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XVIII En la hamaca, meciéndose,
Antonio adormecía su impaciencia. Las nalgas pútridas le han
recluido en la casa desde el retorno de la campaña. El médico habló
de cortar; pero la mujer terca y cariñosa, lavándole y aplicándole
fomentos de hierbas medicinales, logra restablecerlo sin intervención
del bisturí. Miguel Gómez, visita diaria,
le ha mantenido al tanto de los sucesos públicos, del reparto del
botín. Los empleados del régimen anterior ni con candela
renuncian; todos pertenecen al partido revolucionario, en tanto que
los nuevos, los que se echaron al monte o conspiraron des-de los
escondites, no encuentran plato para sus apetitos. Algunos han
asaltado las oficinas en el tumulto de la primera hora, mientras las
tropas desfilaban por la calle del Conde. El Presidente provisional
está abatido, sin orientación en laberinto de intrigas, de
concupiscencias, de ambiciones. A mañana y noche le tienen
con dolor de cabeza. La Gaceta Oficial, al día siguiente de la
instalación del nuevo Gobierno, en un suelto, expresó que era
voluntad de éste que no se exacerbara al vencido atacándole en la
prensa, y los directores de periódicos han entendido que tampoco es
lícito combatir al vencedor. Por corrillos de parques y
esquinas circulan persistentes rumores de disgusto. En la tertulia,
en derredor de la hamaca, se protesta contra los nombramientos: a
unos se les ha dado en demasía; a otros, nada. El lilisismo entra
de nuevo en Palacio. ¿Qué han hecho esos hombres, y cuáles méritos
poseen los que el cariño regional empina en los eminentes cargos
del Estado? Hasta las futuras curules
tienen ya dueño. ¿Y para tales cosas expusieron Antonio y Miguel
sus vidas, y padecieron hambre y tribulaciones, y trajo el uno los
pies cuajados de niguas y el otro padece aún de las diabólicas
negritas? Lo que es en otra, concluyen, no los pescan; y en cambio,
en los bancos del parque de Colón su campaña es motivo de risa;
mil cuentos jocosos se refieren, y Miguel, en alta voz repite: —¿No dicen esos malditos,
que hemos estado cinco días debajo de la cama del cura, y los
oficiales de la tropa gobiernista, que le visitaban, viéndonos los
pies, se divertían acercándose a la puerta para asustarnos? —¡Charlatanes! —Dicen que llevabas el
sable colgado del pescuezo, y cuando el mulo corcoveaba te agarrabas
de las orejas, y por mal jinete te has peleado hasta el ombligo. —¡Malsines! —truena
Antonio, ladeándose—; que se vayan al monte en la próxima y sabrán
dónde les aprieta el zapato. La primera salida de Antonio
ha sido para visitar al Presidente. Se presentó en la tarde; el
oficial del Cuarto Militar de servicio que le anunciara, le trajo
recado, excusándose por hallarse reunido con el Consejo de
Ministros, y citándole para el siguiente día temprano. En la mañana
encontró una colección de ciudadanos de todos colores, clases y
cataduras, de los cuatro puntos cardinales de la República, en
espera de turno. Estos en solicitud de empleo; aquéllos a buhar;
muchos en demanda del pago de sus cuentas de revolucionarios. Quien
gastó cinco, cobra cien, pues hay que aprovechar, la patria es de
todos. Los presentes miran al recién
llegado con recelo: uno más a contender por el hueso. ¿Qué
quieres?, interrogan las miradas, y cuando se cierra detrás del
privilegiado la puerta del despacho, desazón común turba sus ánimos. Portocarrero, indica el edecán,
y Antonio entra. El Presidente lo recibe cordialmente. Alto, fuerte,
de mirada límpida, una vaga sonrisa triste le endulza el rostro.
