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XXIX Todo el empeño de Diego Velázquez
y su séquito por hacer con rapidez el viaje desde Vera
Paz a Santo Domingo resultó
inútil. El huracán, obstruyendo los caminos y engrosando las aguas de los ríos y torrentes,
hizo sumamente penosas y lentas las jornadas de los viajeros, que al
cabo de doce días llegaron a la
capital molidos, hambrientos y muy despojados ya del lucimiento y
gallardía con que salieron
de Jaragua. Aposentóse Velázquez con su
gente en una de las casas del Comendador Ovando, pues había
hecho construir varias muy
hermosas durante su gobierno. Hizo pasar respetuoso aviso de su llegada aquella misma tarde
al nuevo Gobernador, pidiendo ser admitido a su presencia en la mañana del siguiente día, y
excusáncose de no hacer su visita de homenaje inmediatamente, por el mal estado de todo su
equipaje. El Virrey contestó defiriendo a la demanda, y absolviendo
a Velázquez de los rigores de
la etiqueta oficial. Aquella noche se habló
ampliamente de los recién llegados viajeros en los salones de la
fortaleza, donde residía Don
Diego Colón con toda su familia. Desde España venía sabiendo el joven Almirante cuánta era
la importancia de Diego Velázquez en la colonia; como que éste y Juan Esquivel eran los
tenientes de Ovando que sobresaliendo en habilidad y fortuna habían domado la fiereza de los
indio! rebeldes de la isla, aunque con notoria diferencia en sus
procedimientos; pues Velázquez, más sagaz y mejor político que
Esquivel, había realizado la pacificación del Oeste
haciendo todo lo posible por conservar la raza india; y en sus campañas
de Bahoruco y Haniguayagua no
había dado cabida a la ferocidad que desplegara el famoso capitán
de la guerra de Higüey. Escuchaba el Almirante con
vivo interés los informes que sobre todas aquellas personas,
conocidas en La Española, le
suministraba un señor anciano, de aspecto respetable por su blanca y luenga barba y fisonomía
benévola. Era éste Don Francisco de Valenzuela, hidalgo y colono principal, que había pasado
a la isla con el Descubridor en su segundo viaje, y avecindado en
San Juan de la Maguana, donde
poseía ricos hatos de ganado vacuno y caballar, se había mantenido fiel y consecuente amigo de
la familia de Colón, en su buena como en su mala fortuna. Se hallaba en la capital
casualmente, a la sazón que llegó el nuevo Gobernador. Habló de
Diego Velázquez con encomio, y
luego pasó revista uno por uno a los individuos más distinguidos
de las comarcas meridionales y
occidentales que acompañaban al vencedor de Guaroa y de Hatuey;
intercalando en sus
disertaciones sobre cada uno curiosas noticias relativas al estado
de la isla y a los pasados sucesos. —Con el capitán Don Diego,
decía, viene Valdenebro, uno de los dos caballeros que más
corridos quedaron en la
guerra de Higuey, cuando el primer alzamiento de Cotubanamá. Ni él
ni su compañero Pontevedra
volvieron a presentarse en esta ciudad desde aquel suceso, a consecuencia del cual se fue
Valdenebro a vivir a la Maguana, y Pontevedra se embarcó para España, huyendo de la
rechifla de sus compañeros de armas. Figúrense vuesas mercedes que
esos dos hidalgos, muy preciados
de valientes y diestros en toda suerte de esgrima, al comenzarse una facción en aquella guerra,
estando los dos a caballo, vieron a un indio que estaba contemplándolos
a campo raso, con aire desdeñoso
y de desafío. —“Dejadme ir a
matarle”, dijo Valdenebro a su amigo; y lanzó su caballo en la
dirección del indio. Éste se enfrentó al
jinete y le disparó una flecha, a tiempo que el castellano le
atravesó el cuerpo con su lanza; y el
herido, sin dar muestra de dolor, se corrió por la misma lanza
hasta asir las riendas de manos de
Valdenebro. Al verse éste sin su lanza, sacó la espada y también
la metió por el cuerpo al indio, que
de igual modo se la quitó de las manos, teniéndola envasada en el cuerpo: sacó entonces el
caballero su puñal, y lo hundió en el pecho al indio, que se lo
quitó de las manos igualmente,
quedando Valdenebro completamente desarmado. Acudió Pontevedra, que veía el caso, a herir al
prodigioso indio con la lanza, y punto por punto repitió el herido
la proeza, quitando al segundo
combatiente lanza, espada y puñal, y dejando a ambos desarmados y confusos a la vista de todo
el campo castellano: el heroico indio, como si desdeñara tomar venganza de sus agresores, se
retiró entonces con todas las armas que tan esforzadamente
conquistó, y fue a caer exangüe
entre los suyos, que le aplaudieron con entusiastas alaridos.
