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Parte II - IV

IV

No me explico qué luz emana de sí la mujer en la casa. Varias veces he tratado de saber por qué los dos cuartitos que forman nuestro hogar, ahora se ven tan amplios. Y por qué, objetos que antes escapaban a mi vista, ahora parecen animados. Ya no siento ese silencio oscuro que salía de la casita como de una cueva. Es raro que deje de oírse la charla entre mi mujer y la vieja Mercé. ¡A veces, oigo hasta un canto! Siento olor de guisos, venido de ahí mismo; rascar de escobas que buscan telarañas; mi nombre, que no parece mío al salir do su boca, ¡mil detalles ínfimos que le han inyectado vida al ambiente!

Y sin embargo, en mis ratos de conversación interior, siento temor de confesarme que no estoy alegre.

Hasta ahora todo marcha bien, porque con lo que gano podemos vivir mientras las cosas sigan así; pero si algo altera el curso de nuestra vida, ¿qué sucederá?...

Sí, ¿qué sucederá? Esta pregunta me persigue, me asedia. Y es que, una vez dueño de la mujer, rota la soledad, ido el acicate de las noches de ron; en fin, una vez hombre satisfecho, fácil a la doblez, frente a la verdad que está al alcance de la mano, me he confesado mientras ella duerme reposadamente a mi lado: “Esto no es la vida". ¡No es la vida! Porque está bien que el hombre se conforme con tener casa, comida y mujer, para llenar su existencia; pero mujer, comida y cama propias, sujetas a su voluntad. Y yo, ¿qué tengo? ¿Mujer?... Ella duerme a mi lado y yo pienso que esta criaturilla es como un niño que no piensa en la vida, porque nunca ha tenido necesidad de darle rumbo a su nave. Sus años apenas llegan a veinte. Ayer vivió de los padres, que la cuidaban como se cuida a un pajarillo que no sabe trabajar. Hoy navega en mi barca.., ¡en mi barca que se acoge a puerto prestado, sin saber qué noche de tempestad le cortarán las amarras!

¿Casa? ¿La tiene acaso el mercenario, el paria?

Y comida, ¿es mía la que arranco a zarpazos de esas manos sucias que ya casi son tierra?

¡Esto no es la vida! Como decía el rey del cuento armenio, esto es transitorio. Los días negros vendrán, porque el futuro no está escrito en el destino, sino que es el producto de las operaciones realizadas hoy, porque la vida es aritmética. Dos por dos, hacen cuatro, y el presente, sin medios propios de vida, sin horizontes de progreso, es igual a un mañana compuesto por miseria y hambre. ¡La aritmética no falla!

La soledad me engañó y se fue... Antes, si algún pensamiento hosco me atormentaba, dejaba que mi rostro tomase la expresión que quisiera, porque nadie me veía. Ahora soy una especie de actor, porque comprendo que no debo mostrar desaliento delante de mi mujer...

A veces, ella dice “Cuando salgamos de aquí... cuando tengamos un hijo...”

Y yo me pregunto: “Y entonces, ¿qué pasará?”

Luego comienzan los cargos de ese otro hombre que cada uno lleva en su interior:

“¿Olvidaste la verdad de la vida? ¿Creíste en la ilusión? ¡Lo pagarás! Eres un abandonado a tu suerte sin rieles”.

En esos momentos mi mujer me dirige reproches:

—No me hablas. No recuerdas que estoy aquí. De día para ti sólo hay bodega; de noche, suma de vales, reportes. Y cuando terminas: libros, revistas; o si no, te quedas ahí, ¡embelesado!,,.

Y yo me excuso. Pero vuelve la pregunta: “¿Qué pasará?”.

A veces, en noches de luna, saltando como una rolita, me dice mimosa: —Vamos a pasear. Me cansa estar encerrada. No ponernos un pie afuera.

Yo estoy molido, pero salimos. Se oye el golpe de las mochas de los peones, que en su afán de rendir el mísero salario, trabajan de noche, rehusando dormir. Veo sus siluetas, y los golpes de sus mochas me encienden la angustia. Comienzo a hablar... “¡Hasta cuándo los hombres vivirán como bestias! ¡ Hasta cuándo...”