Con palabra adusta le habla de sus planes, que no es posible
iniciar, del tiempo que se pierde en contentar a los que piden;
nadie quiere trabajar, los empleos no alcanzan. . Y los compromisos
y las combinaciones... Si esto sigue, renuncia; es terrible lidiar
con tantos vagabundos. El calor de la capital le acosa. Echa de
menos el campo y su caballo, y termina pidiéndole que acepte un
consulado, en isla vecina, con cien pesos, por ahora, pues es
necesario hacer economías para pagar las deudas extranjeras. Aplastado bajo el repentino
derrumbe de sus ilusiones, Antonio no acierta a responder. ¡A él,
un consuladito, lo que se da a cualquiera!, ¿y su vida de
sacrificios, y sus prisiones, y las batallas de su pluma? Se
indigna, y a la vez compadece al hombre que tiene delante, armado de
buenas intenciones, presa de pasiones que le cercan y de apetitos
que tuercen sus miras. El castillo de naipes cae por tierra, y
despidiéndose con una negativa, cruza por entre los que esperan, la
mirada soberbia, inflado el pecho, la testa engallada, en los labios
la huella del no rotundo, nuevo laurel, piensa, con que fustiga a
esa traílla. ¿ Quién entre ellos repulsaría un consulado? En su casa estalla. Eso ha
sido un insulto; sí, una verdadera ofensa. ¿Qué cree el
Presidente? ¿La República es su casa,
su estancia, en la cual puede hacer lo que le place? La suegra opina
que ha debido aceptar; cien dólares, son quinientos nacionales y
hay que trabajar mucho para ganarlos. Pero ¿y su dignidad y sus
aspiraciones? Y además, con ese sueldo no podrían vivir
decorosamente en el extranjero, y las deudas acumuladas en tantos años
que hay que pagar... Los acreedores le perseguirían
como tigres. No y no; ya llegará su hora, estos hombres no durarán
en el poder. Es cosa de meses. En efecto, se nota pronto la
labor de zapa, el descontento hondo, la efervescencia solapada que
arroja a la superficie palabras imprudentes, el malestar colectivo
que precede a las revoluciones. Nadie está satisfecho, los mismos
empleados critican en voz alta, y aumenta el prestigio del caudillo
caído, hacia quien torna la opinión veleidosa. El Presidente, enfermo,
desalentado, vive a caballo en el camino del Cibao, empeñado en
unificar las voluntades de sus amigos, quienes a su vez afirman que
él mismo no sabe lo que quiere. En los campos escabrosos y
asoleados de la Línea noroeste iníciase la brega, la protesta
armada toma y pierde poblaciones, desaparece en un crepúsculo y a
la mañana siguiente, más pujante, ensangrienta las lomas. El
terreno le es propicio, el regnícola es cazador, certero en el
tiro, y vive del ganado que pasta en sus sabanas; la frontera próxima
le asila. Los cruceritos de la armada fatigan sus máquinas
trasegando soldados reclutados violentamente, que desertarán a la
primer coyuntura o morirán en las llanadas aquellas sin que les
calme la sed una fruta ni les perfume una flor. La revolución se
propaga por otras provincias y se alza el patíbulo. En los días de
carnaval, en los clubs, los hombres del poder y sus contrarios, bajo
las caretas, bailan confundidos. En su refugio de la Plaza
Duarte, Antonio, cada noche, oyendo las noticias de los contertulios
siente latir su rebeldía; diestramente algunos le pintan con
exageración el cuadro repulsivo de la dictadura y lamentan el
silencio de la prensa. Es el momento, «la lechosa está madura y al
caer de la mata», insinúan. Vacila, duda; pero el cadáver del
primer fusilado le invita, le impele. ¡Nunca fue él segundo en la
protesta! En el aire cunden voces tentadoras. Esgrime de nuevo el látigo
