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SEGUNDA
PARTE. I ALIANZA OFENSIVA La ambición deprava el ánimo,
y como que se nutre a expensas de los demás afectos que exaltan y
embellecen el corazón humano, Noble o rastrera; ya la excite un
objeto grande y elevado, ya tomando el carácter vil de la avaricia
sea provocada por un fin puramente sórdido y material, el primer
efecto de la ambición es subordinar y avasallar a su imperio todos
los sentimientos del hombre que llega a aceptarla como el móvil de
sus acciones; arrollando sin piedad o abandonando con desdén
cualquier consideración generosa que pueda servir de obstáculo a
las aspiraciones preconcebidas. No era vulgar la ambición de
Diego Velázquez, de muy temprano acostumbrado a empresas arduas, a
cargos de representación e importancia. Había sido Velázquez,
bajo el gobierno de Ovando, el verdadero fundador de las villas y
poblaciones del Sud-Oeste de La Española; era el más rico de los
conquistadores, y el que más renombre había adquirido como
organizador y administrador de los territorios que su pericia y su
esfuerzo habían pacificado en pocos meses. En rededor suyo, a su vista,
Juan de Esquivel solicitaba del joven Almirante el cargo de poblar y
gobernar la isla de Jamaica; Ponce de León, protegido del ex
Gobernador Ovando, obtenía el gobierno de la bella isla de Puerto
Rico; Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa organizaban en el puerto de
Santo Domingo sus tan ruidosas cuanto desgraciadas expediciones al
Continente; mientras que otros hombres de corazón igualmente intrépido
y de imaginación ardiente, un Vasco Núñez, un Hernán Cortés y
muchos más rumiaban en sus proféticos ensueños de gloria y de
grandezas, proyectos inverosímiles, brillantes quimeras con que
entretenían sus ocios, esperando la ocasión propicia para
ejercitar su espíritu aventurero en las empresas que debían
conducirles a la muerte, o al pináculo de la fortuna. ¿Había
de permanecer Velázquez ajeno a este orden de ideas, conformándose
con la fama y los laureles adquiridos, y dando por terminada su
carrera como conquistador? Ni lo permitían sus años, que no
llegaban a la edad madura,
ni mucho menos el temple de su carácter, ya avezado a las emociones
de la lucha, y a los goces del éxito, tan a propósito para
desarrollar esa hidropesía del alma que se denomina la ambición. Era, pues, ambicioso Diego
Velázquez, por más que, como acabamos de decir, sus pensamientos
se alzaran a no vulgares esferas. Pero de cualquier modo, esa pasión
bastaba para desnaturalizar los buenos impulsos del corazón de Velázquez,
y el amor llegaba algo tarde a tocar a sus puertas. Fue esto una desgracia: si
ese amor se hubiera enseñoreado como soberano de aquel pecho
varonil, ahogando o excluyendo todo otro afecto que pudiera oponérsele,
indudablemente la abnegación habría compartido su dominio, matando
al nacer cualquier proyecto encaminado a destruir la felicidad de la
hermosa e inocente Maria de Cuéllar. Pero el egoísmo despiadado
estaba en vela, y la voz de las especulaciones positivas se dejó oír.
Para eso estaba allí el odioso Pedro de Mojica, siempre astuto,
siempre en acecho y a caza de favor o de lucro. Él tomó a su cargo
combinar el amor y la ambición en los planes y proyectos de Velázquez.
La posición, las riquezas del codicioso hidalgo estaban en juego;
le era preciso asegurar la tutela de su sobrina Mencía, continuar
con la provechosa administración de sus bienes patrimoniales: la
influencia del comandante de Jaragua le interesaba por todo extremo;
¿qué le importaba lo demás? A todo trance quería granjearse un
poderoso protector. Conoció a primera vista, con
su mirada perspicaz y penetrante, la naciente pasión de Velázquez
por María de Cuéllar: vio el partido que de este incidente podía
sacar para sus intereses, e inmediatamente se puso en campaña con
la actividad que lo caracterizaba. En pocos días improvisó
estrecha amistad con Don Cristóbal, el Contador real, padre de la
linda doncella; sedujo diestramente la imaginación del incauto
viejo con la perspectiva de un enlace por todos títulos adecuado y
ventajoso, entre la joven dama y un hombre de tan magnífica posición
y carrera como era Don Diego; y consiguió, a fuerza de maña y
artificio, la venia paterna y casi una comisión expresa para
sondear los sentimientos de Velázquez y abrir camino a una
negociación matrimonial. Así provisto de una facultad
tan extensa, Mojica se fue en derechura a Velázquez, que le
acordaba alguna distinción amistosa, y le dijo con familiar
volubilidad: —Señor Don Diego: vuestra
merced es rico; es valiente, bien reputado, de todos bien quisto,
guapo mozo...; y sin embargo no es feliz. ¿Qué le falta para
serlo? Lo que le faltaba a Adán cuando estaba solo en el paraíso;
una compañera. —Puede que tengáis razón,
Don Pedro —respondió Velázquez sonriendo. —Estoy segurísimo, señor
—repuso Mojica—; y en vuestra mano está el remedio. Podéis
hacer elección entre las bellas damas que rodean a la Virreina y
yo os respondo que cualquiera que sea la escogida, será vuestra. —Voy a haceros ver, señor
Mojica, que no es eso tan fácil como lo pintáis —dijo lentamente
Velázquez—: mi elección está hecha; y sin embargo, la elegida
no será mía: su corazón pertenece a otro. —¿De quién se trata, señor?
