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Parte I - V

      V

Diciembre corre con sus brisas frías. Los cañaverales florecidos de espigas, inmensos como un mar,, serán abatidos desde mañana por la tromba humana que llegó de Haití y de las islas inglesas.

Cocolos y haitianos vinieron este año, como siempre, encerrados en las hediondas bodegas de vapores de carga, de lentas goletas, o en camiones, apretujados como mercancías.

Por tierra o por mar, cuando llegan a los muelles de la compañía o a la estación terrestre, están a tal extremo deshechos que apenas se enteran de cuanto les está ocurriendo. Algunos que han hecho el viaje, me lo han descrito con todos sus detalles.

En el vientre de un buque de carga, meten generalmente una cantidad de hombres dos o tres veces mayor que la prudente. Allí los negros pasan días y noches, los unos encima de los otros, alimentándose con pan y sardinas de latas que les son suministrados por los que el central envía a reclutar hombres a Haití y a las islas inglesas. Gentes no acostumbradas a navegar vomitan con frecuencia encima de sus compañeros. Esto les revuelve los estómagos a los demás y entonces el vómito se llega a generalizar, hasta quedar la bodega en condiciones tales, que no se encuentra lugar donde poner un pie. A esta miseria se añade que muchos, debido a su estado de postración y al mareo, y por falta de comodidades —ya que no pueden salir de su cárcel—, realizan sus necesidades fisiológicas allí mismo. Esto es en los barcos.

Los que viajan en camiones hacen el trayecto desde Haití al Central en la caja de carga de los vehículos, de pies, imposibilitados para sentarse durante un momento. Como el cargamento humano sobrepasa la capacidad del camión, y los hombres, por efectos de la inercia en las curvas del camino son arrojados de un lado a otro; esto provoca, año tras año, terribles volcaduras con sus naturales balances de muertos y heridos que raras veces aparecen en las columnas de algún periódico sin ninguna clase de detalles.

Cuando llegan al batey central, los pobres negros no saben lo que se trata de hacer con ellos.

Están molidos, indefensos, y se dejan arrear en rebaños. Entonces son repartidos. En un corral de alambre de púas, encerrados como ganado, vigilados por los policías del central que rondan cejijuntos, armados de revólver y machete, son contados y apartados, para ser remitidos a las diversas colonias.

Dice una voz:

—Para “El 63”, ¡cincuenta hombres!

Y otra responde:

—¡Ya están!

Sigue la primera:

—Para ‘El 109’, ¡treinticinco hombres!

Y la otra repite:

—¡Ya están!

Y cada grupo lleva su factura. A cada hombre se le ata en la pretina, en la pechera de la camisa o en el harapo que haga sus veces, el número que le servirá de identificación. Ya podrá llamarse Joseph Luis, Miguel Pie, Joe Brown, Peter Wilis o como mejor desee. Aunque su nombre cambie en cada batey, cuando más tarde vagabundee de Colonia en colonia, su número será siempre el mismo, para hallarlo a la hora de la recolección, cuando se le devuelva sin savia a su isla o al vecino Haití.

Algunos mayordomos de contratistas, o contratistas y colonos, se encuentran en el lugar del reparto, y escogen sus hombres como buenos compradores de reses.

—¡No quiero cocolos, porque discuten mucho! —dice uno.

Otro protesta:

—A mí no me hablen de haitianos, que son muy haraganes.

Es la selección del personal..Entre las filas, alguien descubre a un picador conocido, que ha estado en el país durante la otra zafra. Si es “bueno”, lo reclama con toda energía:

—¡Dénme a Telemaco! ¡Ese hombre es míol

Si es de “los discutidores” y se le ha incluido entre los suyos, el señor contratista, mayordomo o colono estallará en protesta:

—¡Sáquenme este maldito, que no quiero abogados! Generalmente los “abogados” son cocolos que saben leer y conocen el peso de caña.

