Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

XVI

XVI

La campana del vigía, desde la torre del Homenaje, desgranó dos repiques, y en el semáforo, cuatro bolas y la bandera roja señalaron vapor del oeste. Media hora más tarde, en El Placer, frente a la calle del Tapado, el «Julia», de la matrícula de La Habana con su ronco silbato, pidiendo práctico, desgarra la ambiente serenidad matinal. Gentes presurosas bajan en dirección del muelle. De acera a acera, se preguntan: «¿No vas al río?» «¿Qué hay?» «La Compañía de Roncoroni que llega».

Desde un mes antes, en gran cuadro de felpa, en el café «La Tertulia», se exhiben las fotografías de los artistas dramáticos, mientras se diligencia el abono; y allí, tomando helados los parroquianos han examinado las bellezas que el retoque presta a las mujeres, el talante aristocrático de los galanes, y escuchado la cuenta de sus triunfos pregonados por la prensa extranjera. «Es la mejor compañía que ha venido», concluyen convencidos por la locuacidad amena del agente.

En los balcones de la Capitanía del Puerto, los curiosos atalayan la barra; una grey humana se mueve por la vera del muelle, flagelada por el sol, que ya pica. En El Tanque, tranquilo remanso que el Ozama forma al pie de la muralla, granujas en cueros bañan caballos, y un cochero, los pantalones arremangados hasta la rodilla, lava su vehículo. Amarradas, en fila, goletitas y balandros costeros cabecean. Detrás de la jaula de hierro, que es el depósito de la Aduana, coches y carretas estacionan; los aurigas y los carreteros se confunden con los espectadores, los unos con sus fustas, los otros armados de un cuchillo cachicuerno a la cintura y del garrote de guayabo con que castigan las bestias. Los estibadores medio desnudos, torsos de bronce o de mármol negro, esperan apoyados en las carretillas. Al término del muelle, frente al pequeño mercado, en el limo fangoso de la orilla, las canoas de los campesinos; Aún quedan restos del tráfico de la madrugada: pilas de petacas de carbón, trojes de yerba de maíz, frutas y casabe.

En la puerta de una casilla de madera, un hombre en mangas de camisa expende vasos de leche, que hierve en anafe, muy a la vista, sobre el mostrador; en otro colmado, una mulata gruesa, de abultados pechos fláccidos, en cuclillas, con las piernas muy abiertas, fríe lonjetas de tocino y mielosos plátanos maduros que vende ensartados en varillas de coco. Más allá, una negra comercia en arepas con entresijo, conservas criollas y prú. —El suelo está tapizado de cáscaras y relieves descompuestos. A espalda de las casas, límite del mercado, alza su ramaje centenario la Ceiba colombina, una gruesa cadena enroscada al tronco vencedor del tiempo y de los hombres. De una a otra banda del río, cruzan yolas, y deslizándose por el cable, lenta, majestuosa, la barca va y viene, por delante de la mitad que resta del puente de hierro, que allí semeja esqueleto de enorme animal atascado. Malla, cuyos reflejos vivos hieren las pupilas, reviste el agua, rota a veces, por la aleta de un tiburón. La floresta ribereña trepando por la ladera oriental despide por cada una de sus hojas fulgores metálicos.

Cuando la masa obscura del «Julia» aparece en el estuario, llenando la boca estrecha, los espectadores se sienten sobrecogidos, dijérase que entre las rocas hirsutas que soportan la torre y la estacada del muellecito el vapor se ha clavado; pero no, avanza silbando. En el puente de mando, los índices señalan la figura familiar del capitán Vaca, alto, grueso, las patillas largas, la gorra blanca con galón dorado, y junto a él, el negro piloto. Frente a la Aduana, girando merced a los cables, el vapor hace la ciaboga; los pasajeros pasan de babor a estribor, y el público que atiende a descubrirlos saluda a los conocidos. La maniobra dura cerca de una hora. La multitud, apiñada, suda impaciente. Al fin, puesta la escala, comienza el desfile. «Ese es Roncoroni». «Ha envejecido», observa uno. «Mira, esa alta, bonita, es la Adams». « ¡Compai, qué hembra! » Algunos se colocan cerca de la escalera para ver las pantorrillas. Un coro de saludos acoge a Alcón, el barba, que trae en cada brazo un niño; la característica le sigue, cargada con un loro y un perrito, y las segundas partes, las mujeres, verdes aún por los efectos del mareo, despeinadas, vestidas a escape, algunas en bata; los hombres sin cuellos, con cachuchas, los críos gritando y sucios. La farándula pasa, ante la mirada pública, sin los prestigios emotivos y deslumbrantes de las candilejas, y se reparte en los coches, entrando en la ciudad por la puerta de San Diego, escoltada por una turba de mocosuelos.

