que me rodea,
visto por mí a cada amanecer hasta hacerme hombre, se ha tornado
hoy en algo que me repele;
y una gran sensación de soledad se ha adueñado de todo mi ser. Es
indudable, hoy no es ayer ni mañana será hoy. Esta lógica
sencilla, pero irrebatible e inmodificable
existe, es palpable. Aquí estoy solo. ¡No lo puedo dudar! ¿No me
lo justifican las últimas
palabras de mi padre? Lo dijo bien claro. Me parece oírlo. Lo oirá
siempre: —No
deseo que turbes más mi paz. Molestas a mi mujer, me molestas a mí;
eres una sanguijuela
que pretende chuparme la sangre. ¡Vete! Sí.
Eso fue lo que dijo. Y mientras sus duras palabras me pegaban en el
rostro, mi madrastra, con
cara de Mefistófeles, sonreía desde una puerta. Y
si no fuera por el hambre que me atormenta, creería que todo fue un
sueño, pero ¡demonios!
aquella repleta mesa se perdió para siempre... Mas,
pienso a renglón seguido: ¿es esto para un hombre joven? Sí
y no; o mejor dicho: no y sí. No,
porque siendo joven, natural es que se tengan fuerzas, mucho orgullo
y un aspecto agradable,
por todo lo cual no se puede dudar que se es dueño de la vida. Sí,
porque si se tiene orgullo
no se pide, y hoy nadie ofrece; porque si se busca trabajo no se
halla, y además, porque en
este pueblo cualquier extraño les roba el alma a todos, para con
los que conocemos nadie es aquel
“noble y hospitalario dominicano” que aparece en las crónicas y
que según afirman existe en
el Cibao. El
Cibao, ¡ah, el Cibao! Pero esa rica región está a muchos kilómetros
de aquí; endiablados kilómetros
de carretera gris, quemada por este sol tropical, que es ideal,
cantado por los poetas, pero
terrible cuando se le soporta de lleno. Si
yo tuviera aquella lámpara de Aladino en mis manos para frotarla :¡zis!...
Y se abriría para
mí el alma de algún mister del central azucarero, o me caería del
cielo una buena mesa con algún
lechoncito ricamente asado, y platos de ensaladas, y pan dorado,
y... ¡ay! ¿Para qué soñar? Cierto
es que frente a mí está el central de avenidas hermosas y casitas
de ensueño, pero sólo ofrece
su “tiempo muerto” como un portazo a todo el que solicite
trabajo. Pero,
¿se debe perder la calma porque su padre le haya dicho a uno cosas
como sanguijuela, y
luego faltara poco para que le despidiera a la francesa? Pensemos
en ello. Es
innegable que hoy no se tiene un centavo, que se está sólo en el
mundo —aún en este pueblo
donde se ha criado uno—, que ya los compañeritos de los dulces días
de la infancia no aparecen. Unos son señores licenciados, doctores,
o simplemente grandes propietarios; otros, herederos
afortunados, por designios del destino o de la vida, ¡la vida! Ella
nos junta en la escuela
cuando somos inocentes, y allí llegamos a la intimidad, practicamos
la camaradería. ¡Se necesitaría
ser niño corrompido para tener noción de superioridad social en
esa época! Pero después... ¡Oh, las cosas cambian! Cada uno coge su rumbo. Unos nacieron para
esto y otros pera
aquello. Estos tienen dinero y aquellos no. Cada cual toma su senda,
éste hacia arriba, aquél hacia
abajo; quien se va metido en un cajón entre cuatro, hacia el
cementerio. De ése no se habla más.
Y luego, los que fueron en contrarias direcciones, se hallan un día
en la vida: —
“Adiós”. —“Adiós”. Al
más dichoso le queda una duda: —“¿Nos
conocimos?... Pero, ¿dónde? ¿cómo?... ¡Ah, sí!... ¡Fue en la
escuela!”. Y
como en su rostro se reflejara una emoción pasajera, la dama que va
a su lado —bien esbelta,
bella, traje fantástico— le pregunta mimosamente: —“¿Te
molestó ese hombre, querido?”. El responde: —“¡Oh,
no, mi vida! Sólo me trajo un recuerdo...” Y
sin decir más, siguen... hacia una diversión, hacia el hogar
feliz. El
otro, desaliñado, envejecido antes de tiempo, murmura: —“¡Es
don fulano!”. Y
también sigue, pero ¿hacia dónde?..: Me
he desviado un poco de mi centro. Decía que no se debe perder la
calma y trataré de conservarla.
