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II En
el
verdor de la sabana, con sus casitas pintadas de colores vivos, de
metálicos tejados relucientes, y los bohíos de adobe cobijados de
palma, finge la villa, al lejos, un rosal florido. Colinas suaves la protegen de
la una parte, mientras por la otra la pradera abre vía al mar
cercano. El río cantor la circunda, y sus linfas retratan garridas
doncellas, cuyos cuerpos acarician las aguas voluptuosas borbotando
en los chorros y en la somnolencia de los regatos. En las florestas aledañas la atabaiba embalsama leguas y leguas los caminos asoleados. La
cabra extrae de las hierbas aromosas leche exquisita, y la abeja,
reina de aquel jardín, ahíta de ambrosía, multiplica los panales.
Las muchachas de la capital, encuentran en su regazo morbideces para
los cuerpos enjutos y paz espiritual ara las penas de amor. El aire
sano y los baños fluviales excitan el apetito, y la hospitalidad de
la gente crea el contento en torno de los limpios manteles. Galana
tierra de bucólica, si engendra héroes, les impone la ecuanimidad
de la naturaleza y les siembra en el alma un grano de poesía. Tal
es el solar de Antonio Portocarrero. En la soledad del enclaustramiento, ¡cómo le
alegra la visión del riente valle nativo, y con qué placer buscaría
reposo y olvido en sus montes fragantes! Cada casa, todos los árboles,
las vueltas del río, las piedras de las veredas, presentes en su
memoria, le evocan mil incidentes que podría hojear ahora cual páginas
de álbum iluminado. Su primer recuerdo data de los cinco años: una
vecina entra de improviso en la casa tirándole de la oreja y acúsale
de haberle sorprendido con su hijita, escondidos entre la ropa
sucia. «Jugábamos a los matrimonios», balbuce girimiqueando,
y la madre, entre bromas y
veras, asienta: «comadre, amarre su gallina que yo tengo mi gallo
suelto»; pero a renglón seguido, con un rebenque, le aplica en las
espaldas la primera prédica de moral y la mas elocuente demostración
de la existencia del pecado original. Diablo de chiquilla aquélla,
le aventajaba en dos años y fue su iniciador. ¿ Qué será de
ella? ¡ Honesta casada> sí, y cargada de hijos! Los ojos le
echan chiribitas. Hasta los ocho años su vida
transcurrió entre juegos con la chiquilla, perturbados por las
insinuaciones tempraneras del genio de la especie, y baños en el río,
en compañía de las vecinas. ¡ Qué cosas veía!.., y tanto, que
alguna guapa moza, advirtiendo su embelesamiento, exclamaba: « ¡miren
qué ojos tiene este malvado!». Cada día le aportaba en sus horas
un momento de dicha. A la sombra del mango frondoso que asombra el
patio, después del almuerzo, su madre cocía en paila de cobre, de
interior estañado, sobre cuatro piedras y a fuego de leña, el
dulce de leche, industria famosa del lugar y de la cual era ella
especialista Toñico, como le apodaban, y su novia, en cuclillas,
velaban la paila, siguiendo ansiosos los vaivenes de la paleta
moviendo la jalea para que no se pegara del fondo. Las bocas se les
hacían agua; pero al fin, extendida la pasta sobre la pulcra tabla
para cortaría en panetelas, se les adjudicaban paila y paleta. Los
pulgares rebañaban veloces hasta pulir estaño y madera. La saliva
fluíales por las barbillas hasta los cuellos. Las disputas
menudeaban, y afirmando los moquetes el predominio del macho,
desmentían el proverbio, pues, a pesar del amor, no bastaba que uno
solo comiese. Otro de sus grandes placeres se lo ofrecía el juego
de escondite, entre el pajón de la plaza en cuya linde habitaban. En los atardeceres, de la
hierba emergía deliciosa tibieza. El abrojo enjoyaba la verdura con
sus estrellas de oro. Los cuerpos chafando tallos y hojas, les extraían
sus aromas. Los insectos, viscosos algunos, les hurgaban las
piernas, picábantes hormigas, y las espinas arañábanles; acontecía
también, y esto era lo más terrible, que a lo mejor, entre los
matojos, erguíase Pepe, el gallo de la casa: la cresta sangrienta,
las barbas trémulas, erizadas las. plumas, hiriéndoles casi con
sus pupilas vidriosas. Molestado en su señorío, empinábase con
gravedad cómica, presto a defenderse con sus afilados espolones. ¡Cuántas
cosas decía aquella actitud de coraje y retroche! y en tales
instantes, cortos felizmente, pues el galio convencido de sus pacíficas
intenciones, dardeaba su cantio y aleteando con ruido tornaba a
escarbar gusanos, Pepe, les infundía más miedo que las correas de
su madre a las cuales llamaban: «Juan Gómez, tanto pica como come».
