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XX En la tarde cálida de mayo,
Arturo Aybar y Antonio Portocarrero, pasean por la ciudad en coche.
Respirando salud el uno, elegante el traje, la pupila viva, las
manos cuidadas, contrasta con la palidez de convaleciente, las
facciones demacradas y el terno gastado del otro. El coche rueda, salta y cruje
en baches y zanjas, envuelto entre velos de polvo. Sentadas en los alféizares
de las ventanas o en mecedores en las aceras, las muchachas,
vestidas de muselinas claras, una flor en la cabellera, leyendo
novelas o El Listín, miran con sus ojos brillantes, circuidos de
ojeras, los transeúntes que las saludan quitándose el sombrero o
familiarmente con la diestra, agregando un piropo cuando la
intimidad lo permite. En algunas rejas, ella acodada y él afuera,
las manos en los fierros, hilvanan el diálogo de amor. Otras
parejas, en pie, en el umbral. Circulan las criadas con la
cesta del pan, acabado de salir del horno, las tablillas de
chocolate, el queso y la mantequilla para la cena; engarzado en el
brazo y a remolque, un niño que forcejea por correr a su antojo. El cochero, negro, rechoncho,
sin cuello, desgolletada la camisa, suda, fuma un cigarro, y sin cesar excita al caballejo
con las riendas y la lengua; de cuando en cuando le aplica un zurriagazo, y de luego en
luego requiebra a las negritas que, zahareñas, replican con un ¡vaya
parejero! El vehículo es
pequeño, ligero, de tres asientos, dos al fondo y uno junto al
auriga, que escucha cuanto conversan los pasajeros, quienes gozan
además el privilegio de olerle la tagarnina y el sobaco. En el Parque de Colón y en
las esquinas, los hombres departen agrupados; algunos con el diario en la mano gesticulan.
El día anterior, el Congreso Nacional aprobó la Convención Dominico-Americana, y en la
misma noche, después de la larga y emocionante sesión legislativa, el Presidente
montó a caballo y fuese a galope camino del Cibao. A simple vista,
los rostros revelan la alegría
del triunfo o la depresión de la derrota; pero todos se
encalenturan y elevan el tono transportados
por el ardor de las palabras. —Creo un disparate, Arturo,
que aceptes un ministerio de este Gobierno; mejor estás en tu Consulado de París, sin
responsabilidades. —No, socio, el error es
tuyo. Entrando al Gabinete, como lo he prometido al Presidente, serviré al país con más
utilidad, y tendré ocasión para adaptar lo que he aprendido en
medios civilizados. Verás qué
labor realizo. —Pero te haces solidario de
la Convención. —¿Y por qué no? ¿Crees tú
que es ella obra del Gobierno? No y no, es el fruto natural de los desaciertos de tres
generaciones. —No, es sencillamente un
acto criminal para mantenerse en el poder. —Extremista siempre,
Antonio. La oposición misma, que tanto clamorea, la habría pactado
gustosa. No te engañes,
obedece ella a una realidad nacional que se impone a los gobernantes
y los apresa, a ellos que se
creen dueños absolutos. Recuerda: desde el año 44, todos los
gobiernos que han logrado sostenerse, compelidos por los desórdenes
internos que nos debilitan y por el peligro vecino, han
buscado el equilibrio más allá del mar. —Sí, ésa es la fórmula
con que se pretende excusar la anexión a España. —Pues bien, fórmula o no,
en la sucesión de tales hechos, preciso es convenir que existe algo positivo, que no es la
ambición y las pasiones de los caudillos, sólo que nosotros no nos
damos el trabajo de analizar
el medio para convencernos. —No y no; la República
debió ser como la querían los hombres de Febrero. —Sí, un sueño hermoso,
que la realidad destruyó en crisálida. —La Convención, óyelo
bien, Arturo, es el caballo de Troya. —No exageres. Convengo con
que mortifica a nuestro patriotismo, pero no amenaza la independencia: el mal no está
en ella sino en nosotros mismos. Por otra parte, nos pone en contacto con una gran nación,
de cuyas instituciones y costumbres civiles tenemos que aprovecharnos. —A esos blancos le jié
mucho el negro —interrumpe el cochero. —Sí, ya nuestro pueblo
baila tow steps, y pronto los muchachos jugarán a la pelota. —¿Y qué?, la danza,
demasiado voluptuosa, enerva en cambio el tow steps es un baile gimnástico, y el basse ball
da músculos y enseña a los jóvenes a pensar y ejecutar con ardimiento, y eso es lo que
necesitamos, audacia y energía, no los espasmos de violencia que son nuestras revoluciones. Créeme,
somos un pueblo falto de voluntad; queremos, sí, pero como los chicos que gritan,
lloran y patean por un juguete que olvidan a los cinco minutos o lo despedazan para ver lo que
tiene dentro y acaban por extasiarse amasando el lodo de la calle.