Una enorme locomotora, en cuyas entrañas arde la desesperación del fuego, resopla a poca distancia, con una larga cola de vagones esperando el cargamento. Los inmigrantes son distribuidos en los vagones de transportar caña, y allí realizan su viaje hasta la colonia para la cual han sido consignados. Los policías tienen mucho trabajo en estos días, porque ellos son los portadores de las listas, y son ellos quienes hacen los repartos en el campo.

Cuando el monstruo de hierro echa a andar, se estremece la tierra. La bestia resopla estrepitosamente. De sus costados el vapor sale en blancos surtidores que se esfuman al instante; de su chimenea surge una nube negra, a borbotones. ¡Allá va la bestia! Los hombres se agarran con una mano a los hierros de los vagones, y en la otra llevan el pan largo y la pequeña lata de seis sardinas que constituyen su ultima ración gratuita, Sus harapos flotan al viento como banderas multicolores.

Ahora el camino, y luego las estaciones. Los carros de la locomotora los van vomitando de chucho en chucho. Allí el mayordomo y el policía del batey esperan para recibirles de acuerdo con la lista que les entrega el conductor. Cuentan, revisan y luego, echan la manada por delante para alojarla donde haya lugar.

Hoy llegaron los de esta colonia. Son unos cien hombres retintos como café tostado. Sus rostros, que se me antojan fondos de calderos viejos, me parecen todos iguales, aun a pequeña distancia.

Viejo Dionisio y Cleto hicieron su distribución en tos barracones y en las casitas, como mejor pudieron, y como me pareciera que las treinta viviendas del batey—ocupadas, en su mayoría— resultaban pocas, pregunté al policía sobre el destino que se le daría al excedente.

—Vale —me dijo—. Eto negro se acomodan como saidina en lata. Mire: en aquei cuaitico que pa ute solo de seguro no aicanza, tengo metío dié mañese.

“¡Se acomodan como saidina!”, dijo Cleto, ¡y bien sabe lo que dijo! La zafra, cada vez que se anuncia en las islas inglesas, en Haití y aquí, enciende en miles de pechos la esperanza en tal forma, que, aun aquellos que una vez vinieron y se gastaron en los campos de caña, si tuvieron amarguras, en seis meses de hambre y de vagancia las olvidaron, y ellos mismos contribuyen a deslumbrar a los bisoños, para que vengan a derretirse bajo el sol.

Todos ven la zafra como un espejismo. Desde el peón astroso hasta el colono. Y la recibe con agrado hasta el blanco que pasea los carriles en moderno automóvil o en fino potro de raza.

El picador sabe que ya podrá comerse cuanta caña quiera sin temerle a la cuerda del policía del central, y que además tendrá trabajo para ganar con qué comprar, de tiempo en tiempo, un pantalón.

El capataz y el carretero, que, año tras año, vienen con la misma ilusión, generalmente sueñan con la mesa de juego, con el ron y las mujeres.

El contratista, el colono y el ajustero, han visto sonreír a su acreedor, a quien le tomaron a préstamo buenas sumas, al veinte y al treinta por ciento mensual.

El bodeguero espera que las ventas sean mayores, y piensa en el over que ahora será suficiente para él y para el departamento, que se toma un empeño feroz en que cada día la suma sea mayor.

Y el blanco, cuya vida holgada jamás sufre cambios, al contemplar las recién llegadas manadas de negros, experimenta el placer que un día embriagó el alma de su abuelo, mientras flagelaba las espaldas del africano que compró en un mercado....El batey ha despertado como de un largo sueño. El balcón de la bodega está lleno de individuos a quienes no conocía. Son nativos que harán de carreteros, de vagoneros, de capataces, y unos pocos, muy pocos, que cortarán caña entre cocolos y haitianos.

Unos trajeron bártulos, mujeres, muchachitos de crecidos vientres, y algún perro flaco. Los demás llegaron solos, hamaca al hombro, con el pantalón de fuerte-azul amarrado a las piernas como si hubiesen tenido que vadear un río de escasa profundidad.

Allá, en las carretas empenachadas de estacas, y ya fuera de la enramada donde se enmohecieron seis meses, cotorrea el haitianaje. En grupo aparte, los cocolos, chapurreando inglés, parecen significarse como superiores.