Durante el día, hubo ciudadanos de facción en la acera del teatro «La Republicana», presenciando la descarga del equipaje, los fardos de las decoraciones, e interviniendo en las querellas de los carreteros; otros, contando las monedas en la taquilla, y muchos, que no pueden asistir al espectáculo, solazándose en el ensayo general, a mediodía, en sala donde flotan las nubes de polvo que levanta la escoba.

A las 8, el teatro abre sus puertas, pues tal como reza el programa, media hora después principiará la función, que no se suspende por causa de mal tiempo. Dos vallas humanas forman pasadizo en la puerta central. En la acerca de enfrente, una línea baja luminosa marca los puestos de pastelitos, dulces y maní tostado, alumbrados por un candil de aceite; en las casas vecinas también hay expendio de pastelitos de harina de Castilla y de catibía, de rico relleno, servidos calentitos, amén de la cerveza fría y del ron. El teatro, austero edificio de sillería, es la antigua iglesia de jesuitas. Por fuera conserva su aspecto secular, ásperas columnas adosadas al muro. En el interior, se ha edificado con madera, la sala; una herradura dividida por batandas forma doble serie de palcos, altos y bajos, sobre ésta una galería, y en la platea, más de cien butacas. El escenario, el foso y los camarines de los artistas; en el que fue presbiterio. No hay ventilación. La bóveda ensordece la voz de los cantantes. La sala, la noche del estreno, está de bote en bote, como escriben los cronistas. Los espectadores de infantería se aglomeran detrás de los palcos, invadiéndolos.

La Compañía se estrena con una de las obras preferidas del público: «Felipe Derblay», de Georges Ohnet. La campanilla del apuntador suena, y en tanto se alza el telón, en los palcos ruedan sillas acomodadas a prisa. Inclinadas sobre la barandilla, las mujeres siguen ansiosas las escenas y los hombres discurren, a veces en voz alta. El telón cae. El público masculino disemínase por las dos naves laterales. Los muchachos de la cantina destapan botellas y corren de un lado a otro llevando bandejas con cerveza y dulces a los palcos. Se forman corrillos en los cuales se enristran polémicas. Hay que abrirse paso a fuerza de codos para circular.

—¿Qué te ha parecido?

—Bien, bien; pero Roncoroni se muerde los puños demasiado, y a la Adams le encuentro un no sé qué.

—¡Ah! no; no hay comparación, es inferior a la Salas, aquélla sí hacía una Clara..., ¿ te acuerdas?

—Y Roncoroni, chico, sabe llevar muy bien el frac, ¿no es verdad frére?

Antonio Portocarrero preside un grupo. Está furioso porque no le han dejado entrar en el escenario a saludar a los artistas; mañana se cobrará en su crónica del Listín..—Pero, creen ustedes —predica— que esto es arte. No y no. Ohnet es un pobre diablo, ganapán de la pluma, cuyos libros se venden, es cierto; mas la alta crítica no le tiene en cuenta.

—Sí, pero gusta.

—Naturalmente, todas las mujeres se sienten Clara, y los hombres se creen vengados de sus ocultas humillaciones familiares por Felipe. No, señores, arte es el de Ibsen. ¿No han leído ustedes a Ibsen, el coloso? ¡Qué «Enemigo del Pueblo»! Esa es la humanidad, esa la pintura de la realidad; ¿y «La Dama del Mar»?, qué fuerza de símbolo... y no estas piezas, donde todo se arregla al final. ¿Qué problemas plantean?

