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XVI No tuvo tiempo Las Casas, al
despedirse de Yaguana, de ver a Diego Méndez, enviado desde
Jamaica por el náufrago y
desamparado Colón en demanda de auxilios. Los dos eran muy amigos, pero ya se sabe que
el Licenciado tuvo que disponer en breves horas su viaje en cumplimiento de las estrechas
órdenes del irritado Gobernador. Siete meses estuvo el leal emisario del Almirante
instando en vano al duro y envidioso Ovando, para que enviara los ansiados socorros a los náufragos
de Jamaica. Bajo un pretexto u otro, el Comendador difería indefinidamente el
cumplimiento de un deber tan sagrado como importante. Por último,
el infatigable Méndez obtuvo
licencia para retirarse a Santo Domingo a esperar barcos de España,
a fin de asistir a aquel
importante objeto. Después de un penoso viaje a pie, desde Jaragua
hasta el Ozama, llegó por fin Méndez
a la capital, donde fue cariñosamente recibido y hospedado por Las
Casas. Lo que estas dos almas
generosas y de tan superior temple experimentaron al comunicarse
recíprocamente sus
aventuras, sus observaciones y sus juicios; la indignación en que
aquellos dos corazones magnánimos
ardieron al darse cuenta de la ingratitud dureza con que era tratado
el grande hombre que había
descubierto el Nuevo Mundo, como de la crueldad que iba diezmando a los infelices naturales de
la hermosa isla Española, sería materia muy amplia. y saldría de
las proporciones limitadas de
esta narración. Basta decir en resumen que aquellos dos hombres, ambos emprendedores, enérgicos
y de distinguida inteligencia, no se limitaron a deplorar pasivamente las maldades de
que eran testigos, sino que resolvieron combatirlas y corregirlas
por los medios más eficaces que
hallaran a mano, o en la órbita de sus facultades materiales e
intelectuales. Desde entonces el nombre de
Don Cristóbal Colón resonó por todos los ámbitos de Santo
Domingo, acompañado de
amargos reproches al Gobernador Ovando. En todas las reuniones públicas y privadas, en la
casa municipal y en el atrio del templo como en la taberna y en los embarcaderos de la marina; a
grandes y pequeños, laicos y clérigos, marineros y soldados, hombres y mujeres, a todos y
a todas partes hicieron llegar Las Casas y Méndez la noticia del impío abandono en que Ovando
dejara a Colón y sus compañeros en Jamaica, privados de todo recurso y rodeados de mil
peligros de muerte. Esta activa propaganda conmovió profundamente los ánimos de toda la
colonia, y cuando Ovando regresó al fin, de Jaragua, encontró la
atmósfera cargada de simpatías por Colón,
y de censuras de su propia conducta; pero, altivo y soberbio como era, lejos de ceder a la
presión del voto general, se obstinó más y más en su propósito
de dejar al aborrecido grande
hombre desamparado y presa de todos los sufrimientos imaginables. Tal era la disposición de
los ánimos en la capital, cuando llegó la noticia de que los
indios de Higüey se habían rebelado.
El terrible Cotubanamá —el bravo indio que, sublevado anteriormente fue reducido a
la obediencia por el valor y la sagacidad política de Juan de.Esquível,
tomó en señal de amistad el nombre de su vencedor, y cumplía los
capítulos pactados con estricta fidelidad—,
había vuelto a dar el grito de guerra contra los españoles, porque Villamán, teniente de
Esquivel, contra los términos estipulados por éste al celebrar la
paz, exigía de los indios que llevaran
los granos del cultivo obligatorio a Santo Domingo. Los soldados españoles vivían además
muy licenciosamente en aquella Provincia, y a su antojo arrebataban
las mujeres a los pobres indios,
sus maridos. Estos, después de mil quejas inútiles, colmada la medida del sufrimiento con
las exigencias arbitrarias de Villamán, se armaron como pudieron,
y, con su caudillo Cotubanamá
al frente, atacaron un fuerte que había construido Esquivel cerca
de la costa, lo quemaron, y
mataron la guarnición, de la que no se escapó sino un soldado que
refirió en Santo Domingo los
pormenores del trágico suceso. Ovando creyó buena la
oportunidad para ocupar poderosamente la atención pública y
desviaría del vivo interés
que la atraía hacia el náufrago Colón. Pero se engañaba. Al
mismo tiempo que Juan de Esquive volvía a salir contra
los sublevados indios de Higüey, los vigilantes amigos del Almirante, Las
Casas y Méndez, no dejaban adormecerse los compasivos
sentimientos que habían
logrado suscitar en su favor. Casi dos años hacía que los
frailes franciscanos, en número de doce, habían pasado al Nuevo
Mundo con Ovando, instalándose
en la naciente ciudad de Santo Domingo. En su convento, modestísimo al principio,
recibieron la instrucción religiosa muchos caciques de la isla, sus
hijos y allegados, con arreglo a
las próvidas órdenes comunicadas por la Reina Isabel al
Gobernador. De este mismo plantel
religioso salieron para ejercer funciones análogas los buenos
frailes que ya hemos mencionado, en
Jaragua, encargados por Las Casas de la educación del niño
Enrique, antes Guarocuya, señor
del Bahoruco. El Licenciado y Diego Méndez
fueron solícitos a hablar con el Prior de los franciscanos, el
Padre Fray Antonio de
Espinal. Era éste un varón de ejemplar virtud y piedad, muy
respetado por sus grandes cualidades
morales, más aun que por el hábito que vestía. Recibió
placenteramente a los dos amigos, siéndolo muy
afectuoso de Las Casas, en cuya compañía había venido de España en la misma nave. Convino con
ellos en que era inicuo el proceder de Ovando respecto a Colón,
y se ofreció a hablarle,
para reducirlo a mejores sentimientos. Así lo hizo en el mismo día.