Los bueyes pacen tranquilamente la yerba del carril que se abre entre dos piezas de caña, frente a la bodega; los carreteros los visitan, garrocha al hombro, con sus cuerdas de pita terciadas sobre el pecho y la espalda como cartucheras, y mientras reconocen los nudos, los llaman por sus nombres:

—¡Mameyito!

—¡Ay, ay, Mariposa!

—¡Oh, oh, Carasucia?

—¡Tate quieto, Sangrijuela!

Y les agarran los cuernos, les acarician las ancas y el cuello, como a viejos amigos, hablándoles continuamente como a personas.

De toda la gente de la finca, ninguna tan interesante como los nativos. Los más afluyeron en grandes cantidades desde que se comenzaron las primeras tumbas, allá por años en que se abría la finca. Otros que antiguamente fueron dueños de terrenos, quedaron como braceros, después de haber sido despojados de sus pequeños fundos. Los demás abandonaron sus conucos y vinieron atraídos por la noticia de la abundancia de dinero, llevada por los propagandistas encargados de reclutar hombres. Dejaron labranzas, familias, ¡todo!, para internarse en esta vorágine.

Muy pocos, ante la realidad que sólo les brindaba trabajo y más trabajo, a cambio de un poco de dinero que se quedaba siempre en la bodega del central, volvieron desilusionados a rehacer sus conucos perdidos. Los más contrajeron el mal de la finca, y soñando que hallarían las ganancias que un día les deslumbraron, se convirtieron en vagabundos trotadores de todos los carriles, en busca del vellocino.

Desde entonces cada zafra les trae una falsa esperanza que va muriendo a medida que caen los cañaverales. Cuando termina la molienda, se marchen a los campos vecinos maldiciendo, renegando de la finca, en busca de algún dueño de conuco que les albergue y sostenga, a cambio de su trabajo.

—Aquí no se pué vivir.

—Na má venimo a que noj desuellen, porque ya no se gana ni an pa comer.

—A eta finca no vuelvo yo má.

Eso dicen cuando van encorvados, rotos y hambrientos, ya cortada la última caña. Mas, tan pronto llegan las brisas frías de diciembre, un desgano que no les permite continuar a la sombra de los platanales, les va royendo el alma, y en sus mentes comienzan a surgir pretextos:

—Ya sólo tengo ete pantalón...

—E n’eto día hay que sacar la cédula...

—Lo que soy yo no sigo así, porque naide se va a conformar con vivir jarto, pero sin manijá un centavo.

Y un día, el sol los sorprende camino de un batey, dispuestos a dejarse moler como caña, si ello fuera preciso para volver a la finca que los fascina como una serpiente.

El súbito crecimiento de la población del batey ha aumentado considerablemente mi trabajo.

Desde que llegó la inmigración, pocas veces cesa el despacho. ¡Cómo envía órdenes viejo Dionisio! Allí lo veo, con las piernas cruzadas sobre la silla —mientras su mula roe la grama—, garrapateando en su libreta. Junto al animal, Manuela —su flaca y desteñida mujer—, le espera con una taza y una cafetera humeante en las manos. Dos chiquillos, de color de su padre, se aferran a la falda de la enclenque mujer, mientras juegan utilizando su cuerpo como escondite. El viejo, a medida que escribe, le gruñe al haitiano que espera la orden:

—Oye, Miguel Luis, no hiciste má que picar tre cañita y ya ta s’en el batey bucando vale.

No quiero que me le dé malo s’ejemplo a lo congose . Compra y vete a levantar tu viaje.

El haitiano dice:

—Uí, papá, Uí, papá. Yo me va enseguila.

Y mientras extiende un brazo para coger la arden, debajo del otro retiene la mocha.

Se encamina hacia acá, y ya frente al mostrador me dice:

—Bodeguela, depache mué plonto. Yo quiele dejá la comía con la fam, pa jallalo cociná cuando viene del cote.

En su cara reluce el guarapo de caña que le secó la brisa, y sus labios resecos y gruesos, tiemblan al contacto de su lengua, que saborea por anticipado el trozo de queso blanco que ven sus ojos en el aparador.

