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VIII Don Pedro de Mojica fue
puesto en libertad el mismo día; volvió a entrar aparentemente en
la gracia del comendador, y
recibió de éste el encargo, hecho con el dedo índice hacia arriba
y el puño cerrado, de administrar
con pureza los bienes de Doña Ana de Guevara. El solapado bribón se deshizo en protestas de
fidelidad, y salió al trote como perro que logra escapar de la
trampa donde su inadvertencia le
hiciera caer. Reinaba cierta confusión en sus ideas, y su
pensamiento andaba, con inútil afán, en
pos de un raciocinio sosegado y lógico, sin lograr encontrarle; a
la manera de un timonel que,
perdida la brújula, no acierta a dirigir su rumbo en el seno de la tempestad, y pone la proa de
su barco a todos los vientos. El estaba libre, es verdad; pero Doña Ana lo estaba también; él
conservaba la intendencia de los bienes de su prima; pero ésta continuaba tan señora y
respetada como antes, mientras que el terrible dilema del Gobernador ofrecía en último término
una horca; para Doña Ana, si Don Pedro justificaba su acusación;
para Don Pedro, si Doña Ana era
inocente. —¿He triunfado? ¿he
sucumbido? —se preguntaba ansiosamente el contrahecho hidalgo-.
¿Quedan las cosas como
estaban antes? Pues ¿por qué me prendió el Gobernador? ¿por qué
me puso en libertad? ¿Por qué
Doña Ana está tranquila? ¿Por qué sigo siendo su intendente? ¿Por qué..? ¡Qué diablos! Ya
que ella no me pone mala cara, preguntémosle lo que ha pasado, y
ella me dará la clave de este
enigma. Y diciendo y haciendo, Mojica,
que en medio de su soliloquio había llegado jadeando a la
presencia de Higuemota, y se
había sentado maquinalmente mirándola de hito en hito, le dirigió
en tono manso y melifluo esta
pregunta: —¿Cómo os recibió el
Gobernador, señora prima? —Con la bondad de un padre
—respondió sencillamente Higuemota. —¿Y qué le declarasteis? —Todo. —Y él, ¿qué dijo
entonces? —Nada. Don Pedro se quedó
estupefacto. Sin duda Doña Ana había
penetrado su perfidia, y se vengaba burlándose de él. Esto fue lo
que ocurrió al hidalgo; pero
se equivocaba: la joven, cándida y sencilla, creía que las
preguntas de Mojica envolvían el
recelo de que el Gobernador hubiera mostrado alguna severidad en la entrevista, y concretándose
a este concepto, satisfacía a su entender la curiosidad de su
oficioso pariente, a quien suponía
enterado de la orden de viaje, porque ignoraba absolutamente el
percance de su prisión y la
subsiguiente reserva del Gobernador. Estaba acostumbrada a la
intervención activa de Don Pedro, y en este caso creía que el
tenor de su conferencia con Ovando
era el único incidente que había escapado a esa intervención. La perplejidad del hidalgo
subió, pues, de punto con este quid pro quo 17. No sabia qué
pensar, y ya iba a retirarse
en el colmo de la incertidumbre, cuando Higuemota, que también
permanecía pensativa, volvió
a mirarle, y le dijo: —Supongo que nos acompañaréis
a Santo Domingo. —¡A Santo Domingo!
—exclamó con un sacudimiento de sorpresa Mojica. —Pues ¿que no lo sabíais? —No, señora; es decir...
estaba en duda... Algo me dijeron de esto... —murmuraba casi entre
dientes Mojica, temeroso de comprometerse
más con el Gobernador, o de perder su autoridad en
el concepto de Doña Ana si
descubriera su ignorancia en la materia de que se trataba. Reflexionó un momento, y
cruzó por su frente un rayo de infernal alegría: ya veía claro.
Su intriga no había sido estéril.
Doña Ana iba a Santo Domingo en calidad de prisionera, sin
sospecharlo, y él se quedaría
al frente de sus bienes como tutor de Mencia; —esto no era dudoso. —Si, señora —dijo esta
vez con voz segura—: iréis a Santo Domingo; pero yo no puedo
acompañaros, porque debo quedarme hecho cargo de vuestra hija... —¡De mi hija! ¿qué decís?
—interrumpió vivamente Doña Ana—; mi hija no se aparta de mí:
va donde yo fuere, y yo no
voy sin ella a ninguna parte. Mojica no replicó; cualquier
palabra suya podía ser indiscreta, y él se consideraba como un
hombre de pie sobre un plano
inclinado, terso y resbaladizo, cuyo extremo inferior terminara en
el borde de un abismo. Se despidió más tranquilo,
y a poco rato fueron a buscarle de parte del Gobernador. Acudió al
llamamiento, y Ovando le dijo
en tono imperativo y áspero: —Disponed todo lo necesario
para que Doña Ana se embarque mañana en la noche. —¿Va en calidad de
prisionera, señor? —¡Va libre! —le dijo el
Gobernador con voz de trueno-: cuidad de que nada le falte a ella ni
a su hija; que la acompañen
los criados que ella escoja, sin limitarle el número; que se le
trate con tanto respeto y tanta
distinción, como si fuera una hija mía; ¿estáis? Don Pedro bajó la cabeza, y
se fue a cumplir las órdenes del Gobernador. Entretanto, Diego Velázquez,
al frente de su corta hueste, emprendía marcha aquella misma
tarde, y pernoctando al pie
de los ciclópeos estribos de la Silla , entraba al amanecer del día siguiente en los estrechos y
abruptos desfiladeros de las montañas. Guaroa y sus indios iban a
ser
tratados como rebeldes, y
reducidos por la fuerza al yugo de la civilización.
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