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Parte I - VI

VI

La zafra tiene más de cien días. Los trabajadores que la vieron llegar llenos de alegría, se van convirtiendo en sujetos indiferentes que realizan su trabajo sin esperanzas. Todas las mañanas, antes de salir el sol, desfila la turba harapienta, maloliente —con un hambre que no se le aparta jamás—, camino del corte, como una procesión de seres sin alma.

Algunos suben a la plataforma de la bodega y se acercan al mostrador, tiritando, semidesnudos, cubiertos en parte por sus eternos harapos. Traen la mocha debajo del brazo y los puños unidos, junto a la barba, como en ademán de rogar, tratando así de abrigarse. Piden “un chele de suca”, o “un chinchín de bacalao p’arreglase la boca”. Yo sé que con eso pasarán el día y se lo vendo. Entonces bajan y marchan hacia las piezas de caña. La procesión sigue desfilando...

Los días pasan, ¡los días han pasado!, y las economías con que había soñado para liberarme, se han trocado en humo; y ¡lo que es peor!, el día de mi salida de aquí, se me presenta cada vez más impreciso, entre brumas.

La finca tiene una fuerza de abismo, y fascina. Se traga a cuantos vienen aquí. Después que beben su virus no pueden marchar. A los que el central despide, les ocurre que se quedan dando vueltas, tratando de “arreglar su asunto”, para conseguir nuevamente trabajo. Los que no han obtenido trabajo, pululan por bateyes y carriles, esperando “un chance”. Este año, cuando se dijo que la tonelada de caña se le pagaría al picador a diecisiete, todo el mundo —haitianos, cocolos, dominicanos— dijo que no trabajaría; pero al día siguiente todos fueron al corte, callados. Y seguirán yendo.

Yo no quiero pensar que voy a ser presa del maleficio, y realizo esfuerzos desesperados por no abandonarme a esa fuerza oculta que a todos retiene en estos bateyes. Pero es difícil mantenerse optimista en medio de tanto desaliento. Estos hombres, que envejecen y mueren sin otra visión que la de estos campos de caña, arrastrados por un fatalismo que se les filtra hasta la médula, no son personas que ayuden a nadie a reaccionar.

Durante estos meses he conocido a muchos que ya no recuerdan la existencia de otro mundo.

Hace años que no van al pueblo (que se encuentra sólo a unos veinte kilómetros de aquí) y ya no recuerdan nada de cuanto les ocurriera en otro tiempo. Sus planes ahora se concretan exclusivamente a “la zafra que viene’, a “si este año la compañía no rebaja los sueldos” a “si mister tal me ayuda”. Esos, son carne de la finca. y creo que fuera de aquí ya no podrían adaptarse. Cuando son totalmente ignorantes, su vida es una vida como hay tantas en cualquier parte, pero si tienen alguna noción de cuanto les ocurre, son presas de cruel angustia.

A esta última clase pertenecen casi todos mis amigos. Por ejemplo, don Martin, el mayordomo de la compañía, el hombre que le hace todo el trabajo al superintendente americano.

Es un puertorriqueño a quien conocí después de empezada la zafra. Este hombrachón, simpático, de un carácter apacible —que en otra parte hubiera sido dulce, pero que aquí se ha metamorfoseado en barrera de astucia vestida de calma—, este hombre, ataviado de una gran mansedumbre exterior, me ha contado su vida.

Cuando llegó aquí, era muy joven. Lo acompañaba su mujer, una linda paisanita que le siguió al salir de su tierra. Llenos de ilusiones, soñaron que en este país de promesas ganarían dinero y tendrían hijos que luego educarían convenientemente, en un buen colegio de su tierra, mientras disfrutasen de una vida apacible, con el producto de las ganancias que de aquí llevaran.

Y vinieron y tuvieron los hijos... ¡pero no han podido volver!

