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2 - XVII - Deliberaciones

XVII
DELIBERACIONES

La noche precedente tuvo efecto la entrevista para que había sido llamado Velásquez por Diego Colón a la Fortaleza.

Ya os dije que era vuestro amigo y que pronto os lo probaría fueron las primeras palabras que empleó el Almirante por vía de exordio para entrar en materia Desde ahora quiero que vuestros intereses corran identificados con los míos. Ya sabéis que se me quiere despojar de mis derechos y prerrogativas como Almirante de estas Indias. Ojeda y Nicuesa, con el acreditado piloto Juan de la Cosa, están acabando de aprestarse para ir a conquistar y poblar en las partes mas ricas e importantes de las tierras descubiertas por mi ilustre padre: él pasó sus grandes trabajos para que estos extraños los aprovecharan validos de la perdurable injusticia del Rey para con nuestra casa y del apoyo que les presta allá el malvado obispo Fonseca que tanto atormentó a mi padre y acá el intrigante tesorero Miguel de Pasamonte. Aun la isla de Jamaica me la quieren arrebatar, incluyéndola en el asiento con Ojeda o con Nicuesa; que este particular aun entre ellos está oscuro y dudoso, por lo que es ocasión de disputas y desafíos, que yo dejo correr como simple espectador, siendo como soy el legítimo dueño de la cosa disputada.

"Pero entre tanto el tiempo urge y me conviene aprovecharlo: con vos cuento para el efecto. Queréis ir a poblar la isla de Jamaica? Queréis mas bien anticiparos a los dos usurpadores y salir para el Darién con toda la gente y los recursos que aquí podamos allegar? Esto dificultaría mucho mas la expedición de aquellos, porque les quitaríamos la mayor parte de la gente que han traído enganchada desde España, sobre no permitirles enganchar ninguna aquí. Para consultaros sobre estos importantes puntos os he llamado.

Velásquez no carecía de prudencia: comprendía en medio de las deslumbradoras proposiciones del joven Almirante, que se trataba de hacer frente a las resoluciones soberanas, de contrarrestarlas y contrariarlas, oponiéndoles los justos y legítimos derechos del hijo del Descubridor. No podía preverse hasta donde pudiera llevar a la una parte y a la otra su respectivo empeño en la lucha. Cedería la corona? Era dudoso y en ese caso, sería temeridad obstinarse en sustentar derechos que podían ser desvirtuados por cualquier acusación de rebeldía, cuyas consecuencias acaso se complicaran hasta producir un patíbulo. Cedería Don Diego? Esto era lo mas probable y entonces, solo se recogería por fruto de la porfiada empresa desengaños y tiempo perdido.

Estuvo, pues, Don Diego Velásquez casi a punto de decir que no rotundamente a lo que el Almirante le proponía, pero tampoco entraba en su conveniencia malquistarse con el primer personaje del Nuevo Mundo, que tan buenas pruebas de amistosa confianza le esta dando. En consecuencia, después de hacer rápidamente las apuntadas reflexiones, Velásquez pidió al Almirante tiempo para responderle, indicando el plazo de tres días. De este modo podría deliberar con sus amigos, principalmente con el Licenciado Las Casas, que era en quien tenía mas ciega fe, la resolución que le conviniera adoptar. Diego Colón le exigió que acortara el plazo en atención a la premura de las circunstancias y quedaron convenidos en que a la siguiente noche notificaría Velásquez la decisión que mejor le pareciera.

Muy de mañana, al día siguiente mandó aviso Velásquez a Las Casas de que necesitaba conferenciar con él y apenas tardó el Licenciado diez minutos en acudir al llamamiento.

El capitán le dio las gracias, complacido de ver tan buena voluntad en su amigo, pero éste con su habitual franqueza le dijo:

Os equivocáis; yo iba a venir sin vuestra orden, por dos motivos: uno es para poner en claro lo ocurrido ayer con Enriquillo, que vi llegar medio muerto de pesadumbre y estoy temiendo si volverá a enfermar. El otro es la concertada visita al Almirante para pedirle que nombre otro en mi lugar, que tome residencia al administrador Mojica, sobre los bienes que fueron de Doña Ana de Guevara.

