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Parte II - I

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I

Las noches de un hombre solo son pesadas y largas. En ellas los deseos crecen, se hacen duros, hasta convertirse en dolores. La buena alimentación, el ron, la quietud alumbrada por una lámpara de gas, y sobre todo los recuerdos, son cómplices que torturan...

Uno es mozo y tiene en la mente otras noches pobladas de ruidos, de risa; noches en que no tenía importancia el tiempo. Las escenas vuelven a repetirse unas tras otras, vivas, palpitantes.

Las imágenes vienen como en remolino. Después, el pensamiento se va concentrando en una sola. Ella tiene los ojos pequeños, pero lindos y vivarachos, ¡y todo el cuerpo tan joven!

Hace locuras y ofrece la pequeña boca en mohín. No la aman ni ella ama quizá, pero ahora es deliciosa. En los vasos hace burbujas la cerveza. Ahí están unos compañeros también alocados y suena la música. Un merengue. Danzan. Las imágenes van abrazadas, moviéndose lúbricamente, y uno está solo con tales recuerdos en esta bodega, porque no hay mujeres propiamente dichas en la finca.

Enciendo mi lámpara y las figuras huyen. Aparece la bodega con sus paredes desnudas.

Apago para volver a pensar. Las ranas croan afuera y una luna fría, mete algún ojo de luz por cualquier reja.

Quedo a todo el largo en mi pequeña cama, sin sueño, con los ojos cerrados. Ahora siento la boca amarga.

Las imágenes acechan, pero pienso que en el batey, aparte de Nica y Manuela —hembras desvencijadas y ajenas—, sólo se encuentran haitianas feas y grajosas que nada me inspiran.

Pienso también en las que llegan detrás de los pagos quincenales5 tan peligrosas que casi resulta insensato arriesgarse con ellas. Y todo me repugna, no por castidad, sino porque he conocido algo mejor, y además, porque quizá ya aspire a encontrar compañera con quien compartir algo más que una noche de ron.

Porque quizás tuve otros planes hace algún tiempo... ¡pero eso fue hace algún tiempo! Y no siempre las cosas suceden de acuerdo con nuestro querer. Esta vida, semejante a la de un preso a quien se le confiara la misión inviolable de vigilarse a sí mismo, me va desmoronando viejos proyectos, castillos de ilusión fabricados cuando no parecía tan difícil vivir. Ahora, todo aparece más estrecho, más opaco, más poquito. Porque he visto en alguna parte, en medio de todo esto una cara limpia, joven y fresca, y eso que en el pueblo no me hubiera hecho pensar hasta más allá de la próxima esquina, aquí ronda en el cerebro.

Porque de noche, cuando las imágenes danzan en la soledad, el hombre tiene horas incontables en una bodega, y con ellas entran y salen recuerdos donde hay diez personajes alocados, y donde hay sólo una pequeña mujer con una cara ingenua y con los ojos llenos de pureza hasta no ser capaces de mirarle a uno largamente. Y esa mujer se acerca, ronda despacio y por fin toma asiento en la mente, después del bullicio de los primeros recuerdos, y allí reposa, con los ojos soñadores entornados, con su cuerpo sano, y espera.

Y uno se queda mirándola, se queda mirándola, hasta que se duerme, o hasta el amanecer...

La ilusión nació en una casita muy pobre, con piso de tierra, que se anida frente a los cañaverales inmensos, por el lado sur de la finca, en un caserío rural que se levanta allí. Es un lugar miserable, donde las tierras particulares se dividen de la compañía por una simple alambrada. Un lugar donde las vacas, cuando hay sequía, se mueren de sed a diez pasos del abrevadero de la finca, porque la corta distancia es infranqueable. Esa tarde me acompañaban Eduardo y Valerio, hablando a gritos por los carriles, al galope de nuestros caballos..Buscábamos una bachata, un voudou o un velorio. Daba lo mismo. Con un acordeón, un coro de voces salvajes o de voces que elevaran un rezo por el alma de cualquier difunto, nos hubiéramos divertido igual. Íbamos de batey en batey, cuando al llegar a aquel caserío nos atrajo una bodeguita particular con la sonrisa de su aparador.

El día estaba radiante, pero una nubecilla vagabunda que erraba por el cielo de la tarde, comenzó a desprenderse en llovizna, a la luz del sol. El dueño de aquella bodeguita, un mulato avejentado, comunicativo y de alma sana, nos saludó con amabilidad y nos invitó a entrar. Casi sin mediar preámbulos, el hombre comenzó a hablar, primero de su negocio; después, de la estrechez de su vida en aquel sitio.