Sobre esto me decía el mayordomo una tarde, mientras nos abandonábamos a merced de una botella de ron:

—He trabajado rudamente muchos años, haciendo por distinguirme como hombre honrado y eficiente ante la compañía, y aunque he dado pruebas de mi capacidad, de empleado perfecto, nunca he visto colmada mi esperanza de ser apreciado. Al cabo de todo ese tiempo sólo tengo, como premio, nueve muchachos semi-salvajes, criados en estos carriles; mi pobre mujer, vieja y flaca como una bruja; yo inutilizado para todo, porque he olvidado hasta cómo se lleva la ropa, y por añadidura, casi ciego, a causa del humo que he cogido quemando barbojo, apagando fuegos, ocupando siempre el sitio más peligroso, para así defender el pan de mis hijos.

Y luego, en un tono que muy pocos le han oído, agarrándome por un brazo, mirándome a los ojos, ha roncado:

—Comprés: cuando vine aquí yo era un hombre honrado, y por conservar el empleo, ya ni siquiera soy eso. He aprendido a engañar y a mentir con tanta naturalidad, para servirle a este capital y serle grato a sus administradores, que ya no me sería posible vivir en un ambiente donde no tuviera que estar constantemente engañado, en actitud de acechanza, como se está siempre aquí.

Y como yo dijera, horrorizado, casi con pánico, que dentro de unos meses me iría muy lejos, para no pensar más en la finca ni en sus cosas, me ha dicho con desaliento:

—Así vienen todos, por un año, por una zafra; pero se quedan hasta que los botan o se mueren. Usted no se irá por iniciativa propia. No sueñe con eso. Mejor es que se vaya acostumbrando. Aprenda a callar sus cosas, porque aquí es peligroso hablar con cualquiera; no piense en su destino; sea buen empleado... ¡déjese llevar! Ya llegará el día de partir, ¡cuando no sirva paran nada!

Dicho esto, se levantó de su asiento, se echó un gran trago, y como quien se deshace debajo de un gran peso, musitó con voz torpe:

—A mí pronto me darán un pasaje, porque ya me queda poca vista. Me enviarán a casa, por consideración a morirme de hambre, “¡a descansar!” —como dicen ellos—, y supóngase qué será de mí entonces... Ya no sé donde está lo que me resta de familia. Al principio nos escribíamos, formábamos planes sobre un viaje que haría a mi tierra, para enseñarles mis hijos.

Aún nos teníamos afecto. Pero el tiempo fue pasando; murieron mis viejos y el viaje nunca se realizó. Corno todos los años mi sueldo era menor y los hijos eran más, no pude seguir enviándoles ayuda a unas tías viejas que me quedaban, y la correspondencia se fue haciendo escasa, hasta que al fin dejamos de escribirnos. ¡Veinte años es mucho tiempo!

Ya tenía un pie en el estribo. No me volvía la cara y yo adivinaba el motivo.

—Bueno, amigo —dijo, volviendo la cabeza hacia otra parte y montado, levantando una mano—. Nos volveremos a ver.

Y se fue inclinado sobre el pescuezo del mulo, cabeceando, verdaderamente borracho.

Desde entonces nos vemos todos los días. Hablamos del tiempo, de la zafra, de vagones de cualquier cosa, menos de aquella. Parece que se ha arrepentido de haber dicho tanto.

Mi bodega se ha hecho la meca de la gente que vive inconforme. Domingo tras domingo, recibo la visita de Eduardo y de nuevos amigos. Entre ellos figuran el bodeguero Valerio, hombrecito regordete, de voz aguda, chistoso a fuerza de ser amargo, y el inglesito Brown __ 

--George Brown—, que también es un sujeto interesante.

Valerio es de la Capital, tiene unos cuarenta años, dos hijos y una mujer de quien dice:

—Ella cree que es mi señora, y yo sé que es la piedra de molino que el destino me ha atado al cuello, para anegarme en lo profundo de esta vida.

Cuando está bebido hasta querer llorar, domina el grupo con su voz, se pone en pie, y comienza a borbotar:

—No hablen de libertad. No hablen de derechos. No hablen de nada. ¡Que no hay libertad en la vida! Si no te esclaviza la mujer, te esclavizan los hijos; si no los hijos, la miseria, el trabajo, alguna enfermedad, ¡el destino! No hay libertad en la vida.