Sois tenaz, Don Bartolomé : qué os ha hecho ese pobre hombre ?

Pobre hombre decís! Algún Día lo conoceréis. Me acompañais, o no, adonde el Almirante?

No puedo, por lo que os voy a decircontestó Velásquez.

Y refirió, punto por punto lo que había pasado entre él y el Almirante, en su última entrevista, agregando:

Ya veis que sin llevarle la contestación definitiva, que ha de ser en la misma noche de hoy, no debo ir a la Fortaleza. Dadme vuestra opinión, Licenciado.

Las Casas se puso a meditar en silencio y así pasaron algunos instantes.

Habéis obrado prudentemente dijo al cabo Las Casas, no precipitando vuestra determinación. El mero hecho de ir contra los mandatos de la Corona pudiera aparejaros grandes disgustos en vuestra carrera: seguramente habréis de tener conflictos ocasionados por la violencia de carácter de Alonso de Ojeda, si fuerais a contender con él en sus empresas; mientras que Diego de Nicuesa por su parte goza de gran crédito en la Corte. Por todos lados veo peligros para vos en ir al Darien o a Jamaica; y yo creo que prestaríamos mejor servicio al Almirante inclinándole a que dirija sus representaciones al Rey, en vez de irse por vías de hecho para volver por sus legítimos intereses, que en realidad lo son. De esto he tratado antes de ahora con Don Bartolomé Colón, que es del mismo parecer; pero el mando da de si el engreimiento y los buenos consejos son vago rumor para los oídos del poderoso. De aquí vienen luego las grandes caídas y los tardíos arrepentimientos.

Pero pensará el Almirante arguyó Velásquez que yo, por ser ya bastante rico en esta Isla, rehuyo el cuerpo a los trabajos y a los peligros; lo que me hará perder mucho en su concepto.

Seguramente respondió Las Casas; pero esa reflexión no debe deteneros para decir la verdad, cuando se os pone en el caso de resolver tan grave asunto.

Si de momento  añadió el capitán se ofreciera otra empresa en qué ejercitar mi valor y mi adhesión al Almirante, sin ir contra la voluntad de Su Alteza...

Voy a sugeriros un gran proyecto contestó vivamente el Licenciado; y acaso esté envuelto en él todo un porvenir de gloria y de fortuna. Proponed al Almirante que os encargue la conquista y la colonización de la isla Juana, la Cuba de los indios.
(Fue Juana el primer nombre que tuvo la isla de Cuba, impuesto por Colón en honor del príncipe Don Juan: Después se mandó llamar Fernandina por el Rey Fernando).

Como no ha sonado que sea rica en minas de oro, nadie la ha hecho hasta el día objeto de su codicia; y sin embargo, no se que presentimiento me dice que en riqueza, grandeza y bondad de la tierra no cede a ninguna otra comarca del mundo. Así conjeturaba el mismo Almirante viejo, que tenía grandes designios sobre esa isla. No ha entrado allí el hierro destructor de la conquista y será una bendición de Dios para ella que vos, tan experimentado ya en el ejercicio de fundar poblaciones y que no excluía de vuestro pecho la piedad para los pobres indios, seáis el que lleve allá el signo de la redención y dejéis vuestra memoria perpetuada en los nombres de florecientes ciudades que habrían de surgir de la nada, merced a vuestro cuidado y vuestro esfuerzoYa tengo bastante fundaciones a qué atender, Licenciado replicó Velásquez; y si mi nombre ha de pasar a la Azúa, Salvatierra de la Sábana, San Juan de la Maguana y Villanueva de Jáquimo, todas fundadas por mi y que serán mis títulos a la inmortalidad agregó con burlona ironía Velásquez.

Mucho más tenéis que hacer en Cuba, capitán; creedme.

Su proximidad a sotavento de esta isla Española y más todavía la vecindad de vuestros medios y recursos, en Yaguana y Bainoa (las dos provincias más occidentales de la Española, según la antigua división de la Isla), hacen mas fácil, menos costosa y de seguros resultados esta empresa.

Me acompañaréis en ella, Licenciado? Con vos me atreveré a todo.

