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VI Seguido Guaroa de sus dos
fieles compañeros, que alternativamente llevaban, ora de la mano,
ora en brazos, al pequeño
Guarocuya, según los accidentes del terreno, se internó desde el principio de su marcha en
dirección a la empinada cordillera de montañas, por la parte donde
más próximamente presentaba
la sierra sus erguidas y onduladas vertientes. Caminaban aquellos indios en
medio de las tinieblas y entre un intrincado laberinto de
árboles, con la misma
agilidad y desembarazo que si fueran por mitad de una llanura
alumbrada por los rayos del sol.
Silenciosos como sombras, quien así los hubiese visto alejarse del
camino cautelosamente, no hubiera
participado de los recelos que tuvo Higuemota de que pudieran haberles dado alcance los
imaginarios jinetes que salieran en su persecución..Hacia las doce
de la noche la luna vino en auxilio de aquella marcha furtiva; y el
niño Guarocuya, cediendo al
influjo del embalsamado ambiente de los bosques, se durmió en los Así caminaron el resto de la
noche, en dirección al Sudeste; y al despuntar la claridad del
nuevo día llegaron a un
caserío de indios, encerrado en un estrecho vallecito al pie de dos escarpados montes. Todas las
chozas estaban aún cerradas, lo que podía atribuirse al sueño de sus moradores, atendido a que
un resto de las sombras nocturnas, acosadas de las
cumbres por la rosada aurora, parecía buscar refugio en aquella hondonada. Sin embargo, se
vio que la gente estaba despierta y vigilante, saliendo en tropel de sus madrigueras tan pronto
como Guaroa llevó la mano a los labios produciendo un chasquido
desapacible y agudo. Su regreso era esperado por
aquellos indios; él les refirió brevemente las peripecias de su
excursión, y les mostró al
niño Guaro-cuya, que había despertado al rumor que se suscitó en derredor de los recién
llegados. Los indios manifestaron una extremada alegría a la vista
del tierno infante, que todos a
porfía querían tomar en sus brazos, tributándole salutaciones y homenajes afectuosos, como al
heredero de su malogrado cacique y señor natural. Guaroa observaba
estas demostraciones con
visible satisfacción. Allí descansaron los
viajeros toda la mañana, restaurando sus fuerzas con los abundantes
aunque toscos alimentos de
aquellos montañeses. Consistían éstos principalmente en el pan de yuca o casabe, maíz, batatas
y otras raíces; bundá, plátanos, huevos de aves silvestres, que
comían sin sal, crudos o
cocidos indistintamente y carne de hutía. Después de dar algunas horas
al sueño, Guaroa convocó a su presencia a los principales
indios, que todos le reconocían
por su jefe. Les dijo que la situación de los de su raza, desde el día de la sangre —que así
llamaba a la jornada funesta de Jaragua—, había ido empeorando
cada día más; que no había que
esperar piedad de los extranjeros, ni alivio en su miserable condición; y que para salvarse de la
muerte, o de la esclavitud que era aún peor, no había otro medio
que ponerse fuera del alcance de
los conquistadores, y defenderse con desesperación si llegaban a
ser descubiertos o atacados. Les
recomendó la obediencia, diciéndoles que él, Guaroa, los gobernaría mientras Guarocuya, su
sobrino, llegara a la edad de hombre; pero que debían mientras
tanto reverenciar a éste como a su
único y verdadero cacique; y por conclusión, para reforzar con el ejemplo su discurso, hizo
sentar al niño al pie de un gigantesco y corpudo roble; le puso en
la cabeza su propio birrete, que
a prevención había decorado con cinco o seis vistosas plumas de flamenco, y le besó
respetuosamente ambos pies; ceremonia que todos los circunstantes
repitieron uno a uno con la
mayor gravedad y circunspección. Terminada esta especie de
investidura señorial, Guaroa acordó a sus amigos el plan de vida
que debían observar los
indios libres en lo sucesivo; y se ocupo con esmerada previsión de
los mil y mil detalles a que era
preciso atender para resguardarse de las irrupciones de los
conquistadores. Todo un sistema de espionaje y vigilancia quedó
perfectamente ordenado; de tal suerte, que era imposible que
los españoles emprendieran una excursión en cualquier rumbo, sin que al momento se
transmitiera la noticia a las más recónditas guaridas de la
tierra. Guaroa, hechos estos preparativos,
indicó en sus instrucciones finales a los cabos de su confianza el
Lago Dulce, al Nordeste de
aquellas montañas, como punto de reunión general, en caso de que
el enemigo invadiera la sierra;
y determinó fijamente el lugar en que iba a residir con su sobrino,
a la margen de dicho lago. En
seguida emprendió su marcha, acompañado de un corto séquito de indios escogidos, que
llevaban a Guarocuya cómodamente instalado en una rústica silla de manos, formada de recias
varas y flexibles mimbres, y mullida con los fibrosos y rizados
copos de la guajaca. El niño todo lo miraba y a
todo se prestaba sin manifestar extrañeza. Tenía siete años, y a
esta tierna edad ya entreveía y
comenzaba a experimentar todo lo que hay de duro y terrible en las luchas de la existencia
humana. Sin duda ráfagas de terror cruzarían su infantil ánimo,
ya cuando viera la feroz soldadesca de
Ovando dar muerte a los seres que rodeaban su cuna, incluso a su propio padre; ya más
adelante, cuando el grito agudo del vigía indio, o el remoto
ladrido de los perros de presa, alternando
con los ecos del clarín de guerra, anunciaban la aproximación del
peligro, y los improvisados guerreros se aprestaban a la defensa, o
respondían con fúnebre clamor a la voz de alarma, creyendo
llegada su última hora. ¡Qué tristes impresiones,
las primeras que recibió aquel inocente en el albor de su vida! Profundamente grabadas
quedaron en su alma benévola y generosa, templada tan temprano para
la lucha y los grandes
dolores, así como para el amor y todos los sentimientos elevados y
puros.
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