Es cerca de mediodía. Le despacho, y tras él viene otro,, y otro, y otro más... hasta formarse un grupo que no me dejará reposar por buen rato. Ya llega del corte la falange que se fue esta mañana a comenzar la zafra. Viejo Dionisio está ahora pegado a una ventana de la bodega. Allí, del lado adentro, en el extremo del mostrador, le he puesto una botella de ron y una taza de las que se usan para tomar chocolate. En ella le sirvo, y cuando se la lleva a los labios, simula que bebe el espeso líquido, pero todos saben que traga su ron y el único que se engaña es él. Cuando realiza esta operación sigue expidiendo vales y más vales, interrumpiéndose solamente para repetir la maniobra.

¡Qué algazara terrible! Pero hoy no me enloquece, porque pongo todos mis sentidos en el trabajo, para sacar el mayor beneficio. Oigo pedidos en tres idiomas, sumo partidas de números que voy anotando al respaldo de los vales; robo onzas con rapidez asombrosa; aplaco protestas, principalmente de cocolos que conocen el peso; envío requiebros a las pobres mujeres, elogio a los haitianos que sonríen halagados, y a todos les llevo el cinco, el ocho y el diez por ciento, más algunos centavos que les enredo en las cuentas, ¡Qué vértigo!

Por aquella ventana aparece la cabeza de Nica, desgreñada, enarbolando una botella y gritando con voz destemplada:

-¡Bodeguero, depácheme un aceite,, que Cleto tá al llegar!

-¡Por Dios, Nica! —le dijo—. ¡Qué hora! ¡Venga temprano, que este momento es para los peones!

—Dipénseme, mañana no me se olvida.

Todos los días le digo lo mismo, y siempre me da igual respuesta.

—¡Un chele de sal, bodeguero, que me se debaratan la j'abichuela!

Es Manuela, por otra ventana.

—¡Manuela, compre temprano! —le gritó en mal tono.

—¡Pero si ahora “fue que me acordé!— dice con voz que parece un lamento.

Y la maltrata una preocupación que se dibuja en su cara desteñida y seca.

—¡Una libra de arró criollooo!

—¡Media libra de harina e maiii!

—¡De cob di sel!

—¡Trí cents red bin!

¡Qué es esto! Crea que en Babel no hubo mayor confusión. Y ¡cuánta exigencia! Heme aquí, saltando, multiplicándome por servir lo mejor y más pronto que me sea posible, y ellos, como si no me moviera, ¡grita que grita!

Se vació aquel granero, debo abrir un saco de arroz, otro de azúcar, una caja de arenques, otra de jabón, ¡y el grajo no me deja respirar!.Despacho dos y llegan cuatro, Ahí están en la ventanilla todas sus caras; sus ojos y sus bocas, y todos sus brazos extendiendo vales como una gusanera. Gritos, gritos. Sólo quieren una cosa: ¡comer !

Después de doce horas de trabajo estoy molido. Según el reglamento, hace noventa minutos que debí cerrar, pero ¡quién entiende a esta gente! ¡Dicen las cosas en una forma...!

Exigen que se cierre puntualmente a la hora que han establecido, pero ¡ay de aquel que por hacerlo, deje de vender!

Su orden se puede interpretar así: cerrar la tienda a la hora que indica el reglamento, pero no dejar a un solo peón sin provisiones. Si el tiempo no alcanza... ¡no dejar a un solo peón sin provisiones! Y si el peón se ha quedado sin comprar y la tienda está cerrada... ¡mucho cuidado con el reglamento, porque lo principal es la disciplina y después de haber cerrado, no se puede vender! En fin, hay que hacer las cosas como se debe y como no se debe. Unas veces al derecho y otras al revés. Pero, a veces, cuando se hacen al derecho debió ser al revés, y cuando se hacen al revés... ¡es lo de nunca acabar!

Ejemplo de un caso ordinario: un día me dijo el alemán:

—“Quita ese putella de ahí. Pónlo más arriba, que se ve muy feo”.