Gracias capitán; iré gustoso a acompañaros, después que haya conseguido mi ordenación sacerdotal.

No antes, y quizá mucho después habría yo de acometer la realización de ese gran proyecto; pues ya sabéis que, como vos, también tengo un sacramento en perspectiva, dijo Velásquez, aludiendo a su concertado matrimonio.

Lo que mas importa es decidiros, capitán insistió Las Casas . Veamos ahora mismo al Almirante; declaradle vuestra determinación, y ya veréis como todo se endereza al mejor término. Urge antes que nada, que al escribir Don Diego al Rey le hable del proyecto como asunto ya convenido y resuelto; pues así quedará la empresa de Cuba, aunque se aplace un tanto, al abrigo de tanto codicioso aventurero y tanto pillastre como da guerra al hijo del gran Descubridor, por despojarlo de todo lo que ante Dios y los hombre le pertenece de pleno derecho. Asegurado vos en esta parte ya podréis acometer confiando la nueva conquista, cuyas dificultades y riesgos no han de ser superiores a vuestro valor y experiencia.

No, pardiez! Licenciado. Ni un momento he temido los tales trabajos y peligros; antes bien, mi corazón, cansado de blanda ociosidad, suspira impaciente por verse en ellos: lo que me trae moroso es esa divina María de Cuellar, que aquí me tiene como encadenado y no quisiera salir de la isla sin que de hecho fuera mío tan imponderable tesoro.

De esas cosas no entiendo, capitán: yo tampoco pienso salir, sino después de consagrado al Señor. Entonces, me tendréis a vuestra disposición... Y ahora, decidme, que ya es tiempo: por qué os enojasteis ayer con Enriquillo:

A fe mía, Don Bartolomé  dijo Velásquez recapacitando que apenas lo recuerdo; mas si que me pasó al punto el haber sido con él demasiado severo y si ahora lo tuviera aquí presente, daría gustoso un abrazo a mi pobre ahijado.

No recordáis el motivo? Pues voy a decírosloreplicó Las Casas con amarga expresión. Ese Mojica, deliberadamente, proporcionó el disgusto; ese Mojica ejerce una mala influencia a vuestro lado, abusa de vuestro carácter franco y sencillo; os induce a actos injustos, ajenos a vuestra noble y generosa índole...
Tal vez tengáis razón, Licenciado dijo Velásquez, deseando ver terminado el sermón. Voy a desconfiar de él en adelante.

Pediréis conmigo al Almirante  añadió Las Casas, que se nombre un sustituto para residenciar las cuentas de ese pícaro...?

Convenido. Licenciado volvió a decir el voluble Velásquez, sometido ahora en cuerpo y alma a su ángel bueno, que era Las Casas.

Y si estáis cansado de proteger a Enriquillo, no curéis más de él, que yo me basto para el efecto...

Por Dios, Licenciado, no digáis tal cosa! Qué se pensaría de mi? Ese cuidado no lo cedo a nadie.

Así os quiero, capitán: Ahora os reconozco...! Pues vamos compaginando las cosas. El sustituto mío no ha de ser un tunante a quien Mojica pueda comprar; ni un simple a quien pueda engañar. Ya he discurrido sobre este punto en mis adentros y hallo que el sujeto más adecuado a tal encargo es el íntegro y venerable Don Francisco de Valenzuela.

Indudablemente repuso Velásquez; no es posible más digna y acertada elección.

Pues bien  prosiguió Las Casas como que se trata del patrimonio de la niña Mencía de Guevara y esta criatura está destinada a ser la esposa de nuestro Enriquillo, parece lo más conveniente que propongamos al Almirante el nombramiento de Valenzuela; que éste conserve la administración de los bienes, lo que le es fácil por estar radicado cerca de San Juan de la Maguana, donde dicho Valenzuela tiene también sus vastas propiedades y que tome a su cargo a Enrique, para que desde ahora lo vaya instruyendo en el conocimiento de los deberes que le han de corresponder mas tarde, como curador y administrador de los bienes de su esposa, cuando llegue a serlo Mencía.

Admirable! Don Bartolomé exclamó Velásquez proponed todo eso al Almirante y yo diré Amen a cuanto salga de vuestra sabia cabeza.

