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V La llave gira en la
cerradura, el cerrojo rechina en las anillas, chirrían los goznes,
y la puerta parte, al abrirse, la estera que la luz ha extendido
sobre los ladrillos. El alcaide entra, portador del cestillo de
mimbre, y seguido de un penado astroso. —Uenos días. —Buenos días. El carcelero, barcino,
rechoncho y vulgar, macizo, sesentón, con el manojo de llaves
pendiente del cinto, avanza hasta la mesita. Antonio, por hablar, por oír
una voz humana, siquiera fuese la propia, interpela: —¿Quién lo trajo? —El viejo... Se encamina a la mesa,
evocando la figura de aquel negro viejo, con ancas de eunuco, belfos
fláccidos y. húmedos, argollas de plata en las orejas, quebrada
cintura, caminando a trancos, puesta en la cabeza la tabla de pan de
gloria, que pregona por las calles al son de: Pan sobao...é Como en la casa no hay
criados, él se presta a traerle las comidas, casi por caridad. La
cestilla, desflecados los bordes y rotas las asas por el trajín,
contiene el desayuno. Sin duda que el alcaide lo recibió a las ocho
de la mañana y se lo sirve a las diez, después de un registro
minucioso. El preso, habituado a tales penalidades, extrae la
cafeterita de hoja de lata, un pan partido en dos, untado de
mantequilla norteamericana, y una arepa de maíz amarillo. Entre
bocado y bocado, sorbe por el pico el café frío; mientras el
penado carga en hombros el baché con las excretas que, agitándose,
expanden sus pestilencias. El alcaide se balancea en el mecedor.
Tiene ganas de charlar, pero la altivez de Antonio le cohíbe.
Siempre seco, nunca le da pie. Masca callado con desgana visible.
Tras el último sorbo, el preso le recomienda: —Mande decir a casa que me
envíen ropa limpia y libros. El alcaide recoge la cesta, y
de un tirón cierra la puerta haciendo sonar con fuerza el cerrojo y
la llave. Supino sobre el catre,
Antonio ensarta de nuevo el hilo de sus recuerdos. Cuando el 1° de septiembre
volvió al Colegio, cambió de clase; Sus compañeros fueron
entonces jóvenes que le superaban en más de tres años; él era el
único que vestía aún calzones, y por cierto que, encogida la tela
por las continuas lavadas, se le engarabitaban por encima de las rótulas,
sin que a su vez la chupa bajara más allá de la rabadilla,
obstinada en durar sin estirarse a la par que el dueño. Dos
simientes trajo en el espíritu, las cuales, al fermentar, le habían
de distraer de los estudios: las pasiones políticas hervorosas, en
cuyo ambiente respiró durante las vacaciones y que continuarían
entrando en ráfagas por las ventanas, y la imagen de una
muchachita,. hermana de uno de los condiscípulos, entrevista en el
patio en las visitas de los sábados, y a la cual había hecho plantón
al sol y bajo la lluvia en la esquina, y escrito cartitas, que
arrojaba al balcón cuando estaba sola. En ambos frutos en agraz
mordió con ganas, y sus jugos acidulados le producían sensaciones
perturbadoras. Comenzó de nuevo el desfile
interminable de los días. Las noticias se reflejaban en las caras
de los externos, que repetían lo oído en sus casas, y así,
adobadas por los intereses de cada bando, difundíanse por aulas y
claustros las alternativas de la guerra hasta que se supo que Moya y
Monción habían traspuesto la frontera. Lilís había triunfado, y
al entusiasmo en los moyistas sucedía el temor a las persecuciones
y venganzas, que con la altanería de los vencedores, avivarían los
odios. Antonio, a fin de ganarse las
motas para los jalaos, que compraba por un agujero practicado en un
muro del patio, por donde se comunicaba con una casa del vecino
callejón, y las golosinas que traían las dulceras, puso mesa de
memorialista, escribiendo las cartas amatorias que los compañeros
enviarían los domingos de salida con las criadas, o lanzarían los
audaces con su propia mano. Así se inició en las letras, y la
tarifa que regía su industria marcaba sus admiraciones: en las de a
tres por un real, se refería a César y a la conquista de las
Galias; en las de a medio, a Napoleón. Un profesor encomió un
borrador que le fue aprehendido en un libro de texto. Sus compañeros
le distinguieron, y, a su vez, se sintió superior a ellos, aumentándose
