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XXVI
APOGEO
Después... No hemos de
inventar, por el único interés de dar colorido novelesco a nuestra
narración, peripecias que,
alejándose de la verdad de los hechos, compliquen la sencilla trama
de los amores del joven
Almirante. La historia dice que su pretensión no halló obstáculos,
y hemos
de respetar la historia,
aunque palidezca nuestro verídico relato, antes que recargar la
acción principal y real de nuestros
personajes con incidentes fabulosos y de grande efecto dramático,
que sólo darían por
resultado irritar nuestra pobre imaginación, y cansar la paciencia
del
benévolo lector.
Creemos, sí, indispensable
poner a prueba esa paciencia, consagrando algunas líneas más al
prosaico y monótono asunto
de las fáciles bodas de Don Diego Colón.
Han transcurrido los tres días
señalados por el Comendador mayor Don Fernando de Toledo, para dar su contestación
definitiva a la demanda del enamorado joven. En el mismo salón de
artesonado techo y
resplandeciente de lujo donde hemos visto a los dos hermanos benévolamente
recibidos por el ilustre
magnate, se hallan reunidos los principales deudos, parientes y
amigos de la casa de Toledo. El astro
cardinal de aquella deslumbrante constelación es Don Fadrique, el
jefe de la familia, el
ilustre y poderoso duque de Alba, primo y valido del Rey Fernando,
que le
debía gratitud por recientes
y muy importantes pruebas de acrisolada lealtad. Allí está también
la
duquesa su bella esposa,
joven aún, cubierta de rico brocado y brillante pedrería. La
acompaña
un vistoso enjambre de
gallardísimas y elegantes damas, prez y ornamento de la corte de
Castilla; mas entre todas
aquellas beldades atrae las miradas, y fascina con los celestiales y
puros
resplandores de su
incomparable hermosura, la hija de la casa, la encantadora María de
Toledo.
Acaba de cerrar la noche;
pero sus tinieblas están vencidas y humilladas. En los salones y
amplios corredores del gótico
palacio del Comendador, numerosos blandones centellean en
bruñidos candelabros, y la
luz que proyectan puede competir victoriosamente con la del día.
Fuera, en los jardines,
poblados de magnificas estatuas, y en la calle, reina la fascinadora
claridad de la luna, que se
destaca limpia y serena en un cielo azul, tachonado de millones de
fúlgidas estrellas. La
primavera, coronada de rosas, adulada por el céfiro, que en su
honor llena
el ambiente con los perfumes
robados a las flores, ostenta risueña sus más preciados atavíos.
Diego y Fernando Colón se
presentan debidamente anunciados, y conducidos por Don
García, hijo del duque de
Alba, y otros dos apuestos jóvenes de la familia, que han ido a
recibirles hasta la puerta
principal del salón. Un murmullo general reina por algunos
instantes a la vista de los dos simpáticos
hermanos, y todos los semblantes se animan con una expresión de
agrado sumamente lisonjera
para los recién llegados.
Don Fernando de Toledo, después
de las ceremonias del recibimiento y presentación de los
Colones al duque y a los demás
convidados; después de un breve rato de cumplidos galanteos
tributados por Don Diego y su hermano a la duquesa y a las
damas, toma la palabra, y elevando
la voz en medio del silencio
general, dice al duque de Alba:
—Hermano mío: yo os ruego
que, como cabeza de nuestra casa, os dignéis declarar nuestro
acuerdo al señor Don Diego
Colón, y a los demás señores y ricas hembras aquí presentes.
Don Fadrique se puso
inmediatamente en pie, asintiendo a la invitación de su hermano;
saludó con una inclinación
de cabeza a Don Diego y a la concurrencia; sentóse en seguida, y
habló en estos términos:
—Señor Don Diego Colón:
sometida vuestra demanda matrimonial a consulta mía y de la
familia, por mi muy amado
hermano Don Fernando, aquí presente, la consideramos
detenidamente, y concluimos
por calificarla de digna y aceptable. No era nuestro ánimo,
sin embargo, violentar en lo
más mínimo la voluntad de mí amada sobrina Doña María,
cumplimos con el deber de
explorarla, incitándola a manifestar sus disposiciones respecto a
vuestra persona, con absoluta
libertad e independencia. Obtuvimos su declaración, que os fue
enteramente favorable... En
seguida acudimos a impetrar la venia de nuestro muy reverenciado
primo y Soberano, como era
nuestro deber y nos es grato deciros que el regio consentimiento ha
sido acordado graciosamente
por su Alteza. Podéis, por tanto, considerar como vuestra
prometida a Doña María de
Toledo.
