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XIV María
de Cuéllar, tan pronto como se vio en su aposento, rodeada únicamente
de sus criadas, dio libre salida al llanto que la ahogaba. Era su
deseo volver a la Fortaleza, para enterar a la Virreina de que había
seguido con dócil resignación la pauta que trazara el Almirante, con
el inmediato fin de desvirtuar y enmendar el yerro de la víspera. Lo
deseaba también, contando hallar consuelo en los brazos de aquella
tierna amiga, y recoger de sus labios noticias sobre las ulteriores
disposiciones de Diego Colón, cuyos recursos y poder exageraba en su
exaltada fantasía, dando pábulo a la esperanza de que había de
hallar medio seguro para librarla del aborrecido matrimonio a que se
acababa de comprometer, y entregándose a una ciega confianza en los
consejos de tan poderoso protector. No
tardó el Contador real en presentarse ante su hija, así que se vio
libre de huéspedes. Había observado con viva inquietud la palidez,
la preocupación y la tristeza de la joven en el acto de acceder al
compromiso matrimonial. Estaba por otra parte satisfecho de la
mansedumbre y docilidad de que María había dado tan espléndida
muestra; pues no dejaba de aquejarle el grave cuidado de que la joven
dejara entrever al pretendiente, en cualquier forma, la repugnancia
que al mismo Cuéllar había manifestado respecto de ese enlace. —¿Ha
pasado tu indisposición, hija mía? —le preguntó con no fingida
ternura. —Sí,
padre mío —respondió la esforzada niña—, estoy completamente
repuesta. —¡Pero
tú has llorado, María! Vamos, eso me disgusta y me aflige. ¿No has
visto qué apuesto y magnífico es el galán a que te he destinado? —Me
parece, padre mío —dijo la joven eludiendo el responder a la
pregunta— que no habríamos mal en ir a la Fortaleza a dar cuenta a
los señores Virreyes de este suceso… —Esta
vez sí, hija mía: ya he llenado las funciones de mi autoridad doméstica,
como tu padre y principal gobernante y Señor; llenemos ahora los
deberes de respeto y deferencia hacia los potentados públicos; y
sobre todo, los que nos cumplen por la amistad que nos dispensan los
señores Virreyes y por tu empleo al lado de la Virreina. —Y
antes ¿por qué no? —dijo con acento profundamente melancólico la
doncella. Y
el padre y la hija se encaminaron sin más demora hacia la Fortaleza. Hecha
por Don Cristóbal la notificación de los esponsales a los Virreyes,
se manifestaron éstos sumamente complacidos, y felicitaron al Viejo y
a la doncella por el fausto suceso; “bien que —añadió
galantemente Diego Colón— por mucho que valga el capitán Velázquez,
que sin duda vale mucho, vuestra hija merecería por su belleza y sus
altas prendas compartir el trono de un Emperador”. La
Virreina abrazó a su amiga, y le dijo al oído: —Tengo
que contarte algo bueno. Estas
palabras llevaron un rayo de alegría al abatido corazón de la
doncella. Aquel algo bueno
en los labios de María de Toledo no podía ser sino el ansiado
expediente para desbaratar el odioso proyecto de boda. Las esperanzas
que había concebido comenzaba a justificarse. —Señor
de Cuéllar, quedaos a comer con nosotros —dijo la Virreina. —No
me es posible, señora, y mucho me pesa —contestó Don Cristóbal—
pero antes de una hora tengo que recibir al señor Ponce de León, que
me está recomendando por el tesorero Pasamonte, y a quien he ofrecido
empeñar mi crédito en el señor Almirante… —¿Para
qué fin? —interrumpió Don Diego, plegando un tanto el entrecejo. Para
llevar adelante la pretensión de ser investido con el gobierno de San
Juan de Puerto Rico, que dice corresponderle por sus anteriores
trabajos de explotación, y según las cláusulas de sus últimas
capitulaciones con la Corona.
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