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IX Nube
de verano Otro
diálogo interesante, casi al mismo tiempo que los referidos de
Enrique con el padre prior de los franciscanos, y de Grijalva con García
de Aguilar, sostenía la candorosa y benévola María de Toledo con el
Almirante su esposo. Dominada
por el anhelo de salvar a su angustiada amiga y de enjugar el llanto,
cuyo tibio rocío había impregnado su compasivo seno, la noble
Virreina no pudo advertir que había entrado desde sus primeros pasos
encaminados a aquel fin, en un derrotero falso, en el que iba
comprometiendo imprudentemente el propio decoro y olvidado los
miramientos de su rango; ligereza muy disculpable en ella, si se
atiende a su inexperiencia, y a la generosidad del móvil a que obedecía. Diego
Colón presto atento oído a la narración que le hizo su esposa,
enterándole del conflicto en que estaba María de Cuéllar, y de la
diligencia que ella, la Virreina, había juzgado oportunamente para
evitar la desgracia de su amiga. Contaba
la Virreina con la plena aprobación de su marido, a quien había
hallado siempre complaciente y propicio a todas sus voluntades, pronto
a acatar como imperiosas leyes sus más insignificantes deseos; por lo
que fue extraordinaria su sorpresa al ver que el Almirante, una vez
enterado de todo, la miraba con sañudo semblante, y le dirigía, trémulo
de ira, estas duras palabras: —No
os reconozco, señora, en esa acción inconsiderada; y la loca que debéis
estar, cuando habéis llegado a comprometer vuestra dignidad y vuestra
fama en una intriga de semejante naturaleza, haciéndoos protectora de
ajenos amoríos. ¡Cómo! ¡Una cita en nuestra casa! Y vos habéis
escrito de vuestra mano el papel en que se convida a un hombre, que
nos debe obediencia y respeto, a que se venga en son de inferir una
ofensa a nuestra honra! ¿Y me habéis creído bastante débil e
inepto, para autorizar cosas tales…? La
pobre señora, abrumada bajo el peso de tan severos reproches,
aturdida por la inesperada acogida que hallaban sus inocentes propósitos,
no acertaba a justificarse, ni sabía lo que la pasaba. Era la primera
vez que veía nublarse el cielo de su conyugal amor. Las lágrimas
acudieron en tropel a sus hermosos ojos, y cubriéndose el rostro con
las manos, exclamó: —¡Diego!
¡Jamás pude creerte tan cruel e injusto conmigo! Mi yerro ja sido
grande, sin duda, pero no merezco tan terrible pena… Toda
la ira de Diego Colón se desvaneció tan pronto como hirió su oído
el timbre melodioso de aquella voz trémula y casi apagada por el
llanto. Acudió vivamente a tomar ambas manos a su esposa, y por una
transición rápida del enojo a la ternura, la atrajo hacia su pecho
diciéndole con solícito afán: —¡Ah,
perdona, bien mío! No he tenido tiempo de reflexionar lo que te he
dicho. He debido comprender que de tu parte no podía haber sino
tantas y puras intenciones, que han equivocado el camino por falta de
experiencia. ¿Culpa en ti? ¡Imposible, luz de mis ojos! Has ido un
tanto imprudente, y nada más: tratemos de remediar el yerro. Tranquilizada
con este blando lenguaje, María de Toledo convirtió sus pensamientos
al interés principal de complacer a su amado esposo, procurando
borrar, con su docilidad y asentimiento absoluto a todas las
observaciones y reflexiones del Almirante, hasta el recuerdo de la
momentánea borrasca que acababa de pasar. Ella
no sabía sentir a medias, ni fríamente; y como sucede a todos los
caracteres apasionados e impresionables, los puntos de vista del
asunto que la preocupaba habían cambiado para ella radicalmente,
desde que el severo razonamiento del Almirante había sofrenado los ímpetus
de su generosidad. Entregada a la abnegación de la amistad, incapaz
de cálculo como de egoísmo, la Virreina se había olvidado de sí,
por pensar demasiado en la aflicción de su amiga. Don Diego Colón,
procediendo fundamente como hombre celoso de su honra y del buen orden
de su casa, evocó rudamente los respetos personales de que no había
hecho cuenta su inexperta esposa, y convencida ésta de la razón y
justicia con que era censurada su inadvertencia, su principal deseo fue
ya expiarla a costa de cualquier sacrificio. —¿Qué
debo hacer, querido esposo, para enmendar mi disparate? —decía con
cariñosa insistencia a Don Diego. —Déjame
reflexionar un poco —respondió el Almirante—. Yo, como tú,
desearía encaminar las cosas de esa pobre María de Cuéllar por el
sendero de sus más cumplida satisfacción y felicidad; pero poner en
juego para conseguirlo la dignidad de tu nombre y tu persona; eso no.
en semejante alternativa, primero tu que nadie; y que Dios ayude a la
prometida de Velázquez, si nosotros no podemos ayudarla. —Pero
¿crees tu que no podamos hacer nada por la pobrecita? ¡Ay, Diego! Si
a mí me hubiera querido casar con otro que no fueras tu… —Acaso
habría accedido a ello sin pena, María. Siempre le queda a uno esa
mortificación en el pensamiento, cuando las relaciones amorosas se
entablan previo el paterno permiso. —¡Ingrato!
¿A qué viene eso ahora? Bien sabes que mi corazón no ha conocido
otro amor que el tuyo. El
Almirante besó riendo la frente casta y serena de su esposa, por toda
contestación. —¿Qué
sera de la pobre María de Cuéllar, Diego, si la abandonamos a su
suerte? No olvides este punto —volvió a decir la Virreina. —Haremos
por ella lo que se pueda —contestó el Almirante—. En primer
lugar, es indispensable que Diego Velázquez nos devuelva el papel
escrito de tu mano que tiene en su poder; y de eso me encargo yo.
Después, es necesario ganar tiempo, para ver de conseguir que el
matrimonio no llegue
a realizarse, sin que Velázquez
pueda quejarse de desaire o negativa. Es un hombre cuya amistad
necesito conservar
a todo trance: el poder tiene esa clase de exigencias; y no es
la menos punzante de sus espinas esta obligación de fingir afectos y
encubrir sentimientos, a que se ve constreñido un hombre franco y
leal, constituido en autoridad pública. Conformémonos por ahora con
que el matrimonio se fije a un año de plazo; lo que no creo que Velázquez
repugne, si su misma prometida novia le escribe en este sentido, dejándole
creer que no hallará otros obstáculos a sus aspiraciones. Esta es la
parte que a ti te corresponde; es decir: hacer que tu joven amiga
escriba de su mano esas cuatro líneas que me traerás sin tardanza.
El tiempo urge; la noche está cercana y tengo que adoptar otras
disposiciones. Hasta luego. Y el Almirante volvió a imprimir otro beso en la tersa frente de María de Toledo, que se retiró pensando en la mejor forma de cumplir el encargo de su esposo, a quién quería dejar completamente satisfecho.
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