Pocos instantes después rindió el espíritu,
orgulloso y satisfecho. —Notable caso —dijo Don
Diego Colón—; y valor digno de los mejores días de Esparta.
Mas, decidme: ¿no se averiguó
el nombre de aquel bizarro higüeyano? —Se hicieron diligencias
infructuosas. Supe el caso de boca del mismo capitán Esquivel, que
deploraba la terquedad o
estupidez de aquellos salvajes, de quienes nunca pudo obtener
noticia sobre un nombre tan digno de
eterna memoria. “Volviendo a Valdenebro,
jamás ha podido consolarse de haber perdido feamente sus armas, a
vista de los dos campos
fronteros; ni había querido salir de la Maguana, adonde lo condujo
su vergüenza, hasta ahora que, según acaba de decirme Don Diego
Velázquez, ha conseguido éste vencer sus escrúpulos y
reducirlo a que venga a besar las manos a los señores Virreyes. “Además, trae consigo el
capitán Velázquez a un mozo notable por su despejo y travesura,
llamado Don Hernando Cortés,
que se incorporó a la comitiva en Compostela de Azua, donde reside ha más de cinco años
desempeñando la escribanía de aquel Ayuntamiento. Es hombre de gran talento y que promete
ser de mucho provecho, aunque manirroto, pendenciero a veces, y muy atrevido con las mujeres
ajenas. Ejerce gran predominio en cuantos llegan a tratarle de cerca, y parece nacido con un
sello de superioridad, como si toda su vida hubiera acostumbrado
mandar a los demás. “También verán ustedes a
un sujeto de cara y talle muy extraños, de ésos que vistos una vez
no pueden olvidarse nunca.
Este es un hidalgo que se ha enriquecido administrando los bienes de
una señora india viuda de
Hernando de Guevara...” —Conozco la viuda y la
historia —interrumpió Diego Colón—: mí buen padre me
recomendó mucho, al tiempo
de morir, la protección de esa señora y su hija: Don Bartolomé de Las Casas me ha hecho saber
interesantes pormenores de ese asunto, y de qué pie cojea el tal
administrador, Mojica de
apellido, si mal no recuerdo. —Precisamente. Pues
entonces sólo me falta hablaros de un muchacho indio ahijado de
Velázquez, que lo trae muy
mimado, y tiene por nombre Enriquillo. —También tengo noticia de
ese joven cacique, y lo veré con mucho gusto —repuso Don
Diego-. Me han dicho que es
pariente de la viuda de Guevara, y que ambos pertenecen a la familia que reinaba en
Jaragua. Deseo conocer esos lugares y la gente que los puebla, que
se asegura es la más hermosa y
distinguida de estos indígenas. Por lo que respecta a Enriquillo,
Don Bartolomé dice que sus
preceptores, los frailes franciscanos, escriben de él que su
inteligencia extraordinaria hace honor a
la raza india. Pronto lo veré por mí mismo, y compartiré gustoso
con Velázquez la obligación de
protegerle..—Me alegro de que tenga Usía tan buenas disposiciones
para con él: ese muchacho, como el indio que desarmó a
Valdenebro y Pontevedra, como Cotubanamá, y otros muchos, son la prueba más concluyente de
que la raza indígena de estas regiones es tan aventajada en razón
y facultades morales como
cualquiera de las más privilegiadas de Europa o de Asia. —Lo creo como vos, señor
Valenzuela —dijo gravemente Don Diego-, y me propongo
proceder en mi gobierno con
arreglo a tan juicioso y bien fundado dictamen.
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