La compañía no quería que él viviera allí. Aquella bodeguita, cuyas existencias no pasaban de cien dólares, era una verdadera tortura para el central. Varias veces, mayordomos, colonos, contratistas y ajusteros de esos contornos, recibieron circulares estrictas, prohibiéndoles expedir alguna orden personal contra aquel ventorrillo.

Y si algún peón insistía en hacer sus compras allí, prescindiendo de los vales de la compañía porque el dueño de la bodeguita le abriese un crédito, se le señalaba como desafecto al central y se le acorralaba, ejerciendo sobre él terrible presión. El mayordomo nunca se lo diría abiertamente, pero ¡ya se cuidaría de darle trabajo! Hasta que al fin el peón, viendo que allí no ganaba un centavo, imposibilitado para pagarle cualquier pequeña suma al dueño de la bodeguita, arreglara su mochina y marchara hacia otra parte, al interior de la finca, donde la compañía es el único comerciante que puede vender.

El hombre se acaloraba narrando.

—¡No dejaré que muera de hambre mi familia, aunque mil centrales me odien y me acorralen! —lanzaba en tono de desafío.

Y lo decía como quien se defiende ante un juez.

Le oíamos sin comentar, porque así convenía a nuestra condición de bodegueros de la compañía. En ese momento un grupo de muchachos, probablemente hijos del viejo, correteaba en el interior de la casa. Fue casi a la hora de marcharnos cuando una mujer blanca, muy bella a pesar de sus cuarenta años, habló de que se estaba colando café. Y poco después entraba una joven a quien no habíamos visto, con cuatro tazas en un bandeja.

No era blanca, ni yo lo hubiera querido; era una indiecita radiante, color de canela.

A los tres asaltó la sorpresa. Eduardo la miró con ojos desplayados y olvidó el café. Valerio de casualidad no estalló con un comentario de los suyos. Yo —¡no me explico!— tuve un pensamiento raro y veloz: “¡ Si fuera mi mujer!”...

Después de aquello, ninguno de mis compañeros ha vuelto; pero yo he trillado muchas veces el mismo camino.

Ella y yo hemos estado siempre cerca. Mucho le he hablado, pero de cuanto le he dicho nada recuerdo. Sólo sé que me he sorprendido diciéndole cosas tan formales que, a veces, me suenan como dichas por otro. Y he hablado de esperanza, de amor...

El padre me ha tomado gran cariño, a pesar de que la madre me mira con cierta inquietud que en vano desea ocultar. El hombre y yo agotamos todo el tema de la bodega y desmenuzamos las hazañas del central. El me dice: “Apure el over y ponga su tienda propia.

Salga de aquí”. Yo comienzo a pensar en esas cosas y —¡parece increíble!—veo un porvenir con la hija de este hombre, detrás de un mostrador, yo satisfecho, feliz, con algunos chiquillos que piden golosinas que no pueden alcanzar en el aparador. Veo los deditos, las manecitas gordezuelas, y oigo las vocecitas. Y siento a mi lado a la mujer.

Me invade una ola de ternura. ¡La mujer! Ella aparece, con una sonrisa, regalándome toda la esperanza. El viejo sigue: “Usted es joven. Con sus relaciones y un poco de dinero... (¡casi nada!, quinientos pesos), consigue un buen crédito; abre un buen establecimiento. Créalo, el comercio está mal; pero un hombre vivo todavía puede hacer algo. ¡Yo porque estoy tan viejo!”. No es tan viejo, lo que pasa es que mira ahora a todos sus hijos, ocho en total.

Los chiquillos vienen a mí.

—Don Danielito, ¿me va traer dulce?

—¿Me va traer la muñeca?

La madre no está allí, y ella, la que ronda de noche mi mente y se sienta y entorna los ojos y espera, dice:

—Muchachos, no sean así.

Y es un murmullo su voz. Sonríe y se acerca a mí. El padre se va y ella queda. Yo me abandono sin hacer resistencia, porque mi corazón aún es nuevo para el amor.

* *

¡Mi corazón es nuevo para el amor! ¡Si no fuera por esta realidad!...

Varias veces, entre las paredes de mi cuarto, cuando la luna mete su ojo por un agujero, dormido ya el batey, he hablado conmigo mismo. Me he dicho:

—“Razona bien, compañero. Quieres tomar mujer. No tienes dinero, ni empleo permanente.

Corres peligro. ¡Pueden llegar los días negros!”.

Y algo apasionado, hinchiéndome el pecho, ha respondido:

—“El hombre no ha nacido para vivir solo”. Y he vuelto a decir:

—“Pero no habrá siempre salud, buen humor. Debes asegurar el porvenir. ¡Te arriesgas a una aventura!”.

La otra voz, convincente, suave, ha dicho:

—“Eternamente hallará el hombre un refugio en la tierra”.

