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Parte I - II

II

Las ocho de la mañana. Me hallo en la puerta principal de la gran bodega del central azucarero, esperando la llegada del manager.

Procuro, mientras tanto, recordar algo sobre este hombre a quien he visto muy pocas veces, a fin de dirigirme a él en una forma adecuada. Pero las cosas que he oído decir acerca de este magnate no son muy halagadoras. Se llama Mr. Robinson; tiene unos cincuenta años que no aparenta. Es más obeso que un tonel y, según dicen, tiene un humor de todos los diablos. Cuyas son historias como esta: cuentan que hasta el asistente o segundo manager —un mister latinoamericano—, llegóse un mozo en busca de trabajo. Según me contaron, el muchacho tuvo la fortuna de obtener del segundo una plaza en la tienda central. No se había percatado de ello Mr. Robinson, debido a su costumbre de no mirar ni saludar a quien no pertenezca a su raza — costumbre que practica hasta el extremo de que empleados que llevan diez años en su oficina, a su lado, no le han oído decir “buenos días”—, hasta que hallándose una mañana en la puerta de su despacho, asomado a la tienda, mirando a la gente que llegaba y salía, vio entrar al joven, taconeando con unos zapatos muy a la última moda. Miróle de pies a cabeza. Halló que tenía un talle muy largo, la cara llena de barros, la camisa deportiva y muy limpia... y al instante llamó a mister Lilo —que así se llama el asistente—. Cuando lo tuvo frente a su escritorio —ya había movido su humanidad hasta allí—, le preguntó fingiendo extrañeza:

—Lilo, ¿este hombri largo de camisa de Jersey, trabajando aquí?

—Sí, Mr. Robinson—, respondió el subalterno.

—¡ Oooh! —exclamó el norteamericano como sintiendo náuseas—. Sacando ese hombri muy pronto de aquí, ¡muy pronto! Mí no queriendo verlo más, ¿comprendi?

¿Y qué hacer? Al instante, el muchacho fue despedido.

Me dijeron luego que era un excelente empleado y una buena persona, pero bastó con que el manager no estuviera de acuerdo con que la naturaleza le hubiese dotado de un talle poco común, y que por añadidura llevase camisa deportiva y zapatos con tacones de suela.

Y también cuentan de él lo siguiente:

Cierta vez, uno de los encargados de tiendas de campo, individuo que contaba más de dos años rindiendo buena labor, tuvo la mala fortuna de dirigirse al manager en solicitud de un permiso, según su carta, para ocuparse de su salud, no muy buena en esos días.

Leyó Mr. Robinson la carta, y al pie de ésta, el nombre del encargado de tienda. Quedóse con la vista entornada como quien registra el pasado, mientras tamborileaba con los dedos sobre el cristal de su gran escritorio. A poco se le oyó exclamar:

—¡Oh, caramba! ¡Mí cree que ricuelda!

Y llamó al asistente.

Presentóse éste. El jefe le preguntó sin preámbulos:

—Este que firmando aquí, ¿no trabajando en el planta eléctrica del pueblo alguna vez?

El asistente se rascó detrás de la oreja, forzando el cofre de su memoria para hurgar allí lo que debía responder a su jefe; hasta que al fin, con la alegría reflejada en el rostro, como si hubiera hallado un caudal, contestó:

—Sí, Mr. Robinson; cuando él era pequeño sirvió allí de mensajero.

—¡Ah, ah! —exclamó el ventrudo rubido—. ¡Botando ese hombri seguido! Ese hombri una vez haciendo para mí un cosa muy mala! ¡Muy mala!

“El cosa muy mala” que el empleado «haciendo para él” cuando niño, fue lo siguiente:

Como se ha dicho, el chicuelo era mensajero de la planta eléctrica del pueblo. Mandado que fue a llevarle una nota al referido personaje con instrucciones de que esperase respuesta, el rapaz, que era bastante impaciente, se dirigió al señor del gran escritorio:

—Oiga, mister. Yo espero contestación y hace media hora que estoy aquí.

Se volvió el blanco y en tono despectivo exclamó:.—¡Oh, machacho! ¡Mí no hablando con gentes de tu tamaño!

Fue aquello como acercar fuego a la pólvora. Sintióse herido en su amor propio el pequeño, y acto seguido le espetó la siguiente andanada de palabras de su repertorio:

—¡Blanco del diablo! ¡Barriga e pandero! Lo que usté busca e’ que le saque a pedrá los quintales de boñiga que tiene en esa panza!

El yanqui gritaba alarmado:

---¡Oh, diablo, diablo! ¡Sacando mí de aquí este diablo!

Y el chicuelo, que sabía cómo se cumplían las órdenes de Mr. Robinson, puso pies en polvorosa, diciendo horrores de la progenitora del americano y de otros miembros de su familia a quienes parecía conocer de viejo.

Este desagradable recuerdo motivó que diez o doce años más tarde un hombre perdiera su empleo.