El español, quiso y conquistó
la América, proeza estupenda. Los indios haitianos eran más de un millón y se dejaron
extinguir en las minas por el jinete blanco, para ser reemplazados
por el negro, a quien arrancaron de
sus tierras nativas, transportaron y esclavizaron. Aún persisten en
nosotros rastros de aquella
voluntad heroica del dominador y los resultados del sometimiento doloroso de los otros. El
yanqui lo quiere, y óyelo: partirá el istmo de Darien, señoreando
los dos océanos, y nuestra isla
está en las avenidas de ese gran camino. —En resumen, tú concluyes
que nuestro destino es ser absorbidos por el yanqui. —No, yo no sentencio; por
el contrario, aplico la lección de los hechos consumados: hay que ser fuertes, cultivar la
voluntad, amar el pasado, mas no como a cosa muerta sino como a ser vivo, en incesante comunión
con nosotros. Cada piedra de esas iglesias, que indios y negros regaron copiosamente con su
sangre, es el eslabón de una cadena, en ellas se nutren raíces de nuestro espíritu; por esos
motivos debemos defenderlas de los hombres, del tiempo y del brazo destructor de la naturaleza. —Palabras, bonitas
palabras, socio. —No, elocuentes páginas de
historia. Mira: hay en la ciudad dos ajimeces; cuantas veces pasamos frente a las casas en
ruina que ellos adornan y rejuvenecen, nos complace admirarlos. Pues bien, muchas veces he
sentido la curiosidad de saber quién construyó la casa, y las
ideas y sentimientos del colono que
primero la vivió. ¿Quién era? ¿Lo sabes tú? Ese es un detalle;
pero dime, ¿es que estudiamos
nuestra historia tú y yo y los demás de nuestra generación, y los
gobernantes?... ¿ Entonces?
Por eso caemos hoy donde ayer nos rompimos la crisma. ¿Quién conoce la Primada? ¿ Qué
poeta dominicano ha extraído de estas piedras la intensa poesía
que en ellas vibra? Por estas
calles paseó Hernán Cortés, en yegua fina que compró en
doscientos cincuenta castellanos...