—Y Hamlet, ¿qué te parece?

—A mí me gusta más el «Puñal del Godo» y «Flor de un día» —interrumpe un mercachifle del Navarijo.

—Pero, socio, si eso está mandado a recoger. ¿ Quién se acuerda de eso, ni de los árboles gigantes, ni del campo de Don Nuño, ni de otras vascuencias por el estilo?

—Bueno, ¿y Don Juan Tenorio y El Gran Galeoto? Ahí hay yema.

—No me hagas reír. Don Juan Tenorio es para los isleños de San Carlos, y Echegaray no tiene en todo su teatro un verdadero tipo de cerebral. Eso, un cerebral.

—Y ustedes ¿en dónde han visto na mejor?

—Amigo mío, —pontifica Portocarrero—, cada uno entiende de su oficio. Yo no le discuto a usted de telas, pero no me toque a la literatura. Lea mañana mi crónica.

—Amigo, no arrugue que no hay quien planche. Usted no sabe que yo soy aficionado; he pisado las tablas y mucho que me aplaudían. ¡Hablarme a mí de teatro!

—Y obeso y currutaco, los pulgares en los bolsillos del chaleco, palmotea en el piqué blanco a puntos rosas, haciendo sonar la gruesa cadena de oro y el dije, un corcel encabritado sobre una cornalina.

La campanilla del apuntador les separa, y en tropel atorados por el último bocado, empujándose, los espectadores ganan sus localidades. En el próximo entreacto continuarán los debates, y aun a la salida, en el trayecto hasta los respectivos domicilios, y en los días siguientes, glosarán los episodios, imaginando si después de la reconciliación serán o no felices Felipe y Clara, o si la justicia castigará a su tiempo al Lázaro de la «Dolores», drama in-completo, según la opinión de sobremesa de un viejo publicista, porque la policía no actúa prendiéndole y el juez penando el homicidio.

Durante los intermedios, la orquesta toca valses y danzones. En la platea sólo quedan algunas señoras que, incómodas en las lunetas de hierro y madera, se abanican. En los palcos ondula la línea de trajes femeninos de colores tiernos, las sillas cambian de posición por causa de los mozos visitantes. Algunos, en pie, por entre las lunetas, charlan con las muchachas recostadas en el antepalco; otros desde los pasillos miran y hacen señas a las dulcineas, a quienes la vigilante oposición de los papás les veda acercarse. Las bombillas eléctricas y potentes lámparas de keroseno rescaldan el ámbito.

A la tarde siguiente, los lectores del Listín, leían dos columnas de prosa vibrante, sonora, en la cual Antonio Portocarrero, con el seudónimo de un personaje de Ibsen, relata sus sensaciones, dando de paso su pellizco a las primeras partes de la Compañía por la ejecución de la obra. Al autor lo aplastó con una frase de Lemaitre. La crónica está esmaltada de citas, de nombres de dramaturgos y artistas de todos los países y épocas. Había exprimido en ella sus lecturas.

