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XXV Transcurrieron tres días
desde la tarde del paseo y el encuentro de los dos hermanos con el
Comendador mayor y su bella
hija. Efectivamente lo era la joven Doña María, hija única de aquel gran señor, que tenía
próximo parentesco con el Rey Don Fernando, y era hermano menor del poderoso Duque de Alba.
Criada con gran recato en la casa de este último, y a la vista de
la bondadosa duquesa, a cuyos
cuidados había tenido Don Fernando de Toledo que confiar la infancia de su hija, por
haber quedado viudo prematuramente; sólo hacia tres meses que,
acabada El momento en que se ofreció
a su vista la amable y hechicera criatura, era el más oportuno
para que sus sentidos,
predispuestos con el bienestar de una reacción repentina de su ánimo
— hasta aquel día presa de la
irritación y la impaciencia—, transmitieran a lo más intimo de
su ser la plácida impresión que en
un pecho juvenil y sensible no podía menos de causar tan soberana belleza. El corazón humano
tiene horror al vacío, y mientras que el hielo de los años no
llega a enfriar su ardor, necesita de
objetivos que ejerciten su febril actividad: a una ilusión
frustrada sigue una ilusión nueva; y
un bien en perspectiva no tarda en compensar la pena del bien
perdido, cuando la resignación
se toma el trabajo de abrir la puerta a la esperanza. Subordinado a esta ley
constante, Don Diego, el mismo día en que, exagerando las
intenciones del Rey Fernando,
tomaba su partido y decía adiós a sus brillantes destinos como heredero del gran
Descubridor, daba entrada en su franco y generoso pecho a un
sentimiento gratísimo, a un dulce cuanto
vehemente afecto, que venia a ocupar el puesto a que su legítima ambición, defraudada por la
injusticia de los hombres, acababa de renunciar con más desdén que pesadumbre. Necesitaba un
cuidado que lo distrajera, preservando de los embates del desaliento su resignación
desinteresada; y el amor, numen fecundo de todas las inspiraciones
magnánimas, presentaba a sus ojos, en
hora feliz, un objeto digno de su adoración, al que debía ofrecer
como tributo la efusión entera de
su alma, consagrándole todos los altos pensamientos, los sueños de
oro y los castos deseos de su
ardiente fantasía. Quedó, pues, Diego Colón
deslumbrado por la hermosura y la gracia de Doña Maria de
Toledo, y rendido al tiránico
poderío del amor. Al tercer día de insomnio, de preocupación pertinaz y de indecisos
antojos, el joven caballero, como quien al fin recoge las riendas a
la vigorosa imaginación, entabló
con su hermano Don Fernando el siguiente diálogo, a tiempo que
les servían el desayuno. —¿Sabes, Fernando, en lo
que pienso? —Lo adivino —respondió
Fernando con su sonrisa benévola y sutil. —No puedes adivinarlo
—replicó Don Diego. —Me atrevo a afirmarlo
—replicó Don Fernando. —Pues dilo desde luego, que
probablemente vas a hacerme reír. —Piensas —dijo con
lentitud y gravedad Don Fernando-, en casarte con Doña María de
Toledo. El pobre Don Diego palideció,
y con voz entrecortada repuso: —Hombre, no hay tal...; yo
si...; pudiera ser...; no del todo. Vamos, Fernando, francamente:
has adivinado mi pensamiento. —No era preciso ser
hechicero para dar con el acertijo, Diego
—dijo Don Fernando riéndose
del aspecto sorprendido de su hermano-. Ese pensamiento te
punza como una jaqueca desde
la tarde del encuentro, y me persuadí de ello en el acto. —Bueno, ¿y qué dices de
esto? ¿Apruebas mi elección? Porque te declaro, mi querido
Fernando, que, o me caso con
Doña Maria, o renuncio al mundo y me hago fraile. —¿Quieres que te diga mi
parecer, Diego? Vamos esta tarde a visitar al Comendador mayor
de León, como es nuestro
deber, y le pides la mano de su hija. Don Diego se quedó aturdido;
le pareció exorbitante la frescura con que su hermano
afrontaba el asunto, y le
dijo: —¿Estás loco, muchacho?
