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LA SANGRE Tulio M. Cestero I Por el ventanillo del
calabozo, un rayo de sol entra jocundo, adorna con ancho galón de
oro los ladrillos y trepando por las patas del catre, cosquillea al
durmiente en el rostro. Antonio Portocarrero despierta restregándose
los ojos con ambos puños, bosteza, la boca abierta de par en par y
mira en torno suyo con asombro. Siéntase en la barra del
lecho examinando la celda de hito en hito y cual si al fin, libertándose
de una pesadilla, comprendiese, murmura: «todavía... otro día más». Joven,
de estatura prócer, la fisonomía enérgica y simpática la color
melada, cuya palidez actual aumenta la sombra de la barba ida. Los
cabellos negros, de rebeldes vedijas, la nariz roma y los labios
carnosos de bordes morados, denuncian las gotas de sangre africana
que, desleídas, corren por sus venas. Las pupilas grandes y
brillantes, henchido el pecho. El preso registra la
estancia, tal si la viese por primera vez. En un ángulo, un
aguamanil desportillado, de hierro esmaltado, sostenida la jofaina
en una trípode. En mitad del testero, junto al muro, una mesita de
pino, sin barnizar; al lado de ella una silla, cerca una mecedora, y
encima una alcarraza, una copa y varios libros: «Los Girondinos»,
dos tomos de «El Consulado y el Imperio», «Los Misterios de París»,
«Historia Universal» por Juan Vicente González, y los «Tres
Mosqueteros». El recuerdo de los amigos que le proporcionan el
placer de la lectura, le saca a la cara la luz de una sonrisa. En
extremo opuesto, vecino a la puerta de roble con hileras de clavos
cabezones remachados, un cuñete, ceñido por arcos de acero, receptáculo
de sus deyecciones, que dos veces por día un penado carga en
hombros y vierte en el mar. Sus emanaciones infectan. Estos objetos,
una escoba y el catre con una almohada y dos sábanas, componen el
ajuar. El enladrillado es frío. Las piedras de las gruesas paredes
han sudado durante siglos. Musgo verdinegro vetea el enjalbegado. La
humedad se caía hasta los huesos. Por el día el calor agobia,
en las noches invernales el fresco molesta. El aire y la luz entran
por el ventanillo de fuertes barrotes de hierro. En las paredes,
enlucidas de raro en raro, los cautivos han escrito con carbón sus
penas e indignaciones. Entre ellas hay una de su propia letra: «26
de Julio de 1898, a las 9 de la noche». Cuando la hubo leído dos
veces, arruga el sobrecejo, exclamando con dolor: « ¡un año ya!
» y se pone en pie, encaminándose al lavabo. Con vigor se enjuaga
rostro, cuello, sobacos y muñecas; luego arrima la sólida silla de
sabina y majagua, y encaramándose en ella, ase los barrotes, y a
pulso alcanza el poyo. ¡Qué fiesta para sus ojos!
El cielo, azul, límpido, sin una nube. El sol derrama oro obrizo
sobre Santo Domingo de Guzmán, con amor fecundante inagotable. El
mar cabrillea deshilando sus randas de espuma en la arena de la
Playa del Retiro, y muge con ternura de toro en celo en las peñas
del acantilado, sostén de la Torre del Homenaje, en donde él está
recluso. La vista complacida recorre
la ondulosa línea de vegetación que arranca de los almendros de
elegantes amplias copas y los guayabos silvestres de la margen del río,
y sigue por los uveros, de hojas de abanico, hasta las ríspidas
malezas de la Punta Torrecilla. Las lanchas pescadoras, rezagadas,
entran en la ría, a rastras los chinchorros repletos. En la caía,
entre los pies de los tripulantes, saltan agónicos jureles y
carites de argentinas y róseas escamas. En el Placer de los
Estudios, balancean airosos sus cascos blancos, al tope el
gallardete tricolor, dos cañoneras de la armada nacional. Una vela
cazada vira la punta y enfila hacia la boca, obstruida por la arena
acarreada por las dos corrientes. Un bote, al compás de sus cuatro
remos, salé. El ambiente, con serenidad jubilosa, afirma que el
hombre, señor de esta naturaleza, no ha de sufrir. Sin embargo,
Antonio es un contemplador impotente. Y ¿por qué? ¿Qué leyes
humanas o divinas violó? Su amor a la libertad, al progreso, le ha
sumido en prisión. La tiranía le oprime paralizando sus fuerzas
vitales. Las manos entumidas se niegan a sostenerle y, con ira, se
arroja al suelo, sentándose en el mecedor, y entre impaciente y
perplejo, se pregunta qué hará para ocupar el día. ¿Leer? No.
Los libros le hablarán de poder, de riqueza, de amores, de cuanto
es triunfo, alegría o dolor en los hombres. Uno, dos, tres...,
insensiblemente cuenta los clavos de la puerta. Se levanta, barre;
pasea a trancos, empeñándose, pueril, en no pisar las rayas del
pavimento, y el nimio detalle conduce su imaginación hacia los días
venturosos de la infancia. De nuevo se sienta, gusta la necesidad de enfrentarse con su vida, remontando su curso hasta hoy, hora por hora, reconstruiría analizarla... ¿ Su vida? Sí, ¿ qué ha sido su vida?
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