Allí viene el señor Andújar; le ofreceré un saludo amable. Este
señor siempre me ha distinguido,
porque es gran amigo de mi padre. Ya pasa rozándome... “¡Adiós!”,
le he dicho con amabilidad. Me
ha mirado a través de los cristales de sus espejuelos y simplemente
ha inclinado la cabeza
con aparente dignidad. ¡Qué
raro es esto! ¿Qué podrá ser? ¿Le habrá dicho mi padre que yo
una vez...? Pero no lo creo,
porque cualquier hijo dispone de unos cuantos pesos de su padre sin
que esto sea motivo para
merecer el desprecio público, y sobre todo si el padre no es amigo
de dar y uno lo ha hecho con
la idea de comprarse un traje nuevo, prestarle algo a un amigo en
apuros y asistir a una diversión.
¡Qué diablos! Esto es poca cosa. Sin
embargo, parece que le ha dicho algo, porque ese gesto no denuncia
otra cosa. Estos señores
son harto sensibles con sus bolsillos. Yo
reconozco que los muchachos que como yo tienen pretensiones de
escritores, poetas y cosas
por el estilo, son mirados como verdaderas alimañas y arrojados por
inútiles e ilusos. ¡Qué
gente tan incomprensiva! Desistiré del señor Andújar. Pero
pensemos en el señor Méndez, en don Justo, en el señor Almánzar... ¡Ah,
ah, querido! Ya verás que no te hallas tan solo en la tierra. Esos
señores tienen hijos a quienes
aman, esposas, queridas. Pagan sus cuotas en el club; están
suscritos al “Listín Diario" y a
“La Opinión; satisfacen sus contribuciones al gobierno; son
personas civilizadas que comprenden
que la sociedad está integrada por elementos que no pueden vivir
aislados entre sí, como
decía mi profesor de octavo grado. Ellos saben que la perfección
del funcionamiento de los organismos
más complicados, se debe a la colaboración espontánea que existe
entre todos sus miembros,
y más aún, a la que existe entre las partículas vivas que forman
los tejidos de esos miembros.
¡Gente así no me puede faltar! Voy decidido a emprender la
agradable tarea de proporcionarles a
mis semejantes una oportunidad de ser humanos, espléndidos, dando
muestra de Todo
es diferente. Aquí sólo hay... ¡Nada! Que las cosas no son como
uno las piensa. Y
yo que creí... Pero sólo una cocinerita me sonrió en una de las
casas que visité. Los hijos de
esos señores parecían engolfados en importantes lecturas, mientras
yo conversaba con sus padres,
exponiéndoles mis sencillos planes de ayuda mutua. Ellos me prestarían
dinero, yo trabajaría
y les pagaría sus haberes; luego yo quedaría solo, encarrilado,
dueño de mi destino. Este
sencillo plan reveló unas cuantas arrugas en las caras de algunas
señoras esposas, y los demás...
¡tan distraídos! Y
luego, las frases de don tal o don cual: .—“Joven,
yo lo lamento, pero no me es posible; reconozco sus buenas
cualidades, pero usted
comprenderá... Yo no puedo arriesgarme... Además...”. Ya,
cuando han a esa parte, yo tenía el sombrero en las manos y me
hallaba en disposición de
marcharme. ¡Así
es la vida! *
* En
estos momentos me hallo en la parte alta de la ciudad. Al fondo se
ven las inmensas chimeneas
de las factorías del central azucarero. No despiden humo. Parece
que se caerán la una sobre
la otra. Tan altas son que esta ilusión se produce constantemente. La
arboleda cubre las viviendas de ensueño del central. Allí mora
gran número de empleados
que ante mí se presentan como los seres más felices de la tierra.
Tienen esposas, hijitos.
Son jóvenes en su mayoría; viven en esas casitas tan lindas, todas
pintadas de un mismo color,
con sus jardinillos en frente, llenos de flores, de vida. ¡Y con su
pan tan a la mano! Rinden sus
tareas en los diversos departamentos de la compañía y cuando
terminan sus jornadas, vienen a
sus casas, besan a sus jóvenes esposas, acarician a sus niños,
toman el baño, y luego, ponen la radio
a tocar y leen un periódico, un libro... ¡Eso es vivir feliz y
humildemente! Y
seguiría soñando, si no me atormentara tanto el estómago, pero...