Palabras, dices tú, y, sin embargo, ella fue la cuna de la
Conquista y amamantó la gente leonina
que en la Costa Firme y en las islas se hizo gloriosa por medio de
la espada y de las letras. En
esta tierra, el español exterminó al indio, cuya rebeldía
transvirtió el estrecho con Hatuey. El
colono combatió con los filibusteros ingleses, con los
bucaneros;.venció al francés, reconquistándose para darse al Rey,
primer vagido de la nacionalidad, y exportó al Continente su
cultura. Aquí, el negro dio a España un nuevo Cid en Suero, y a la
república un prócer en
Luperón, y Lilís mismo, aunque nuestras pasiones lo nieguen, es un
tipo representativo. De la mezcla,
nos vienen el ímpetu y la resignación repentinos, la violencia enfática, la suspicacia
letal y la aspirabilidad; pero no lo olvides, hemos engendrado a Máximo
Gómez, el último de los
libertadores americanos. —Bueno, ¿y las
revoluciones, supones tú que han terminado para siempre? —Aún no, pero las matarán
los ferrocarriles, las escuelas y la riqueza. —Ilusiones.., las tenemos
en la sangre: genio y figura... —Pues la depuraremos. ¿Pero
quieres admirar un espectáculo tónico?... ¡Cochero, al Palacio Viejo! Desde la azotea de la que fue
Capitanía General, ambos amigos abarcan la ciudad que áurea lluvia inunda. En las aguas,
marina y fluvial, cintila, reverbera, en el polvo; nubecillas policromas suben de los
cascos y las ruedas. Al Sur, el estilete de la punta Torrecilla
corta las olas; y la línea verde de
los uveros, formando abra al mar azul, remata frente a la Torre del Homenaje, revestida de un
manto de brocado. En la margen oriental del Ozama, cocoteros y almendros, y cinco búcares
abren los rubíes de sus flores; sobre el firme de la ladera, los
restos de la primera ermita
edificada en la tierra de América, festonada de lianas, y las
ruinosas chimeneas del Ingenio La
Francia. Hacia el Norte, trepando por la cuesta arcillosa, los bohíos
de Pajarito, de virutas
cobrizas los tejados pajizos. En la meseta, árboles próceres,
soberbios caimitos de hojas bicolores,
mameyes erectos, de redondas copas, y galanas palmas solitarias. En la margen occidental, la
Puerta de San Diego, y a su izquierda, el Alcázar de los Colón,
los sillares gafados por los
siglos y bronceados por la luz: tres ventanas al mediodía, tres al poniente, tres al levante,
desiguales, vacías; en los agujeros anidan palomas, que revuelan en
torno, las plumas suavemente
irisadas. La lámina de acero bruñido del Ozama se descoge entre las riberas, cubiertas de árboles;
detrás del codo del río, a lo lejos, se columbra, cabujón
zafirino en mitad de ondulosa raya de
azur, el Sillón de la Viuda, cima eminente de la cordillera. Hacia el Oeste, se destacan de los
follajes de Galindo, la iglesia de Santa Bárbara, y más cerca,
entre las antorchas de los
cocoteros, la espadaña de San Antón, y sobre la colina, los muros
negros del convento de San Francisco
coronados por un laurel. El sol, por detrás de aquellas ruinas, incendia el cielo, y las
paredes dentadas semejan enorme parrilla. Bajo las bóvedas abatidas
reposa Don Bartolomé Colón;
mientras que en el umbral, para ser hollado por cuantos pasaren, yacía Alonso de Ojeda, el de
voluntad demiúrgica. En un balcón, una doncella espera el amor que la hará fecunda. A través
de los árboles, descollando entre los tejados planos de las casas, se admiran San Nicolás, con
la higuera bravía arraigada en la cúpula como un penacho, y la torre cuadrada de la Merced.
La Catedral se adivina: ella es la materialización de un sueño. Durante veintiséis años,
españoles, indios y negros la edificaron sillar a sillar, juntándolos
con dolores y esperanzas. Cada
cual, del artífice inspirado al oscuro picapedrero, dijo en ella plegaria a su dios, y si la
miró con tristeza menguada por las tinieblas, la descubrió,
crecido el gentil edificio, a la mañana
siguiente; y la pequeña villa colonial, enclavada entre los dos mundos, debió de sentir el
orgullo de haber realizado empresa perdurable, no obstante las
torres ausentes, que habrían sido
la meta de la potencia creadora; y así triunfa del hombre y del
tiempo con su gracia ingente:
el leopardo dejó una garra en sus naves, los terremotos la desquiciaron, la ignorancia
la afrentó, pero calienta entre sus columnas los restos del grande
y testarudo ligur. El rumor del
mar se difunde confundiéndose con los sonidos urbanos. Por la Puerta de San Diego entran
carretas cargadas, burros arrastrando trojes de cañas, hierbas,
largas varas que huellan ruidosas, o
rimeros de petacas de carbón. Los hombres que laboran en las
oficinas de los muelles, suben sudorosos, jadeantes, la cuesta
empinada. Tufo cálido emerge de la tierra. —¿No te invita a la acción,
toda esa historia petrificada y la lujuria potente de la naturaleza? Atrévete, hombre, sacude el
pesimismo, quiere algo con voluntad cierta, constante. —Sí, es bello, bello, pero
ya soy un vencido, tú eres, en cambio, un triunfador. Hace unos días la gripe que aquí es
un coriza molesto y nada más, estuvo a pique de matarme. Presión más
fuerte de la tenaza que me
comprimía el cerebro era suficiente, y el médico anuncia que una recaída será mortal; basta
un poco de ese leve polvo dorado que vuela detrás de los coches...