¿Cómo voy yo a salir así, hóspite insalutato, con esa
pretensión al Comendador? —Mira, Diego; los
matrimonios, o vienen de Dios, o vienen del diablo. Los de Dios se
vienen por el camino real, y
andan a la luz del día; los de Satanás buscan las veredas y escondrijos, y escogen tiempo
y hora, como quien anda en acecho... No te encojas de hombros, ni te impacientes; óyeme: he
reflexionado mucho en estos tres días sobre tu pasión por Doña
María, y sus consecuencias probables. El recado del Rey, la visita
del Comendador, el encuentro casual, todo me dice que es
inspiración divina tu súbito amor; y que ni debes ocultarlo, ni
temer repulsas, ni diferir tu
enlace con la ilustre casa de Alba. Si en vez de irte en derechura a
tu objeto, te pones a imitar a los
enamorados de mala ley, y andas tanteando el terreno, y andas
buscando circunloquios, ¡te pierdes,
Diego, te pierdes! Es imposible que Doña Maria no tenga
pretendientes a porrillo; y
¡ay de ti, si te dejas tomar la delantera por otro que la merezca! —Razón tienes, Fernando;
esta tarde iremos a visitar al Comendador, pero tú serás quien
abordes el asunto del
pedimento; yo no me siento con el ánimo necesario. —Allá veremos, Diego; si tú
mismo en el momento crítico no puedes valerte, no tengas
cuidado; me sobra decisión
para sacarte del empeño. Diego Colón abrazó a su
hermano, y estuvo muy alegre el resto de la mañana. Enviaron un
criado a anunciar su visita
al Comendador para las tres de la tarde; y media hora después un
lacayo de éste llegó a
decirles que su señor los recibiría gustoso a la hora indicada. Discutieron los dos todavía
largamente su plan de conducta; y tanto hizo el joven Fernando,
tan buena maña se dio en sus
elocuentes y sagaces inducciones, deducciones y conclusiones, que logró convencer al medroso
Don Diego de que el padre de su adorada accedería de buen grado a
la proposición matrimonial,
como sumamente ventajosa para las dos casas. Llegó la hora de la visita,
y por más que al ser introducidos los dos hermanos en el suntuoso
salón de recibimiento del
Comendador mayor, el enamorado mancebo estuviera todavía vacilando sobre cuáles
fueran los términos más convenientes para formular su demanda, la
acogida que les hizo el noble
señor disipó inmediatamente sus temores. Al ver a sus huéspedes, Don
Fernando de Toledo se adelantó, y extendiéndoles ambas
manos, dijo: —Mucho me complace,
ilustres caballeros, vuestra visita, y esta casa se honra con ella. —Gracias, señor Don
Fernando —dijo Don Diego, mientras que su hermano se inclinaba
cortésmente—. Vuestra
amable bondad nos atrae, y nos da aliento para mirar a vuestra
altura sin vértigo... —Tratadme con toda llaneza,
amigos míos; —interrumpió el Comendador, temiendo sin
duda que el discreteo, según
la moda de aquel tiempo, remontara tan alto que se perdiera de
vista. —Tal vez, señor —dijo
entonces con su habitual sonrisa Fernando Colón—, llegue el caso
de que os parezca demasiado
familiar nuestra visita. —¿Por qué? —repuso con
naturalidad el Comendador. —Porque además de cumplir
el grato deber de saludaros, el objeto de nuestra visita es tratar
de un asunto de familia. —Nada puede serme más
satisfactorio, amigos míos —volvió a decir el Comendador—, que
vuestra confianza, y que
lleguéis a persuadiros de que todo lo que pueda interesaros me
interesa. Fernando Colón miró de un
modo expresivo a su hermano, y éste tomó la palabra, exento ya
de todo temor o aprensión. —Pues bien, señor Don
Fernando; hablaré con la franqueza con que hablaría a mi padre; os
someteré el proyecto que he
formado: si no mereciere vuestra aprobación, me lo significaréis
lisa y llanamente, sin necesidad
de explanarme razón alguna. Aceptaré sumiso lo que decidiereis,
dando por mi parte estimación,
sobre todo, a vuestra benévola amistad. Este exordio modesto causó
en el ánimo bondadoso de Don Fernando de Toledo una
impresión altamente
lisonjera, que acabó de predisponerle del todo en favor de Don
Diego. —Hablad, hijo mío
—respondió con acento blando y conmovido. —Aspiro a ese dulce nombre
—prosiguió vivamente Don Diego—. Amo a vuestra hija, y
deseo ingresar en vuestra
ilustre casa. Esta aspiración podrá tacharse de desmedida; pero Cristóbal Colón me dio el
ser, y si mis timbres son nuevos, los simboliza todo un mundo, nuevo
también, descubierto por mi
heroico progenitor. —Guárdeme el cielo, señor
Almirante —dijo Don Fernando-, de descender los prominentes y
extraordinarios méritos de
vuestro padre, así como soy el primero en apreciar vuestras prendas personales. No hallo, pues,
excesiva vuestra pretensión; ni será mi voluntad el obstáculo en
que
pueda estrellarse. Tengo, no
obstante, que llenar otros deberes; que pesar otras
consideraciones,.y consultar otras voluntades, antes de daros una
contestación definitiva. —Lo comprendo, señor; y
estoy dispuesto a aguardar sin impaciencia todo el tiempo que
creyereis necesario para
vuestras deliberaciones: os debo ya gratitud, por haberos dignado
considerar mi pretensión, en
vez de rechazarla desde luego. —Dentro de tres días, Don
Diego —concluyó el Comendador levantándose de su sitial—, os
comunicaré mi decisión. Los Colones se despidieron,
recibiendo nuevas demostraciones de cordial cortesía de parte de
Don Fernando de Toledo. Ya en la calle, Don Diego
dijo con aire compungido a su hermano: —¡Desahuciado estoy,
Fernando; no hay esperanza para mí! —Antes de tres días
—contestó Don Fernando-, podrás llamar tuya a Doña María de
Toledo. Diego Colón cerró los ojos
con un estremecimiento nervioso, como enajenado a la sola idea
de alcanzar tan codiciada
ventura.
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