Y como ésta, y aún peores, del señor manager se cuentan muchas historias.

* *

Veo una especie de fardo blanco que asoma su volumen por aquella avenida. Mucho se parece a una persona, y siendo una persona, no se puede dudar de su identidad. Solo mi hombre tiene una fachada semejante.

No me he equivocado. Es el señor manager que hoy ha querido hacer ejercicio y permitió que el chofer trajera el automóvil sin su carga. Supongo que el vehículo debe estar de pláceme, y si lo viera, con todo y ser una máquina y aunque la gente pusiera en tela de juicio el equilibrio de mis facultades mentales, lo felicitaría sinceramente, porque ni a los hierros les debe ser grato echarse encima un volumen como el de este señor.

Acaba de entrar. Me doy algunos paseítos mirando los escaparates de la gran tienda en lo que el sujeto se despoja de su americana y toma posesión de su asiento. Han pasado unos diez minutos y creo que es tiempo sobrado para haber realizado esa operación. Me encamino a la puerta de la oficina. Ya estoy frente al enorme señor. No ha levantado la vista, a pesar de que sabe que alguien está frente a él; pero no hay que desanimarse, es su costumbre.

Carraspeo un poco, y como no se da por enterado, le hablo:

—Mr. Robinson... Yo deseo que usted me permita algunas palabras.

Me mira. ¡Qué ojos tan azules y desconfiados! Parece que no es posible entablar relaciones cordiales con su dueño. Se diría que tema ensuciarlos mirando a personas que no sean como él.

—Hablando pronto— exige en tono poco amable.

Sé que no debo perder tiempo y digo:

—Deseo trabajar en este departamento. Tengo experiencia en el oficio, porque en mi vida no he hecho otra cosa.

Nunca había vendido una libra de arroz, pero lo dije con gran serenidad.

__¿Dónde trabajando usted anteriormente?

—En muchas partes. Yo...

—¡Mí pregunta que donde trabajando usted la última vez!

—¡Ah! Ya entiendo... ¡En Barahona!

—¿Cuánto tiempo?

—Cinco años.

¿ Por qué saliendo usted?

Eee... yo renuncié porque tenía aquí un pariente enfermo. Usted comprenderá...

—¡Basta! —me corta áspero..No tengo tiempo de pensar. He dicho una porción de mentiras que no había preparado. Estoy en el aire. El americano oprime un botón y se presenta mister Lilo.

—Arreglando este hombri para mandarle al campo— ordena el jefe.

El segundo se inclina ante él y con la mirada me indica que le siga los pasos.

Nos trasladamos a otro departamento. Casi no puedo explicarme lo ocurrido. ¡Cuesta tanto trabajo obtener un empleo de éstos! Y, sin embargo, a mí, en la forma más precipitada y extraña, sin que yo mismo me enterase de que se me había aceptado, al fin de un diálogo harto accidentado, a pesar de lo breve, acaban de recibirme como bodeguero del central.

Tiemblo de alegría. Y no es para menos después de sólo haber comido guineos el día anterior y haber pasado la noche a la intemperie.

Pellízcome muslos y manos para convencerme de que no sufro una pesadilla, echado en el duro vagón. Pero no hay duda. Estoy despierto.

Me indican que ocupe un escritorio. Un taquígrafo me ofrece un formulario en el cual se pregunta desde nombre del solicitante de empleo hasta cuáles son sus ideas filosóficas, pasando, desde luego, por aquello de si toma drogas, bebidas alcohólicas, si es terrateniente, cuál es su temperamento, y si no me equivoco, también si el mortal que tenga la obligación de contestar todo eso, alguna vez en la calle ha tropezado con un comunista.

Lleno el formulario en el acto. Luego el taquígrafo me pregunta en voz baja:

—¿Sabe usted que va a ganar ocho pesos semanales en una bodeguita de campo?

No lo sabía, pero respondí que si.

—Entonces, firme aquí.

Me extiende una hoja impresa en inglés. Por algunas palabras que mal entiendo de ese idioma, me entero de que se trata de afianzarme, nada menos. Una compañía de seguros de allende el mar, se hace responsable de mí, sin yo conocerla... ¡y sin conocerme, es natural!

—Espere un momento---. dice nuevamente el asistente.

A poco, viene un alemán colorado como un tomate maduro a quien he oído llamar mister Baumer. No sé por qué su cara me recuerda la de un sátiro. Me examina de una mirada y me lanza a quemarropa:

—¿Usted es el hombge?

—Sí, señor.

—Espera en aquel auto. Yo va en seguida.

Se le nota que hace esfuerzos por evitar la g. Obedezco —no hago otra cosa desde que entré aquí..—, y ya instalado en el vehículo veo venir al teutón seguido de otro empleado. Traen un maletín, una balanza y una cuerda para colgar dicho instrumento. Ocupan el asiento delantero. El alemán toma el volante. Resopla el motor mientras el automóvil realiza maniobras. Luego, se tiende calle arriba, hacia el pueblo, tragando brisa.