¡Demonios! ¿Esto es lo que
se llama hambre? Pues no tengo gusto en conocerla, señora. Mejor
quisiera aquella maravillosa
lámpara... Pero
ya vuelvo a soñar y esto no es conveniente. Ahora
recuerdo que me queda un amigo. Se trata de un buen hombre que fue
peón de mi casa.
Se llama Julio. Yo le defendí muchas veces, le traté mejor que los
demás y hasta le regalé alguna
moneda. Ahora tiene un ventorrillo; voy a ocuparla, pues por poca
cosa que tenga un ventorrillo,
allí se pueden hallar guineos, mangos y naranjas. Cuatro
zancadas y ya veo la casa. Me acerco fingiendo que paseo, tal como
corresponde a una
persona de mi condición. Llego a la puerta y me detengo. ¡Oh,
vale Julio! —exclamó en tono amable. —¿Qué
tal, don Danielito? —me responde sonriendo—. ¡Dichoso los ojos
que lo ven! Y
al instante agrega solícito: —Epere
que le limpie esa caja, caramba. Nosotro semo probe, pero uté
siempre aquí está bien
llegao. Ha
dicho esto con tanta alegría, tan sencillamente, que me ha
conmovido. ¡Si supiera este buen
hombre que no he venido por él, sino por sus guineos! —No
se apure, vale. Yo no soy pretencioso..Eso le digo, y luego, como
quien acaba de comerse una gallina, preguntó: —¿Y
esos guineos? Y
él responde: —Son
como azúcar. Y
comienza a desprenderlos del racimo. —Vaya
probándolo, —insinúa. Me
lanzo sobre ellos con tal avidez que me olvido de encubrir las
apariencias y trago desesperadamente,
como un loco. —Dulces,
vale Julio, dulces... —murmuró engullendo. A
poco estoy lleno hasta la nuez. Ahora
es lo serio. Tengo que simular. ¿Qué hacer? Me he creado una
molesta situación. Pero logro
dormir mis nervios y permanezco durante media hora comentando la
sequía o cualquier tontería
con el vale. Hasta que por fin llega el momento más oportuno para
partir. Entonces me pongo
de pies, me llevo una mano al bolsillo y exclamo: —¡Ah!
—y lo digo con aire de tonto —. Vale Julio, olvidé la
cartera... ¡Qué cosa! —No
se apure. No se apure —corta mi noble amigo—. Me lo paga luego.
Eso no vale nada. Y
el buen hombre sonríe, sonríe. —¡Diablos!
¿Por qué sonreirá así? ¿Sabrá el...? No
es del todo imposible. Las cosas se comentan mucho en un pueblo. No
puedo soportar esta
idea y me marcho cuanto antes, verdaderamente avergonzado. *
* La
noche se me ha echado encima sin ninguna ceremonia. Hay en las
calles una profusión de vehículos,
gentes y polvo, que me hace daño. Creo que en el único sitio donde
se puede estar más
cómodo es en el parque principal del pueblo y camino hacia allá. Las
aceras desunidas, están salpicadas de vecinos que en chanclos y en
mangas de camisa, leen
los periódicas o comentan los chismes del día, despreocupadamente,
a la criolla usanza, mientras
toman el fresco. Los muchachos juegan a la luz de las bombillas del
alumbrado público. A
poco, la arboleda del parque se destaca a mi vista. Entre las ramas
juguetean los rayos de la
luz eléctrica. En los paseos se ven señoritas vestidas lo más
elegantemente que les ha sido posible,
luciendo sus encantos a los hombres del pueblo. En algún banco, una
parejita integrada por
los indefectibles “él” y “ella”, se enamoran como pichones.