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 En breve se persuadió que Andrés de Valenzuela estaba enamorado de Elvira Pimentel.

Esa persuasión quedó del todo ratificada en un expansivo diálogo que trabaron los dos compañeros de Viaje, al volver a encontrarse solos en la posada donde los había instalado Las Casas.

—Hermosa es tu novia, Enrique —dijo con aire distraído y frío, como por decir algo, Valenzuela.

—Hay entre aquellas damas muchas tan hermosas como ella.—contestó Enrique.

—Sí, a fe mía —insistió con calor el hidalgo—; aquella doña Elvira me ha parecido un querubín bajado del cielo.

—Es muy graciosa efectivamente, Don Andrés —dijo el cacique.

—Me casaré con ella, si mi padre me da licencia —agregó el hidalgo.

Pero la alegría y satisfacción de Enriquillo se habrían trocado en espanto, si dos horas más tarde hubiera podido asistir a este coloquio que el mismo Valenzuela, saliendo bajo pretexto de ir a tomar el fresco, entabló con un individuo que, embozado hasta las cejas, lo aguardaba en la esquina próxima a la posada.

—¿La habéis visto? —preguntó el embozado.

—Si, y es bella como el sol. Si lográis desbaratar la boda de Enrique, tomaré al punto el lugar de éste —contestó Andrés.

—Estoy trabajando y tengo buenas esperanzas —repuso el embozado. Vos tenéis la culpa de que el tiempo haya faltado; yo contaba con que interceptaríais la carta del endiablado clérigo como las otras, y la dejasteis pasar.

—Fue muy de mañana, y yo dormía —dijo con humildad Valenzuela.

—Cuando se quiere conseguir la doncella más linda y acaudalada de La Española, no se duerme, señor Andrés —volvió a decir con ironía el embozado.

—Yo la conseguiré, ¡voto al diablo! —replicó Valenzuela con ímpetu—; aunque tenga que matar a disgusto a Enriquillo.

—A tarde lo aplazáis, Don Andrés.

—No quiero dar motivo a mi padre para desheredarme —contestó el mozo, como me ha dicho que lo hará, legando sus bienes a los frailes, si vuelvo a incurrir en su desagrado; y sobre todo, me amenaza con su enojo si ofendo en algo al cacique.

—¿Tanto ama a Enriquillo? —preguntó con interés el recatado interlocutor.

—Más que a mí, que soy su hijo —respondió Andrés—. Pero cuando él muera, que será pronto, lo arreglaremos todo vos y yo, si no podemos arreglarlo ahora.

—No olvidéis vuestro papel de enamorado de otra; conviene para todo evento este disimulo —agregó el desconocido.

Y el hijo infame se despidió del infame Pedro de Mojica, que no era otro el misterioso consejero de Andrés de Valenzuela.

IMPROVISACIÓN

La Virreina y Las Casas habían convenido en que el matrimonio de Enrique y Mencía se efectuara tres días después de la referida visita que los dos viajeros de la Maguana hicieron con el sacerdote a la casa de Colón. Este concierto no había recibido la menor objeción de parte del principal interesado, Enriquillo, ni de Valenzuela: el primero no tenía voluntad propia cuando su protector, a quien veneraba como a un ser sobrenatural, tomaba por su cuenta lo que al cacique concernía; y el joven hidalgo tenía demasiado interés, como se ha podido ver, en no desagradar a su padre, que le había recomendado absoluta sumisión en todo a las disposiciones de Las Casas.

Éste se hallaba, pues. al día siguiente de su mencionada visita a la Virreina, muy ajeno a todo propósito de alterar el acuerdo dicho sobre la boda. Sentado ante una mesa de luciente caoba, se ocupaba en hojear y revisar las ordenanzas sobre encomiendas de indios que aún estaban vigentes en La Española, y de las cuales iba anotando en una hoja de papel aquellas disposiciones más vejatorias, y que por lo mismo reclamaban, a su juicio, con mayor urgencia el planteamiento de las reformas que los frailes jerónimos traían a su cargo, sin darse prisa de llevarlas a ejecución. La lucha estaba por consiguiente empeñada entre el fogoso filántropo y los morosos depositarios de la autoridad; y cada anotación de Las Casas iba acompañada de un monólogo expresivo, que reflejaba al exterior los movimientos de aquel espíritu generoso, cuanto inflexible para con la injusticia y la maldad.