Se lleva el vaso a la boca, traga el ron como si se tratase de un socorro urgente para apagar algo que le arde dentro, y continúa casi gritando:

—¡A nosotros nadie nos salvará! Yo me he sentado en la cama del Presidente de la República; he vivido entre gentes de posición que han sonreído al hablarme; he vivido en otro mundo, soñando y creyendo que ocuparía un puesto digno en la vida, y, sin embargo, he venido a parar aquí. He tomado este torcido camino, y heme ahora soportándoles humillaciones a estos cerdos adinerados, menos que una hormiga, insignificante como cualquier cucaracha, ¡un cero en la vida!

El auditorio, generalmente integrado por Eduardo, el inglesito y yo, espera que trague otro poco de ron y continúe. Una vez rea1izada esta operación tan indispensable para el calor de su discurso, dice de nuevo:

—¡Hay que beber hasta reventar! El fuego de este sol, la uniformidad desoladora de estos cañaverales sin fin, sin pájaros, sin árboles, sin montañas; el grito de la conciencia que no nos deja dormir, el deseo de hacernos justicia, dando un golpe feroz para demostrar que merecemos atención de alguien, todo eso nada más se puede ahogar en una catarata de ron. ¡Colega!

¡Compañero! ¡Traiga media caja de ron! ¡Traiga un río de ron!

Cuando está así, ya es un caso perdido. Termina su discurso, se dirige a donde tenga el caballo, y se va sin decir más palabra, llorando, o a punto de llorar.

El inglesito es otra clase de sujeto. Negro, con treinta y dos dientes perfectos, cayó aquí por casualidad. Una tempestad que hundió el velero que lo llevaba de Cuba a las islas inglesas, le arrojó a nuestras playas, hace ya varios años. La sanidad del pueblo, que tuvo noticias de que en esa parte de la costa se pudrían unos cincuenta cocolos, fue a enterrarlos, y le halló agonizante entre sus compañeros ya putrefactos.

Lo llevaron al hospital de la compañía y allí recuperó la salud. Como su caso interesó a todos, no le fue difícil hablar con el administrador del central, quien le ofreció una plaza de mayordomo en uno de los bateyes cercanos a éste. Yo había oído hablar de su caso, pero nunca tuve curiosidad por saber quién había sido el Robinson de esta aventura. Ahora lo he conocido.

Es algo instruido, recibe revistas y libros en inglés y español. Ha perdido varias noches, hurgando el escondite de Dios, y en un castellano diferenciado del nuestro nada más que por un ligero aire extranjero, nos dice sus cosas.

—Yo quiero hablar cada día mejor el español —nos dice—, porque cualquier idioma es más mío que el inglés. Inglaterra nos ha inculcado que Noé nos hizo esclavos porque Cam se rió de su borrachera, después del diluvio. Pero yo creo que esa es una invención de Inglaterra para mantener esclavizados a millones de negros que podrían formar una nación. Nada me causa tanto disgusto como hablar con mis paisanos, porque en ellos hallo una terrible ceguera que es hija de trescientos y más años de esclavitud. Se sienten orgullosos de que el rey de Inglaterra sea su rey, porque en la escuela les han enseñado que ese gran país ha sido misericordioso con nosotros hasta el extremo de darnos su nacionalidad, contraviniendo los deseos de Dios, ya que nadie puede ser inglés sin ser blanco. Y ellos ven en el rey a un sujeto tan imponente, que se ha atrevido a enmendarle la plana al Creador, en beneficio de sus súbditos de color.

Y como alguno se queje de la vida que se lleva en estas fincas, dice, esforzándose por dejarnos convencidos de su verdad:

—Ustedes tienen esperanzas. Tienen porvenir. Su pueblo es libre. Este mal pasará. Llegará el día en que estos grandes capitales tendrán que darles al pueblo y al estado lo que les corresponde, y devolverán buena parte de los millones que se han llevado a costa de las inmigraciones de esclavos y del nativo desorientado y abandonado. Ustedes tienen esperanzas, les repito. Alguna vez las cosas serán diferentes. Pero nosotros, ¿cuándo cambiaremos nuestro estado de esclavos? ¿Quién escapa de las manos de Inglaterra? Los negros de mi país no aprendieron nada de la Guerra Mundial, que debió enseñarles mucho. En la guerra quedó demostrado que el fusil manejado por el blanco y el fusil manejado por el negro, son igualmente poderosos, y eso ha debido sacudirles, servirles de ejemplo para comprender que no hay razas superiores ni razas inferiores.