Y a través de los años le impresiona aún la gallardía de aquel
reto. ¡Ah, si todos sus compatriotas alegaran así sus derechos, no
estarían él y otros en esta cárcel inmunda’ y el país perdido!
Cuando había visitas en las casas respectivas, provistos de la
merienda —una galleta sobada y media panetela de dulce de
leche—, les enviaban a buscar gambusinas bajo un guayacán rodeado
de mullido tapiz de hojas muertas, o enlazadas las manos, serios y
cuidadoso! de sus trajes limpios, iban al patio de un bohío
inhabitado a encelar en una espiga de pata de gallina, un ñoño. de
jazmines don Diego de noche, para adornar la imagen de la virgen de
Regla, santificada en los hogares. ¡Dichosa edad! Cumplidos los
ocho años, sufrió los primeros cambios desagradables en su vida.
Terciada al busto la saqueta de tela con el libro primero de
Mantilla, pizarra, cuaderno de escritura, tintero, pluma y clarión,
tomó el camino de la escuela de varones. En su casa había
aprendido a deletrear, y la escuela fue siempre castigo con el que
su madre le amenazó. Ya no le llevaron más a bañarse con las
mozas del vecindario, y terminaron los retozos en la grama con la
chiquilla. Medrado el cuerpo, la musculatura se anunciaba vigorosa.
Nadador como un pez, exploró el fondo de los charcos del río;
jinete audaz, echarle la pierna a un burro y tirarle del pelillo
obligándole a corcovear, era su placer. La escuela convirtióse
pronto en sitio de recreo: la lectura, algarabía coreada, y en los
ratos de silencio, una mosca que volaba con un rabo de papel hacía
estallar las risas. El’ maestro manejaba recia palmeta de roble.
Los chicos se untaban ajo en la palma de la mano, suponiéndole al
zumo, según fama, la virtud de partir la madera. Y con qué hombría
las extendían saboreando de antemano la venganza; pero la palmeta
resultaba intacta y la mano encandecida. ¡Cuántas ilusiones como
ésa habíanse desvanecido en sus luchas con la fuerza! Además de
las vacaciones reglamentarias de estío, las de Pascua de Navidad,
Semana Santa, los domingos y las numerosas fiestas de guardar, los más
de los días eran de asueto, ora por quebrantos de salud del maestro
o de los hijos, ora por partos de la mujer y otras causas domésticas.
Cuando las puertas del aula cerrábanse, abríanse las del campo.