sus simpatías por aquel de sus maestros que tenía en los tobillos
la huella de los hierros, y traía a las aulas el rumor de sus polémicas,
escribiendo en la mesa desvencijada de la clase las cartas a la
novia, y la prosa inflamada y restallante de sus artículos, soplos
caldeados del ágora. A solas, Antonio, ensayaba sus gestos, el
porte viril de su testa, deseando imitarle en todo. Ningún elogio
le placía tanto, y su satisfacción rebozó el día en que le
encargara repasar la lección: parecióle recibir el mandato de
comunicar a los demás la influencia que le dominaba; sin embargo,
era una simple lección de geografía, en la cual las maderas tintóreas
de Chile se mezclaban con aquellos nombres de ríos y montañas que
las hazañas estupendas de conquistadores hispanos y libertadores
americanos han hecho célebres. Cierto día le pilló aceptando una
dádiva, un medio, para perdonar una falta. La pluma, que tal
momento lanceaba al tirano, cayó sobre el papel. La recia palmeta
de roble se alzó indignada, aduriéndole la diestra pecadora. Ningún
castigo le dolió tanto. Lloró con ira aquella debilidad, que le
rebajaba ante su modelo. Entre los profesores se
contaban un extranjero librepensador, tenaz, laborioso, quien, ¡extraño
contraste! siendo probo, caía en servilismo político nada grato
—jamás tuvo las simpatías de sus discípulos, a pesar de la
largueza con que les repartía en premio libros y dinero, y de que
nunca les pegó—; y otro, nutrido de ciencia, timbre del plantel
del cual procedía, un tanto indiferente a la inquietud de aquellas
adolescencias, que seguía las explicaciones, dibujando a la pluma,
y si las truhanerías le sobornaban, les echaba. Además, por las
aulas pasaban de tiempo en tiempo, figuras errantes de proscriptos o
traídas por el oleaje de la vida, a los que el espíritu filantrópico
del Padre Billini acogía. Dos no olvida Antonio, el venezolano
Miguel E. Pardo, cuando hacía sus primeras armas con la pluma, el
recuento de cuyas campañas periodísticas y duelos les distraía en
la asignatura de lectura razonada que regentó, y un inglés, alto,
de fluvial barba blanca, pulcro, las manos finas, que decía
descender de los Courtenay de las Cruzadas, y profesaba las de francés
y astronomía en mal castellano. Tales aves de paso, arrojaban una
semilla, al azar, o dibujaban en sus memorias perfiles que al
discurrir de los días les hacían reír o añorar. Antonio cumplió los dieciséis
años. Se creía un hombre y reñía con los profesores, y hasta con
el mismísimo don Marcelino se atrevió, colgándosele de las
barbas. ¡El
Prefecto no les inspiraba ya temor! La tos, rompiéndole el pecho
cavernoso, sacudíale, y los chicos, con el ardimiento de la sangre
nueva y sana, alzaban el puño. Transcurrió
un año más. La reclusión pesábale. En las noches se escapaba con
dos o tres de los mayores para asistir a las zarzuelas que en el
Teatro de La Republicana se representaban, o recorrer los barrios en
busca de sancochos, en la época en que se celebran las fiestas
consagradas a los patrones, arriesgándose de cuando en cuando por
el de las meretrices. Tascaba el freno. Las lecturas en la quietud
del patio excitaban sus ansias. No le bastaba vaguear, quería
realizar, e impaciente, medía el lapso que le separaba del fin del
curso, de cuyos exámenes saldría armado Caballero de la Ciencia
con su título de Bachiller. ¡Cómo se pondrían la madrecita, que
en el pueblo riente, mueve y mueve la paila de dulce de leche, y la
novia, pues había sido correspondido por vez primera, y por
intermedio del hermanito de ella recibía cartitas que le sabían a
almíbar! El carnaval de este año señala
un hito en su existencia, deslumbrándole primero con su lujo, e
hiriéndole luego hasta provocar su indignación. Eran los días del
Empréstito. Aquello no se había visto jamás. Los diablos
cojuelos, de toscas caretas, cencerros, puercas vejigas, descalzos,
sustituidos por pandillas organizadas por jóvenes. Antonio formó
en una de ellas. Todos los diablos del mismo color, rojos o negros,
lucían carátulas finas, profusión de cascabeles, y campanillas, y
racimos de grandes vejigas de vaca, bien infladas y hasta limpias.