Olvido que ella no conoce la vida, acalorado en mi discurso sobre los que están abandonados en la tierra, y al fin observo que bosteza aburrida, disgustada...

En ciertas ocasiones soy cruel y le digo:

—¡No entiendes! ¡No ves! ¡No sabes! ¡No deseas aprender!

Sus ojillos de animalillo asustado, me miran como si quisieran explicarme algo. Parece que va a llorar. No cedo, aun sintiendo mi injusticia, y luego, aguijoneado por el remordimiento, vuelvo al ron corno en mis noches de soledad, cuando era soltero.

Ella sufre en la cama. Yo bebo. En mi adentro dice el hombre acusador : ¡Ya verás..."

Los amigos, que al casarme se habían alejado por completo, nuevamente fueron apareciendo. El primero en llegar un domingo fue Valerio; luego vino Eduardo; más tarde, el inglesito.

Simulaban que iban de largo, que habían llegado nada más que a saludarme... Pero yo sabía que no era a eso, sino que el vacío que se hizo en todos, al desaparecer aquellas tertulias de mis días de soltero, les hacía vagar sin rumbo.

Las primeras visitas fueron cortas, formales. Nos limitábamos a tomar algunos tragos y a hablar cosas superficiales, delante de mi mujer. Luego se han prolongado. Los recibo en la casa, pero generalmente pasamos a la bodega en busca de una botella, y como allí se sienten cómodos, porque no necesitan guardar compostura, nos quedamos como antes, sentados en el mostrador, en cajas y en sacos.

Una tarde se quedaron a cenar. Hubo un momento en que se necesitó un vaso porque se había roto el de Valerio, y fui por él. Mi mujer se hallaba en la cocina con la vieja Mercé. Oí la voz de la cocinera que decía:

—Hay que tener paciencia, hija. Así son lo s’ombre. el é muy bueno, pero tú tiene que acotumbrarte, hija.

Yo entré. Hice como quien no ha oído; pero al ver a mi mujer con los ojos amoratados, triste, le pregunté:

—¿Qué te pasa? ¿Acaso enferma... ¿Atormentada?

Me dijo que no, pero estaba disgustada.

Después de la cena seguimos bebiendo. Estábamos borrachos, pero ordenados.

Comentábamos los últimos sucesos de la finca. Decía Valerio:

—En mi batey ayer hubo la debacle. Los picadores no querían cortar una pieza de caña arruinada que además tiene muchas piedras. Se reunieron alrededor de la bodega con las mochas debajo del brazo y decían una otra vez que no trabajarían, si no se les aumentaba el precio, porque de esa caña en dos días cada hombre no podía cortar más de una tonelada. Pero en eso llegaron el policía y el mayordomo esgrimiendo sus colines, cuando los peones estaban entre resolverse por ir al trabajo o resistir, el policía dio el primer golpe en la cabeza de uno, y el mayordomo le echó el caballo encima a otro, atropellándole. No hubo más palabras y todos fueron al trabajo.

Comentó Eduardo:

—¡Ellos saben lo que les pasa cuando protestan!

—¡Ellos saben! —dije yo..Preguntó el inglesito:

—¿No han contado por aquí lo del sereno que mató la máquina en el puente?

—No, no —dijo Eduardo— ¿Cómo fue eso?

—Bueno. El hombre estaba un poco dormido. La máquina iba a una velocidad tremenda.

Tronó casi sobre la puerta del puente. Entonces el sereno, sin despertar, salió corriendo y fue a abrir... La máquina lo reventó, derribando la puerta. Cuando paró al otro extremo del puente, el hombre ya no aparecía. Después, a la locomotora le sacaron de entre las ruedas varios pedazos de carne deshecha, y más allá apareció un trozo del intestino delgado del hombre extendido a lo largo de la vía, como una cinta.

—¡Concho!

-¡Qué muerte! —dijo Eduardo.

—¿Y qué han hecho con los familiares? —pregunté yo.

—¡Hombre! ¿Qué van a hacer?... —dijo el inglesito—. Lo de siempre. Los dejan en la casa que ocupan durante un mes, y después, “con gran sentimiento”, los echan...