Porque su debilidad es la “estética” de la bodega.

Obedecí su orden y respiré tranquilo. Pasaron unos días, volvió con más whisky que de ordinario en la cabeza, y por desgracia para mí, reparó en la botella, que se encontraba en el lugar que él mismo le señaló.

—“¡Oh, oh! —exclamó contrariado—. ¿Qué pensando usted? ¿Cómo se le ocurre poner un putella de vino donde está el ron?”

Quise defenderme:

—“Recuerde, Mr. Baumer, que usted me mandó”.

Pero trepidó al instante:

—“¡Nooo! ¡No dígame ésa! ¿Quién puede crea que yo manda ésa? ¡Quita! ¡Quita pronto!"

Y no me quedó otro remedio que obedecer, y lo que fue el mal humor y el deseo de darle una lección, guardarlos por ahí.

* *

Es ya de noche. Se fue el peonaje y estoy solo en la bodega, arreglando cuentas antes de cenar. Acaricio la perspectiva de ocho horas de noche que prometen ser otras tantas de paz. En eso llega el alemán. Viene más rojo que de ordinario. ¿Qué le haría retrasarse hasta el extremo de que aún se encuentre en el campo? ¡Ah! Claro se ve que hoy perdió la cuenta del whisky. A pesar de que al entrar tuvo que rozarme, pasó sin saludar. Es la costumbre de la gente “superior” que vive sobre nosotros aquí. Ahora, ya en la tienda, sin percatarse de que existo, lo registra todo con insolencia sin igual. Abre el cajón del dinero, registra los libros, porque puede ser que no estén en regla; arroja por ahí las órdenes sin pedirme permiso ni mucho menos darme explicación, y... aún no está conforme. Examina los graneros porque puede haber sido mezclado el café o el arroz; dirige miradas escrutadoras a mi dormitorio. ¡Puede haber allí algún andullo!

Estos ladrones de bodegueros suelen comprarlos a ochenta centavos para ponerlos en inventario envueltos en la yagua que traen los que envía el central a tres dólares cincuenta, ganándose así $2.80 a los cuales sólo tiene derecho la compañía. Descubrir esas cosas en su especialidad.

Veo sus procedimientos, indignado, pero resuelto a soportar. Esto es lo normal. Para eso se es bodeguero..Por fin ha recordado que estoy en la tierra y entonces, encarándoseme, pregunta:

—¿Cuánto vendiendo usted hoy?

—Sesenta dólares y centavos.

Parece que le ha picado un bicho. Sus músculos faciales se contraen y pone la cara como un bull-dog.

Gruñe:

—¿Nada más eso?

Porque ese es el método. Hay que protestar.

—Creo que es bastante —le digo—. Hoy es el primer día de zafra y me parece que no se podía esperar más. En tiempo muerto sólo vendía cinco y seis dólares diariamente... Pero he cometido una falta terrible ¿Quién es un bodeguero para opinar sobre estas cosas?

Le oigo decir:

—Usted no conoce el negocio. ¡Usted no sabí! ¡Tampoco se apura!

Para esto sólo hay una respuesta y yo no la puedo dar. Le veo pasearse a lo largo del mostrador. Sus ademanes son bruscos. Está borracho de importancia y visto así, se le puede tomar como la mejor figura simbólica del poder. Trajo los pies llenos de lodo y ensucia el piso.

Inmediatamente tendré que limpiarlo. Ve que en el mostrador y en alguna parte hay granos y papeles, y no pierde la ocasión de protestar:

—¡Muy sucio todo esto! ¡Muy sucio!

Otro hubiera pensado que después de haberse trabajado por espacio de doce horas en esta tienda, y habiendo cerrado las ventanas hace apenas unos minutos, nada tendría de extraordinario que hubiera basuras y papel en alguna parte. Pero éste no. Y tiene sus razones. Hoy ha sido larga la jornada. El automóvil se le atascó en alguna parte. Ha bebido mucho whisky, y ¡para algo están los bodegueros!