En la noche, en el Parque Colón, Roncoroni se hizo presentar y prodigándole elogios; y paseando bajo los laureles, se traba pronto entre ambos amistad sincera. Antonio descubrió que el cómico era una buena persona, culta y discreta, asqueada de las cábalas de entre bastidores,.alentada por la sola ambición de ganar dinero para volver a Italia a descansar; y el artista entrevió las luchas dolorosas, las injusticias y persecuciones que el escritor padece, y le suscita deseo de emigrar, de tentar la fortuna más allá del horizonte nativo. El cómico era, además, excelente cocinero y, con frecuencia, a mediodía, reuníanse ante una fuente de macarrones sazonados con salsa de pollo y tomate, o de fideos, a la cazadora, o de una olla de arroz, a la milanesa, a cuyo condimento contribuyeran hongos, trufas y marsala, espolvoreada de parmesano. En tales momentos, inspirados por el vino de Chianti, acotan el margen de sus vidas respectivas. El artista se había arruinado más de una vez, y duélese de su tarea ingrata, encarnar tipos que no le placen, de la existencia diaria, ruda brega con los otros y con sí mismo para, sin duda, quebrar de nuevo. Antonio no había conocido el placer, ni una sola hora de voluptuosidad, de triunfo, de poder. ¿Cómo romper la red en que ambos forcejean? El uno tiene en la Península, familia que convierte en futilezas el oro de su cerebro; el otro, preso en los hilos misteriosos de un reato. Cierto día, el artista le recibe alargándole un recorte impreso: «mira, eso me lo ha traído hoy un negrito descalzo, bajo un sobre cerrado dirigido a mí». Era un artículo en que meses antes un seudónimo fisgaba con saña en la vida de Antonio, casi un pasquín. El cómico, en payama, erguido sobre el payés de ladrillos, lealmente indignado, exclama con voz rauca y marcado acento italiano: «—Esto es miserable, mío caro. ¿Y per qué lo hacen? Si has cometido errores en tu vida política no me importan, tienes talento y nobleza de espíritu. Escápate, fúgate de esta prisión». Antonio sonríe con tristeza, aquello le hiere humillándole. ¿A quién daña su amistad? ¡Ah! sí, el aroma de los manjares ha trascendido...

Cada noche de función, Antonio en el escenario se distrae con el trajín de entre bastidores: los chismes de los artistas urdidos en los ensayos, que luego detonan en palabras malsonantes lanzadas por sobre los tabiques de los camarines. Sentado en el umbral del de su amigo, observa atento el tropel de los tramoyistas, en el sube y baja de los telones que a veces se resisten a medio camino, provocando la hilaridad del público; los apuros para amoldar a las cajas las decoraciones; las carreras de los utileros, acarreando los viejos tereques con que se amueblan las casas ricas: sillas de bejuco, sofás desvencijados, camas de hierro crujientes, toscas mesas de pino; los gritos de los comediantes, que reclaman una espada o una peluca; la confusión de los comparsas, muchachos de la ciudad que, metidos en los trajes, presienten las rechiflas que provocarán cuando les reconozcan sus compañeros de las altas galerías; y las llamadas desesperantes del traspunte que cortan riñas y coloquios.

Antonio, por las confidencias del director, conoce a la compañía por dentro: celos, perfidias, envidias. En torno suyo siente el fuego de las pasiones, disputándose sus elogios. Nadie pide sin desmedro para otro, todo mérito se empina sobre el defecto ajeno. Julieta se mofa de la calva de Romeo; Hamlet murmura de Ofelia, y Desdémona cuenta cómo los rugidos de Otelo estuvieron a punto de hacerla romper en carcajadas al estrangularla. A su vez, Don Juan censura la frialdad marmórea de Doña Inés, y los demás se maltratan con furor infatigable. Es mentira lo que cada uno cuenta, según la opinión de otro: ni virtudes ni éxitos; los bombos de que se ufanan han sido pagados con monedas o caricias; para esta gente, que cada noche declama pasiones y dolores extraños, la escena es un taller donde amasan el pan, y, sin embargo, el menor reproche impreso le irrita, mendiga los aplausos, y por un parrafito, ¡cuántas intrigas y pendencias, en las cuales las miserias de la vida se exponen a la luz de los candiles, en los pasillos o estallan vociferantes en aquella atmósfera inficionada por las emanaciones de la letrina, el olor de las aguas sucias, los cosméticos, el polvo y los trastos viejos!

De raro en raro, pasa un mozo de cantina con una botella de champaña, obsequio de algún conquistador. En los entreactos, los pollitos invaden el escenario, boquiabiertos, miran arriba y abajo, impiden los movimientos a los tramoyistas, quienes suelen apelar a la policía para que los desaloje, si le hacen caso, y enracimándose frente a los cuartuchos cerrados, acechan a fin de entrever pecho, brazo o pantorrilla desnudos.