—¡Eso es! ¡siempre en el tema...! Que los indios de esta Española no son aplicados al trabajo... ítem, que han acostumbrado siempre a holgar... Que se van huyendo a los montes por no trabajar... Veis aquí la fama que los matadores dan a sus victimas. ¡Oh! y qué terrible juicio padecerán ante Dios estos verdugos, por forjar tan grandes falsedades y mentiras, para consumir aquestos inocentes, tan afligidos, tan corridos, tan abatidos, menospreciados, tan desamparados y olvidados de todos para su remedio, tan sin consuelo y sin abrigo. No huyen de los trabajos, sino de los tormentos infernales que en las minas y en las otras obras de los nuestros padecen: huyen del hambre, de los palos, de los azotes continuos, de las injurias y denuestos, oyéndose llamar perros a cada hora; del riguroso y aspérrimo tratamiento a que están sujetos de noche y de día.

Por este estilo eran los comentarios del pío sacerdote a todos los yerros e injusticias que iba notando en los trabajos oficiales sobre que versaba su examen; cuando se le presentó Camacho, su indio viejo de confianza, que, como acostumbraba, le tomó gravemente la diestra y se la llevó a los labios:

—Beso la mano a vuestra merced, padre —dijo sumiso.

—El Señor te guarde, buen Camacho —contestó Las Casas desechando el mal humor que se había apoderado de su ánimo al revisar las inicuas ordenanzas—. ¿Y Enriquillo? ¿y el joven Valenzuela?

—Bien están, señor; Enriquillo aguarda en la posada a que Don Andrés regrese de la calle, para venir juntos a veros...

—¿Y por qué has dejado solo, aburriéndose, al pobre muchacho? —repuso Las Casas.

—Le diré a vuestra merced —contestó Camacho. Como el señor Don Francisco me recomendó que tuviera cuenta con los pasos de su hijo, y lo observara y diera cuenta a vuestra merced de cualquier cosa que advirtiera en él que no estuviera en el orden, yo, que vi a Don Andrés salir anoche ya dado el toque de ánimas le seguí a lo lejos, y le vi hablar con un sujeto que no pude conocer, y que parece que le aguardaba en la primera esquina; luego que lo vi apartarse del tal sujeto y dirigirse a casa, me volví de prisa e hice como que lo esperaba para abrirle la puerta, que él mismo había dejado entornada; hoy, cuando observé que quiso salir solo, me fui detrás y lo vi entrar en una casa de las Cuatro Calles, donde permaneció un buen rato.

Así que salió, me esquivé de su vista, pregunté a un transeúnte quién vivía en la tal casa, y me dijeron que una señora viuda, de Castilla, que se llama Doña Alfonsa, entonces concebí una sospecha, por cierta historia que me contaron Tamayo y Anica en la Maguana. No perdí de vista la casa por buen espacio de tiempo, y al cabo vi salir de ella, caminando muy de prisa, al señor Don Pedro de Mojica.

—¡Mojica está aquí! —exclamó Las Casas con un movimiento de sorpresa.

—Sin ninguna duda —respondió Camacho ha debido venir pisándonos las huellas; pues quedaba en San Juan cuando nosotros salimos para acá. Por cierto que la última vez que se incomodó el señor Don Francisco con su hijo fue porque supo que Don Andrés andaba a caballo por los campos, en compañía de aquel mal hombre a quien de muerte aborrece...

Pero ya Las Casas no prestaba atención a su criado, y poniéndose el manteo precipitadamente, decía como hablando consigo mismo:

—¡Aquí ese malvado! Claro está; ha venido a ver si puede estorbar la boda. Pero a fe mía que todos sus ardides no han de valerle conmigo. Aunque fuera el diablo en persona, juro que esta vez no será como la pasada.

