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VII Salió el buen Tamayo muy
gozoso a recibir a Enrique al portal del monasterio. Aún no había
entrado Don Bartolomé de Las Casas, por quien se apresuró a
preguntar el joven cacique. Temí que no volveríais más
al convento, Enriquillo. ¿Cómo os ha ido de visita y paseo? —
exclamó Tamayo. —Bien y mal —contestó
con algún desabrimiento Enrique. —¿Cómo puede ser eso? —¡Te haces pesado, amigo
Tamayo! Déjame llegar a cumplir mis deberes con los padres, que
tiempo quedará para que hablemos de todo lo que quieras. Toma esa
caja y entra conmigo: la llevaremos al padre Prior, ya que él es
tan bueno para nosotros: Don Bartolomé ha de alabarme la acción;
¡estoy de ello seguro! Amigo —dijo volviéndose al mozo indio que
de orden del criado de la Virreina le había precedido llevando la
caja de golosinas— siento no tener qué daros... ¡Ah, si! Mira,
Tamayo, de aquellos dineros que te di a guardar el otro día, regalo
de mi padrino Don Diego, tráeme para este buen amigo la mitad. —¡Oh!, no, señor Enrique;
no tomaré de vos nada: yo nací en el Bahoruco, y vos sois mi señor.
¡Adiós! —Y el mozo se fue a todo andar. Enrique hizo un
movimiento de sorpresa, y luego, tras una breve pausa dijo en voz
baja: ¡Su señor! No, no quiero ser señor de nadie; pero tampoco
siervo: ¿qué viene a ser un paje...? —agregó con gesto desdeñoso. Y se entró en el convento
seguido de Tamayo, dando muestras de estar más tranquilo y sereno,
desde que la vista de su alojamiento habitual borró las impresiones
desagradables de su primera excursión a la Fortaleza. Vio al padre Prior que tomaba
el fresco en la espaciosa huerta del monasterio: fuese a él, le besó
la mano con respetuoso comedimiento, y el buen religioso le recibió
muy complacido; pero no quiso aceptar el obsequio que le presentaba
Enrique. —Guarda eso para ti y para
mi amigo el señor Licenciado; pero no dejes de compartir tus
golosinas con los otros muchachos del convento; y sobre todo, cómelas
con moderación, pues pudieran hacerte daño, y te volverían las
calenturas. —Estoy de desgracia con
vuestra merced, padre —replicó visiblemente picado Enrique-
desairáis mi regalo, y luego me amonestáis para que no sea egoísta
ni coma mucho. Siento que vuestra merced tenga tan mala opinión de
mí. —No, hijo mío; no pienso
mal de ti: ahora es cuando echo de ver que eres un poquillo
soberbio: ten cuidado con la soberbia, muchacho, que empaña el
brillo de todas las virtudes. —Vuestra bendición, padre. —El Señor te conduzca,
hijo mío. Y el cacique se retiró al
departamento donde estaba su dormitorio y el de Tamayo, contiguo a
la celda que ocupaba el Licenciado Las Casas. —Este Fray Antonio —iba
diciendo entre dientes el joven— es muy santo y muy bueno; pero
sale con un sermón cuando menos viene a cuento, y se desvive por
hallar qué reprender en los demás. ¡Paciencia, Enrique,
paciencia! ¡Acuérdate de los consejos del señor Las Casas! ¡Éste
sí que es hombre justo, y que sabe tratar a cada cual como merece!
¿Qué sería de mi si me faltara su sombra? ¡Dios no lo permita! Llegó a su cuarto, y entabló
con su fiel Tamayo una larga y animada conversación, cuyo tema
principal fue Mencia. Enrique estaba muy entusiasmado con la idea de
ir todos los días de fiesta a visitar a su prima; y ofreció a su
interlocutor que procuraría con empeño el permiso de ser acompañado
por él, a fin de que tuviera también la satisfacción de ver a la
niña, a quien Tamayo tenía gran amor, como a todo lo que le
recordaba a Anacaona, Guaroa e Higuemota; de quienes, como de
Enrique, tenía mucho empeño en ser considerado como pariente, y
acaso lo fuera en realidad; llegando a acreditarlo en todo el
convento a fuerza de repetirlo. —¿Y qué otra cosa os
agradó en la Fortaleza, Enrique? —preguntó Tamayo en el curso de
la conversación. —Me agradó mucho la
Virreina al principio, pero después... —¿Qué sucedió? —volvió
a preguntar Tamayo. —¡Nada, hombre, nada!