Aquello sí valía la pena. El río, con sus hondos remansos y su rápida
corriente, ofrecía liza a los ardidos, quienes zambullían hasta
coger arena con la boca o se dejaban ir aguas abajo. Agazapados en las cucarachas
del cascajal, atisbaban a las lavanderas que, las faldas
arremangadas, bateaban en las grandes piedras marginales, y a las bañistas,
al salir, modeladas las formas por la camisa mojada, o cuando
tendidas boca arriba, el agua borbollante les cubría el pecho de
encajes y las descotaba o alzaba la fimbria, descubriendo ocultas
delicias. Si la imprudencia de alguno les vendía, arrancándoles a
la contemplación golosa de un blanco muslo venusto, perseguidos por
gritos y maldiciones airadas, partían cual potricos por sobre los
cayados calientes. Pero mejor eran las carreras en burro, en pelo,
en la sabana, y más todavía, una pelea. Dividíanse en dos bandos,
uno en cada ribera, baecistas los unos, azules los otros, afiliados
de acuerdo con las simpatías partidaristas de las familias. Servíanles
de proyectiles los duros cocorrones del guayabo, y se batían,
reidores, regocijados, arremetiéndose en el agua misma, con las
peripecias de la refriega, hasta que una de las dos guerrillas ponía
en práctica el «pies para qué os tengo», o un guijarro lanzado
por mano artera, hacía una baja, que conducían a la casa entre
gritos de protesta, mientras el aporreado sollipaba presintiendo que
encima del chichón recibiría una cueriza. Antonio, de tarde en tarde,
placíase paseándose solo por la sabana. Echado sobre la hierba
rica en esencias, observaba el cielo azul, muy alto, hasta la hora
en que los chivales entran en la población, la abuela a la cabeza,
y en pos de ella, en ringla, el cabrio barbudo y apestoso, las
hembras, con los cabritos pegados a los pezones, en tanto que
berreando los chivos triscan con las madres. Así, iguales, sucediéronse
los días medidos por el toque, a la del alba y a la oración, de
las alegres campanas de la iglesia, hasta la madrugada de noviembre
en que, a horcajadas sobre un caballo, emprendió el camino de la
Capital. Contaba a la sazón catorce años. Desde meses antes, un su
tío, informado por su madre de su inteligencia y progresos en la
escuela, de la que era el primer alumno, había escrito pidiendo se
lo enviaran para que ingresara como interno en el Colegio San Luis
Gonzaga. La partida, prorrogada de semana en semana, al fin se fijó
para después de las fiestas de la Virgen, aprovechándose así la
compañía de los capitaleños que viniesen a ellas. ¡Nunca fueron las fiestas
como aquel año! Desde las vísperas se animaron las calles
solitarias por el tráfico de campesinos que vienen a mercar, y de
las pandillas de muchachas, que afanosas y parleras, recorren las
tiendas en miras de las novedades recién llegadas de la Capital. En la iglesia se hacen los
preparativos, y en las casas el trajín doméstico se aumenta con la
labor de pintarlas de nuevo. La cosecha de café fue buena, y todos
tenían monis que gastar. La orquesta de baile llegada de Santo
Domingo estaba formada por los mejores instrumentistas, y, entre
ellos, el bombardino, natural del pueblo. A la alborada, a la salida
de misa y de las salves, a los acordes de danzas y valses, sumábase
el estrépito de los triquitraques, cuyos mazos apagaban los
granujas con pies y manos, de los montantes y de las detonaciones de
las cámaras. ¡Y qué misa, la del día de
la Virgen! La iglesia de bote en bote. En la tarde, la imagen de
Nuestra Señora de Regla recorrió en procesión las calles
principales, barridas, desherbadas ex profeso y cubiertas de pétalos
multicolores. Seis doncellas cargaban las andas florecidas. La
Virgen, con su joyante túnica blanca bordada de oro, manto azul y
corona de pedrería, entre cálices, turíbulos, diosa de aquella
Arcadia, ponía en cada pecho el contento de vivir o la promesa de
un milagro. Teorías paralelas de muchachas tocadas de albos velos,
con cirios encendidos hechos de la cera más fina de las colmenas,