—He tenido mucho trabajo Mr. Baumer --dijo-- Los últimos peones se acaban de marchar. Pense...

Interrumpe:

—¡Ya, ya! Los dominicanos hablan mucho y hacen poco. Siempre están “pensando”, siempre tengan razón, todo lo dejan para luego. Usted ahora quieremi decir que trabaja más que otros, Es damansiada ¡Ah!

—He hablado claro —respondo—. No quise decir eso. Yo...

—¡Bien, bien, bien! —corta—. Aquí si alguien no quiere hacer el trabajo porque se cansa, no tiene más que avisar. Nosotros siempre halla quien no se cansa. ¡La compañía no necesita nunca a ninguna persona!

Lo dice balanceándose, con una mano en la cintura y la otra apoyada en el mostrador.

Nuestras siluetas se recortan gigantescas en la pared y agitadas por el parpadeo de la luz, parece que se van a acometer para magullarse con sus grandes miembros deformes. Pero no es así en la realidad. ¿Por qué hay una diferencia tan grande? ¿Por qué no es la sombra una copia fiel de la actitud? Aquí está este hombre que en su país no fue nadie y que llegó al mío como peón de una factoría, convertido en señor, manejándome a su antojo; y yo dispuesto a acatar. ¿Por qué la sombra me sugiere lo que debería ser mi verdadera actitud? ¿Por qué la sombra...?

Soy un bodeguero. Nací en este país y este otro viene de más allá del mar. Soy un cero y él es una palanca con un gran punto de apoyo. El está autorizado a dar órdenes y yo y todos los míos tenemos que obedecer. Por eso digo:

—Arreglaré eso, Mr. Baumer. Yo... (me tiembla la voz). Yo...

El hombre se ha marchado sin dejarme terminar. ¡Es una humillación!

Sin embargo, para nosotros, ¿qué es una humillación? ¡El sustento! No soportarla significa: las calles del pueblo, vagar sin trabajo, sin protección, sin amigos y caer en algo peor. Mientras que soportando se puede hacer alguna economía juntar unos pesos y luego marcharse lejos de esta asquerosidad; decirle adiós a esta vida de perro y volver a ser lo que se era: una persona decente, un hombre orgulloso; sí, señor, ¡un hombre orgulloso!...

Este constante representar lo que no se es, obedeciendo órdenes de gentes a quienes no desearíamos jamás conocer, y oprimiendo a otros a quienes querríamos por siempre olvidar, ¡tendrá que pasar! Y entonces la vida será de un color más grato y tendrá mejor sabor. La vida.

Sí, ¡la vida! ¿Por qué algunos sufrirán pruebas tan rudas en ella sin ser Cristos ni nada que valga la pena, sino pobres seres ansiosos de no estorbar ni ser estorbados? ¡Y pensar que hay tantos que quisieran estar en sus puestos!! Por ejemplo, miles se desviven por estos trabajos. Todos los días los encuentro, y ellos no ignoran cómo tendrían que vivir.

El domingo, en uno de los bateyes de la carretera, un jovencito de esos cuyas familias viven acomodadas, me dijo suspirando:

—“¡Qué suerte has tenido! ¡Lo que daría yo por una bodega!"

Y de todos los pueblos de la República, inclusive de la capital, vienen gentes recomendadas por altos funcionarios públicos, cubriendo las distancias a veces a pie, para recibir una negativa grosera del manager, que tira en un cesto solicitudes y recomendaciones sin dignarse leerlas.

Y luego, me lo dicen aquí los trabajadores todos los días:

—“Tú ere rico”.

—“Tú son gente grande, porque tú come tó lo día, compai”.

Y tienen un hambre y un deseo de estar en mi puesto, no es posible dudar de su sinceridad.

¡Es desolador!

* *

Una lamparita, desde un clavo, mira con poca luz la bodega. Mi escoba rasca el vientre del piso. Muera, el haitianaje suena un tamboril. Algún inglés mortifica a su guitarra. Cleto maldice a su mujer.

Pican los mosquitos. Una botella que refleja la luz, me hace guiños. Mi escoba rasca...

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