—respondió Enrique con impaciencia. Lo que me disgustó fue ver
en el camino, cerca de la Fortaleza, muchos pobres indios que
cargaban materiales y batían mezcla para las grandes casas que se
están construyendo, y los mayorales que para hacerlos andar a prisa
solían golpearlos con las varas. —¡De poco os alteráis,
Enrique! —dijo Tamayo con voz y gesto sombrío—. Acostumbrad, si
podéis, los ojos a esas cosas o no viviréis tranquilo. —Eso no podrá ser, Tamayo
—contestó Enrique—. Mientras los de mi nación sean
maltratados, la tristeza habitará aquí —concluyó tocándose el
pecho. En este punto del coloquio la
noche cerraba, y sus sombras cubrían gradualmente el espacio,
disipando los últimos arreboles de la tarde: la campana mayor de la
Iglesia del monasterio resonaba con grave y pausado son, dando el
solemne toque de oraciones: Enrique y Tamayo se dirigieron al
corredor o dilatado claustro a que correspondía su dormitorio, y
allí encontraron congregada una parte de la comunidad. El
Licenciado Las Casas acababa de llegar, y repetía con los
religiosos devotamente la salutación angélica. Terminado el rezo, Las Casas
tomó a Enrique de la mano y comenzó a pasearse a lo largo de la
extensa galería. —¿Estás contento,
Enrique? —fueron las primeras palabras que salieron de los labios
del Licenciado: ésta era su pregunta habitual siempre que llegaba a
platicar con Enriquillo. El joven respondió, como lo
había hecho a Tamayo: —Si y no, señor Las Casas. —¿No te trataron bien? —Mejor de lo que podía yo
esperar, señor. —Pues ¿por qué me dices
que no estás del todo contento, muchacho? —No os debo ocultar el
motivo, y mi mayor deseo era decíroslo: yo estaba contentísimo con
ver a mi prima; con la acogida que los señores Virreyes me
dispensaron; y sobre todo, con la bondad de la Virreina, que llegó
a parecerme, más que una persona de este mundo, una santa virgen,
un ángel de los cielos, cuando la vi tan buena y tan cariñosa,
tratando a la pobre Mencía como si fuera suya; pero a tiempo que más
embelesado me hallaba y más olvidado de mis penas, aquella gran señora
me dirigió estas palabras, que me dejaron frío, y me llenaron de
pesadumbre: — “¿Quieres quedarte a vivir aquí y ser paje de
nuestra casa?” —No recuerdo en que términos le respondí; pero
le dije que no, y desde aquel momento, no sé por qué todo me
pareció triste y odioso en aquel rico alcázar. —Y ¿por qué te hizo tanta
impresión la pregunta bien intencionada de la Virreina — preguntó
Las Casas, que examinaba con ahincada atención el semblante de
Enrique. —¡Proponerme ser paje!
—contestó el joven—. ¡Servir como un criado; llevar con
reverencia la cola de un vestido; aproximar y retirar sitiales y
taburetes! Estos son los oficios que yo he visto hacer en aquella
casa a los que se llaman pajes; y los que no creo propios de ninguno
que sepa traer una espada. Las Casas movió la cabeza
con aire pesaroso, al oír el discurso de su protegido. —Volveremos a tratar de eso
—le dijo— y ahora cuéntame: ¿cómo recibió la Virreina tu
negativa, muchacho? —Con la mayor bondad del
mundo: se rió de mi respuesta, y no volvió a hablar más del
asunto. —¿Pues de qué estás
quejoso? —Ya me había olvidado de
la proposición de ser paje, y conversaba distraído en el jardín
con Mencia, cuando un criado, un tal Santa Cruz, me fue a llamar en
nombre de la señora Virreina: fui corriendo, deseoso de
complacerla, y me quede sin saber de mí, oyendo que tan noble señora
me ordenaba mentir. —¡Mentir! ¿Qué estás
diciendo, Enrique? ¡Ten cuenta contigo, que me parece imposible eso
que cuentas!
—A mí me parecía también estar soñando; pero
por mi desdicha nada era más cierto: la Virreina me ordenó que
entregara un papel, escrito por ella, a mi padrino Don Diego Velázquez,
recomendándome le dijera que ese papel se lo enviaba Doña Maria de
Cuellar.
—¡Poco,
a poco, muchacho! —exclamó Las Casas sorprendido de lo que acaba
de oír—. Baja la voz, y sigue diciéndome todo lo que te
aconteció en la visita.
El joven narró todos los sucesos y accidentes de
la tarde, concernientes a su persona, con naturalidad y franqueza.
Acabado de enterar Las Casas, discurrió por el claustro con planta
inquieta, yendo y viniendo por espacio de tres o cuatro minutos,
presa de visible agitación, y al cabo exclamó como hablando
consigo mismo: —¡Esto no debe ser lo que parece; no puedo creer nada malo de esa noble señora! Mañana aclararé este misterio. —Y se retiró a la espaciosa celda que le servía de aposento.
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