El, casi abrazándola, le murmura cosas
al oído. Ella, le oye como en un éxtasis y de rato en rato
despierta riendo histéricamente. En
otro banco, un grupo de contratistas, colonos y otros individuos que
viven del central, hablan de
política internacional o criolla, de toneladas de caña, precios
del azúcar, del poder de sus equipos
de trabajo, integrados por bueyes, carretas y hombres. Por allá,
unos muchachos vociferan
y corren detrás de un loco mendigo. Suena monótonamente el timbre
del cine que está frente
al parque. Las muchachas vestidas de seda, siguen su paseo con
aspecto de pavos reales. Algunos
mocitos tímidos, siguen tras ellas a una distancia que les deje
entrever sus intenciones, sin
ocasionar protestas hipócritas. Las hembras se solazan y sus carnes
jóvenes y mórbidas tiemblan
oprimidas por los ceñidos trajes. Yo,
desde un banco los contemplo a todos, felices, despreocupados,
seguros de que esta noche
hallarán una buena cama donde dormir. Los veo. Ellos desfilan
indiferentes ante mí, como si yo no existiera. De
momento, aparece una figura que me es conocida y que cruza el parque
a largos pasos. No
me equivoco, se trata de mi padre, el señor Lope Comprés. Ya casi
lo había olvidado, pero al verlo
pasar como un extraño cerca de mí, me siento sublevado y apenas
puedo contener el deseo de
gritarle:—”¿Qué has hecho? ¿Por qué me dejas así? ¡Debiste
darme para el camino! Yo no estuviera
en la tierra, si no fuera por ti; y ahora me dejas solo, ¡solo!,
sin profesión, sin oficio, ¡sin
nada!” Pero reprimo ese deseo y, a pesar de mi amargura, no digo
nada. El profundo conocimiento
que sobre mi padre tengo, me ha cerrado la boca. ¿Qué ganaría con
hablarle? Nada.
El viejo tiene sus ideas; no entiende esas cosas. El hecho alarmante
de haberle gastado algún
dinero en ciertas ocasiones y el no menor de haberle reclamado mis
derechos de hombre y de
hijo delante de mi madrastra en momentos en que ella pretendía
humillarme, le han vuelto contra
mí; o eso ha servido de pretexto para que descubriese sus deseos de
echarme porque adivino
que en el fondo ya hacía tiempo que tenía su resolución hecha. Se
mostraba desconfiado. Me
consideraba un sujeto peligroso pera sus intereses, y como es un
hombre endurecido , jamás se
ha explicado cómo a mi edad no vivo por mi cuenta. Ahora
recuerdo una historia —la suya— que me he contado más de cien
veces. Mi
abuelo —su padre— no fue con él todo lo bueno que se debe ser
con un hijo. Era hombre muy
rudo, de campo, y desde pequeñín dedicó al hijo a faenas durísimas.
Mi padre creció casi a la
intemperie, perdido durante largos períodos, en los montes, en
cortes de madera, en conucos solitarios,
abiertos en el corazón de montes inmensos. Los cortos días que
pasaba bajo techo, era sufriendo
el desagradable trato de una madrastra irascible. Y así, explotado,
desconocido como ser
humano, llegó a hombrecito. Fue entonces cuando el viejo le dijo: —Amigo,
ya lo he criado. Vaya ahora por ahí a ver cómo vive. Eso
ocurrió en un campo. El muchacho se fue cabizbajo, mochila al
hombro, rencoroso, con ganas
de incendiar la tierra. Luchó rudamente. Como tenía personalidad,
se hizo dueño de una sección
rural. Allí fue un verdadero cacique. No había moza que no se le
entregara, porque además
de buena presencia, buenos caballos y dinero, poseía esos arranques
de macho ante los cuales
se desmayan las hembras sin condición alguna. Los
hijos abundaron, pero ninguno vivió con él. Eran el producto de
cualquier cópula salvaje bajo
la lujuria de los montes. Uno
de esos hijos soy yo. Y ahora, al compararme con mis otros hermanos,
y al recordar cómo
mi padre fue criado y en qué forma vivió, comprendo que mucho ha
hecho con darme comida
hasta hoy. Mi
indignación se ha apagado ante la evidente razón. *
* De
un vagón de los que emplea el central para el transporte de caña,
he hecho mi dormitorio. Mi
americana tendida en el piso, yo sobre ella, y sobre mí, el cielo
estrellado. Las
horas van lentamente. El sueño se me ha fugado. Cerca, las grandes
factorías muestran mil
ojos sin luz, mientras las ranas croan, croan, croan... De
rato en rato, un sereno lanza al espacio el grito de su silbato.
Ladra un perro. Canta un gallo.
Silencio..
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