Cuando así habla, los compañeros, inconformes, ya acalorados por los tragos, le asedian a preguntas:

—Y cuando llegue la justicia, amiguito —grita Valerio si aún no ha llegado a su climax—, ¿dónde estaré yo? ¿Qué será de los miles que perecen de hambre, podridos de enfermedades, en estas fincas? ¿Quién salvará a los tuberculosos, a los que orinan sangre, que antes de morir quedan verdes, como hojas? ¿Quién redimirá a los reventados, en una palabra? ¡Yo no creo en la justicia futura! ¡Sólo creo que nos morirnos como en el vientre de estas compañías, ante la indiferencia de todos los poderosos!

Eduardo dice:

—No tengo esperanzas. Estos países son tierras de promisión para los blancos, desde que Colón puso el pie aquí. Ayer esclavizaron a los indios, los despojaron de sus tierras y su oro, violentamente, y les dieron muerte cazándolos con perros, porque entonces las cosas se hacían en esa forma. Hoy vienen a despojamos y a servirse de nosotros, “solicitando” permisos de los gobiernos —respaldados por su gran nación— para hacer inversiones “que favorecerán al país”; pero el fin y los resultados son los mismos. Ya no traen negros del África,, porque no hay necesidad de ir a buscarlos tan lejos, ni de pagarlos tan caros. Las ideas del Padre las Casas se pueden seguir practicando con haitianos y cocolos alquilados.

Y como el inglesito trate de insistir demostrándonos sus ideas, Valerio, cabeceando, rezonga desde un saco de arroz:

—No tan sólo de pan vivirá el hombre. ¡No tan sólo de pan! Y aquí sólo hay muy poco pan para el cuerpo, ¡y ron para el alma!

Y no podemos menos que reír, porque la risa del hombre cabe en toda amargura..No tan sólo de pan, ¡no tan sólo de pan! Y aquí ni siquiera de eso viven, sino de guarapo de caña.

Creo que mientras viva no olvidaré al viejo Juanico Pipí. Es un ancianito que sufre de hernias horribles. Sin hijos, agotado, casi muriendo, corta caña cuando su enfermedad se lo permite.

Un día, con esa risita de idiota que no le abandona, me contaba la historia de su noche anterior.

—Mire vale, y cuando vine a la bodega y la vide cerrá, me se cayó el mundo a lo pie, porque no me atrevía a moletalo pa que me fiara comía; ¡y con un frío que me taba calando lo güeso!

Asina me fui a la pieza e caña y corté sei penco trozo j’e critalina, y me metí en el barracón pa cenar con’ello.

¡Y reía, como si no hubiera dicho nada!

Otra vez me decía:

—El probe vive con poca cosa, vale. Una d’eta noche le compré a uté una libra de arró criollo; me dentré en mi cuarto, ecuro como boca e lobo, y allí, sin limpialo ni ná, cogí ¡fupi! y lo eché en mi latica. Al poco rato de tar jerviendo lo apié, y e verdá que lo macho me llenaron la boca de cácara, porque ese e j’el arro ma pajoso que he vito, y má sin manteca, ¡pero me lo jallaba má bueno...!

¡Pobre viejo Juanico! ¡Y pensar que todavía tendrás que cortar muchas veces tonelada y cuarto de caña, para que te roben el cuarto y te paguen una, a razón de diecisiete centavos! ¡Y pensar que tu alma, que no ha dejado de ser candorosa, a pesar de los años, se apega a tu cuerpo con tanta fuerza!

Me dijiste una tarde: “¡Si yo consiguiera un braguero,..!” Y yo pensé: “Primero llegará tu ataúd”. Pero cuando así sea, ¿a dónde irá tu alma después de haber llevado esta vida? ¿Para ti todo será esto? Y los que te han destruido, ¿a dónde irán?...