—No hablemos más de eso —propuso Eduardo—, ¿Tú recuerdas, Daniel, aquella noche cuando fuimos a la fiesta? Ya no vamos a fiestas. Bueno, tú estás resentido, pero... ¡bueno! Hay que hacer algo un día de estos.

—Inventen algo —dije.

—Bueno, el domingo... —comenzó Valerio.

—El domingo. ¡Eso es! —dijo el inglesito..

—¡El domingo! ¡De primera!

Hablábamos en el mismo tono que empleábamos cuando estábamos solos en aquellos días en que mi bodega era una especie de club. Ya Valerio chillaba, Eduardo disertaba en voz alta, y hasta el inglesito soltaba sus exclamaciones de entusiasmo, con todo y ser el de más calma.

Yo había olvidado por completo a mi mujer. ¡Hacía tanto que no gozaba de un momento como ese! Ahora comprendía por qué mis compañeros —casados y hasta con hijos—, no podían permanecer los domingos en sus casas.

La tertulia terminó pasada la media noche. Bebidos hasta perder el equilibrio, compañeros salieron a desatar sus monturas para marcharse. Yo fui con ellos. Los despedí, celebrando chistes, riendo con toda el alma. Y luego, perdidas sus figuras en la noche, apagado el tropel de sus caballos, cerré la puerta de la bodega y entré a la casa.

La vieja Mercé se había marchado desde temprano, mi mujer dormía, me fui de puntillas hasta la cama. Allí la encontré sollozando, con la cabeza enterrada en una almohada. Le pregunté:

—¿Por qué lloras?

Sin cambiar de postura me dijo:

--Por nada.

Su respuesta me molestó, y moderando una brusquedad que me hervía adentro, le interpelé:

—¿Por nada? ¿Por qué no eres franca? ¡Di claro que te molesta que yo tenga amigos! ¡Que beba un poco de ron!

Sollozaba más fuerte. Estaba al borde de un ataque de nervios. Yo sentía pena y también ira.

Le dije brutalmente:

—¡No me fastidies! Si te instruyeras, si quisieras servirme de algo, no tendría necesidad de amigos para pasar un rato. ¡En lo sucesivo me iré a otra parte para evitar estos ridículos espectáculos!

Hablaba mientras me desnudaba, sin atender a los sollozos de la mujer, que cada vez eran más fuertes. Cuando hice silencio, me pereció que se ahogaba. Fui hacia ella, y al verla, noté que había perdido el conocimiento, o que estaba al borde de ello. Respiraba con suma dificultad. Su pecho se inflaba como si fuera a reventar, aspiraba el aire ruidosamente y sus ojos estaban arrasados de lágrimas. Al verla así, me lloró el corazón.

—Calla, calla... —comencé a suplicarle corno a una niñita—, ¡calla! Y no sabía decirle otra cosa.

—Yo voy a ser mejor, calla. Calla, calla... Yo seré mejor —le seguía diciendo.

Y peinaba su cabeza con mi mano, mientras la descansaba en mis piernas. Enterraba su rostro en mi vientre y lloraba.

—Calla, calla...

Se fue adormeciendo, como un niño. Ya respiraba con más facilidad. Por fin, quedó quieta.

Todavía mi voz decía:

--No voy a ser malo, calla,

Cuando intenté dormir eran las seis de la mañana. Afuera, el peonaje gritaba:

--¡La bodega, concho! ¡Queremo comprá ante de dirno!

Y no faltó una voz insolente:

—Dende que el bodeguero se casó, noj ta llevando ei diablo. Se alevanta a medio día y roba má que un gato.

Abrí la ventana rectangular por donde se asoman los compradores, y comencé a despacharlos sin pronunciar palabra. Alguien dijo afuera, refiriéndose a mí:

—¡Jesú! ¡Qué sangrú se tá poniendo ese hombre!

La sangre hervía en mis venas. Aullaba el peonaje. El sol se rompía en los techos de zinc.

Alguna carreta pasaba crujiendo. La bomba monótonamente decía:

¡Chif! ¡pof! ¡paf!

¡Chif! ¡pof! ¡paf!

Adentro, mi mujer dormía. La mañana trepaba...

 

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