Ovando recibió al buen religioso con las mayores muestras de
veneración y respeto, y
cuando supo el objeto de su visita, se mostró muy ofendido de que
se le juzgara capaz de abrigar
malas intenciones respecto del Almirante. —Mientras aquí se me
acrimina —dijo-, y se supone que miro con indiferencia la suerte
de un hombre a quien tanto respeto
como es Don Cristóbal, ya he cumplido con el deber de mandarle un barco, el único de que
pude disponer en Jaragua, después de que su emisario Méndez se
vino para aquí, a encender los ánimos
con injustas lamentaciones. Ovando, con esta declaración
equívoca, lograba salir del paso difícil en que se hallaba. Cierto
era que, después de la
partida de Diego Méndez de Jaragua, había enviado a Diego de
Escobar con un pequeño bajel, que
por todo socorro conducía para Colón un barril de vino y un pernil de puerco, fineza irónica del Gobernador de La Española
para el Descubridor del Nuevo Mundo;
pero por lo demás, Escobar no llevaba a los tristes náufragos otro consuelo que la expresión
del supuesto pesar con que Ovando había sabido sus infortunios, y la imposibilidad de
mandarles un barco adecuado para conducirlos a Santo Domingo, por no haber ninguno entonces en la
colonia; aunque ofreciendo enviarles el primero que llegara de
España. Cumplido este singular
encargo a calculada distancia de los barcos náufragos, Escobar se
hizo nuevamente a la vela, dejando
al infortunado Almirante y a sus subordinados en mayor aflicción que antes de tener semejante
prueba de la malignidad del Comendador. Éste, sin embargo, se refería equívocamente a la
comisión de Escobar, cuando hizo entender a Fray Antonio que había mandado un barco a Don Cristóbal.
El buen religioso se retiró muy satisfecho con esta nueva, que momentáneamente
tranquilizó a Las Casas y Méndez, quienes jamás pudieron
figurarse el cruel sarcasmo que la tal
diligencia envolvía. Esperaron, pues, más
sosegados, el regreso del barco, en el que contaban ver llegar a los
náufragos; pero su asombro
no tuvo límites, ni puede darse una idea de su indignación, cuando
a los pocos días regresó
Escobar con su bajel, y, por confidencia de uno de los marineros
tripulantes, supieron la verdad de lo sucedido. Volvieron a la carga
con mas vigor, revolvieron todas sus relaciones en la
ciudad, que eran muchas, y refirieron el caso a Fray Antonio, que
participó del enojo y la
sorpresa de los dos amigos. Entonces se empleó contra el
malvado Gobernador un resorte poderoso, terrible, decisivo en
aquel tiempo. El primer
domingo siguiente al arribo de Escobar con su barco, los púlpitos
de los dos templos que al principio
eran los únicos en que se celebraba el culto en la capital de la colonia, resonaron con enérgicos
apóstrofes a la caridad cristiana olvidada, a los deberes de humanidad y gratitud
vilipendiados en las personas del ilustre Almirante y demás náufragos Al mismo tiempo hizo Ovando
facilitar a Diego Méndez las cantidades que había recaudadas
de las rentas del Almirante
creyendo que el fiel emisario las llevaría consigo a España antes
del arribo de aquél a la
colonia; pues sabía que el mayor deseo de Méndez era cumplir en
todas sus partes las instrucciones de
Don Cristóbal, pasando a la corte a ventilar sus asuntos con los soberanos; y no le pesaba al
maligno Gobernador que Colón, hallándose sin aquellos recursos a su llegada a Santo Domingo,
acelerase el término de su residencia en la colonia, que era lo que más convenía a la ambición
de Ovando, siempre alarmado con los legítimos derechos del
Almirante al gobierno de que él estaba
en posesión, por efecto del injusto despojo ejercido contra aquel grande hombre por los
celos políticos de Fernando el Católico. Diego Méndez usó mejor de aquel dinero: con la menor
parte de él compró una carabela de buena marcha, que cargada de
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