Y seguido de Camacho, que con trabajo guardaba la distancia, el activo sacerdote se dirigió velozmente a la posada de Enrique y Valenzuela, a quienes halló en amistosa conversación, esperando la hora de almorzar.

—A ver, muchachos —les dijo Las Casas sin preámbulos—, vestíos vuestros mejores sayos, y vamos en seguida a almorzar con la señora Virreina.

—¿Es posible...? —comenzó a preguntar Valenzuela.

—Todo es posible —interrumpió con fuerza Las Casas— ¡vivos, a vestirse, y en marcha!

Nadie osó replicar, y los jóvenes entraron en su aposento a mudarse de traje: Camacho ayudó en esta operación a Valenzuela, que por usar vestidos más ricos y complicados necesitaba ese auxilio. En cuanto a Enrique, a pesar de las exhortaciones de Don Francisco a que se proveyera nuevamente de vestidos de lujo, persistió en el propósito que había formado cuando se frustró su boda el año anterior, de no alterar en ningún caso su traje sencillo de costumbre, que se componía de calzas atacadas y jubón de paño oscuro de Navarra, con cuello vuelto de tela blanca fina llamada cendal, y un capellar de terciopelo, con gorra del mismo género. Medias de seda negra y calzado a la moda italiana completaban el equipo del cacique, cuyo aspecto gentil y distinguido no perdía nada con la modestia y la severidad de aquellos vestidos.

Pronto estuvo terminado el atavío de los dos mancebos, y Las Casas pareció satisfecho al examinar el de Enrique. Salieron sin demora y a buen paso los tres, y en pos de ellos Camacho, que había recibido de su amo la orden de seguirle.

Ya en casa de la Virreina, Las Casas hizo pasar recado anunciando su presencia: la señora estaba en el comedor, a punto de sentarse con su familia a almorzar. A este acto la acompañaba regularmente el otro tío de su marido, llamado como él Don Diego, hombre de carácter simple y apocado, muy devoto, y que vivía sumamente retraído en Santo Domingo, más metido en la iglesia que en su casa. Acompañaba también a la Virreina el capellán de la casa, clérigo anciano que, fuera de sus funciones sagradas, reducidas a decir la misa todas las mañanas y el rosario todas las noches, era una especie de mueblede adorno, que todo lo veía como si no tuviera alma, indiferente y taciturno.

Las Casas pasó al comedor por invitación de María de Toledo, dejando en el salón principal a sus compañeros.

—¿Nos haréis merced de almorzar con nosotros? —le dijo la Virreina con su genial naturalidad.

—Admiraos de mi atrevimiento, señora —respondió riendo el interpelado—. He venido espontáneamente a almorzar con Vueseñoría; y no es esto lo peor, sino que he traído conmigo, por mi cuenta y riesgo, dos convidados más.

—Mucho me place la feliz ocurrencia, padre Las Casas —repuso Doña María—, pues gracias a ella, sin faltar a mi duelo por la larga ausencia de mi esposo, voy a tener a mi mesa tan grata compañía.

—Permitidme, señora, —agregó Las Casas—; os pido que déis orden de que no sea admitido mensaje, ni persona extraña a vuestra presencia, mientras no terminemos el importante asunto que nos conduce hoy a esta casa.

—Me asustáis, padre; mas lo haré como pedís.

—Sé que vais a alegraros, señora —volvió a decir Las Casas.

Y mientras la Virreina ordenaba a su mayordomo que fuera a establecer la consigna de no admisión, Las Casas decía al buen capellán:

—De quien más necesitamos ahora es de vos, padre capellán.

—Estoy pronto a serviros, —respondió éste.

Entonces Las Casas refirió a la Virreina su descubrimiento de que Mojica se hallaba en Santo Domingo, intrigando sin duda para volver a enredar la boda de Enrique y Mencía.

—¿Y qué pensáis hacer? —preguntó la Virreina cuando estuvo enterada de todo.

—Lo más sencillo del mundo, señora —contestó con la mayor frescura Las Casas—. Ahora mismo se casan nuestros protegidos, y laus Deo.