Amojamada, felina, pálida, la cabellera negra formándole casco de azules destellos, los ojos grandes y febriles. Ella es la única que nada le ha pedido. Los demás le reprochan desamor de artista y liviandades de mujer. El director se desespera en los ensayos sin lograr una vibración de su cuerpo a líneas de harpa. Poco a poco, Antonio va interesándose por ella, dándole relieve en sus crónicas. Es la querida del consueta, el hombre desaseado que suda y grita dentro de la concha. No es bonita; sin embargo, las miradas de los machos la acarician desde la sala. Las frases rimbombantes de las crónicas le son casi indiferentes, apenas si lee el ejemplar del periódico que él le ofrece. Los amigos, enterados del embullo creciente, bromean: «Pero si es una gata tísica». «No digas, a ti siempre te han gustado las feas». El director le previene: «no vale nada, va con cualquiera que la pague, y la carne de teatro, ya lo sabes, cara y mala». No obstante, se siente atraído. Entre dos escenas, ella le ha referido una historia, vulgar y triste: tiene un padre anciano y un hijo paralítico en su tierra. Las demás son injustas con ella, porque las desprecia; no nació para esta vida de bohemia; pero desgracias de familia, la muerte del esposo... Y tales desventuras le conmueven. En el fondo de las pupilas negras, hermosas, brilla, cuando se encuentran al azar detrás de los bastidores, una llamita turbadora, y Antonio le oprime las húmedas manos descarnadas.

A medida que la temporada avanza, la admiración del público se divide, formándose bandos rivales, que rebaten con tempestades de aplausos y a golpe de ramilletes de flores, ofrendados desde los palcos más próximos a las actrices. Las mujeres son partidarias de la primera dama, que es toda una señora, afirman, y cada noche se acrece el homenaje floreal. Los hombres se dividen en dos o tres campos. Antonio, que capitanea uno, al servicio de su dama pone su pluma, y en las crónicas baraja las cualidades que le inventa con las penas que ella le relata, granjeándole simpatías. Las noches de los beneficios, los partidarios se manifiestan con esplendidez en canastillos floridos y regalos. Los poetas entusiastas desde la escena recitan poesías en honor de la agraciada. La ciudad se regocija y amortigua las pasiones políticas con las aventuras de las comediantas.

Por las noches, después de la función, Antonio y Roncoroni, bajo los laureles del Parque, discurren acerca de las piezas, los sucesos de entre bastidores y la política. El empresario está satisfecho de la temporada: los sábados y domingos se llena el teatro, y el público acude goloso a los estrenos; pero a la verdad, no gusta de las piezas modernas, precisa sacudirle los nervios; aturde a Antonio a consejos, invitándole a marcharse con él: su pluma le hará brillar en una gran ciudad vecina, libre, contento, dueño de sí mismo. Aquí, ¿qué porvenir tiene?, ¿ cuál es su aspiración?, ¿ ser ministro?, ¿ ganar trescientos pesos, durante unos meses, a cambio de injurias y claudicaciones? Y en cuanto a ella, le repite, no vale la pena de perder el tiempo; por el contrario, sería peligroso echársela a cuestas, pues tales huesos pesan mucho en la ruta. A su vez, los amigos le incitan: « ¿qué espera, por qué no le manda un coche a la salida de la función, como han hecho otros? » Antonio les oye, pero también ella habla. Sí, es la calumnia, porque no va con ninguno. Todos la asedian; el director, también; pero él es el único que le agrada. ¡ Si el querido no fuera tan celoso! ¡ No la deja a sol ni a sombra! Ella no le quiere, pero le hace falta un apoyo, pues el mundo es muy malo, y el anciano, y el niño paralítico..., y con un sollozo cubre las voces acusadoras. Antonio la cree, porque tiene necesidad de creerla, de vivir una novela; en el arco de su voluntad tiembla la flecha que se plantará triunfadora en el blanco. Sólo una vez la ha besado, ocultos por un rimero de telones en el foso; y en la boca ardiente le quedó un sabor de carmín.