La vieja roba-la-gallina, que en antes recorría las calles, con un
macuto lleno de maíz en el brazo izquierdo y una escoba enastada en
la diestra, seguida de vagabundos, que volteaban en cada esquina al
grito de Roba la gallina, huía desalojada de sus
dominios por las comparsas de indios emplumados y relucientes de
cuentas, que en torno de un mástil encintado, enhiesto en las
bocacalles, trenzan danzas, por las que remedan a los negros Minas,
que en las Pascuas del Espíritu Santo venían desde su aldea
fluminense de San Lorenzo a bailar sus tangos africanos al son de
los cañutos, compuesta de parejas distinguidas que sobre tallos de
caña brava bailaban con elegancia. Las mojigangas barrocas, de
vecinos de los solares del Almirante y Aguacate, oriundos de
Curazao, que acompañándose de acordeón y güira vociferaban hasta
altas horas de la noche Rumbamba, rumbamba, callan corridas a la vista de
la mascarada que figura la Cámara de Diputados, tan perfectamente
imitada que pocos hablan. y hasta copian el físico de algún
representante popular, o pasmadas por el espectáculo de un navío
que navega sobre ruedas; y los grupos de dominós, payasos, frailes,
monjas, murciélagos y Parcas, que disfrazando la flor y nata
capitaleña, de seda y raso,.alegran y perfuman las calles en la
prima noche y bailan en las casas donde hay piano. Los engalanados
coches de plaza y los particulares, en las tardes del domingo, lunes
y martes, conducen al Presidente, a los notables de la política y
del comercio, quienes derraman sobre las mujeres, sentadas en las
aceras o asomadas a balcones y ventanas, copia de rosas, arroz
pintado, confites, pomos de esencia, ovillos de hilo, objetos de
fantasía, muñecos, y en el ardor del combate, cuanto en las
tiendas hay que pueda servir de proyectil más o menos galante. La
locura carnavalesca, alimentada por las libras esterlinas del
banquero holandés, agitaba las manos de los privilegiados que al
sol primaveral encadenaban la autonomía financiera de la República.
Antonio, se sintió arrebatado por el torbellino, recibió y devolvió
los objetos que esparcía la insensatez desde los coches; pero
cuando el Miércoles de Ceniza puso la cruz en las frentes, apagando
el júbilo de los cascabeles, y el viento barrió los restos del
arroyo, pensó con tristeza y vergüenza que su maestro, preso en la
Torre del Homenaje, por haberse opuesto en la prensa al Empréstito,
le reprochaba su debilidad, y con el mismo impulso que le empujara días
atrás bajo una careta bicorne, escribió un artículo corto,
cotejando las teorías de los economistas sobre el empleo
reproductivo de los empréstitos con las escenas de Carnestolendas,
y las flores y joyas con que los magnates, divididos en banderías
adversas, obsequiaban a tiples y coristas en el Teatro, para
terminar amenazando a aquéllos con el anatema de los Padres de la
Patria. Lo copió con su mejor letra, enviólo a El Eco de la Opinión,
y al siguiente domingo le deleitó leyendo su prosa de estudiante,
ceñida a las reglas de la Retórica. ¡Cómo había manejado los
tropos! ¡Y qué sonoridades tenía su nombre impreso! El lunes
temprano, los sabuesos de la Gobernación le husmearon; pero contra
ellos prevalecieron las puertas de San Luis Gonzaga y la cólera del
Padre Billini. El tío Tomás, que conservaba su empleo en la
aduana, y de quien las malas lenguas echaban cuentas. comparando el
sueldo con sus gastos y los ahorros convertidos en casas, vino a
verle y le regañó, aconsejándole: «muchacho, déjate de
lirismos, y sé prudente, que Lilís no olvida ni perdona». En julio se graduó; pero no
le fue dable ir a abrazar a su madre; debía permanecer en el asilo
del Colegio. Leyó con furia, sin orden ni método, incitado por los
títulos o la fama de los autores, mezclando los juristas con Sué y
Víctor Hugo, los economistas y los poetas deleitándose con los
versos de Mármol contra Rosas, con los doce Césares de Suetonio y
los discursos de Castelar. De tales graneros, extrajo algún
provecho, indigestando mente y memoria de hechos y nombres históricos,
frases rotundas y palabras sonoras y brillantes, que luego habían
de vibrar en su prosa con redobles de tambor. Después, ingresó en el profesorado, sin vocación, como medio de vida, hasta la tarde de un domingo en que, a la salida del circo de toros, tensos aún los nervios por los lances de la corrida, un oficial de la Policía le puso la mano en el hombro a la voz de «venga conmigo, de orden del Gobernador»... Lilís tiene, en verdad, excelente memoria. Ese día y en el mismo sitio, se hicieron numerosos presos; decíase que Moya y los expulsos se movían. Desde entonces, ¡cuántas veces había entrado por la puerta monumental de la Fortaleza, ascendiendo las gradas de piedra de la Torre! Unas por sus escritos, otras por conspiraciones o porque acaecían levantamientos en el Cibao. Su nombre figuraba en las listas de la Gobernación y, cierta vez, se le inculpó conjuntamente con otros correligionarios, del incendio de la cocina de un bohío de San Carlos. Había habitado todos los calabozos de la Torre: éste, el de Peynado, donde Báez mantuvo durante seis años al general Jacinto Peynado; el del aljibe, húmedo, casi subterráneo; el del pañuelo, que tiene la forma de un pañuelo esquinado; la Capilla con su ventanillo que permite robar al celo de los carceleros el espectáculo de unos metros de calle; el de Colón, donde se dice, sin ser cierto, que fue encerrado el Descubridor por Bobadilla; el del Profeta... ¡Qué horror! ¡Entre estos muros siniestros, en este ambiente mefítico, había vivido lo florido de su juventud, enterrando sueños de gloria y de amor!
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