precedían: una de ellas, la chiquilla, su ex-novia, que, grave,
casta, ni le miró. ¡Quién hace cuenta de cosas de niños! Los
bailes, rumbosos Como jamás, y hasta le pareció a él que ni las
feas comieron pavo, y las notas de las danzas sugerían más
elocuentes las declaraciones de amor a los ladinos capitaleños. ¿Y
las corridas de anillos y macutos, y las cenas? No, si todo fue magnífico,
hecho adrede, para que él no lo olvidara.’ ¿ Y el Peroleño?... Érase el Peroleño, legítimo
descendiente del ilustre señor don Pedro Leño, perniquebrado,
pequeño y redondo, el lampiño rostro malicioso, en los labios
finos y rojos, sonrisa despreciativa. La nariz remangada; negro el
mostacho; la cabeza de escaso pelo lacio, plantada en un cuello
arrecho, se iluminaba con la lumbre de los saltones ojos azules y
picarescos, hasta la desfachatez. El pecho abultado y los hombros
anchos desafían los golpes del contrario. Colocado en su trono, de modo
que se moviera al menor contacto, lucía espada, cruces y medallas;
cimera empenachada y adarga embrazada en la diestra. En la izquierda
sostenía una calabaza o vasija llena de agua de tuna. Los jinetes
contrarios, a escape, le pegaban con la siniestra, y el muñeco a su
vez, aplicábales un lamparón bermejo. La victoria era de quien salía
ileso del encuentro, y para él, la ofrenda de un lazo con ancha moña
rizada que antes se ostentó en corpiño femenil, o palma que, las más
de las veces,. correspondió al triunfante Peroleño. Toñico sentía cominillo,
irresistibles ganas de correr; se le antojaba fácil el éxito:
alcanzar el lazo de la ex-novia, ser admirado y aplaudido. Y tal
empeño puso, que alguien complaciente le prestó caballo, por una
carrera nada más, e hipándose sobre los estribos, pasó,
alcanzando al muñeco con tan leve pasa-gonzalo, que apenas si unas
gotas señalaron su primera derrota. ¿Y el testamento del Peroleño
.... ¡De rechupete! El noveno día, caballero en un borrico,
seguido de ruidosa cabalgata de damas y galanes, paseó el pueblo.
En las esquinas fue leído el testamento, en verso, con sal y
pimienta, satirizando a las autoridades y notables. Al maestro también
le tocó su chinita; y cómo la rieron los alumnos, exclamando:
"¡ya nos las pagó todas juntas!". Y después, la despedida de su madre, llorosa,
repitiendo consejos y recomendaciones. «estudia, sé bueno, que
eres la única esperanza para mi vejez». A cada vado del río, el
corazón le da un vuelco. De entre los cendales de la aurora, las
lomas surgen azules o verdes, según la distancia, y su mirada zahorí
distingue con arrobamiento el guano, la yaya y el maguey que las
tupe, y en la vera del camino, hasta a los cayucos, alpargatas y
guazábara ve con afecto olvidando las veces que sus garras le
sangraron. Desde sus nidos, ocultos entre las madejas áureas de los
fideos, chinchilines y julián-chivies salúdanle con sus píos
onomatopéyicos, alborozados con su partida que les libra de un
enemigo, mientras las campanillas aljofaradas y las carmíneas
flores del carga-agua y las cabritas, con la frescura de sus
cerezas, le invitan a quedarse. Los viajeros satisfechos, caminan a
pares, escapeando de trecho en trecho, comentaban los incidentes de
las fiestas. Alguno se confesaba preso entré las redes de una linda
pueblerina; otro insinuaba observación maleante acerca de este o
aquel acto, que hacía prorrumpir a esotro: «por eso nos llaman búcaros a los capitaleños»... Y así, entre bromas y
chichisbeos galantes, las lindas amazonas y sus caballeros corrieron
las catorce leguas, excediéndose de ojos y boca estrepitosa la
alegría. ¡Cómo ha volado el tiempo y
mudado los hombres y las costumbres! Su riente pueblo de bucólica
ya no será el mismo; pero con todo, con qué placer iría a limpiar
su cuerpo de las inmundicias de la prisión, tirándose de cabeza en
Los
tres charcos o en las
chorreras de la Piedra del Chivo, para que el agua corriente le lustrara el espíritu
puliendo huellas dolorosas...
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