de sus acusaciones; mas para su artículo no hay letras en las
imprentas, los directores de los periódicos le aconsejan «no
meterse en eso, esta gente no respeta pluma», y a su insistencia
oponen una negativa rotunda. El Homenaje rebosa de presos, por
calles y plazas de la Capital pululan los confinados, y por las
plazas de las Antillas vecinas vagan los expulsos. Su enojo crece en
razón de su impotencia; le exaspera este miedo que escuda al
Gobierno. En casa, mientras comen, a la hora en que la familia se reúne,
refiere su- nueva desventura. El país está perdido, ningún periódico
ha querido publicarle un artículo... Cucharas en el aire, bocas
abiertas, todas las caras se vuelven hacia él, perplejas. —¿Pero este demontre está
loco? ¿Pero usted no se alzó por Horacio? ¡ Su abuela le llevará
la comida a la cárcel! —grita la suegra. Don Pedro interviene; su
misma mansedumbre vibra. ¿No calcula que le expone a perder el
empleo, lo único con que cuentan para vivir? Y la mujer, siempre
resignada, que comprime su altivez en presencia de los demás, le
desautoriza, disuadiéndole. No, él no debe ser el sacrificado, ¿qué
ha conseguido con tantos años de luchas, cárceles y miserias,
.para que otros medren? No, sería una tontería; que escriban
ellos, los que le traen y llevan chismes y le calientan la cabeza
para que se lance. «No seas bobo», le reprocha con dulzura. El
hijo, sentado en la escalera de piedra, golpea en el plato de
hojalata, pidiendo más comida. Todos contra él, ni uno solo le
apoya; sus sentimientos les son extraños. Y hosco, rasga las
cuartillas y las avienta. Las caras sonríen, respiran contentas y
sigue el yantar. Un mediodía de marzo, tiros,
seguidos de descargas, primero en la Fortaleza, luego en las calles,
interrumpieron la siesta. Los presos políticos, libertados y
armados por un carcelero, han tomado La Fuerza mal guarnecida. El
Presidente está en Santiago. La sangre enrojece el arroyo; los
penados, descerrajadas las puertas del presidio por la revolución,
engrosan sus filas. Negros feroces, carne de horca, transitan máuser
al brazo; los jueces se topan en el umbral de sus hogares con
aquellos que la víspera condenaran. El Gabinete, sitiado en el
Baluarte 27 de Febrero, capitula; la ciudad es la presa de una facción
acéfala. Por el .Este avanza el Presidente con tropas. Combate y
entra a Guerra: dos días después, Pajarito es teatro de una acción
reñida; otros dos, y San Carlos es tomado. Los heridos pasan
fugitivos por las calles. La facción se atrinchera, cerrando las
salidas de la ciudad, con barbacanas de alambre de púa y gruesos
tubos de hierro. Treinta bocas de fuego, desde los fuertes de la
muralla que cual cintura de piedra rodea la ciudad, vomitan
metralla. El vecindario, angustiado, sigue desde las alcobas aquel
duelo, distinguiendo las voces de los cañones. Los del castillo de
Santa Bárbara, repercuten en el cauce del río; los de La Fuerza
conmueven los cimientos del Homenaje; bajan el tono las piezas pequeñas
de San Antón y la Caridad, que a su vez elevan las colisas de la
Concepción y San Gil, mientras el de 9 del Conde, gruñe por entre
los cocoteros como un enorme mastín danés. En El Placer están surtos
navíos americanos, italianos, franceses, y dotaciones suyas
protegen legaciones y consulados. Las balas granizan en la población.
¡Es la guerra!.Una prima noche, el tiroteo de los sitiadores se
aproxima nutrido. Los cañones braman. De improviso, altas columnas
iluminan la ciudad, las casas vecinas y los fuertes del ángulo N.