Sigo objetando:

—“¿Y si el hombre lleva algo a cuestas? ¿Si lleva la mujer?”.

Responde:

—“¡Tonto! Los pájaros van de dos en dos y nadie ha sabido que hayan muerto por falta de albergue”.

—“Pero el hombre halla mayores obstáculos. Su vida es más complicada...

Y casi enfurecida ha dicho la voz:

“¿Miedo a tu edad? ¿Acaso no quedaste ya un día solo en la vida y hallaste el camino de no perecer?”.

—“¡Compañero! ¡Es que aquí se vive con la conciencia clamando!”.

—“¿La conciencia? ¿Acaso eres el creador de todo este mal? ¡Todo estaba aquí”.

—“Sí, pero debo hacer un esfuerzo por no cooperar con exceso, y el día que seamos dos, ¡tendré que apretar más!”.

—“¡Niño! Nadie aquí podrá hacer el bien. Con quitar uno en vez de dos no remedias el destino de nadie. Aún absteniéndote de quitar y dando algo de lo tuyo, y aún todo, no harías nada. Tu bien se perdería como gota de agua en el mar”..—“¡Compañero!...”

—“¡Calla! No te acobardes. Tu obligación es vivir, disfrutar de tu permanencia en la tierra a costa de lo que fuere. ¡Y para ello es necesario luchar!".

—“Pero, ¿le daré a ella ese pan amasado con gotas de sangre?

—“¿Acaso te dan lo que ganas? ¿Alguna vez te han tratado como a un ser humano?”.

—“Es verdad... ¡es verdad! Pero al hombre le es trabajoso aceptar bruscamente ciertos ..."

—“No lo sentirás, porque ella endulzará tu vida. Después de tu día de faena te hará dormir sin pensar en la miseria ajena, porque el hombre dichoso es egoísta".

—“¡Compañero!... Casi me convences, ¡casi me convences! Te has asociado con la soledad; la noche, como un nudo, se aprieta. ¡Su recuerdo está siempre en mí! Dentro de poco...

—¡Serás feliz!”.

—“¿Serás feliz?”.

—“¿Cierto?”.

—“¡Cierto!’

Y la esperanza ha embalsamado el ambiente. Y el recuerdo de los hombres gastados se ha hecho borroso.. Ella ha tomado asiento y con los ojos soñadores entornados, ha sonreído en su espera. El deseo de vivir otra vida ha crecido como una flama. ¡El sueño ha venido y ha volado conmigo en sus brazos!

* *

Amanece. Ya en el trabajo, recuerdo el diálogo de la noche anterior, y a luz del día pienso:

"El hombre dichoso es egoísta —dijo la voz—, pero ¿soy yo dichoso? Y si lo soy ¿por qué me siento abominable entre los demás? En los primeros meses robaba onzas, centavos, y adulteraba cualquier comestible, con cierto cargo de conciencia; mas acallaba la voz acusadora diciéndome:

“No es para mí. La necesidad de sostenerme me obliga”. Pero hoy, ¿qué puedo decir?.

Una tarde le dije a mi novia: “Nos casaremos dentro de un mes”, y desde entonces insisto en el robo hasta la impiedad. Le he quitado onzas y centavos a individuos cuyo aspecto, al volverme la espalda —resignados, rotos, gastados como un hierro viejo—, me ha apuñalado el alma, y he estado a punto de gritar: “¡Eh, hermano! ¡Ven! ¡Toma lo tuyo! ¡Pégame fuerte! ¡Soy un ladrón!”

Pero he ahogado el grito al llegarme a la boca, y golpeando furiosamente algún objeto, he alejado la tentación.

Luego, tratando de justificarme, atropelladamente he dicho: “Pero ¿por qué no me pagan lo que necesita un hombre para vivir? ¿Por qué me encierran? ¿Por qué me despachan menos de lo que me cargan en las facturas? ¿Por qué me exigen más? ¿No son ellos culpables? ¿No tengo derecho a la vida, como cualquier animal?”.

Y a pesar de todo, he creído oír algo diciéndome:

“Entonces, ¡ vete! “.

Pero me he rebelado gritando: “¿A dónde he de ir? ¿Se halla algo que hacer hoy día ? ¿Soy acaso el único que roba aquí? ¿Por qué se me exige tanto? No haría esto si hallara otra cosa. ¡No me iré!”

Y como si lo dicho no fuera suficiente, he vuelto a objetar: “¡Son muy duros los días sin pan! Ya no hay padres para hijos, ni hijos para padres. El hombre es un náufrago en la tierra, y debe asirse a lo primero que encuentre, para no perecer. ¡No me iré! “.

Y nuevamente me he colocado en el lugar de ventas....

 

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