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XXXI El recibimiento que se hizo a
Diego Velázquez en la mansión de los Virreyes, el siguiente día,
a las nueve de la mañana, fue tan cordial como distinguido.
El Almirante, acompañado de sus tíos, acogió al comandante de
Jaragua como a un antiguo amigo; lo presentó a la Virreina y sus
damas, y le retuvo a almorzar en la Fortaleza. Velázquez hizo a su vez la
presentación de los individuos de su séquito, para cada uno de los
cuales tuvo el Gobernador un cumplido afable o una frase cortés. Echó de menos en aquel acto
a Enriquillo: —Me habían dicho, señor Don Diego, que con vos había
venido un joven indio, vástago de los caciques de Jaragua. —Efectivamente, señor
—contestó Velázquez—. Traje conmigo a Enriquillo, que así es
llamado por todos, y a quien amo como a un hijo; pero un triste
acaecimiento lo ha afectado de tal modo, que está en el lecho con
una fuerte calentura. Y Velázquez refirió la
muerte de Higuemota, según se la había participado Las Casas.
—Mucho
siento ese suceso —dijo el Almirante Don Diego—; y aquí
comienza el cumplimiento de un deber que me impuso mi buen padre Don
Cristóbal... Esposa mía, vos cuidaréis de la orfandad de la niña
que tanta impresión os hizo con su rara belleza el otro día. Yo
tomare a mi cargo la salud del joven Enrique, pues considero, señor
Don Diego Velázquez, que vuestra instalación de viajero recién
llegado no os ha de permitir holgura para esa atención. —A ella ha provisto desde
el principio mi excelente amigo el Licenciado Las Casas, que por el
motivo que discretamente ha anticipado Vueseñoría, hizo conducir
anoche mismo a Enriquillo al convento de padres franciscanos, con
quienes reside ahora el Licenciado, y en donde mi ahijado estará
perfectamente asistido..—No importa —repuso Diego Colón—; le
enviaré mi médico, y cuidaré de que nada le falte. Y dio las órdenes
correspondientes en seguida. Por su parte la Virreina, con
esa solicitud caritativa que convierte en ángeles a las mujeres,
fue en persona a separar a la huérfana del cadáver de su madre,
sugiriéndole su compasión ingeniosa y tierna el más delicado
artificio para conseguir su objeto sin desgarrar el corazón de la
interesante criatura. Dictó además Doña Maria, de concierto con
Las Casas, disposiciones perentorias para que los funerales de
Higuemota se hicieran con el decoro y lucimiento que correspondían
a su rango; y así se efectuó en la tarde de aquel mismo día. El almuerzo fue servido, y se
resintió al principio de la tristeza que como una nube envolvía
los ánimos por efecto de aquella muerte, que había venido a
remover los sentimientos compasivos de la concurrencia. El único
que estaba preocupado y triste por causa distinta era nuestro
antiguo conocido Don Pedro Mojica, reflexionando que las cosas podían
venir de modo que se viera constreñido a entregar la administración
de los bienes de la difunta con estrecha cuenta de sus operaciones.
El vivo interés que manifestaban los Virreyes por la suerte de la
niña heredera, parecía al codicioso hidalgo de pésimo augurio
para sus intereses. Poco a poco, sin embargo, y a
pesar de estos preliminares, la buena sociedad y los vinos generosos
hicieron su efecto, desatando las lenguas e introduciendo el buen
humor en la bien servida y suntuosa mesa de los Virreyes. Diego Velázquez,
sometido a la influencia de aquella atmósfera donde se confundían
y combinaban los misteriosos’ efluvios de la juventud, la belleza
y la opulencia delicada y sensual, sentía la impresión de un
bienestar y una dicha no gustados por él hacía mucho tiempo.
Pasaban por su imaginación, como ráfagas de luz y de armonía, las
reminiscencias de los encantados cármenes de Granada, en donde se
habían deslizado entre risas y placeres, como las corrientes
juguetonas de límpido arroyuelo entre las flores de ameno prado;
los días de su feliz adolescencia. Estas dulces y gratas
memorias, a una con la magia de unos ojos negros como el azabache,
que vertían el fuego de sus fascinadoras pupilas sobre la arrogante
y simpática figura de Velázquez, causa.. ron en el pecho del
impresionable comandante súbito incendio de amor. María de Cuéllar, amiga y
confidente íntima de la Virreina, hija única del Contador Cristóbal
de Cuéllar, poseía, con una belleza peregrina, ese encanto
irresistible, ese inefable hechizo que todo lo avasalla, esparciendo
en torno suyo inspiraciones celestes y el tranquilo embeleso de la
felicidad. Contemplábala extasiado, indiferente a cuanto lo
rodeaba, un joven dotado de rara hermosura de tez morena y
sonrosada, y cuyos labios rojos como la amapola apenas estaban
sombreados por el naciente bozo. La linda doncella, después de
satisfacer su femenil curiosidad analizando las facciones y el traje
severo, al par que rico y elegante, de Diego Velázquez, volvió su
rostro al susodicho joven, y le dirigió una sonrisa que encerraba
todo un poema de ternura. Velázquez se contristó
visiblemente: había visto la expresiva demostración de la
doncella, y no era dudoso que aquellos dos seres, que parecían
hechos el uno para el otro, se adoraban recíprocamente. Concluido el almuerzo, se
formaron grupos que discurrían por la sala en conversación
familiar. El comandante de Jaragua aprovechó la oportunidad para
tomar del brazo a Hernán Cortés, diciéndole: —Vos, que conocéis a todo
el mundo, decidme: ¿quién es ese mozo de aire afeminado que os ha
apretado la mano hace un instante? —¿Aquél? —preguntó
Cortés, señalando al consabido mancebo. —El mismo —contestó Velázquez. —Ese es Juan de Grijalva,
natural de Cuéllar —dijo Cortés sonriendo—: le conozco hace
mucho tiempo...; cuatro horas a lo sumo. —¿Dónde y cómo?
