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IV AVERIGUACIÓN Ya las sombras de la noche
tendían su manto de gasa sobre los montes, y obscurecían
gradualmente la llanura,
cuando Higuemota, con su niña de la mano, regresaba de su paseo
triste y reflexiva, habiéndola
abandonado aquella fugaz entereza que acababa de ostentar en su
brusca despedida de Guarocuya. Salió a recibirla en el
umbral de la habitación el oficioso Don Pedro, quien, según su
costumbre, le dirigió su más
agradable sonrisa con un “buenas tardes, prima”; y tomó en
seguida a la niña Mencía en sus
membrudos brazos, prodigándole los más cariñosos epítetos. De repente, Don Pedro revolvió
su mirada escrutadora en todas direcciones, y como hablando
consigo mismo, hizo por lo
bajo esta observación. —Pero ¡es extraño! ¿Dónde
está ese rapaz de Guarocuya? Al oír este nombre, Doña
Ana se estremeció, saliendo de la distracción de que no acertaba
el intendente a sacarla con sus
zalamerías y exagerados elogios a las gracias de la niña. El arte de mentir era
totalmente desconocido a la sencilla y candorosa Higuemota; y así,
ni siquiera intentó disimular
su turbación al verse en el caso de explicar la ausencia de su
sobrino. Por de pronto, comprendió la
parte crítica de la situación, que hasta entonces no se había
presentado a su poco
ejercitada perspicacia. No se le había ocurrido, al despedir a
Guarocuya, que este incidente debía ser
notado y ejercer alguna influencia en su posición respecto a la autoridad española. Estaba
acostumbrada a mandar en su casa y en los que la rodeaban, con entera libertad, y la
intervención de Mojica estaba tan hábilmente velada por formas
afables y discretas, que apenas se hacía
sentir, ni dejaba entender a la viuda que alguien pudiera tomarle cuenta de sus acciones..Su
natural despejo, sin embargo, al oír el nombre de Guarocuya en los
labios de Mojica, le advirtió que la situación salía
de los términos ordinarios, y que el hecho de la desaparición del niño debía ofrecerse a
interpretaciones enojosas. Vaciló un momento; repitió el nombre de
su sobrino, y luego dijo con la
mayor naturalidad: —Un hombre se lo llevó. —¡Se lo llevó! ¿A dónde?
—repuso con extrañeza Don Pedro. —A ver a sus parientes de
la montaña —contestó tranquilamente Doña Ana. —¿Sus parientes?... ¿Qué
hombre es ése? —insistió vivamente Mojica, que encontraba gran
motivo de alarma en esta
aventura. Higuemota balbuceó algunas
palabras ininteligibles, y ya entonces, perdiendo la serenidad
real o fingida que hasta ese
punto había conservado, se desconcertó visiblemente, y guardó
silencio. Don Pedro también calló, y
permaneció muy preocupado durante la cena, que se sirvió a
breve rato. Una vez terminada
ésta, rompió el tétrico silencio que había reinado en la mesa, y
volvió a interpelar a Doña
Ana, con acento de mal comprimido enojo, en los términos
siguientes: —Preciso es, señora prima,
que me digáis con toda franqueza adónde ha ido el niño
Guarocuya, y quién se lo
llevó. —Ya os he dicho que un
hombre se lo llevó a la montaña —respondió con resolución la
joven—: y creo que basta,
pues no estoy obligada a daros cuenta de lo que yo hago. —Es verdad —dijo, conteniéndose
trabajosamente Don Pedro—, mas yo debo estar al
corriente de todas vuestras
relaciones, para cumplir las obligaciones de mi cargo como es
debido. —¿Soy yo prisionera acaso,
y vos mi alcaide, señor? Decídmelo sin rodeos. —No, señora; pero debo dar
cuenta de todo al Gobernador, y lo que está pasando es muy
grave para que no se lo
refiera con todos sus pormenores. Doña Ana reflexionó antes
de dar respuesta; en la réplica de Mojica había una revelación;
aunque rodeada de respeto y
señora de su libertad y de su casa, sus acciones estaban sujetas a
la vigilancia de la autoridad, y
podrían, al par que las de su infortunada madre, ser acriminadas
hasta lo infinito, como
trascendentales a la tranquilidad y al orden de la colonia. Además,
Guaroa no podría ir muy lejos: hacía
poco más de dos horas que se había despedido de ella; y cuatro
jinetes bien montados podrían fácilmente,
a juicio de la joven, darle alcance y traerle preso; y tal vez
darle muerte, que todo podía
ser. Estas consideraciones
inspiraron a Doña Ana la contestación que debía dar a Don Pedro,
que con la torva mirada fija en
el rostro de la joven parecía espiar sus más recónditos
pensamientos. —Señor primo —dijo
Higuemota—, no hay nada malo en esto: nada que pueda ofender ni al
Gobernador ni a nadie. Mañana os diré quién fue el que se llevó
a Guarocuya, y dónde podréis
encontrarle. Don Pedro se conformó muy a
su pesar con este aplazamiento; pero él también necesitaba
madurar su resolución en una
noche de insomnio, antes de dar paso alguno que pudiera comprometer y desbaratar todo
el artificio de sus aspiraciones positivistas; y haciendo un esfuerzo, dirigió a su prima
una horrible mueca con pretensiones de sonrisa afable, y se despidió
de ella diciéndole: —Está bien; buenas noches, y mañana temprano me lo contaréis todo.
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