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XV CONSUELO Llegó felizmente a la metrópoli
colonial el Licenciado Las Casas, once días después de su
partida de Jaragua. Su
notable talento, la amenidad de su trato y la bondad de su carácter
le habían captado todas las
simpatías de los moradores, grandes y pequeños, de la naciente
ciudad del Ozama; y así fue
recibido con generales demostraciones de afecto y alegría al
desembarcar en el puerto. Su alojamiento
estuvo constantemente lleno de amigos que iban a oír de su boca noticias relativas al
Gobernador Ovando y a los sucesos que había presenciado en Jaragua.
Los pobres indígenas, empleados
en los trabajos públicos, y los que mas sufrían la opresión de
los colonos, acudían como atraídos
instintivamente por aquel ser benéfico, que los trataba con amor y liberalidad, preludiando de
ese modo los cien y cien actos heroicos que más tarde le granjearan
el hermoso dictado de
protector de los indios. Las impresiones que el
Licenciado había traído de Jaragua se manifestaban enérgicamente
en sus conversaciones, y la
vehemencia de su lenguaje, alzándose contra las tiranías y
crueldades de que había sido testigo, le
atrajo desde entonces enemistades y animadversión de parte de todos aquellos que se habían
acostumbrado a considerar el Nuevo Mundo como una presa, y a sus naturales como bestias
domesticables y de explotación usual, ni más ni menos que el asno
o el buey. Muchos de los colonos
que fueron a visitarle salieron hondamente disgustados de la extremada libertad de sus
invectivas, que herían de lleno sus
intereses y contrariaban sus ideas favoritas. Las Casas decía
altamente que no quería que los lobos
lo tuvieran por amigo. Uno de sus primeros cuidados
fue visitar y consolar a Higuemota, cuyo viaje desde Jaragua a
la capital se había
efectuado hacia más de dos meses, sin incidente digno de mención.
Llegó la infeliz hija a su destino;
supo el fin atroz y afrentoso de su madre, y pensó morir de dolor
al ahogarse en su pecho la quimérica
esperanza que había abrigado de volver a verla y vivir en su compañía. Recordemos el ingenioso recurso de aquel
celebrado pintor griego,
que no hallando el medio de expresar
suficientemente los afectos de un padre que ve inmolar a su amada
hija, lo presentó en su cuadro
cubierto el rostro con un velo. De igual modo debemos renunciar al propósito de describir la
situación en que quedó el ánimo de la pobre Higuemota, al saber
que la infortunada reina de Jaragua
había perecido en horca infame. Cuando Las Casas la halló,
apenas podía conocerla; tal era la demacración de sus facciones,
el trastorno y la descomposición
de su antes tan bella y agraciada fisonomía. Ella se reanimó un tanto al percibir a Las
Casas, y una fugaz sonrisa, más triste que las lágrimas, iluminó
como un rayo crepuscular su abatido
semblante. —Animo, señora —le dijo
con voz conmovida Las Casas—. El mal que los hombres os
hacen, Dios Nuestro Señor os
lo recompensará un día. —La muerte sería el mejor
bien para mí, señor Bartolomé, si no tuviera esta hija —contestó
la doliente Doña Ana. —Por ella debéis vivir, señora,
y sufrir con resignación vuestras desdichas. No perdáis, por la
desesperación o la
inconformidad, el rico galardón que vuestros sufrimientos os dan,
el derecho de prometeros en un mundo
mejor, y esperad tranquilamente a que el Todopoderoso quiera poner
fin a tantas pruebas. Para la desamparada joven era
un consuelo este lenguaje, y las respetuosas demostraciones de
interés compasivo que le
prodigaba Las Casas. Su corazón se desahogó en el llanto, y desde entonces recobró el valor
necesario para tolerar la existencia, consagrándola exclusivamente
al amor de su angélica Mencia. Ovando había dispuesto que
se proveyese con amplitud a las necesidades materiales de Doña
Ana; pero sus órdenes,
dictadas a distancia, fueron obedecidas parsimoniosamente en esta
parte, pues los oficiales encargados
de cumplirlas, no estando al cabo de la solicitud especial que las inspiraba, tampoco creían
empañada su responsabilidad en descuidar el cumplimiento de ellas;
y por lo mismo, no había quien
se ocupara en someter las operaciones del codicioso administrador
Mojica a una eficaz intervención, provechosa a los intereses de la
viuda de Guevara. Felizmente, Las Casas no era hombre que
se conformara con ser espectador mudo de los daños causados por la iniquidad, sin aplicarse
con todas sus fuerzas a procurar la reparación o el remedio. Vio a
la bella india sumida en honda
tristeza, indiferente a todo, y, si no privada de recursos y
asistencia, careciendo de aquellas
decorosas comodidades que requerían su rango y sus condiciones personales. El Licenciado,
con su actividad y eficacia características, tomó a su cargo la protección de aquella
desgraciada joven; instó, reclamó, proveyó a todo, y obtuvo que
las autoridades, avergonzadas de
su descuido y temiendo el enojo de Ovando, dedicaran su atención y su celo al bienestar de Doña
Ana, colmándola de cuantos obsequios permitían los recursos de la colonia, al mismo tiempo
que reducían a Mojica a la obligación perentoria de rendir cuentas
de su administración.
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