Suele concurrir a esas tertulias al aire libre, un hombre raro, gallero de profesión, cuya voz tonante martillea en la noche, refiriendo cosas curiosas, desconcertantes, que su imaginación escarnecida por la locura ancestral descubre en los seres a quienes aplica las observaciones hechas en los gallos, y así, vaticina sobre los políticos, con sobrada perspicacia. El miedo le puebla las sombras de ojos que espían, o bien, explica sus ideas sobre la locura: su hermana y su mujer lo son; a la una, que se creía reina, la curó de un acceso de furia, destronándola, y para vencer a la otra, se finge loco; y gesticula, gritando las escenas que en su casa representa o, de repente, interroga a Antonio: «¿Cuál es la que te gusta? ¿Esa? Te diré; me parece muy peligrosa; tiene una cabeza muy parecida a una gallinita moñuda que tuve y que, suave, suavecita, ¡eh!, me tenía revuelto todo el gallinero». Intrigados por su charla copiosa y estrambótica, vagan por la ciudad dormida o van a comer un sancocho o un locrio que en San Miguel o por el barrio de la Misericordia han preparado amigos suyos, o a cenar en innoble figón, frente al cementerio, en donde sobre mesa pringosa, oyendo en la habitación vecina los zipizapes y relatos de los cocheros, saborean un guiso de palomas. El italiano se exalta en aquel ambiente, romántico remedo de apolillado infolio de caballerías. Las palomas son exquisitas, silvestres, la carne prieta nutrida con frutas fragantes, los huesos mascados segregan un amargor delicioso; la salsa es suculenta y la rebañan con arepitas de maíz recién fritas. Los hombres hablan a voces, de hembras, de tiros, de puñaladas. El mozo, pequeño como un gnomo, ostenta un bigote bufo por lo luengo y espeso; el mesonero, viejo, esmirriado, con voz de marica, perdió un caudal en experimentos espiritistas; junto a las brasas del fogón, al sazonar sus guisos, por el vellón canoso y largo que le cubre la testa, semeja un brujo preparando filtros. «Esto es único., y las palomas óptimas. ¡Lástima que no las mojemos con un añejo borgoña, o con uno de nuestros vinos hechos con sol! Es cosa de maravilla», afirma el cómico.

Antonio, imponiéndose, ha obtenido para ella un beneficio, con la Dama de las Camelias, pieza de lleno seguro, atribuyéndole en el reparto el papel de Ninette. Las demás chillan protestando; pero la empresa debe complacer al cronista. En gacetillas hábiles ha preparado al público, incitando la curiosidad con promesas de novedades en la presentación del drama y artístico adorno del teatro. Ella, en persona, ha repartido palcos y lunetas, acompañados de una fotografía en la que el lápiz de Abelardo ha idealizado su figura. Han adornado el severo pórtico del teatro con palmas de coco. En el frontis de palcos y galerías, en escudos de cartón, vence las armas de las provincias y reinos de España, sobre banderas, cruzadas, que prestan idéntico servicio desde las fiestas del Cuarto Centenario del Descubrimiento de la América, y guirnaldas de flores de papel en el contorno. El piano de la orquesta desaparece bajo flores, Antonio ha despojado todos los jardines y hasta el camposanto; burlando la vigilancia de la policía, cortó la víspera, con su propia mano, cincuenta cañas de azucena en los arriates de la plaza de Colón, y su mujer y su cuñada han confeccionado ramilletes, liras y canastillos ostentando el mayor ancha cinta azul. Al aparecer en escena, desde las galerías, los muchachos a los cuales se ha dado entrada gratis, rompen en estruendosa ovación; aplaudiendo y taconeando estorban por minutos la representación, y un vuelo de pétalos enflora las tablas. Las señoras se indignan en los palcos. Nadie ignora que Antonio es el tenorio. « ¡Qué escándalo!