“Vais, pues, señor Don
Diego Colón, a ingresar en nuestra familia; a ligar vuestra sangre
con
la sangre casi real de la
casa de Toledo. No tenemos por desigual este enlace, y más bien lo
creemos por todos títulos
digno y honroso; pero sois joven; vuestra carrera personal va a
principiar ahora; hasta el día
sólo habéis tenido ocasión de manifestar vuestro carácter noble
y
pundonoroso. Por nuestra
parte, nunca dimos cabida a la necia presunción de que las proezas
de
nuestros antepasados, el
heredado lustre de nuestro linaje, habían de bastar a nuestra
gloria y
nuestro orgullo como grandes
de Castilla; antes al contrario, creímos que aquellas ventajas
fortuitas, hijas del acaso,
ajenas de nuestros esfuerzos y de nuestra elección, sólo debían
servirnos de acicate para no
ser, en servicio de la Patria y de la Fe, menos que nuestros
ilustres
ascendientes; y estas manos,
como las de mi hermano el Comendador mayor, han sabido ganar a
lanzadas, contra infieles y
franceses; y este pecho ha podido obtener a fuerza de valor y
fidelidad, timbres y preseas
que han renovado y mantenido refulgente el brillo de los blasones de
nuestra casa.
“Sois hijo del gran Cristóbal
Colón, y sabéis, por consiguiente, a lo que estais obligado.
Esperamos de vos que seáis siempre, por la virtud y el esfuerzo, digno de vuestro glorioso
padre;
y que el cielo os haga tan
feliz como todos los presentes deseamos
Si el discurso del noble
duque pareciere al discreto lector un tanto ampuloso y difuso, tenga
la
bondad de recordar que en
aquel tiempo, las reminiscencias de la Edad Media, que apenas
acababa de pasar, se confundían
con los primeros destellos de la civilización moderna; que el
incomparable Miguel de
Cervantes no había nacido todavía; ni, por lo mismo, estaba en la
mente
de ningún hombre el engendro
feliz de aquel ingenio inmortal, que había de echar por tierra las
sublimes fantasías
caballerescas, a una con las abigarradas y enfáticas formas
literarias que
servían de marco a tan
heroicos desvaríos y románticas locuras.
El Comendador confirmó con
un signo de asentimiento lo dicho por su hermano Don
Fadrique: el Almirante dio
las gracias a ambos en sencillas frases y acento conmovido, y recibió
las entusiastas
felicitaciones de los circunstantes. Poco después se adelantó el
Comendador con
paso mesurado y majestuoso;
tomó de la mano a Don Diego lo condujo donde estaba su
prometida, toda ruborizada y
temblorosa. Algunas discretas frases de Don Diego la tranquilizaron
gradualmente; al cabo de
media hora los dos afortunados novios se contemplaban con
éxtasis, se confiaban en voz
baja sus castos deseos y deslumbradoras esperanzas; los demás
concurrentes hacían como que
no veían la encantadora escena, y planteaban en animados grupos
conversaciones distintas.
Hubo sarao, profusión de delicadas golosinas, y reinó la alegría
hasta
la medianoche, hora en que
terminó la fiesta de los esponsales, señalándose el plazo de
veinte
días para la conclusión y
celebración del matrimonio.
Estos veinte días fueron sin
duda los más felices de la vida de Don Diego, que tenía
franquicia absoluta para
visitar a su prometida, y los aprovechaba pasándose las horas, para
él
brevísimas, en familiar
conversación con su adorada María, en casa de los duques. Llegó en
esta época a su apogeo la fortuna de los Colones, a quienes la
Corte entera tributaba aplauso y
homenaje, habiéndose fundido
la frialdad glacial del Rey al calor de la protección que hallaban
en el duque los intereses de
Don Diego. Desde entonces el soberano prodigó favor y agasajo a
los hijos del gran Colón, y
se complació en ser justo al fin. Tal es por lo común la justicia
de los
Reyes.
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