* *

Cuando iba a la escuela leí en un libro que contenía nociones elementales de ciencias, que el hombre no podría vivir sin comer más de diez días, si mal no recuerdo. El párrafo, más o menos decía: “La falta de alimentos causa la muerte antes del décimo día por inanición. La falta de agua, mucho antes, por sed”. Y pensando en eso me pregunto: ¿por qué no han muerto todos aquí?

En estos meses de zafra —época de relativa abundancia en la finca—,, he visto caer desmayados a varios individuos ante la puerta de la bodega. El primero —un haitiano llamado José Castil—; me causó una profunda impresión, porque nunca había visto cosa semejante. Se hallaba frente al mostrador, pidiendo, jadeante como un buey:

—Bodeguel, depachá mué. Depachá mué...

Y como no pudiera atenderlo inmediatamente, porque otros peones que habían llegado antes me pedían sus provisiones a gritos, su color cambió y quedó cenizo, y se desplomó como un fardo.

Grité: “¡Levántenle!” pero los demás miraban atemorizados, sin atreverse a tocarle.

Recriminándoles su actitud, salté el mostrador con una botella de alcoholado en las manos, y ya sobre él, le froté la cara, le hice respirar, y nuevamente le volví a la vida. Su mirada, su cara, todo ¡todo él!, decía claramente: HAMBRE. Hice que le llevaran al cuarto que ocupaba en el barracón, y poco después le envié comida.

Por la tarde, desde la bodega vi su figura fumando un cachimbo, soñadoramente. Estaba sentado en un tronco de los que traen para combustible de la bomba como sí nada hubiera pasado.

Luego vi a un mozalbete de los que trabajan en la resiembra de la caña, caer en forma parecida. A ese le di un trozo de pan y otro de queso, y casi sin sentido, en el suelo, comenzó a engullirlo. Parecía un moribundo, ¡pero comía!

Otro que cayó a mi vista fue un muchacho, casi un niño, que trabaja de gañán en los arados.

Ese infeliz tiene a su cargo una hermana con sus dos hijos. Desde las cuatro de la madrugada está pegado al arado con el estómago vacío. De lejos he visto su silueta atada al hierro, como un trapo que flotase a ras de tierra, a merced del rudo implemento que los bueyes arrastran vigorosamente. Cuando vino ese día a la bodega, cubierto de polvo hasta las pestañas, roto y descuajado, sólo tuvo tiempo para decir:

—¡Pan, bodeguero, pan!

Y cayó de rodillas, primero, dando luego con la cara en tierra. Una tos asesina le rompía el pecho. Escupía una saliva terrosa y sanguinolenta; mientras sus ojos apagados me miraban implorantes y su mano huesuda, encallecida y sucia, arrugaba la orden que poco antes le diera el mayordomo.

Como otros tantos, había corrido el Maratón del hambre, para caer reventado en la meta.

¡Y cuántos más andan por ahí sufriendo lo mismo, lejos de la bodega! Los hay que tiritan de frío durante todos los días de su vida; que van perdiendo el color y orinan la sangre, presas de la hematuria; que vomitan sus pulmones en los carriles. Caminan llenos de llagas sifilíticas, arrastrando su humanidad envuelta en vendajes asquerosos o sin ellos; y, verdaderos cascarones de hombres, se vacían en sangre por el ano, presas de la disentería.

Y para subsistir, todos sorben caña y comen trocitos de bacalao con batatas, o pequeñas cantidades de harina de maíz con azúcar, o arenques, mientras llega la muerte.

Y cuando el alma vuela, reciben el cajón negro que les regala el central para que hagan el último viaje.

Lo dice el texto: “No tan sólo de pan vivirá el hombre”. También es necesaria la palabra de Dios. Pero si el Maestro mencionó primero el pan que otra cosa, fácil es comprender que para cultivar el alma, lo indispensable ante todo es vivir. Alimentar la materia donde reside el aliento, para que entonces pueda el hombre pensar en todo aquello “que sale de la boca de Dios”. Mas, si el hombre no come, ni es comprendido, sino explotado y abandonado en la tierra, ¿de qué vivirá?

Y si por milagro su cuerpo resiste algún tiempo, ¿qué habrá de pensar?....

 

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