—replicó Velázquez admirado. —Esta mañana, vos dormíais
aún, cuando yo salí a brujulear por la ciudad. Me dirigía a la
marina; pero topé en el camino con Don Francisco Valenzuela, que me
invitó a visitar las caballerizas del Virrey, a lo que accedí de
buen grado; y con tan buena fortuna, que llegamos a tiempo de ver a
este mozo, que vos tenéis por afeminado, cabalgando en un
endiablado potro cordobés, negro como la noche y fogoso como una
centella... Me dio tentación de montar el impetuoso bruto, y
Grijalva, muy complaciente, se avino a ello, haciéndome después
grandes cumplidos por lo que llamaba mi destreza. En suma, quedamos
íntimos amigos, como habéis podido observar; que yo no necesito
mucho tiempo para conocer si un hombre merece mi amistad; y este
joven hidalgo, a menos que yo me equivoque mucho, tiene gran corazón. Velázquez oyó el animado
relato de Cortés, y guardó silencio quedándose pensativo. Llegó a este tiempo el médico
del Virrey. Interrogado sobre el estado de Enriquillo, el grave
doctor dio cuenta de su encargo con toda la solemnidad que requería
el prestigio de la ciencia en aquel tiempo. —Llegué al convento
—dijo-, y con la venia del padre prior, a quien requerí en nombre
de Vueseñoría, fui conducido a la celda que ocupa el joven
enfermo. Es un doncel admirablemente constituido, de rico y generoso
temperamento. La calentura, febris acuta, ha encontrado material
abundante en qué hacer presa, abundan tia sanguinis; y el delirio
me indicó un peligroso agolpamiento a la cabeza, con gestio
inminens. Siguiendo las indicaciones de Avicena en estos casos,
apliqué dos buenas sangrías en ambos brazos, y un pedilivium, baño
de pies, hirviente, férvidus. Permanecí en observación por
espacio de más de una hora, y vi el reposo apoderarse del paciente,
restauratio causa requietionis. Ahora le he dejado profundamente
dormido, con los pies envueltos en paños de aceite tibio, oleum
cale factum; y certifico que, si los frailes que lo asisten le hacen
guardar el régimen que he prescrito, a saber: dieta y tisana de
ruibarbo, antes de un mes habrá recobrado la salud, proesanabit.
Pero debo decir a Vueseñoría que lo dudo; porque entre aquellos
padres vive un laico que sin miramiento alguno se ha atrevido a
contradecirme y a llamarme cara a cara ignorante... stultus. Y el doctor dijo esto último
con un ademán cómicamente trágico. —¿Quién ha tenido esa
osadía, doctor? —exclamó el Almirante, sin poder contener la
risa. —Un quidam —respondió el
médico-, que he visto venir más de una vez a visitaros, y a quien
oí que los frailes apellidaban Licenciado Las Casas. En todo caso,
si realmente es Licenciado, debería respetar un poco más la
ciencia. —Ciertamente —repuso Don
Diego Colón—, es sujeto que goza de merecido aprecio, y me admira
que os haya ofendido sin motivo. —Pretendió que la tisana
de ruibarbo —prosiguió el resentido pedante—, no valia para el
caso lo que el jugo de la piña, y fue hasta a porfiarme que, para
la calentura, Avicena hacía mayor recomendación del tamarindo que
del ruibarbo... Califiqué de herejía la audacia de aquel intruso,
y entonces, citándome textos en latín de no sé qué autores,
inventados en su caletre, acabó por decirme con gran desvergüenza
que yo era un doctor indocto, un mentecato. —No tengáis cuidado, mi
excelente doctor —concluyó el Almirante—; yo pondré buen orden
para que el desacato no se repita.
Diego Velázquez había asistido a todo este diálogo,
manifestando el más vivo interés por lo que se refería a su
protegido. Cuando el grave Galeno se retiró, el convidado, seguido
de Cortés y su comitiva, se despidió del anfitrión y de las
damas, diciendo que iba a cumplir el deber de velar por la salud de
Enriquillo. —Tened presente nuestro deseo de verle por acá tan pronto como convalezca —le dijo el Virrey, estrechándole cordialmente la mano.
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