No dejó de sorprenderse la Virreina con esta súbita resolución; pero reconoció su conveniencia en seguida, y se alegró de poder burlar alguna vez la malignidad de sus enemigos:

el capellán se mostró más reacio y moroso, y mirando con ojos turbados a los dos interlocutores, comenzó a rumiar excusas:

—Pero... yo no puedo —decía—, así de repente... ¿Y si hay oposición... como la pasada?

—¡Hum, padre capellán! —exclamó con vehemencia Las Casas—. Mal me huelen esos reparos de vuesamerced. ¿Estáis o no estáis al servicio de esta casa?

—Si estoy, padre —contestó con humildad el capellán—; pero los oficiales del Rey...

—Esos no mandan aquí ¿lo entendéis? —replicó Las Casas con voz tonante—. Yo me encargo de todo: ¿haréis o no haréis el matrimonio? —Yo haré lo que me mande mi señora la Virreina —volvió a decir el pobre hombre—: pero el señor Pasamonte....—¡Dale! —dijo el impaciente Las Casas—. ¡Ea! venid conmigo; voy a arreglar esto a gusto de todos.

Y tomando del brazo al capellán, casi lo arrastró por fuerza hasta el oratorio de la casa —Mandad a este infeliz —dijo a la Virreina que les había seguido sin saber qué decir ni qué pensar, entre risueña y cuidadosa—; mandadle que permanezca aquí tranquilo viendo todo lo que pasa.

En seguida abrió un gran armario que servía para guardar los sagrados ornamentos, sacó de él sobrepelliz, estola y bonete, y volviéndose a la noble dama, le dijo:

—Ordenad que venga la novia, como quiera que esté; y venga el señor Don Diego, y el mayordomo, y toda vuestra casa... Capellán, ¿qué tenéis que decir?

—Que yo no respondo de nada —balbuceó el atontado viejo.

—Pues venga el breviario, que yo respondo de todo —repuso Las Casas.

La Virreina salió del salón, y a poco volvió a entrar con Mencía de la mano, y seguida del anciano Don Diego, Elvira, sus damas y toda la servidumbre.

Enrique y Valenzuela, sorprendidos, siguieron al mayordomo que fue a requerirles de parte de Las Casas que pasaran al oratorio: cuando vieron aquel aparato y al sacerdote revestido con sus ornamentos, ambos jóvenes palidecieron.

—No os asustéis, muchachos —les dijo sonriendo el ministro del altar—, no se trata de excomulgaros.

Y advirtiendo a cada cual lo que convenía para el mejor orden de la ceremonia, indicándoles la colocación correspondiente, manejándolos, en fin, como un instructor de táctica a sus reclutas, el denodado Las Casas comenzó y acabó las fórmulas del sacramento matrimonial, haciendo de acólito el viejo Camacho; dio la bendición nupcial a los contrayentes, arrodillados, y concluyó con una sentida exhortación a las virtudes conyugales, usando de términos tan afectuosos y elocuentes, que todos los circunstantes se enternecieron, y las damas llevaron más de una vez el bordado pañuelo a los ojos.

Después, volviéndose a la Virreina y a Valenzuela, que hacían de padrinos, y fijando su penetrante mirada en el sombrío y meditabundo semblante del joven hidalgo, pronunció Las Casas estas palabras con acento solemne y voz vibrante:

—Nada tengo que encarecer a la madrina, que ha sido una verdadera madre para la contrayente. Vos, señor padrino, no descuidéis jamás la obligación, que más que nadie tenéis, de velar por el honor y la felicidad de vuestros ahijados. Si así lo cumpliereis, el Señor de los cielos derrame sobre vos sus bendiciones; mas si faltáis a esta obligación, que os falte la gracia divina y seáis castigado con todo el rigor que en el mundo y en la otra vida, merecen los perjuros.

Luego, como para borrar la impresión de sus últimas palabras, agregó, haciendo el signo de la cruz sobre toda la concurrencia: El Señor os bendiga a todos —y quitándose la estola y los demás ornamentos sacerdotales dijo con franca sonrisa a la Virreina:

—Dignaos, noble dama, proseguir ahora vuestro interrumpido almuerzo, y os acompañaremos. Será el banquete de bodas.