¿A qué, pues, luchar? Y lo peor
es que el médico afirma que mi carácter, mi altivez, mi intransigencia, no es virtud,
sino consecuencia de terrible herencia. Ahora resulta que yo, no soy yo... —Atrévete, quiere, haz. —No, soy un vencido. Me
conformo con la idea de que le harán justicia a mi cadáver. En mi infancia soñaba tener un
entierro suntuoso; pues bien, como he sido maestro a palos, seré conducido en andas, cubierto
de flores el ataúd de tercera clase; asistirán los niños de las
escuelas, el pueblo, los mercachifles,
los políticos, y mientras el sepulturero tapa la fosa, los jóvenes, alzándose sobre
las tumbas vecinas, pronunciarán discursos en los cuales me calificarán de rebelde, ¡el
gran rebelde! Pero, lo triste es que cuando todos vuelvan del Camposanto, a prisa en busca
de la cena que espera en la ciudad, mi hijo, mi sangre, traerá en las manos los paños blancos
que sirven para cargar los muertos, y con los brazos abiertos, vacilante, miserable, dibujará
al caminar, a la luz de los focos eléctricos, siluetas extrañas, bufas, que harán reír; y créeme,
esas risas me flagelarán hasta debajo de la tierra... Es horrible, ¿verdad? Un sollozo se extinguió en
los labios de Antonio; su cuerpo tremó de angustia. Arturo, conmovido, le apretó contra
el corazón. La silenciosa tragedia se le revelaba de improviso. Carne tundida por estacas de
yagüeses, golpeada por molinos, ¿es su ánima la de un hombre o la de toda la gavilla de
averiados adoradores de Dulcinea cuya es la prole de débiles turbulentos, con mentes
inferiores a su tiempo, que lapidan en las tardes las estatuas por
sus propias manos modeladas en la mañana, mientras los generales
ignaros triunfan y les uncen? En el Acrópolis, al declinar
el día, Arturo había experimentado una intensa emoción ante la imagen de Atenea, cincelada
exquisitamente. Ceñido el casco, la diosa de formas virginales, la siniestra en la lanza y
abierta la diestra en la cadera, los pies descalzos, fija la pupila
beata en la tierra en donde perfuma una
flor o crece una espiga. Minutos después, desde el Partenón contempló la ciudad blanca,
de la cual ascendía concierto de fuerzas poderosas. Nuevos griegos dialogaban en el jardín de
Platón; en el Pireo, las proas armadas hacia Levante. En aquel ápice
del espíritu humano, el más
perfecto, los sacros mármoles, libres de la costra de turcos y venecianos, profesaban con su
milagrosa euritmia rota la más elocuente lección de moral y belleza. Exaltado,
esclarecido por su luz inmortal, comprendió, amó la belleza pura,
y libertándose de la materia,
elevó la razón, inclinóse hacia la flor o la espiga que los ojos
de la diosa miran deleitados, ansió
sembrarlos en la patria lejana, y convirtiendo la vista más allá
del golfo de Eleusis, hasta la
Antilla ensangrentada, a la deriva hacia fatal destino, interrogó,
¿por qué no? Habana 1911. — Roma 1913.
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