—cuchichean abanicándose con ira— y la infeliz pegada a la máquina, y todo por esa ética, ¡valiente sinvergüenza! » «Si mi marido me hiciera una así... ¡Ay, hija, pobres de nosotras las mujeres! » Mas, ¿qué le importa a Antonio?; es el placer que llega, su hora voluptuosa, un capítulo de su novela. Esta noche, después de la función, mientras el otro se come un sancocho en San Antón con un grupo de amigos, ella y él... si todo está listo, al pelo.

A la salida, la orquesta y los admiradores ruidosos le forman séquito acompañándola hasta la fonda. Antonio hace destapar cerveza; de un salto, un mozalbete, encaramándose sobre una.mesa, manda a callar la música, que toca una danza criolla, y comienza a hablar, lamentando no poseer la elocuencia de Danton, de Mirabeau, de Bossuet, de Castelar, para cantar a la divina artista, y disparado, mezcla nombres de cómicos y de guerreros, de dramaturgos y tribunos, hasta que los aplausos le apagan la voz, y una mano le alarga un vaso de cerveza.

Antonio se ha despedido, y en una esquina próxima, ansioso espera en el coche, corridas las cortinillas. La puerta se cierra. Todavía un cuarto de hora más y la ve salir, cautelosa, arrebujada la cabeza en un chal. Su imaginación se inflama. La sangre le arde en las venas. ¡La tiene al fin a su lado! El coche parte hacia extramuros por la solitaria calle de las Mercedes.

Excitado, la sienta en sus rodillas, la besa oprimiéndola, las manos ávidas aprietan la carne estrujando la leve muselina. Ella, lánguida, le habla de amor, de vivir juntos siempre: «quiero ser tu Margarita Gautier», le musita lamiéndole la oreja. El besa, chupa, muerde los labios encarminados. El caballo trota por el camino de San Jerónimo. La luna menguante recorta los cocales, los mangos que protegen las casas de las quintas, los javillos, que alargan sus brazos colosales. Entre las cercas, los perros ladran, intimidados por el rodar del coche, La tierra fecundada exhala el aroma de flores, frutos y bálsamos. A la entrada de la vereda que conduce a la playa, descienden. El castillo enhiesto desafía al tiempo. Desde el foso, tres almendros en fila coronan las almenas con sus copas redondas. En las peñas, troncos esqueléticos, arrastrados por la última creciente, fingen animales fantásticos. De la línea argentada del horizonte brota, ensanchándose, rumor formidable que desfallece en la orilla con dulzuras de brama. Las olas retozonas tejen randas. Antonio, henchido el pecho, subyugado por la naturaleza, rijo, abraza a la hembra magra, felina, tan deseada. Las lenguas se anudan y, jadeantes como dos perros, se revuelcan en la arena...

Al regreso, silenciosos, se apelotonan en los rincones, Antonio se siente cautivo, rotos los músculos, distendidos los nervios. El caballejo trota. El coche salta en los baches. El camino es interminable. ¡ Qué asco, tal instante el precio de tantos afanes! Ella rompe el mutismo hostil: —El sábado se estrena una comedia; necesito un traje de raso rosado y unos zapatos Luis XV, doré; me los regalarás, ¿ no es verdad, negrito?

—Sí —ha pronunciado él involuntariamente. Se pegaría para castigarse. ¡ Qué imbécil ! Sí, los amigos tenían razón, y pensar que para eso ha escandalizado y ha sufrido su mujer, y encima, la humillación de pedir a un tendero fiadas unas varas de tela. ¡Qué ridículo! ... Y el cochero, que ha oído, lo repetirá a su barragana, y ésta lo dirá en el mercado, y cada cocinera llevará la noticia a la casa en que sirve, intercalándola entre los fideos, la carne y las verduras, mientras rinde la cuenta de la compra a la señora. Será el hazmerreír de la ciudad. Y el otro... harto de viandas y licor, estará mofándose... ¡ unos zapatos doré!...

El coche se detuvo, se despidieron con un beso helado, y ella en el estribo, insiste: «no te olvides; de raso color de rosa».

I | II | III | IV | V | VI | VII | VIII | IX | X | XI | XII | XIII | XIV | XV | XVI | XVII | XVIII | XIX | XX

La Sangre


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006