![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
XIII En medio de la pura alegría
que experimentaba el capitán español, saboreando el insólito
placer de practicar el bien,
y de convertir en misión de paz y perdón su misión de sangre y exterminio, una inquietud
secreta persistía en atormentarle. Las instrucciones que Ovando le remitiera a Lago Dulce eran
tan terminantes como severas. El riguroso Gobernador sólo había previsto un caso: el de
forzar a los indios en sus posiciones; perseguirlos sin tregua ni
descanso, y castigar ejemplarmente a
todos los rebeldes. Nunca admitió la hipótesis de una rendición a partido, ni menos de una
gestión pacífica por parte de su teniente. Esto último, en las
ideas dominantes de Ovando, no podía
ser considerado sino como una monstruosidad. Los naturales o indígenas eran numerosos;
los españoles, aunque armados y fuertes, eran muy pocos, y su imperio sólo podía
sustentarse por un prestigio que cualquier acto de clemencia
intempestiva había de comprometer. Este
era el raciocinio natural de los conquistadores, y Diego Velázquez estaba demasiado imbuido en
la doctrina del saludable terror para poder sustraerse al recelo de haber cometido, al
transigir con los indios, una falta imperdonable en el concepto del Gobernador..Las Casas, a
quien comunicó sus escrúpulos, le tranquilizó con reflexiones
elocuentes, sugeridas por su magnánimo
corazón; y tal era su confianza en que Ovando no podría menos de darse por satisfecho del éxito
obtenido con los rebeldes, que se ofreció a llevarle personalmente la noticia, aún no
comunicada por el indeciso Velázquez. El expediente pareció a éste
muy acertado; escribió sus
despachos al Comendador en términos breves, refiriéndose
absolutamente al relato verbal que de los
sucesos debía hacer Las Casas. Partió, pues, el buen Licenciado De acuerdo con Velázquez se
llevó a Tamayo y al niño, a fin de que no se demorara el
bautizo de éste: Velázquez
reiteró su propósito de proteger al agraciado caciquillo,
sintiendo que el deber le privara de
servirle de padrino en el acto de recibir la iniciación en la fe
del Cristo. Hizose la travesía por mar
con próspero tiempo y muy en breve. Tan pronto como puso el pie
en la ribera de Yaguana,
acudió el celoso Licenciado a la presencia de Ovando, a cumplir su comisión. Fue recibido, con
perfecta cortesía por el Comendador, quien de veras le estimaba; pero en la reserva de su
actitud, en el ceño de su semblante, echó de ver Las Casas que no
era día de gracias. Efectivamente,
Ovando estaba de pésimo humor, porque hacía dos días que el
heroico y honrado Diego Méndez, el
leal amigo del Almirante Don Cristóbal Colón, había llegado a Jaragua, enviado por el
ilustre descubridor desde Jamaica, en demanda de auxilios por
hallarse náufrago y privado de todo
recurso en aquella isla. El viaje de Méndez y sus cuatro compañeros, en una frágil canoa desde
una a otra Antilla, tiene su página brillante y de eterna duración
en el libro de oro del
descubrimiento, como un prodigio de abnegación y energía. Ovando, resuelto a no
suministrar los socorros pedidos, sentía sin embargo dentro del
pecho el torcedor que acompaña
siempre a las malas acciones, a los sentimientos malignos. Mordíale como una serpiente el
convencimiento de que su proceder inicuo, abandonando a una muerte cierta al grande hombre y a
sus compañeros en la costa de un país salvaje, le había de atraer
la execración de la posteridad.
La presencia de Méndez, el acto heroico llevado a cabo por aquel dechado de nobleza y
fidelidad, era a sus propios ojos un reproche mudo de su baja
envidia, de su menguada y gratuita
enemistad hacia el que le había dado la tierra que pisaba y la
autoridad
que indignamente ejercía
35 . En medio de esta mortificación moral y de tan
cruel fluctuación de ánimo le halló Las Casas
cuando fue a darle cuenta de la pacificación del Bahoruco, y así predispuesto contra todo lo
bueno, vio en la benéfica intervención del Licenciado y en la clemencia de Diego Velázquez
el más punzante sarcasmo, la condenación más acerba de sus
malos impulsos, y por lo
mismo una violenta cólera se apoderó de él, estallando como
desordenada tempestad. —¿A esto fuisteis, señor
retórico, al Bahoruco? —dijo encarándose con Las Casas— ¿Qué
ideas tenéis sobre la
autoridad y el servicio de sus Altezas los Reyes? ¿Habéis
aprendido en vuestros libros a ir como
suplicante a pedir la paz a salvajes rebeldes, a gente que sólo
entiende de rigor, y que de hoy más
quedará engreída con la infame debilidad que ha visto en los
españoles? ¡Esto es fiar en
letrados! ¡Oh! Yo os aseguro que no me volverá a acontecer; y en cuanto a Velázquez, ya le
enseñaré a cumplir mejor con las instrucciones de sus superiores. —Señor Gobernador —dijo
en tono firme Las Casas—, Diego Velázquez no tiene culpa
alguna: prestó el crédito
que debía a mis palabras, a la recomendación con que Vuestra Señoría se sirvió honrarme; y sea
cual fuere el concepto que os merezcan a vos, hombre de guerra, mis letras y mis estudios, ellos
me dicen que lo hecho, bien hecho está; y sólo el demonio puede sugeriros ese pesar y
despecho que demostráis porque se haya estancado la efusión de
sangre
humana. —Retiraos en mal hora,
Licenciado —repuso el irritado Gobernador—, y estad listo para
embarcaros para Santo Domingo
mañana mismo. ¡No hacéis falta aquí! Las Casas se inclinó
ligeramente, y salió con paso tranquilo y continente sereno. En cuanto Ovando quedó solo,
escribió una vehemente carta a Diego Velázquez,
reprendiéndole por haberse
excedido de sus instrucciones, y ordenándole que sin demora se
pusiera en campaña para
exterminar los indios que hubieran permanecido alzados. Un correo
llevó aceleradamente esta carta a Pedernales, atravesando las montañas. El mismo día, Las Casas
condujo al niño Guarocuya al naciente convento de Padres
Franciscanos, un vasto barracón
de madera y paja que provisionalmente fue habilitado por orden de Ovando en la Vera Paz,
mientras se construía el monasterio de cal y canto. Los buenos franciscanos recibieron con
grandes muestras de amistad a Las Casas, y gustosos se encargaron del niño con arreglo a las
recomendaciones del Licenciado, hechas por sí y a nombre de Diego Velázquez, quien proveería
a todas las necesidades del caciquillo. En el mismo acto procedieron a administrarle el bautismo,
y, por elección de Las Casas, se le impuso el nombre de Enrique,
destinado a hacerse ilustre y
glorioso en los anales de La Española. Tamayo quedó también en el
convento al servicio del caciquillo, a quien amaba con ternura. Cumplidas estas piadosas
atenciones, el Licenciado Las Casas hizo sus cortos preparativos de
viaje, y al amanecer del
siguiente día, impelida su nave por las auras de la tierra, se alejó
de aquella costa siempre hermosa
y risueña, aunque manchada con los crímenes y la feroz tiranía
del Comendador Frey Nicolás
de Ovando.
|
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||