O. arden; el de la Concepción ha sido tomado, los asaltantes trepan
por las piedras urentes, sables en la boca; el del Conde es
abandonado por los defensores, achicharrados por el calor, y desde
una furnia que las lluvias han escarbado en la calle, los hombres,
ahumados y enloquecidos, disparan sin cesar. Los heridos,
desfallecientes, sienten la caricia terrible de las llamas que,
devoran cadáveres, suben por las cuestas pedregosas de San Carlos,
alimentándose con la paja de sus bohíos. En el aire inflamado
vibran los clarines como alaridos. ¡Es la guerra! Antonio Portocarrero
contempla el espectáculo estupendo, magnífico fuego de artificio
colosal. Los altos muros de las ruinas del Convento de San Francisco
se destacan bermejos. La ingente hoguera enrisca sus grumos hasta el
cielo, azul, profundo, estrellado. Presa de irresistible exaltación,
avanza alucinado; a su paso encuentra paisanos, jóvenes imberbes,
acarreando cajas de municiones, y a un periodista que corre a la
refriega con una larga carabina. Por entre las rejas de las
ventanas, dulces ojos femeninos vigilan... ¡Es la guerra!. Camina; sin darse cuenta, está
ya en el collado de San Miguel; sus recuerdos le guían; sale por un
portillo de la muralla, se enreda entre los alambres de la cerca; el
revólver cae al suelo, le busca, y rápido, antes de que lo
adviertan los de la trinchera cercana, cruza el camino, se desgarra
las carnes en las púas de la otra empalizada, y ya está entre los
guayabos de Galindo. Desde el cerro, cárdena,
domina la iglesia de San Carlos. A partir de allí hasta la muralla
se extiende un surco de brasas. Antonio se orienta, rompe las
malezas, muerde los bejucos del cundeamor, al fin llega a la Fagina,
vía que remata en el fuerte de la Concepción. Cada bohío es una
candelada: sus pies tropiezan con muertos, y con heridos que se
arrastran por la cuesta. Un oficial le ordena imperativo: « ¡corra
a la iglesia, diga que manden refuerzos volando!», y corre. Detrás
de las esquinas descubre soldados en pandilla, agazapados. Son los
refuerzos que abandonan a los oficiales, es la carne que huye del
hierro y del fuego. Antonio les grita excitándoles; algunos avanzan
y disparan sobre la ciudad. En el Parque, cubierto en parte por las
paredes de la iglesia, las balas silban sinfonía macabra, segando
el follaje de los laureles. Los jefes, enronquecidos,
fatigados, reúnen los hombres y los empujan: ¡es inútil, no
llegarán! El templo, atestado de
heridos que bromean, ríen y padecen. Los cañones de continuo
arrojan granadas de acero que revientan floreciendo en rosas de
bengala, y las llamas, las llamas insaciables, devoran seres y
cosas, reflejándose en las selvas aledañas, preñadas de mieles y
bálsamos. Antonio, desmazalado,
sitibundo, se desploma sobre un banco. ¿Cómo ha venido, y por qué?
El horror de la realidad calma el arrebato impulsivo que le dominó
la voluntad. Reconoce rostros amigos. Mil interrogaciones le
asedian. No sabe nada; desde el día del pronunciamiento ha
permanecido en su casa encerrado, en donde estuvo hasta que el
incendio le encalabrinó la sangre, y cátalo aquí. Mañana hablarán.
Un amigo le ofrece lecho. Y cuando su cabeza se apoya en la
almohada, una granada rompe el seto, haciendo añicos la luna de un
armario. Esta es nuestra retreta, dice el compañero risueño. Y se
duermen. ¡Es la guerra! En los días siguientes,
Antonio estudia el ambiente. La tropa, compónenla campesinos de
distintas regiones, reclutados el día mismo de la partida, sin
disciplina, y soldados regulares, sin espíritu militar, híbrida
milicia, tan fácil al combate como al saqueo, disputándose unos
con Otros constantemente por trampas en el juego, o por si los del
Cibao son más bravos que los del Sur o el Este, o por las
condiciones de un caballo, y prontos a dirimir con los rémingtons
sus divergencias. Uno de éstos, vestido con un traje de mujer,
tocado con sombrero de pluma, pulseras en los brazos, sale al
descampado, a la mira de la cortina, a bailar un zapateo endiablado,
y allí quedó, pudriéndose al sol la carroña carnavalesca; otro
marcha a vanguardia, a la cabeza, el fusil a la espalda; jamás
dispara, desvalija los cadáveres, y cuando reúne un puñado de
oro, deserta. Empero, libres de la embriaguez de la pólvora o del
alcohol, son mansos. El último revés, el asalto
del fuerte de la Concepción, les ha quebrantado el espíritu; las
murallas les infunden respeto, y el incendio, destruyendo los bohíos
que formaban una suerte de reparos contra las baterías de la línea.