Así se hizo en efecto; y el improvisado matrimonio fue celebrado por todos —excepto uno— con la más expansiva alegría. Valenzuela que era la excepción, hizo cuanto pudo por disimular el despecho de su derrota, exagerando sus finezas y galanterías para con la bella Elvira.

Cuando el capellán pronunciaba la oración de gracias, se presentó un criado, y dijo a la Virreina que el padre Manzanedo, uno de los comisarios de gobierno, había estado a visitarla, y que habiéndosele dicho que la Virreina no podía recibirle en aquel momento, se retiró ofreciendo volver por la tarde.

No sin emoción comunicó la señora este incidente a Las Casas que al punto dio por sentado que el fraile jerónimo iba con intención de poner algún impedimento a la boda.

—Ved si hemos obrado con acierto dando un corte decisivo a asunto —dijo Las Casas—. Por lo demás, no tenéis que inquietaros de aquí me iré a ver a los padres jerónimos, y les mostraré las provisiones en cuya virtud he procedido en este caso. Todo que dará determinado satisfactoriamente.

1 - I - Incertidumbre | 1 - II - Separación | 1 - III - Lobo y Oveja | 1 - IV - Averiguación | 1 - V - Sinceridad | 1 - VI - El Viaje | 1 - VII - La Denuncia | 1 - VIII - Exploración | 1 - IX - La Persecución | 1 - X - Contraste | 1 - XI - El Consejo | 1 - XII - Persuasión | 1 - XIII - Desencanto | 1 - XIV - Un Héroe | 1 - XV - Consuelo | 1 - XVI - El Socorro | 1 - XVII - La Promesa | 1 - XVIII - El Pronóstico | 1 - XIX - Salvamento | 1 - XX - Astros en el Ocaso | 1 - XXI - El Convento | 1 - XXII - Causa de Odio | 1 - XXIII - Reclamación | 1 - XXIV - El Encuentro | 1 - XXV - La Demanda | 1 - XXVI - Apogeo | 1 - XXVII - Derechos Hereditarios | 1 - XXVIII - Mutación | 1 -  XXIX - Informes Personales | 1 - XXX - Efecto Inesperado | 1 -  XXXI - Impresiones Diversas | 1 - XXXII - Lucha Suprema | 2 - I - Alianza Ofensiva | 2 - II - Ansiedad | 2 - III - Presentación | 2 - IV - El Billete | 2 - V - El Consejero | 2 - VI - Alarma | 2 - VII - La Sospecha | 2 - VIII - El Aviso | 2 - IX - Nube de Verano | 2 - X - Golpe Mortal | 2 - XI - Aclaración | 2 - XII - Amonestación | 2 - XIII - Compromiso | 2 - XIV - Vaga Esperanza | 2 - XV -  Contrastes | 2 - XVI - Resolución | 2 - XVII - Deliberaciones | 3 - XVII - Improvisación | 3 - XVIII - Explicaciones | 3 - XIX - Justificación | 3 - XX - Residencia | 3 - XXI - Compendio | 3 - XXII - Sesión Célebre | 3 - XXIII - Vida Nueva | 3 - XXIV - Tramas | 3 - XXV - Suspicacia | 3 - XXVI - Pretexto | 3 - XXVII - Novedades | 3 - XXVIII - Conferencia | 3 - XXIX - Derecho y Fuerza | 3 - XXX - Abatimiento | 3 - XXXI - Arreglos | 3 - XXXII - Cambio de Frente | 3 - XXXIII - Crisol | 3 - XXXIV - Rapacidad | 3 - XXXV - El Bahoruco | 3 - XXXVI - Malas Nuevas | 3 - XXXVII - Rectificación | 3 - XXXVIII - Desagravio | 3 - XXXIX - Recurso Legal | 3 - XL - Última Prueba | 3 - XLI - Alzamiento | 3 - XLII - Libertad | 3 - XLIII - El Dedo de Dios | 3 - XLIV - Guerra | 3 - XLV - Conversión | 3 - XLVI - Razón contra Fuerza | 3 - XLVII - ¡Ya es Tarde! | 3 - XLVIII - Transición | 3 - XLIX - Declinaciones | 3 -L - Celajes | 3 - LI - Paz (Final)


 


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