—insistió con vivacidad Mojica—. Quiero ser vuestro confidente;
soy todo vuestro, y de antemano os respondo del éxito de vuestras
pretensiones. —Pues bien, amigo mío, os
lo diré todo: hace días que suspiro por la bella, la hechicera, la
divina María de Cuéllar: la amé desde el día que la vi por
primera vez en la Fortaleza; pero ella ama a otro: su corazón
pertenece a Juan de Grijalva; tengo de ello la triste certidumbre. —Tranquilizaos, señor; no
es posible que ese mozalbete imberbe, sin nombre ni porvenir, sea el
rival de un hombre como vos, ni se atreva a aspirar a la mano de la
hija del Contador real, el mejor partido de toda La Española.
Dejadme obrar, y os repito que Doña Maria de Cuéllar será vuestra
esposa. —Sin embargo —objetó Don
Diego—; yo no querría la mano de esa niña sin su corazón; y ya
os dije que ella lo ha dado a ese mozalbete imberbe que os parece
tan insignificante. —¿Qué decís? ¡Señor
Don Diego! —exclamó con vehemencia Mojica—. A los diez y ocho años
una niña no tiene voluntad seria, sino caprichos... ¿En qué fundáis
vuestra creencia de que Grijalva sea el posesor afortunado del amor
de esa joven? Tomad la mano y estad seguro de que, en pos de la
mano, el corazón será vuestro. —Yo los he visto mirarse de
un modo tan expresivo..., sonreír el uno al otro con aire tal de
inteligencia, que... —insistió Don Diego como destilando las
palabras, y en tono de vacilación y de duda, en el que
evidentemente se notaba su deseo de ser derrotado por la vivaz
argumentación de su interlocutor. —En suma —concluyó
Mojica—; con un poco de astucia todo se arreglará, y por meras
sospechas y aprensiones basadas en apariencias engañosas tal vez,
no debéis renunciar a la posesión de la criatura más bella y
agraciada de toda la colonia, y a la alianza de familia con un
hombre como el Contador, cuyas riquezas, unidas a las vuestras, os
han de hacer el más poderoso de todos los pobladores de Indias,
poniéndoos en aptitud de levantar vuestro nombre a la esfera de los
más celebrados en las historias... —Bien está, Mojica
—interrumpió Velázquez con resolución—cedo a vuestra
elocuencia. Si tan fácil os parece que
Doña María llegue a ser mi esposa, os confío mi suerte; emplead
los medios que vuestra discreción os sugiera como más oportunos, y
logrado el éxito, contad con que no soy un ingrato. Así, el pacto quedaba hecho:
los escrúpulos de delicadeza hacían lugar en el ánimo del
enamorado Velázquez a la vanidad y a las especulaciones ambiciosas,
que falseando su carácter, le habían de empeñar en una vía donde
le aguardaban no pocas espinas y remordimientos. Desde aquel punto, la pretensión amorosa del comandante de Jaragua descendió a la categoría de un negocio: se calcularon fríamente las probabilidades en pro y en contra, se hizo cuenta de los obstáculos que podrían presentarse, y se trazó el modo de eliminarlos, arrollarlos o suprimirlos... Por supuesto, que Mojica, cuyo espíritu de intriga y travesura hacia de él un precioso confidente para casos tales, se calló lo que ya sabía sobre las excelentes disposiciones que abrigaba el padre de Doña Maria de Cuéllar respecto a Velázquez. En cambio proveyó a todos los detalles del plan de campaña que tenía por objeto la conquista de la mano, con, o sin el corazón, de la interesante doncella.
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