La ciudad se ha quedado detrás, llena de indiferencia. Cuando se vuelve la mirada, se ven las inmensas chimeneas, elevándose al cielo, como robando nubes. Frente a nosotros se arrastra la carretera gris, flexible y larga. A nuestros lados se fugan paños de montes, potreros, bateyes diminutos que escapan miedosos, cañaverales, bueyes.

Solo, en el asiento trasero, tirado como un fardo, observo la nuca poderosa como de toro, del alemán que conduce la máquina. Ni una palabra, ni una mirada me ha dirigido. Comprendo al instante que se me lleva allí como se lleva una cosa.

Algo raro me sucede. No creí que una alegría como la que experimenté al salir del despacho del manager, comenzaría a desvanecerse tan pronto. Esta completa indiferencia hacia mí, el silencio temeroso de los empleados de aquella oficina, gentes que se mueven como sombras, los dependientes hablando en voz baja y como temiendo constantemente una llamada del jefe, a quien tienen que obedecer sin errores y sin demora; todo eso me ha causado una desagradable impresión; me ha dejado en una especie de vacío, con un presentimiento que no llego a definir.

En cambio, ¡con cuánta desenvoltura hacía sonar sus grandes botas el alemán! ¡Qué dueño de sí mismo el asistente o segundo manager! Y el gran norteño, en su espacioso escritorio, echado hacia atrás en aquel cómodo sillón, luciendo su gran boca de batracio y su vientre enorme, como un rey en su trono.

Nunca olvidaré a esos hombres que hablan fuerte y pisan como militares. Ni tampoco se me borrará la visión de aquellos empleadillos —encanecidos algunos, a pesar de ser jóvenes adosados a sus escritorios como una maquinilla u otro instrumento del servicio.

* *

El hambre y el ronquido monótono de la máquina me van adormeciendo, y lo que conozco de la gran compañía, pasa por mi mente como una cinta cinematográfica...

Veo al administrador en una especie de alcázar que le sirve de residencia, rosado, saludable, rodeado de unos veinticinco sirvientes, mirando abstraídamente el mar. Quizás piense que no puede conducir a la vez sus cinco automóviles y que su sueldo mensual necesita cuatro cifras para escribirse en dólares. Luego, como una procesión, van desfilando los subalternos: el subadministrador —hombre activísimo, cuya rigidez sólo puede ser comparada con la del hierro—..

También su sueldo necesita de las cuatro cifras. Siguen los jefes de departamentos, que son algo así como los secretarios de estado de esta república que es el central. Se denominan superintendentes, y los hay de tráfico (encargado de los frenes), de construcción, de cultivo, de crianza. Existe el auditor, que maneja las finanzas y todas las oficinas, y finalmente, el enorme de lo que ellos llaman Stores Departament. Sus sueldos oscilen entre los ochocientos y seiscientos dólares al mes además de mil comodidades y servicios que se añaden a estos cargos que son verdaderas canongías.

Van detrás los demás empleados de trescientos, doscientos, cien dólares mensuales. Todos —con rarísimas excepciones---- extranjeros que ocupan las mejores residencias destinadas a empleados en las avenidas del batey central Y finalmente, los empleadillos del género de aquellos que parecen formar parte del escritorio, a quienes sospeché tan felices en sus casitas verdes, con sus mujeres cariñosas y sus hijitos pequeños.

La máquina ronca, ronca. El alemán parece de plomo. Su compañero contempla el paisaje que se fuga veloz.

De momento un impacto me sacude el adormecimiento. Ruge el motor. Es una recua de burros carga, dos de víveres y carbón, que va hacia el pueblo. Sus guiadores, hombres y mujeres ennegrecidos, rotos y macilentos, miran con horror nuestra máquina, desesperados porque sus animales se han dispersado. El blanco, al moderar la marcha, ha lanzado una palabrota en Inglés o en alemán, que a juzgar por tono el debe significar algo atroz. El empleado sigue mudo.

Pasamos sin cuidarnos de los campesinos ni de sus animales. La máquina reanuda su marcha. Vuelvo a dormitar.

Un kilómetro más allá, el automóvil disminuye nuevamente velocidad. Cambia de dirección. Ahora los saltos no me permiten reposo. Saco la cabeza y veo que hemos abandonado la carretera y vamos por un carril que semeja una cicatriz en el vientre del gran cañaveral..Los haitianos con quienes tropezamos se lanzan asustados entre la caña. El vehículo continúa dando tumbos. El alemán parece un dios que domina el motor.

A poco aparece un batey a la vista. Casitas en hileras paralelas, todas blancas, menos una, que fuera de orden, aparece negra como el carbón, despidiendo humo por una chimenea que le sale del techo. Es la bomba. Detrás se levantan tres barracones con los ojos abiertos. Más allá, la bodega, pequeñita aplastada, se encoge en un rincón.

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