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XIII Compromiso Después
de almorzar juntos Las Casas y Enrique, el primero se vistió con algún
esmero, y volvió a salir dirigiéndose a casa de Velázquez. Encontró
a éste de gran gala , vistiendo su más rico traje hecho con arreglo
a la airosa moda milanesa de aquel tiempo: le acompañaba su fiel
confidente, el servil Mojica, reverso de la medalla con respecto a Valázquez
en la parte física, como lo era respeto al Licenciado en la parte
moral. Las Casas lo miró con disgusto, y lo saludó fríamente;
emprendiendo los tres la marcha seguidos de dos escuderos. Eran
las doce del día, cuando las puertas de la casa de Don Cristóbal de
Cuéllar se abría de par en par dando entrada al arrogante capitán y
sus compañeros. Dos largas y nutridas filas de esclavos negros,
naborias indios y criados europeos se extendían desde el vasto portal
o zaguán de la casa hasta el pie de la escalera, todos limpia y
decentemente vestidos, ostentando en la librea los colores de la casa
del opulento Contador. El lujo de las habitaciones decoradas con
muebles y paramentos de gran precio, como la numerosa servidumbre,
daban elevada opinión de las riquezas del dueño, y así lo iba
haciendo notar a Velázquez el codicioso Pedro de Mojica. Recibió
el Contador a sus huéspedes en el salón principal, de pie al lado de
su bella hija, cuyo rostro cubierto de mortal palidez competía con la
mate blancura de su vestido de encaje francés y rico terciopelo de
Flandes. Acompañaban al señor de Cuéllar sus amigos Francisco de
Gara, Alguacil Mayor de la Isla, y Rodrigo de Bastídas, vecino
principal de Santo Domingo, respetable personaje; el mismo que años
antes había hecho una feliz expedición a Castilla del Oro (Nueva
Granada), y obtuvo bastante tiempo después el título de Adelantado
por sus servicios a la corona en aquella ocasión. Velázquez,
después de haber cumplido con todos los circunstantes los deberes de
cortesía, formuló en un breve discurso su pretensión matrimonial, a
la que el padre de María expresó acto continuo su asentimiento.
Entonces Velázquez, apartándose en este solo punto de las minuciosas
instrucciones que previamente le había inculcado el astuto Mojica,
antes de dirigirse a la infeliz joven, que permanecía inmóvil, con
la Mirada fija en el suelo y sin dar la menor señal de haber
comprendido la demanda de que era objeto, dijo el Contador real: —Si
vos lo tuviereis a bien, señor, asignaremos a un año, a contar de
hoy, el día en que se lleve a cabo el matrimonio. María
salió de su anegación al oír estas palabras, que aguardaba con
ansiedad; y clavó la mirada inquieta en el rostro de su padre,
pendiente de su contestación. Don
Cristóbal vaciló: fue para él una verdadera sorpresa la indicación
de un plazo tan largo, cuando Mojica le había hablado de la
impaciencia de Velázquez por llegar a ser yerno suyo. Hizo, no
obstante, un esfuerzo, aguijoneado por la dignidad personal y el
decoro paterno, y contestó: —Como
gustéis, capitán, nada urge… Entonces
Velázquez se volvió con exquisita urbanidad y risueño semblante a
su prometida, diciéndole: —Dignaos
poner el colmo a mi dicha, señora, expresando vuestra plena y
voluntaria conformidad con lo que acabo de pedir y obtener de vuestro
padre. —Os
doy gracias, señor —contestó la joven, reanimada por lo que le
parecía un principio de éxito en el plan de los Virreyes: —os doy
gracias por lo que acabáis de solicitar. —¿Os
place el aplazamiento? —insistió Velázquez, con el evidente propósito
de jugar del vocablo. —Me
place, señor —respondió María, volviendo a fijar sus hermosos
ojos en el pavimento. —Tomo
por testigos a todos los caballeros presentes, de que la señora María
de Cuéllar, hija del Señor Contador real, me ha empeñado su fe y
palabra, para ser mi esposa dentro de un año. Con
esta fórmula terminó Velázquez la parte ceremoniosa de la vista, que así se llamaba antiguamente a esa especie de careo oficial
de dos novios. María de Cuéllar pidió permiso para retirarse a su cámara,
por sentirse indispuesta: recibió los homenajes que era de práctica
tributar a las ricas herbras (*)
entre la gente de pro de aquellos tiempos, y se fue, más muerta que
viva, a dejar correr sus comprimidas lágrimas. Velázquez y sus dos
compañeros no tardaron en despedirse, y regresaron a casa del capitán;
Mojica locuaz y contento; el afortunado novio con aire triunfal, y el
Licenciado Las Casas cabizbajo y silencioso. _________ (*)
Así se denominaba a las señoras de rango elevado.
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