norte, de oeste a este, les deja a merced de los cañones que
comienzan a hacer blanco; un jefe es decapitado por una granada,
otra se abre en medio de una decena de soldados que tallan en corro
y los destripa. Los jefes son esforzados, pero desprevenidos;
improvisan sobre el terreno sin estrategia; celos, vanidades y
ambiciones les dividen, dificultando la acción unánime e intensa;
las victorias nunca son completas, no hay persecución, el empuje de
la acometida desfallece en breve; el fruto no se cosecha, y mientras
el vencedor se distrae en contar fantaseando la hazaña, el
derrotado se retira a salvo o si quisiera, podría reaccionar. Para
imponerse a sus mesnadas, rudos y amables a un tiempo, ora doblan o
tienden por tierra a un hombre a planazos, ora le abrazan
afectuosos, consintiéndoles sus bellaquerías con frecuencia
penadas por el Código. De tal manera crean entre unos y otros el
vinculo gracias al cual afrontan con decisión la muerte. Ascienden
a saltos: el soldado de hoy es general mañana. ¿Qué concepto
tienen estos hombres de la vida, si es gala exponer la propia y
sacrificar la ajena? Aunque algunos poseen hacienda, les seducen los
botones dorados de las guerreras militares y las ventajas del poder;
su malicia instintiva les detiene cuando creen que han sumado méritos
bastantes para sus aspiraciones. Hay quien diga: «no peleo más, ya
he ganado la Comandancia de Armas y la quiero gozar». Pero el
alcohol les deslumbra haciéndoles olvidar los mejores, cálculos.
Aman el caballo y el arma: su dios es la Fuerza. Una madrugada, las columnas
se forman: tres que atacarán la capital por el Oeste, antes de que
amanezca. Los hombres, destocados, a pie; los jefes, con sombrero, a
caballo. Las filas se mueven con desgana, a la zaga de los
comandantes: rubio, buen mozo, impetuoso el uno; mulato, delgado, de
vivos ojos, reflexivo, el otro, y pequeño, vigoroso. Sereno, el
tercero. Con el sol alto, se enfrentan a las trincheras; la tropa
retrocede, flaquean casi al empezar la acción; sin embargo,
superiores a la adversidad, lanzan los oficiales contra las obras de
acero y alambre; la fusilería los diezma desde la muralla; logra el
uno abrirse paso, pero cae fulminado de la mula; el otro irguiéndose
ante la noticia, quiere entrar a la ciudad por una casa edificada a
ambos lados de la muralla, y es herido ante la puerta obstinadamente
cerrada; el tercero se abraza al cañón enemigo y recibe en el
pecho la carga. La gente se desbanda, abandonando los cadáveres;
ola deshecha, se desborda por detrás del cementerio y, atravesando
las estancias, alcanza a San Carlos. Es un mecanismo cuyo resorte se
ha roto. El fracaso desolador y rápido conmueve al caudillo tanto
como al inferior, y aquella masa que ninguna voluntad contiene,
deserta o se prodiga en palabras, contando y comentando el desastre. Antonio los compara con los
actores de la noche hermosa y trágica: son los mismos seres los que
ahora huyen por los caminos hacia sus campos lejanos. Al anochecer,
desmarrido, contempló durante largo espacio aquellos hombres antes
tan fieros, ahora pálidos, precipitarse, entrechocar las monturas;
forcejear por entrar en la barca que cruza el Isabela en Santa Cruz. Un disparo, un grito les
pondría en fuga. ¿A qué seguirlos?; por donde pasen sembrarán el
espanto, deshaciendo la autoridad opresora que, conscientes o
ignaros, crearon con sus brazos armados... Y decepcionado, vuelve
grupas. Las sombras invaden la ruta. Llueve con furia, como si el
agua quisiera borrar de la tierra las manchas de la sangre, tan imbécilmente
vertida. El viento sacude colérico
los ramajes, y por entre el monte suena el rugiente rumor del río.
Los hombres huyen. Antonio, las riendas en el cuello de la bestia,
recalado, anduvo, anduvo, y, como un espectro, entró en la ciudad
silenciosa.
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